LA JIRIBILLA
ARDA EN SU PECHO
EL ESPLENDOR DEL MÍO


Comprender al héroe y al escritor en su infinitud resulta tan imprescindible como mantenernos cerca del ser humano de carne, sangre y hueso. A Martí tendremos que regresar una y otra vez, pero no solo a sus premoniciones iluminadas o al exclusivo virtuosismo de su apostolado.


Joel del Río
| La Habana


Nadie nunca ha podido agotar la obra literaria martiana hasta sus últimos resquicios y aristas. Cuando uno cree conocer al crítico y ensayista, lo sorprende el poeta o el orador, en el momento justo en que principia a venerarlo como patriota y pensador, aparece por detrás el hombre en su vulnerable y magnífica urdimbre de deseos, dudas y sencillas aspiraciones. Intentar adentrarse en definiciones sólidas relativas al José Martí hombre, el íntimo, el amador infinito, implica necesariamente alejarse un tanto de todo hálito santificador. Porque comprender al héroe y al escritor en su infinitud resulta tan imprescindible como mantenernos cerca del ser humano de carne, sangre y hueso. A Martí tendremos que regresar una y otra vez, pero no solo a sus premoniciones iluminadas o al exclusivo virtuosismo de su apostolado.
Esa lucidez tan vasta como proveedora que sostiene perennemente el verbo martiano, vibra de manera particular cuando describe la amorosa entrega de la pareja, distinguiéndola de la sensualidad de sí misma satisfecha, de los apasionamientos frívolos y contactos de ocasión. Sus versos se tornan más hirsutos que nunca, y parecen erguirse airados contra todo lo que rebaje y contamine el grande amor, ese amor todo fuego que el poeta concibe como sano solamente si el incendio alcanza a la mente y al corazón fundidos.
Quien transite por las diversas etapas de su poesía descubrirá un Martí que confesaba haber amado desde la más humana terrenalidad; un rapsoda de las savias y las raíces tanto como supo serlo de las altas frondas:

Pues como si a árbol fuerte la semilla
Crece, y a pompa umbrosa, y fructifica
El alma errante, que sin darse muere
ni aire ha de hallar, ni tierra, luz y empleo.
Para alumbrar la tierra el sol esplende:
Frutece en poma suave la semilla,
Y hoy, o después, o alguna vez, el goce
de amar sin sonrojarse hallará el alma.

Entre el monumental rosario verbal que Martí enhebrara, algunas de las cuentas más brillantes están dedicadas a la oración de amor. En el concierto de rimas y entrañas mixturadas que viene a su poesía, cerebro y corazón se vierten al unísono, definiendo aquí razonador, allá abandonado al gozo de entregarse con ternura y tenacidad:

¿Quieres, mi niña? ¿me amas?
Es muy bueno
Acoger al rendido caminante
Y besarle, y amarlo, y en el seno
Abrigar su cabeza palpitante (...)
Soñé: ¿tú lo soñaste? Tus cabellos
rodaban desatados por tu espalda,
y orgullosos el amor cubrió con ellos
mi cabeza dormida entre tu falda.

Desde su juventud, como todos inerme a las placenteras palpitaciones del deseo, hasta la madurez ordenadora de sensaciones, que embrida deseos desbocados, el amor fue para él alfa y omega de una existencia alimentada, crecida y gobernada por las fértiles saetas y las tormentas purificadoras que cada querencia el abrió en medio del pecho. En los mismos versos donde festeja el arrobamiento de la seducción y la sensualidad, también se advierte prolijamente el rechazo decidido a la pereza, la desidia y la decadencia que acompañan al sexo sin amor, que para el poeta significa mero contacto de carnes, hastío que obnubila el pensamiento y eclipsa los soles del espíritu:

Yo iría sí, --yo iría!
A ese cuerpo gentil, pero ¿quién sabe
si he de encontrar en él un alma fría?
¡Que ese fácil amor otro se lleve!
Amar a un cuerpo es sepultarse en nieve.
No de vulgar amor: estos amores
envenenan y ofuscan: no es hermosa
La fruta en la mujer, sino la estrella.
La tierra ha de ser luz, y todo vivo
debe en torno de sí dar lumbre de astro.

Tal vez alguien pueda pensar desde este siglo XXI, con tanta promiscuidad y desafuero sexual, que el erotismo de Martí es demasiado ordenado, con bridas. Pero las riendas que el autor se autoimpone significan nada menos que razón e inteligencia en su estado prístino. Su contención emana del natural deseo por compartir la entrega hasta las últimas esencias, sin confinarla en un burdo intercambio de sudores y fluidos. Su poesía amorosa, y erótica, coloca en primer lugar los componentes de la ternura y la imaginación que tanto requiere la relación sexual más plena. Muchas décadas tuvieron que pasar para que el ser humano comprendiera que la sexualidad se potencia, estimula y enaltece si atraviesa los caminos abonados por la delicadeza, la caricia sugerente, el dulce requiebro. Hace más de un siglo, Martí acertó a comprenderlo como pocos:

Mucho, señora, daría
Por tender sobre tu espalda
Tu cabellera bravía
Tu cabellera de gualda:
Despacio la tendería,
Callado la besaría. (...)
Mucho, señora, te diera
Por desenredar el nudo
De tu roja cabellera
Sobre tu cuello desnudo
Muy despacio la esparciera

Hilo por hilo la abriera.

A pesar del rancio conservadurismo decimonónico en Latinoamérica, con todo y el catolicismo español y el platónico romanticismo que prevalecía en esta zona del mundo, Martí jamás disminuyó ni refrenó su sincera, espontánea celebración del amor como acto también físico, que se alimenta de caricias detenidas, deseos latentes y besos más o menos furtivos. Pocos poetas de esa época se atrevieron a ensalzar y dignificar, como él, la detallada epifanía de un beso:

Y besabas tú bien: yo hago memoria
De aquel beso apretado de aquel día:
Fue largo: nos dormimos
Y cuando en nos volvimos
duraba todavía.
*
El cuerpo me sacude y enamora
Y pálida de amor el alma llevo;
Yo quiero --¡oh fin de males!-
Con labios nunca iguales
Un beso siempre nuevo.
*
La boca que nos besa,
besándonos está desde el instante
Que suspendió a sus labios la promesa,
Y el pobre corazón sobresaltado
Imagina en su amor que lo han besado.

Ante la sexualidad extremada para satisfacer el instinto animal, Martí se erguía no como un valladar construido con los ladrillos de la moralina, pero sí como lo haría quien amaba sin esperar retribución de ninguna índole, y con demasiada intensidad, aunque no siempre lo correspondieran a la altura de su apasionamiento. Bien sabía el poeta que abandonarse a la sensualidad efímera puede convertir al ser humano en un hambriento insaciable del verdadero afecto, en alguien que con cada nueva "experiencia" solo consigue ahondar el vacío y la soledad:

¡Oh, estas damas de muestra! Oh, estas copas
De carne! Oh, estas siervas, ante el dueño
Que las enjoya o estremece echadas!
¡Te digo, oh verso, que los dientes duelen
de comer de esta carne!
*
Hambre tuvo, que es hambre: pan y galas
El buitre le ofreció, galas muy bellas.
¡Y la vergüenza al fin abrió sus alas!
Y a Magdalena cobijó con ellas!

Al juzgar tales desafueros de la sensualidad el poeta huye del dogma condenatorio, y más bien intenta comprender, compadecer, sin dejar de fustigar a quienes convierten la relación sexual en un deporte, pasatiempo mundano, comercio intrascendente. Sus mejores armas de escritor fueron rendidas al paso triunfante del gran amor, a veces leve y airoso, a veces atormentado y adolorido, pero siempre construido con ternura y dedicación infinitas, verdad y merecimiento:

Un ramo haré magnífico de estrellas:
¡No temblará de asir la luz mi mano!
Y buscaré, donde las nubes duerman,
Amada, y en su seno la más viva
Le prenderé, y esparciré las otras
por su áurea y vaporosa cabellera.
*
Que viví sin amor, fuera mentira:
Todo espíritu vive enamorado:
El alma joven nuevo amor suspira:
Aman los viejos por haber amado.
*
El infeliz que la manera ignore
De alzarse bien y caminar con brío
De una virgen celeste se enamore
Y arda en su pecho el esplendor del mío.


© La Jiribilla.
La Habana. 2002
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