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LA
JIRIBILLA
FIGURAS EN EL LIENZO
Francisco López Sacha |
La
Habana
En la noche de estreno de Garin, Emilio Zola se puso el gabán, tomó la chistera y la capa de aguas, y se dispuso a asistir al teatro. La Comedia Francesa estaba lejos y todavía una gruesa llovizna, molesta y pertinaz, castigaba los tejados brumosos y las calles empedradas de Montparnasse. Aunque no podía malgastar los pocos luises, tomó un coche y dio al cochero las señas.
La función comenzaba a las ocho y el estreno, a pesar de su recelo natural contra todo debut, podía deparar sorpresas.
No le animaba ese joven autor, recién llegado al mundo del teatro, a quien había visto alguna vez por los salones de Octavio Mirbeau. Pulcramente vestido -chaqueta muy ceñida, corbata de seda y pantalón de nankín-, aparentando cierto desaliño para ponerse a tono con la bohemia, Paul Delair se paseaba muy orondo por los diversos grupos en tertulia. Tenía el aire tonto de los provincianos sin talento, el cuello colorado y la mirada fría. De negro, y de bigote rubio, a ratos se le oía alzar la voz. Quizás fuera realmente pobre, como le habían dicho, pero eso no justificaba el desenfreno, la torpeza con que se conducía: malgastaba las frases, se adelantaba a dar fe de un rumor, bajaba la cabeza, de pelo crespo y fino, y accedía a cualquier comentario. Se conocía enseguida que no era un artista, sino uno más, entre los tantos que querían llegar a través del teatro, la redacción de una casa impresora o la antesala de algún ministerio.
Siempre se comenzaba por aquí, un manojo de versos, una pieza teatral dulce y coqueta, o una comedia para hacer reír. Y no podía faltar una dedicatoria: "Al barón de F., por su gentileza". Lástima de mundo, tan lleno de cumplidos. Sin embargo, algún esfuerzo tuvo que dedicar para poder colocar un estreno, nada menos que en ese teatro. Ocho años de trabajo y más de mil doscientos versos, se decía. ¿Amigo de una cocotte? ¿De un societario? Quién sabe. Lo cierto es que la obra se anunciaba por todo lo alto en las columnas de
Temps y Le Figaro y se reproducían, incluso, algunos fragmentos. Si la anunciaban Maret y Mirbeau no podía ser algo de primera, a lo sumo una tragedia conciliadora y romántica, al gusto del momento, llena de apartes, largas tiradas y apasionados monólogos. Últimamente, no se veía otra cosa en el teatro.
El coche dobló por la Rue de Rennes y a la altura de Saint German des Pres el cochero, atento a su trabajo, chicoteó con el látigo los flancos de ambos caballos. En la esquina siguiente, bajo el farol de gas, uno de ellos piafó, encabritándose, y al volver a golpear los adoquines, manchó de barro el regazo de una vieja señora que se apresuraba bajo la lluvia. "Merde", le oyó decir, al paso ahora agitado del carromato. Emilio Zola volteó el rostro y alcanzó a ver a la mujer que se limpiaba apresuradamente. Volvió a su latitud, arrebujado en el cojín del coche. La palabrita le sonaba hueca, casi una interjección. La había escuchado demasiado, en todas partes, a propósito de la más mínima molestia. Curioso: no aparecía en ningún texto y no la declamaba ningún actor. Corría el peligro de desaparecer, en todo su sentido, si no la rescataba la literatura. Ah, merde. Muchos de sus colegas se resistían a reconocer esa verdad. Qué tontos. Le huyen a la frase viva como si les quemara. No aceptan el lenguaje de la vida, se hartan en el teatro de cosas sin sentido y se horrorizan cuando yo, o Jules, o Gustave, decimos crudamente la verdad. "Ataque a la virtud", "desfachatez", ésos son los epítetos que nos endilgan. Hipócritas. En los banquetes o con sus amantes, dicen cosas que sonrojarían a cualquier verdulero. Pero tienen columnas en los diarios y crédito en los bancos. Prefieren a Talray, con sus estupideces, porque alquiló el Dejazet toda la temporada y convenció a Perrin de las utilidades. Con diez o quince mil francos, todo se compra. Naturalmente, Talray entiende ser dueño absoluto en el teatro donde se representa su obra. ¡Sí, éste es el sueño! Sólo las gentes ricas pueden permitirse una tentativa semejante. Nosotros no tenemos protectores. Nuestros libros se venden a hurtadillas, se leen en el desván, apenas se comprenden. Hay que escribir largos prólogos y dar la batalla, para que se digieran. Y no digamos nada de las piezas teatrales. Cortes, enmiendas, suben a escena por puro compromiso. No pasan más allá de las primeras representaciones. Ah, sí, naturalismo en el teatro, ya se sabe. Hasta Francisque Sarcey, tan comedido, tan atinado a veces en sus juicios, se retuerce el mostacho cada vez que le mencionan eso. "Lo importante del teatro es el teatro", pregona a toda voz, "y no esas cosas de prostitutas y tullidos y enfermos mentales que nos quiere imponer Zola". "Para eso tenemos la vida", concluye, dando un tirón a la pipa y enarcando las cejas. En realidad, uno va hoy al teatro como al velorio de un viejo difunto.
Emilio Zola abrió la tabaquera y pellizcó la punta de un grueso cigarro. El trabuco se quemó al instante, al siseante contacto con la cerilla. Fumaba poco, más bien sin entusiasmo, y no podía darse el lujo de gastar en habanos, apenas podía vestirse con decencia.
La lluvia seguía cayendo, incesante, mientras la niebla bajaba a la ciudad. Pasó el Quartier Latin, con sus calles estrechas y las casas encaladas de amarillo, brumosas residencias de empleados públicos y plátanos y tilos que ahora invadían con su modorra el modestísimo barrio de París.
Cuando el landó cruzó el Pont-Neuf, pudo atisbar, a la luz de unas antorchas, un paisaje digno de su amigo Manet. Abajo, en la barcaza, entre el fuego y el humo de unas pipas, dos prostitutas paseaban su desnudez, envueltas en quimonos, como nuevas Olimpias en un basto decorado natural. Borrachas, seguramente, pensó. Y pensó también que el cuadro de Manet era muy limpio, demasiado gentil para estos tiempos. La pintura también tiene que cambiar, la realidad es borrosa, deprimente. Lanzó una bocanada de humo y el Sena se esfumó, a sus espaldas, como en el trazo de un loco puntillista.
El coche se detuvo bajo los faroles públicos de la Comedia, al lado de otro coche de alquiler y de un tilburí, de capota cerrada, que arrancaba de prisa por Saint-Honoré después de haber dejado a un hombre grueso, de chalina y gabán. Monsieur, le dijo el conductor, extendiendo la mano y la sonrisa. El hombrecito se congeló en el gesto y le mostró sus dientes, manchados de tabaco, su chaleco raído, que alguna vez fue azul, y la pechera sucia, abultada bajo la capa de aguas. Emilio Zola abrió la portezuela, contra toda costumbre, pues el cochero, que bajaba del pescante, ya se disponía a hacerlo. Con una reverencia, desenrolló el estribo y el pasajero pudo bajar. La marquesina del teatro resplandecía en toda su extensión y a la luz azulaba el porche, nebulizando las gotas de lluvia. El arco y la fachada estaban engalanados y la gente hormigueaba por el salón de acceso, a la espera del inicio de la función. Ahogó el tabaco, en un charco vecino, y sin saber por qué, contempló a uno de los caballos. El tordillo movía la cabeza con tristeza, mientras soltaba por las ventanas de la nariz el vaho cálido y húmedo de su respiración. Apretó la bolsa, dejando en las manos del cochero dos tintineantes monedas. La efigie de Luis Felipe de Orleáns brilló un segundo, antes de desaparecer en las faltriqueras del conductor. Merci, Monsieur, susurró débilmente, al comprobar que le dejaba propina. Cuando echó a caminar, hacia el vestíbulo, lamentó la ausencia de su querido Alphonse, que se sentía indispuesto, y de Gustave, que no vendría, enojado además por la censura de
El candidato -sólo tres presentaciones en el Vaudeville-, que había decidido publicar en estos días, alentado por el éxito de su último libro de relatos. Bah. Ahora se aburriría de lo lindo, no tendría con quién conversar.
Adentro, después de la lluvia, protegida por la fría nevisca, la multitud se alineaba en el vestíbulo. Cuando pasó entre ella, despacio, para no enlodar el piso, percibió el tufillo a naftalina de las ropas, la abundancia del negro y el marrón, los primeros colores del invierno. Saludó a un conocido, bajando la chistera, y se quitó la capa de aguas. Las bombonas del techo iluminaban fuertemente el salón de estar y la cálida sensación del amarillo se reflejaba en las ropas, en los torsos ceñidos de las mujeres, en el rosa o el mate de sus cachetes y en la palidez de las canas que algunas pretendían ocultar. Las conversaciones, en pequeños corrillos, creaban una atmósfera de intimidad, donde podía sentirse, en agradable eco, el fru fru de las faldas tachonadas y el crac crac de los botines de los caballeros. Había de todo, en materia de levitas y rebozos. No faltaban, por supuesto, algunas señoras del beau monde, escoltadas por sus damas de compañía, que de seguro asistían al estreno más por snobismo que por convicción. Éste no era su sitio. La nobleza se batía en retirada hacia la Porte-Saint Martin, donde representaban tragedias de Racine y donde se lucía una joven de mucho talento, aunque viciado por el Conservatorio, a quien conocía por Sarah Bernhardt. Lo que sí le extrañó fue la cantidad de empleados que asistía a la representación. Pensó un instante, al contemplar a esos tristes burócratas de bastón de nogal y pechera almidonada, si no sería un funcionario del gobierno el verdadero protector de Paul Delair. Se las gasta el bretón, pensó enseguida, dando por sentado que el dramaturgo había encontrado asidero entre los círculos republicanos. Con tal que no se pase después a los monárquicos, si tiene éxito, meditó más tarde, mientras entregaba la chistera, el gabán y la capa a la demoiselle de la guardarropía.
Se dio vuelta y consultó el reloj. Eran las ocho y cinco. Cayó en la cuenta, por la actitud tranquila y displicente de las damas, por la curiosidad de algunos abonados y por el volumen de consejeros y edecanes que se movían intranquilos en el vestíbulo, atentos a la llegada de los coches, que la función debía esperar por el arribo de un importante dignatario. Viendo la cara de aquellos burgueses, podría tratarse de Gambetta, o del mismísimo Jules Grevy. Ya podía vérselas con una función política del más bajo nivel con alusiones a
La Marsellesa y a la France, con una turba de funcionarios ineptos dando patadas y berridos a cada nuevo aire de la orquesta.
A las ocho y cuarto, y a un leve movimiento de un entorchado edecán, la multitud creció hacia uno de los ángulos del salón, los caballeros, de frac, tomaron del brazo a sus mujeres, las damas se apartaron y los grises funcionarios saludaron con una salva de aplausos. De un elegante cabriolé, tirado por una cuadra de caballos, descendía, sereno y conciso, el señor Gambetta. De etiqueta, bastón en mano, repartiendo sonrisas y apretones, el flamante presidente de la Cámara marchaba hacia su palco, seguido por una muchedumbre bullanguera de senadores y diputados de izquierda. El grupo se desplazó por el centro del vestíbulo, todo de negro, todo de gris, hacia las grandes cortinas de terciopelo rojo. Zola reconoció a Fleury, calvo y mofletudo, a Maret, magro y espigado como un arenque, que ahora dirigía el
Temps y servía de consejero municipal después de haber traicionado a la Comuna. Cómo no me di cuenta antes, he aquí al protector. Entonces no pudo evitar una sonrisa, teñida de ironía, al ver tantos enemigos juntos, hombres que hasta ayer habían servido a Napoleón III, Thiers o MacMahon con la misma fidelidad perruna y ahora cortejaban a Gambetta, disfrazados de humildes servidores de la nueva República. Maret, el viejo zorro, más aristócrata que el conde Galiffet, pero todavía con el brazo en alto, declamando sus largos discursos con la antigua pasión de un communard. Pasó Guillaume y saludó de prisa. Los últimos miembros del séquito comenzaron a zigzaguear en los pasillos, temerosos de retrasarse y no ocupar balcones.
La multitud comenzó a entrar, a la llamada de la campanilla y a la zaga de los diputados. Zola compró el programa, alentado cortésmente por una dama que abría las dos hojas de papel de China admirando la composición del reparto. A decir verdad, no había nada de interés, salvo uno o dos comediantes que hacían comparsa en los melodramas de Luis Davyl y ahora aparecían contratados para trabajar en el género trágico. Quedaba por ver si el texto propiciaba la actuación y ese Mounet-Sully se lucía en su papel sin caer en las falsas transiciones de los viejos actores de carácter.
Cuando ocupó su butaca en la décima fila del lunetario, sintió de nuevo el olor a naftalina, mezclado un tanto al del tabaco rancio y el agua de Colonia que destilaban los hombres de la clase media. Todo estaba copado por sus severos representantes. A la derecha, donde terminaba el arco de la herradura y los querubes cargados de flores aparecían dibujados en uno de los ángulos del proscenio, varias parejas de regordetas señoras intercambiaban miradas de asombro con sus maridos de sacos de paño y corbatines negros. Las buenas señoras del barrio Saint-Lazare, acostumbradas a los teatrillos de poca monta y a las funciones dominicales de los bufos, se resistían a creer que asistían a la Comedia Francesa acompañadas nada menos que por los propios diputados de sus distritos. En sus caras redondas y graves se reflejaba el cambio de rutina, el placer de una noche de fiesta sin grapa y sin anís, pero en el alborozo de un sitio escogido. Sus ojillos vivaces y azules recorrían con mal disimulada timidez la escala de los palcos, la araña de caireles que pendía en lo alto de la bóveda y el foso de la orquesta, donde los músicos distribuían las partituras y comenzaban a afinar sus instrumentos.
Zola se acomodó la chaqueta y decidió mirar al fondo. Arriba, en los primeros balcones, las damas extendían sus lorgnettes, de mangos de nácar, para observar los palcos de enfrente y descubrir a conocidos que las saludaban con el guante o una leve inclinación de las cabezas. El lunetario era una mancha negra y blanca, de pavorosos pingüinos, incómodos ya por la excesiva demora de la función. Era el público ignaro que había hecho fracasar tantos empeños, bloqueando a Musset, a Balzac, y aceptando a una piara de imbéciles con el gusto retorcido por la piece bien faite. "¿Quién soy?" Vautrin. "¿Qué hago?" Lo que me da la gana.
Salió el director y recibió estruendosos aplausos. Se colocó en el podio y alzó la batuta. Las cortinas del primer telón se descorrieron al sonido insistente de tres fuertes martillazos que se escucharon tras los bastidores. Todo el mundo hizo silencio, o más bien se escuchó, de galerías, el murmullo conforme del público de un franco cincuenta, más habituado a la barraca de guiñol que a sus estrechas bancas de palomar.
Al bajar poco a poco la luz del gas, entró con alguna premura un joven de saco negro y corbatín de lazo que se acercó a su fila y pidió permiso para ocupar una butaca. El matrimonio contiguo, una blonda y pálida damita con un alto y colorado normando, de anchas guías en el bigote, se puso de pie. El joven agradeció la cortesía y se sentó a su lado. Enseguida le llamó la atención, pues no parecía francés. Diríase que español, por el acento, o mejor de ultramar, por lo cálido de sus limpias facciones, el pelo crespo, oscuro y abundante, el fino bigote y los ojos glaucos que destellaban de vitalidad. El joven se acomodó en la butaca y colocó una mano en el brazo del asiento. En lugar de una joya, un anillo de hierro le circulaba el anular. Zola cesó de mirarlo al encenderse las candilejas y al oscurecer, de súbito, el resto de la sala.
El escenario resplandeció en el centro. La boca del telón se iluminó y aparecieron cinco telones pintados que semejaban el atrio de un castillo, dos bastidores con pórticos labrados y un viejo mesón de utilería. En lo alto, los hilos de tramoya sostenían los grandes tapices con los símbolos del poder real. Predominaban el oro, el gualda, el azul, una decoración estilizada y fastuosa. El conjunto pretendía la imagen de un palacio feudal en la Bohemia del siglo XIII. Zola contuvo un gesto de animosidad. Los decoradores no habían tenido el más mínimo escrúpulo al colocar, junto a la silla de Sept-Savix, un balancín de comienzos de siglo. Sólo faltaban el gorro frigio y la escarapela para indicar que el ambiente estaba corregido por una copia al uso del típico salón del gabinete.
Cuando entró el rey, en pose solemne, se escucharon murmullos en la sala. El viejo actor se colocó cerca de la concha del apuntador y luego se arrodilló en la escena. Alzando los brazos, el señor de Sept-Savix se lamentó una y otra vez por no tener un heredero al trono. Su mirada se empañaba de lágrimas mientras fingía una cuidada respiración del texto. Se incorporó con dificultad y avanzó hacia el proscenio. Por el lateral derecho, de calza y jubón, apareció un criado con la cena. Herbert de Sept-Savix lo despidió con un gesto de ira, se cubrió el rostro y bajó la cabeza. La orquesta acompañó su ruego con el suave gemir de los violines. Bruscamente, cambió de posición. Rodeó la silla, extendiendo los brazos, y pidió al criado que llamara a su sobrino Garin.
El público prorrumpió en aplausos. Mounet-Sully hacía su entrada con la capa al vuelo, el arco en una mano y la otra en el pecho. ¿Señor, me llamabais? Los aplausos se hicieron más fuertes. El actor se detuvo, ya fuera del papel, y repitió el gesto, pasando de un estado a otro con los ojos cerrados. La claque de las primeras filas hizo sonar las tablillas de madera y Mounet-Sully aprovechó la oportunidad para saludar el palco del señor Gambetta. Zola meneó la cabeza y dedicó un instante a contemplar al matrimonio normando, que resplandecía de felicidad.
La damita apretaba las manos henchida de emoción. Oh, Jacques, oh, Jacques, le decía al marido. En cambio, el joven de ultramar no parecía sorprendido y apoyaba el mentón en sus dedos finos y firmes. ¿Qué opinión le merece?, se atrevió a preguntarle, luego de un momento de vacilación. El joven ladeó la cabeza y lo miró de frente. Quisiera darle una imagen exacta, le respondió, acentuando las sílabas, como un francés meridional. ¿Conoce usted el arte del violín? Zola afirmó con la cabeza. Pues bien, es un Stradivarius en manos de un actor de tercera categoría. Zola pestañeó, sorprendido por la agudeza. ¿Le parece? Sin duda, sonrió el joven, interesado también por lo que ocurría en escena, la naturaleza lo ha dotado con dones muy superiores a su inteligencia. Zola iba a replicar, pero Mounet-Sully hablaba ahora en voz alta, imponiendo respeto. El viejo señor ocupaba su silla y aceptaba la sugerencia.
El escenario se pobló de luces. Tras una fila de antorchas, la bailarina Aischa iniciaba una danza de velos. El rey la miraba con lujuria y Garin, embozado en la capa, le sonreía con benevolencia. Aischa danzaba para el viejo señor, ondulaba en sus sedas de tul y se rendía a sus pies. Sept-Savix se incorporaba, presa de un rapto de emoción, y oprimía sus manos en el pecho. Las antorchas salían veloces hacia el foro y la luz corría desde las candilejas, creando un círculo de intimidad. Garin y Sept-Savix quedaban a solas. Hablaban en voz baja, sin extremar los gestos. Era el mejor momento de la escena.
Zola se arrellanó con satisfacción en su butaca y se dejó arrastrar por las suaves palabras de los actores. De la tramoya bajó el manto real y el espacio se redujo al mínimo. Aquí se tiene un rinconcito íntimo, natural y encantador. Me consta, y lo pensó con el dedo en la sien, que para gozar de todo ello, hay que encontrar un placer en el hecho de que los mismos actores vivan la pieza y no se limiten únicamente a ejecutarla. Pero el encanto se rompió al instante. Un trovador apareció en escena e interrumpió la intimidad del diálogo. Aimery, el hijo bastardo del rey, le reclamó a su padre un poco de piedad para los campesinos de su feudo. Le recordó, además, que había violado a una doncella y que ese acto le impedía reinar. Garin se interpuso entre ambos y el viejo señor quedó indeciso. Daba a entender con su mano en la frente, que no aceptaba la recriminación, y al mismo tiempo, que le era muy difícil elegir. Si se ponía de parte de su hijo, perdía el trono, y si lo hacía de parte de Garin, perdía a su hijo. Al fin tomó una decisión y señaló bruscamente a Aimery. Los contendientes se enfrentaron por primera vez, arrancando exclamaciones de júbilo. Bastó un segundo para que sus movimientos se hicieran torpes, estudiados. El rey tembló, enarcando las cejas, Garin abrió la capa y amenazó con el arco, y Aimery, con su melena castaña y el laúd a la espalda, al ver que su padre no se dejaba conmover y más bien se retiraba asustado, pronunció el nombre de Francia y arremetió contra los viejos señores, profetizando el día en que las chozas quemaran los palacios y los siervos reinaran a su lado. Los aplausos llenaron la sala. Zola volteó el rostro hacia el joven, pero éste cruzaba los brazos, adelantaba la cabeza y prestaba atención. Es el colmo. Al dramaturgo no le basta con aludir a nombres que no podían tener ningún sentido en ese siglo, sino que pinta a un señor feudal que se deja injuriar por el primero que llega y entra en su casa para decirle cuatro verdades y anunciarle la Revolución Francesa. Es falso, completamente falso. Es cierto, musitó el joven, que había vuelto a recostarse en el asiento, dice usted la verdad, pero en la obra hay una idea magnífica. El autor ha puesto toda la culpa sobre el rey y sobre el hijo legítimo de la nobleza, y toda la justicia, virtud y encanto, de parte del hijo del pueblo. De acuerdo, le respondió Zola, pero no veo ningún motivo para mentir de esa manera. Sí. Uno. El arte sigue la marcha del progreso y se pone al servicio de la libertad. No sé si deba responderle así, le dijo Zola, pero el arte no se hace para rendirle homenajes a nadie. El joven sonrió, mostrando la tersura de su rostro y sus ojos almendrados, nítidos. Comprendo su pesar, le dijo entonces, pero en estos tiempos, en que todo parece que se hunde, la virtud debe ser exaltada. ¿No mintió Shakespeare, no mintió Víctor Hugo? Zola no pudo menos que sonreír. La respuesta era caústica, precisa. Volvió a mirar la escena, a tiempo para que el trovador diese la media vuelta y se marchase. La intriga comenzaba ahora con la expulsión de Aimery y el anuncio de que el viejo señor se casaría con la bailarina.
La boda se alargó sin necesidad. Era el momento de lucir los trajes y el atuendo. Una mueca de disgusto se advirtió también en los labios del joven, que movía su poblada cabeza e inclinaba su tersa y amplia frente. Zola se acarició la barba y entrecerró los párpados, al comprobar que a partir de ese acto la obra tomaba el sesgo de un plagio.
En efecto. Como en Macbeth, Aischa compulsaba a Garin a matar a su tío. Garin se resistía, lleno de súbitos temores, pero al final vencía su ambición. En la oscuridad de la alcoba, mientras el rey dormía, Garin tensaba el arco y descargaba el flechazo. Sin mediar palabras, Aischa ponía una mano en su pecho y lo declaraba rey.
El instante resultó muy efectivo. Garin recibió los atributos del poder e hizo un breve aparte para el público. La bailarina le dio el manto y la espada, inclinándose hasta besar sus manos. De los palcos atronó el aplauso. La nobleza se reconocía en un suceso digno de su atención. Zola miró hacia arriba, desencantado por la resonancia. Otro tanto hicieron los normandos, contentos de la alianza momentánea con los pocos asistentes del Faubourg. El joven manifestó su desacuerdo con una frase cortante. Ha ido demasiado lejos, le dijo de inmediato, está aprobando la coronación de un rey. El gesto puede ser efectivo en las tablas, pero falsea la ley de sucesión. En la antigua Bohemia se celebraba un ritual diferente. Zola escuchó con interés y acercó la cabeza, para responder en la mayor intimidad. No sólo eso, sino que el dramaturgo se ha visto en la necesidad de complacernos a todos. Más tarde verá usted un cambio de fortuna. Aimery regresará triunfante y con ello se encantarán los demócratas. Es así. El joven lo observó serenamente. Veo que no le agradan ni unos ni otros. De ningún modo, respondió Zola, volviendo a su posición original, soy republicano, lo que me desagrada es la pieza. El teatro sólo requiere de una acción sencilla para ser moderno. Téngalo por una verdad, añadió, con el índice en la punta de los labios, o la República será naturalista, o no será República. El joven lo miró con estupor y su mirada se hizo intensamente clara, de un ámbar opalino, al tiempo que el incendio de las candilejas marcaba el fin del segundo acto. Es la primera persona que conozco en París que sostiene ese punto de vista, le dijo con firmeza. Zola esbozó una sonrisa, mientras su barba se oscurecía bajo el efecto instantáneo del apagón. No encontrará muchas más, se lo aseguro.
Ahora los nuevos príncipes no podían dormir. El espectro de Sept-Savix se levantaba ante ellos. Tampoco podían comer. El viejo señor aparecía en la mesa con la túnica manchada de sangre. Aischa y Garin se deseaban la muerte, mientras recorrían de puntillas el escenario. Una sierva lenguaraz, vieja y descalza, profería extrañas maldiciones contra los homicidas. La madre de Aimery había sido testigo del crimen y clamaba por el regreso de su hijo. Esto era
Macbeth, por el espectro de Banquo sentado a la mesa, pero también la vieja Juanhumaca de Víctor Hugo en
Los Burgraves, y sobre todo, Thérèse
Raquin. Zola cruzó una pierna sobre otra y comenzó a balancear la puntera del botín. Un extraño calor le subió de improviso al notar que plagiaban su obra. Ese fantasma entre los dos amantes, ¿no era Camille Raquin?, y esas recriminaciones, esos remordimientos, ¿no recordaban a Laurent, a Thérèse? Notó que le ardía la cara. Pero la culpa no es de Paul Delair. El autor no es culpable. Al menos, su culpa es indirecta. Simplemente, realiza su aprendizaje siguiendo una mezquina tradición. La causa está en los negocios. ¿Cómo es posible que estemos atrapados? Desde los tiempos de
Marion Delorme, los empresarios nos mandan en todo, controlan los escándalos, protegen la taquilla e imponen sus normas. Claro, la innovación no paga. Por eso no ocurre nada nuevo en un teatro donde los dramaturgos, los decoradores y los régisseurs se dedican a copiarse unos a otros. Basta una señal de éxito para que todos corran y el próximo estreno sea un robo descarado de la pieza. ¿Cómo voy a creer lo contrario? Las normas económicas y el tanto por ciento acabarán con lo que queda de teatro. Ni las obras románticas, ni las clásicas, despiertan ya un sentimiento de animosidad. Estamos muertos. Las dos revoluciones han pasado, sólo quedan las sobras. Zola estrujó el programa y el papel de China crujió débilmente. La damita sacaba un pañuelo y se secaba las lágrimas. El joven permanecía atento. Aischa y Garin se abrazaban por última vez y el telón descendía con el cierre impetuoso de la orquesta.
Nada y nunca. Zola se incorporó de un salto, apoyando las manos en los brazos del asiento. Ni siquiera aplaudió. Cuando quiso dirigirse al joven, éste salía del lunetario por el extremo opuesto y se perdía entre la multitud. Iba a llamarlo y se secaron sus labios. Tampoco conocía su nombre.
El ruido de los aplausos se fue apagando a medida que el público abandonaba la sala. Por ambos laterales, y por el centro, la multitud arrastraba los pies y murmuraba apenas, mientras se dirigía de nuevo hacia el vestíbulo. Las cabezas sobresalían bajo las arcadas, las mujeres componían su atuendo, arreglando una pucha de flores o ladeando el sombrero, y los hombres, con discretas sonrisas, hacían guiños cómplices a las señoras que reconocían a los amigos que iban retrasados o a las personas que deseaban ver. En cambio, para los demás, y al acercarse a los pasillos circulares, emitían un leve silbido, levantaban el torso y la barbilla en un gesto que debía significar apremio, vieja manera francesa de obligar a otro, sin ofenderlo, y sin hacer el ridículo.
Los palcos se vaciaban lentamente, caían y se cerraban las cortinillas. Los jóvenes bajaban de inmediato, el saco les flotaba en la carrera y les resplandecía el chaleco. Para ellos comenzaba otra función, el teatro de los camerinos. Los funcionarios, cuidando su empaque, se demoraban más. Sus caras opulentas, de gruesas patillas, se asomaban con mucho disimulo para mirar a los palcos vecinos. No podían perder la ocasión de acompañar al diputado o al ministro. Los señores, los pocos elegantes del Faubourg, no tenían prisa. Ocultaban el rostro tras el cuello desnudo de una dama, prometían un beso y celebraban alguna ocurrencia.
La multitud se dispersó en la entrada. Sonaron los botines y crujieron las faldas. Los grupos se formaron en la sala de estar, junto a la escalerilla de los palcos y alrededor de los pequeños mostradores donde servían el vino y la cerveza. Los comentarios se hacían ahora, nunca en voz alta, acompañados de algún gesto del actor visto en las tablas y recalcado con evidente placer.
Zola se arregló las solapas de la chaqueta y se estiró los bordes inferiores del chaleco. Estaba incómodo. La gente y las palabras le molestaban ya, lo mismo que la obra que acababa de ver. Le molestaban -lo percibió ahora- porque parecían salir de ella. Además de ropajes antiguos, trapajos medievales y frases sin sentido, ese teatro cumplía otra función. En lugar de reflejar la vida, era la vida quien lo copiaba a él. Durante la semana, si la obra se convertía en un éxito, el marido tendría un gesto de ira con una rápida inclinación del cuello en el mejor estilo de Mounet-Sully, la señora un aparte con su cocinera, la mano al pecho y los ojos en blanco, por favor, Louise, no eche más apio en la sopa, el jovencito un sonoro desplante con el brazo extendido y el guante en la mano, la modistilla de la Porte des Lilas, un aire zalamero, una caída de ojos, y el funcionario un chiste de ocasión. Quien no fuera a la Comedia a ver a Garin quedaba al margen de todo acto social. Con el próximo estreno se cambiaban las señas, y cualquiera, sabiéndolo o no, se comportaba como Coq-Hardy, Margarita Gautier o Monsieur Cheribois.
Ya aparecían los imitadores. Dio media vuelta y atravesó el pasillo. El salón resultaba muy caldeado y muy pequeño para tanta gente. Se dirigió al mostrador de galerías donde pidió una jarra de cerveza fresca y la apuró en varios sorbos. No le calmó la sed y pidió otra. La demoiselle se la puso delante con algo de tristeza en la sonrisa. Vestía de azul celeste, el pelo rubio recogido en la nuca, velo de encajes alrededor del cuello, ojos verdes, acuosos y grandes, y labios carnosos. No era fea. Tampoco incitante. Tenía algo solitario y lejano que la emparentaba con aquel caballo, el cochero y la noche invernal. La lluvia y la muchacha vinieron juntas a su imaginación y Zola sacudió la cabeza. Su vestido drapeado, de color azul, y el rubio de su pelo, formaron la silueta, la impresión. La imagen se detuvo en su mirada ansiosa de muchacha pobre, vendedora de vino y de cerveza en el centro de un teatro opulento. Tras ella, en la cristalería, se reflejaba él, mudo, con la barba rojiza, llevando la jarra a la boca una y otra vez.
Tan solo como él, y al otro extremo, el joven saboreaba una copa. Al descubrirlo, la sonrisa le vino de adentro y le ensanchó la cara. Dejó unas pocas monedas en el mostrador y caminó hacia él. Ahora lo pudo contemplar mejor, en el reflejo y de cuerpo presente. Parecía menudo y enjuto en el cristal, pero en el mostrador, la melena rizada, todavía romántica, la frente despejada, la nariz recta, el saco negro y el corbatín de lazo, le daban un porte y una estatura mayores. Los ojos le chispeaban, inquietos, de un azul lila, en el óvalo de un rostro delicado, para denunciar, tras lo apacible de su compostura, una fuerte determinación y un temperamento sanguíneo.
Monsieur, murmuró el joven, al reconocerlo, mientras se abrían sus ojos y se acercaba con ademán resuelto.
Cuando lo iba a saludar, otra persona se interpuso entre ellos. Emilio, gritó con alegría, menos mal que lo encuentro. Venga. Quiero presentarle a un amigo. Ha venido de muy lejos para conocerlo. Zola y el joven se miraron de súbito. André, ¿no se da cuenta?, me interrumpe con este señor. El recién venido se detuvo en seco. Zola tomó su mano, la estrechó, y de inmediato le indicó al joven. Acérquese; él es Antoine, figurante de la Comedia Francesa. El joven dio unos pasos y le tendió la mano. Perdón, murmuró el otro, le ruego que sepa disculparme. Ambos inclinaron la cabeza. Antoine se enderezó enseguida y con un leve movimiento hacia atrás se recogió los mechones de la frente. Sus ojillos penetrantes se fijaron en Zola, y sus facciones duras, de aguilucho, se distendieron en una franca sonrisa. ¿De veras no interrumpo? Zola no supo qué decir. Sintió hacia él la misma antipatía que le provocaban esas salidas suyas, cuando se oponía a todos en las reuniones del Círculo, clamando por un teatro pequeño, de autores desconocidos, en el que no podían faltar esos bohemios de Villiers de L'Isle Adam y Henry Becque. No. De ningún modo, se adelantó el joven, acabo de conocer al señor. Antoine hizo un gesto de sorpresa, llevándose las manos a la cara. Después que se repuso, tomó la leontina entre los dedos y sacudió hacia abajo el chaleco. Nada es extraño en el París de hoy; pero venga, vengan, no lo tomen a mal. Soy actor, mi profesión es mi defecto. Se echó a reír de sus propias palabras, con tanto entusiasmo, que el rostro le cambió, ruborizándose. Emilio, Emilio, le arrastró Antoine por la manga del saco, mi amigo insiste tanto en conocerlo. Es un fanático de sus teorías. Lo ha perseguido desde que llegó. En Zola está la clave del teatro, es lo que dice. El joven se detuvo entonces. No es posible. ¿Es usted Emilio Zola? Zola afirmó con la cabeza. El joven lo miró con alegría y le mudaron de color sus ojos, que se pusieron ambarinos, grises. Enseguida le tendió la mano. José Martí; suyo.
Antoine los condujo hacia un ángulo del salón, donde un hombre, de pelo abundante y rojizo, se adelantó con ansiedad. Venía de prisa, y sus ojos saltones, rasgados y nórdicos, lo miraban todo a la vez. Me llamo Augusto Strindberg, dijo de pronto. Saludó al joven, haciendo la venia, y agradeció a Antoine por su gestión. Entonces se dirigió a Zola. He llegado esta mañana de Estocolmo para una breve estancia. Sabía que estaba aquí, no perdí tiempo. Hizo una corta pausa, congestionado por la emoción. Con ambas manos se sujetó las solapas del redingote, que le quedaba estrecho, y respiró con dificultad. La voz le salió suave y cantarina. Mi mayor deseo es someter a su consideración el capítulo inicial de una novela que titulo
El cuarto rojo y que está cerca de sus ideas sobre el arte. ¿Es usted naturalista?, inquirió Zola. Ahora lo soy. He escrito algunas piezas sobre la historia de mi país. Al conocer sus puntos de vista, he cambiado de opinión. Nada de historias antiguas; hechos de actualidad. Dejó caer las manos y las cerró con fuerza. Me alegra que se interese por los problemas de hoy. Hay tanto que escribir. Zola miró en derredor, se dirigió a él y a los demás, pero en un tono tan pausado y convincente que parecía hablar consigo mismo. Nuestros autores no quieren comprender. No es posible dormir con la cabeza en Cartago y los pies en Saint-Germain. Hay que escribir la tragedia de la burguesía contemporánea, el drama real que se representa todos los días ante nuestros ojos. Eso es mucho más grande, más viviente, de más pasión, que estos tres actos que acabamos de ver. ¿Pero acaso no es grande el drama de un pueblo que se debate entre la monarquía y la República?, terció el joven, con un relámpago de autoridad. Es lo que digo yo, replicó Zola, con énfasis, pero me irrita que ese drama tenga que ser parabólico, fingido y estilizado en formas muertas. ¿Por qué no se copia la vida con mayor fidelidad? Amigo mío, ¿no sería más hermoso ver este asunto representado en prosa, con las palabras de todos los días, con gente que coma y beba y discuta el conflicto? El joven alzó el índice de la mano derecha. Ése es precisamente el error. Si con ser como somos necesitamos ser mejores, ¿mejoraremos algo copiando lo que somos? Zola movió la cabeza con inquietud, adelantó las manos y las abrió de golpe. Sí, mejoraremos, hay que saltar a las estrellas mediante el trampolín de la exacta observación. Strindberg se introdujo de pronto. Estaba pálido y le latían las sienes. Su larga cara, de caballo fogoso, se apresuraba en un gesto irascible. Comprendo al señor y lo comprendo a usted, dijo enseguida, pero vivimos en una época de transición. Éste no será el público de nuestras obras. Éste tampoco será nuestro teatro. ¿Vamos a conmover a los burgueses con historias de amor? No. Dejemos eso al arcángel Gabriel. El arte verdadero no es la copia, sino la vida misma. El arte no tiene que copiar ni que mentir. Su posición parece irreductible, le respondió Zola, mostrando una sonrisa de indulgencia. Lo es. Strindberg volvió a tirar de las solapas con el índice y el pulgar de ambas manos. Hizo girar los ojos, de un iris claro y frío, y no supo qué hacer con la cabeza, la movía hacia acá y hacia allá. Admiro su obra y sus doctrinas, dijo por fin, aunque también me parece que el naturalismo se excede en los detalles. Ustedes, los franceses, escriben en una prosa simétrica, matemática, que parece salida de un manual. Hay que romper con eso. La gente no habla así. Si lo dice por
Thérèse Raquin, se lo concedo. Zola comenzó a hablar claro y despacio y fue elevando el tono de su voz. Sintió que lo sofocaba la discusión porque sabía que sus palabras, sin el ejemplo concreto de la escena, no podían convencer a nadie. No tengo espíritu de fabricante. Antoine lo sabe bien. No escribo para mí ni para nadie, sino para decir la verdad. Con el estreno de
Thérèse Raquin sólo encontré rencores, y como quiero ser bueno, llevo la bolsa vacía. Si le puede ser útil, le diré que la obra no consiste en ninguna historia inventada para la ocasión. No hay una lógica de hechos, no la hay. La acción no es más que el resultado matemático del problema propuesto. Lo que quiero decir es que el espíritu científico del siglo, el método analítico, la observación exacta de los hechos, la vuelta a la naturaleza por el estudio experimental, barrerán bien pronto nuestros convencionalismos dramáticos y llevarán la vida a las tablas. Se detuvo. Los demás lo contemplaron en silencio. El joven los observaba de cerca con su mirada radiante y azul. Strindberg permanecía hosco, concentrado. Antoine, el más distante, se acariciaba el corbatín y se estiraba el cuello de celuloide. Lo descubrió en un raro temblor, lleno de asombro, con los labios muy juntos, a punto de llorar. Eran pobres, tan pobres como él, y no esperaban nada. Discutían a fondo sus ideas y eran capaces de morir por ellas. Repudiaban la moda y el dinero y prometían luchar hasta el fin por algo que nunca les daría la recompensa. Eran artistas. Por su amor al teatro y a la vida tenían frío en los pies y levitas raídas y hasta esa sombra velada en los ojos por el esfuerzo con la pluma y la cuartilla. Se enterneció. Puso una mano en el hombro de Strindberg y le dijo. Puede dejarme el manuscrito; le daré mi opinión.
Antoine rompió el silencio y carraspeó una risita nerviosa. ¿Aquel no es Coquelin? ¿Cuál?, preguntó Strindberg. El gordo, el que parece un conde y no lo es. Lanzó una carcajada, señalándolo, y dando pataditas en el suelo, para justificarse, giró en torno y extendió las manos. Es lo único en común que tengo con Balzac, dijo a los otros, me río de mis propios chistes. Enseguida adoptó un aire marcial. Venga, Augusto, quiero que lo conozca. A pesar de su empaque y su fortuna también es de los nuestros.
Coquelin se dirigía a los palcos, con su cara redonda y su larga nariz y su chaleco de brocados, el aire todo de un hombre de mundo que levantaba su cabeza y saludaba al pasar. Antoine lo siguió con la vista y después apresuró a su amigo. Vamos, se acaba el entreacto y se hace necesario verlo ahora; más tarde, es imposible. Entonces se aproximó a Zola con un dedo amigable en el aire. Me emocionaron mucho sus palabras. Créame, le tengo afecto. Aún sigo en África, bajo el mando del general Boulanger. El martes se me acaba la licencia. Cuando regrese haremos todo eso. No me olvide. El joven palmeó el hombro de Antoine. Vaya usted, le dijo, es el actor más célebre de Francia; lástima que no hiciera un papel. Zola asintió de nuevo al tiempo que daba las señas de su casa y estrechaba la mano de Strindberg.
Zola y Martí dieron la espalda al salón y contemplaron en silencio el largo pasillo circular que se anudaba bajo las galerías. Las lámparas de gas teñían de azul las pesadas alfombras del piso, los cupidos de mármol, los espejos. La gente entraba y salía por el corredor y los grupos se formaban y desaparecían de pronto. Por entre el humo de los gruesos cigarros distinguieron a los hombres del siglo, sus negras y sus rubias cabezas, sus anchos bigotes, sus lazos y corbatas de tafetán y sus blancas pecheras, a las mujeres que hablaban entre sí, como en secreto, y sus grandes sombreros de alabastro y sus rizos oscuros y sus sedas crujientes y sus pañuelos bordados de cenefas, y las grandes cortinas escarlata donde el tiempo lo dibujaba todo como nítidas figuras en el lienzo.
Zola introdujo las manos en los bolsillos de su chaqueta, sacó la tabaquera y le brindó a Martí. La punta se asomó, gruesa y oscura, por el cuero laqueado del estuche. Gracias, negó Martí, fumo muy rara vez aunque soy de la tierra que produce el tabaco. ¿De La Habana? Zola arqueó las cejas y lo miró con extrañeza. Luego encendió la cerilla, chupó hacia adentro para avivar el fuego y añadió. Éste es un puro de Virginia. El dinero no me alcanza para comprar los habanos. Lanzó un chorro de humo que se hizo gris azul y le nubló la barba. Lo sabía de ultramar, dijo a continuación, pero más bien del Istmo, o de México. Su confusión me agrada, le respondió Martí, nosotros, los americanos, vamos juntos en la misma familia. Zola volvió a fumar, sin entusiasmo, sólo por ver volar el humo. ¿Y qué le trae? ¿Negocios? Martí juntó las manos antes de responder. Estoy aquí de paso. Acabo de ser expulsado de mi país por el gobierno español. Marcho al destierro. Zola inclinó el tabaco y la cabeza en gesto de total comprensión. El iris verde de sus ojos se humedeció de pronto. La política europea hace estragos en el Nuevo Mundo, comentó con tristeza, son los tiempos. Ahora dejó el tabaco entre el índice y el cordial y no volvió a chuparlo. Se sintió enrojecer. Cuando le vi, a mi lado, me extrañaron su acento y ese anillo. Martí enderezó la cabeza. Es un recuerdo del presidio político. Lo llevaré toda mi vida. Zola ladeó la cara y rechistó. Al volver a mirarle sus ojos destellaron con una claridad inaudita. Si pudiera cerrarle esa herida, el odio puede marcarle el corazón. Martí le respondió sin amargura, sus pómulos se alzaron y su fina nariz se dilató. Abrió mucho los ojos, tanto, que su mirada lo iluminó por completo. Siempre supe que era usted un hombre sensible, y ahora lo confirmo. Pero no se apene. Para el amigo soy todo corazón. Incluso, para el enemigo. Sin corazón no hay empeño que triunfe. Zola entornó los párpados con un ligero temblor. El tabaco se contoneó entre sus dedos y cayó al piso la capa de ceniza. ¿Entonces, cuál es su meta? Martí le contestó de cuerpo entero. Por ahora conocer, urgir; mañana, aunar voluntades.
Sonó la campanilla, reclamando al público. Los grupos de charol y gabardina se dispersaron en suave abanico. Zola apagó el tabaco y conminó a Martí. Avanzaron muy juntos, entre tanta gente.
En uno de los primeros balcones estaba Paul Delair, solo, acodado en la baranda, ansioso y trémulo como un pájaro negro. Iba de frac y sostenía los guantes en la mano. El pelo crespo y fino le ondulaba sobre las orejas y su rubio bigote le resaltaba entre tanta oscuridad. Zola lo descubrió de pronto, mientras llegaban a la décima fila. Aquél es el autor, le susurró a Martí, indicando levemente hacia arriba. Martí ladeó la cara y lo observó. Pobre, añadió Zola, cualquiera sabe lo que cuesta un estreno. Entraron muy despacio y ocuparon sus negras butacas. Por cierto, expresó Zola, un tanto compungido, no sé qué va a pasar ahora. Abrió la palma de una mano y contó con los dedos. Un acto de exposición, uno para el asesinato, uno para los remordimientos. Tal vez uno más para el castigo. Pero la obra no da para cinco actos. Mostró la mano abierta, miró de nuevo hacia el primer balcón y esperó la respuesta. Martí le confesó. Hay algo que me molesta de la pieza: la falsedad, el oropel. Le diría incluso que falta el hálito de vida, el desarrollo natural de los personajes y una explicación racional de sus actos. Pero algo me agrada. El autor ha tenido el valor de izar la bandera de la República en el templo del drama. Zola se inclinó a la derecha para evitar que se estrujara su chaqueta. En ese instante bajó la luz del gas y su rostro empezó a oscurecerse. Volvemos a lo mismo, le dijo con dulzura, sin embargo, ahora lo comprendo mejor. Usted mira esta obra con su vida y yo con la mía. Martí juntó una mano sobre otra y el anillo le resaltó en el anular. Al contrario, el autor toma un punto en común: la generosa necesidad de vindicar en las tablas los derechos de los infelices. La luz había bajado por completo y las claras pupilas de Martí se dilataban en la oscuridad. Sus propósitos son nobles, no lo dudo, pero no sus resultados. ¿Cómo hablar de la Francia bajo Felipe Augusto? Pronunciar la palabra de patria que no tenía entonces ningún sentido. Eso demuestra, o su poco talento, o su débil formación. Zola se fue animando a medida que se encendían las candilejas. ¿Cuándo comprenderán los autores el profundo ridículo de ese patriotismo en falso? No es ni siquiera honrado, ya lo he dicho, porque no puede ver en esto más que una cómoda manera de robar los aplausos del público. El telón se descorrió con suavidad y dejó ver un bosque de cartón. Las figuras del fondo avanzaron despacio hacia el proscenio. Martí negó otra vez, pero bajó la voz. Una sonrisa de incredulidad se dibujó en sus labios. ¿Acaso no lo ve?, indicó hacia los palcos vecinos, el partido gobernante en la República Francesa aún está apenas seguro de su poder, está ansioso de afirmarlo. Zola le respondió de un tirón. Caramba, es usted muy agudo. Ya sé de qué se trata. Se quiere rebajar el arte a servil instrumento de la política. Pero este no es el caso, le interrumpió Martí, además, el teatro ha de ser siempre, para valer y permanecer, el reflejo de la época en que se produce. Zola se reclinó hacia atrás y su cara se inflamó de improviso con el fuerte resplandor de la escena. No se puede escribir bajo el impacto de la ocasión. La política cambia, el arte queda. Cuando pase Gambetta se hundirá todo esto y nadie recordará la coyuntura. ¿Conoce
El candidato?, apuntó con el índice a Martí. No. Aunque debo advertirle que nadie sabe lo que va a quedar. Martí levantó la mano y la sostuvo a la altura del rostro. El arte verdadero nunca muere. Cúmplase con el tiempo, luego vendrá la memoria. Eso es lo que queremos, le sonrió Zola, pero no nos dejan.
El candidato es de Gustavo Flaubert y fue censurada en el 74 por los mismos que aplauden a Delair. ¿Sabe por qué? Martí se interesó. Apoyó el codo en el brazo de la butaca y la cara entre sus finos dedos. Porque no se adecuaba al momento. La República acaba de nacer y todos tenían miedo a la Comuna. Flaubert tuvo el valor que se necesitaba para decir que aquello era una farsa. Los políticos cambiaban de partido, la prensa se dejaba corromper, los electores no elegían a nadie. El dinero, en verdad, lo controlaba todo. Se acarició la barba. Thiers no lo podía permitir. Martí cerró los párpados, respiró suavemente y preguntó. ¿Qué escribe ahora su amigo Flaubert? Zola se encogió de hombros. No lo sé a ciencia cierta. Está en Croisset y no viene a menudo a París. En la fila contigua, un caballero volteó la cabeza y les pidió silencio. Zola se contuvo y bajó la voz. La última vez que nos vimos me comentó una larga novela cuyos protagonistas son dos ancianos que se retiran a Chavignolles a vivir de rentas después de un largo periplo por el mundo. Se llama
Bouvard y Pecuchet. Martí le sonrió, mostró sus ojos glaucos, acuosos y buenos. Zola apretó las manos. Es un libro cordial. Habla de la amistad entre los hombres.
La obra transcurrió sin ninguna sorpresa. El acto comenzó por la catarsis porque el autor preparaba un final que rebasara la pieza de teatro. Aischa tuvo locas pesadillas y se vistió de blanco a la luz de la luna. El bosque se acercó al proscenio, mientras ella bailaba con el pelo suelto y una corona de guirnaldas en la frente. Más tarde se asomó al balcón. Por su pálido rostro le corrían las lágrimas. No pudo más y preparó un veneno. Se estremeció en la sala del castillo. Garin llegó demasiado tarde. Se miraba las manos y la miraba a ella. En ese instante se transfiguró. Su voz era profunda, auténtica, con el nervio de un actor de carácter.
Garin se suicidó sobre su amante, con la espada, después de pronunciar su confesión. Hubo un silencio enorme y se sintió por todo el lunetario el crujir de los pañuelos de batista y los suspiros entrecortados de los espectadores.
El bosque se retiró hacia el fondo. El atrio del castillo resplandeció en el centro y desde todas partes vinieron los aplausos. Aimery entró en escena con su capa escarlata y una aureola de luz. Besó las tablas y su oscura melena se cubrió de escarcha. Una marcha de pífanos se escuchó de pronto. Aimery alzó los brazos y prometió un reino de paz y de justicia. Alix, una doncella rodeada de flores, se enamoró del poeta. Él la tomó del talle. La luna de papel brilló en lo alto y las palabras levantaron vuelo. Los siervos se acercaron a las luces con sus tridentes y sus alabardas y proclamaron rey al trovador.
El final fue la apoteosis que se necesitaba. Aimery declamó su discurso, lleno de frases románticas y llamamientos a la unidad. En sus palabras, elaboradas cuidadosamente, había una perfecta consonancia con la nueva era. El actor gritaba para todos, con los hexámetros del siglo XIX, que terminaba el partido militar, la monarquía, la dictadura del general Mac-Mahon. Él -analogía de Gambetta o de Jules Grevy- nunca sería un señor feudal ni cobraría el derecho de pernada ni permitiría que se abusara de los suyos. Cayó el telón sobre la hermosa pareja y el público se puso de pie, emocionado. Martí aplaudió con entusiasmo y Zola lo hizo por cortesía. Los actores salieron varias veces al llamado insistente del público.
Era la medianoche. La gente abandonó la sala comentando esta vez en voz alta. Los palcos se vaciaron de inmediato. Cesó la luz del gas y en la sala vacía se hizo un silencio profundo. Zola y Martí atravesaron el pasillo y se dirigieron a la guardarropía. La demoiselle le dio el gabán a Zola y el abrigo de paño a Martí. Las damas se enfundaron en sus pieles, los caballeros subieron a sus coches y partieron de prisa.
Zola quedó indeciso, con la chistera entre las manos. Su barba oscura y enhebrada, de salientes rojizos, tembló por un instante. Querido amigo, ¿por qué no viene a casa y se toma una copa? Puedo brindarle ajenjo, tokai, lácrima christi. Martí le sonrió con pena. Me dirijo a la casa de Sarah Bernhardt. Esta mañana la conocí en el hipódromo y me invitó a su tertulia, después de la función. Zola insistió, mientras se colocaba en el brazo la capa de aguas. Podrá ser mañana. De ningún modo. Martí cerró los ojos y abrió los brazos. Parto al amanecer por El Havre. Despídame de Francia.
Martí se colocó su sombrero de hongo y le apretó la mano. La nieve comenzaba a caer sobre la Place de Theatre-Français.
Zola lo despidió desde la acera. Martí salió a la calle, entre la multitud. Todavía le vio tomar un coche, abrir la portezuela, saludar con la mano en el aire. El cochero tiró de las riendas. Emilio Zola se quedó muy solo, en el destello azul, bajo la luz macilenta de un farol.
Fue entonces cuando vio a Paul Delair, de negro y rubio, tras el cortejo de los diputados. Los dejaba pasar, se ponía el abrigo, tomaba recto por la rue de Rivoli y desaparecía en la blanca nevada. También estaba solo, a pesar de su éxito. Tuvo lástima del pequeño autor, de su corta grandeza y de su vida. El caballo le vino de pronto, la muchacha, la sordidez del mundo y de París. El autor era un simple instrumento y le dolió por primera vez en su larga carrera de crítico lo que iba a escribir sobre la obra. Llamó a un coche y subió a la carrera. Le ordenó que tomara por Saint-Honoré para ver las luminarias de arco voltaico que acababan de instalar los ingenieros rusos en el puente de Alejandro III.
En el coche, pensó con ansiedad en el autor. Se arrebujó mejor, pues hacía frío. El dramaturgo era pobre de verdad y tal vez un escritor auténtico. Pero el texto era malo y la puesta un desastre. Iba a fumar de nuevo y se contuvo. Pasó el Sena con su oscuro lecho, iluminado a retazos por la luz intensa y rosada de las lámparas. Era la luz, el portento del siglo. Todos estos detalles me turban y nunca he comprendido tanto como ahora lo dolorosa de decir que es la verdad. Sintió una tibia humedad en sus ojos. El coche pasó el puente y llegó a Les Invalides por el Arco de Triunfo de la Étoile. Pero debo decirla. Mi trabajo no es mío y no podemos engañar a nadie. Me dolería que al cabo de los años, o mañana mismo, alguien me echara en cara. "¿Quién? ¿Emile Zola? Ese hombre ha mentido y no tiene derecho a estar entre nosotros". Se restregó los párpados. Los plátanos enormes del Quartier Latin se cubrían de escarcha bajo la penumbra.
Pagó y saltó del coche. Ya sabía lo que iba a escribir. La puerta de la calle estaba sola con su tenue farolito de gas.
Emilio Zola atravesó el umbral, dejó el gabán, la chistera y la capa en los ganchillos del recibidor, se dirigió a su gabinete de trabajo y entró en el cuadro de Eduardo Manet. Allí tomó la silla de brocados, se sentó, abrió un libro por las hojas del centro y lo mantuvo largo rato en la mano.
Enderezó la cabeza, de manera que su barba rojiza se enhebrara con el fulgor del saco e hiciera un limpio contraste con la mano apoyada en el muslo y el beige del pantalón, con sus ojos claros, serenos y húmedos, con el buró caoba repleto de otros libros encuadernados en pasta, con el tintero rococó y la pluma de ave, con la reproducción de Olimpia colgada en la pared al lado de una figura japonesa. Se mantuvo expectante entre tanto abigarramiento de color, escoltado por el biombo del fondo, donde un pajarillo cantaba a la mañana desde la fina rama de un cerezo. Cuando se puso a trabajar, pensó que mejor escribiría el comentario para el Noticiario Europeo de Rusia, como una de sus habituales "Cartas de París". Así obtendría unos francos de más, si los juntaba con los que le pagaban por el mismo artículo en las redacciones de
Voltaire y El Bien Público. No era mucho dinero, al fin y al cabo, pero el costo del gas había subido. Esas noches en vela, tratando de ordenar a sus Rougon-Macquart, no salían tan baratas que digamos.
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