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LA
JIRIBILLA
LENIN SONRÍE, Y ESPERA
(EN EL ANIVERSARIO 132 DE SU NATALICIO)
Enrique Ubieta Gómez
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La
Habana
Yo estudié en la extinta Unión Soviética. Cuando llegué a ese enorme estado multinacional no había cumplido los veinte años. Un año antes, me había graduado de bachiller en la Escuela Vocacional V. I. Lenin. Creo que tuve, como muchos otros jóvenes cubanos, la oportunidad histórica de conocer las virtudes y deficiencias del primer estado socialista del mundo, en su convivencia diaria, y recibir el legado de profesores capaces y polémicos, muy alejados del manual, que nos enseñaron el rigor de la ciencia. Las universidades son centros de entrenamiento para el pensamiento. La profesión se aprende en el estudio y el ejercicio de por vida. Allá quienes ahora prefieren esconder o denostar esos años imprescindibles de formación; el desmoronamiento de aquella sociedad, sus evidentes manquedades, la traición paulatina de muchos de sus dirigentes, no me hace abjurar de mi fe en el socialismo.
Fueron dos escuelas las que cursamos: la académica, contradictoria a veces, y la de la vida. No dejamos de ser cubanos, mimados por un pueblo noble que nos admiraba, y rebeldes, como la isla caribeña en la que nacimos. En mi pecho llevaba dos pequeños estandartes: la imagen del Che, y la de Lenin. Era una época rara, en la que los estudiantes vivían sin carencias con un estipendio estatal de 90 rublos y cenaban tres platos con apenas uno.
Pero Lenin, que estaba en la bibliotecas de aquel país, en los pedestales de los parques, en el nombre de muchas calles e instituciones, era más que nada una referencia bibliográfica, histórica, urbanística. Su palabra apasionada había sido momificada como su cuerpo. Por eso, cuando Gorbachov usufructuó su nombre en aras de un socialismo más pleno, el pueblo lo apoyó esperanzado. En 1987, en los inicios de lo que parecía ser una vuelta a las raíces ("volver a Lenin" era el slogan), se insistía en la necesidad de asumir el estilo leninista de liderazgo político, inserto en las preocupaciones y necesidades cotidianas del pueblo, sin paternalismos. Para nosotros, acostumbrados a ver a Fidel en las escuelas, en las fábricas, en la calle, y a debatir las tesis del Partido y clausurar sus Congresos en la Plaza, significaba reafirmar el estilo histórico de la Revolución cubana.
El nombre de Lenin, sin embargo, se usó como espada para destruir el panteón de los héroes soviéticos (los falsos y los verdaderos). Una espada que sirvió para un no anunciado suicidio. Después dijeron: Lenin también es culpable. Fue el maestro. Derribaron estatuas, otra vez equivocados en eso de discernir dónde vive su espíritu. Y cercaron el mausoleo. No se atrevieron a desalojarlo. La guardianes de honor del Kremlin se transformaron en los custodios de un prisionero. Entonces construyeron una "nueva" sociedad, con anuncios de Coca Cola, cafeterías Mc Donalds, y mendigos que mueren de frío y de hambre.
Lenin, en la calle, como siempre, sonríe ante los ilusos carceleros. ¿Por qué le temen tanto? Está bien que existan en este mundo académicos marxistas (que no se inmiscuyan en la política), está bien que citen en sus textos académicos a Plejánov, a los teóricos de la Escuela de Frankfurt, incluso al revolucionario Gramsci. Pero no a Lenin. Su nombre suena como un disparo en los salones marmóreos de la Academia ahora
postmodernizada, con suculentos premios y ediciones de lujo para los bien portados. Lenin es sinónimo de Revolución en el poder. Una palabra y una "pesadilla" del siglo pasado. Mientras el mito del capitalismo triunfante se desmorona -léase Argentina, y Rusia también, entre otros ejemplos posibles--, mientras se inventan términos para enmascarar la existencia de un imperialismo transnacional más rapaz e insensible, Lenin sonríe y espera. No para instar a una rebelión armada, que son otros los tiempos, sino para recordarnos el camino trunco de una sociedad más justa y humana, a la que llegaremos todos, si queremos salvar nuestra propia existencia en el planeta.
Los cubanos podemos rendirle tributo a Lenin con la satisfacción de no haber arriado las banderas. En La Habana, donde confluyen tradiciones revolucionarias diferentes, y legítimas (Martí, Maceo, Bolívar, Mella, Lenin, Mariátegui, Amílcar Cabral, Gandhi, Ho Chi Minh, Gramsci, el Che, Fidel) su nombre no será nunca una simple referencia bibliográfica, histórica o urbanística.
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