LA JIRIBILLA
EL CUERPO, ESE TEXTO TAN ANTIGUO

El cuerpo ha sido reconocido desde siempre, gracias a una antigua metáfora, como la representación analógica de la naturaleza, es decir, el cuerpo como universo.

Rafael Acosta |
La Habana

Ver los cuerpos tal como nosotros lo vemos, ese texto tan antiguo, el verbo sol y sus conjugaciones de color, proposiciones de luz y sombras...
Paul Valéry

Cuando todo calla, el cuerpo habla en silencio...
Norman O. Brown

I
Que la representación visual del cuerpo a través de los tiempos ha sido y es un girar concéntrico y centrífugo a la vez, es algo difícil de poner en duda. Los ejemplos abundan. Citaré solo algunos. Un notable fotógrafo alemán de desnudos creó a mediados de este siglo una foto que representa la llamada “Venus de Willendorf”;1 un grabador catalán a inicios de los noventa realizó una serie de aguafuertes que recrean escenas eróticas de la antigüedad clásica griega;2  uno de los más talentosos fotógrafos cubanos de arte3 ha hecho del desnudo, al estilo helenístico antiguo, uno de los motivos centrales de su trabajo creativo. Todos, como hecho sintomático, nos sugieren que la parábola recorrida por el arte en su tratamiento del cuerpo humano, al cabo de miles de años de cultura y civilización, regresa con recurrencia a sus orígenes más remotos.

El acercamiento de los fotógrafos y del grabador al modelo antiguo plantea algunas reflexiones. ¿El arte no puede sustraerse al influjo de los arquetipos de la antigüedad clásica? ¿La modernidad, con todas sus variaciones y libertades, con sus adelantos tecnológicos y la enorme información acumulada, propone o no un nuevo paradigma estético del cuerpo? ¿Hasta dónde hay una escisión entre los discursos filosóficos y las formas de representación artística en relación con el cuerpo?

Estas y otras preguntas nimban sobre el interesante y complejo tema del cuerpo y su tratamiento por las artes. La antigüedad greco-latina, el Renacimiento y otros momentos claves de la historia del arte, han propiciado, con obras y artistas, un rico debate sobre el desnudo, pero quizás el centro de este asunto no esté exclusivamente en las propias representaciones plásticas sino en la relación del arte con la filosofía y la religión. Algo han agregado también la Historia (con mayúscula) y su hija demoníaca, la política.

El idealismo cartesiano y su concepción mecanicista del cuerpo, la creencia hitleriana de que el moderno hombre teutónico se sentía más cercano que nadie a la antigüedad clásica, engendro que sirvió al ideal nazi de reglamentar el cuerpo poniéndolo al servicio del Estado, y por último, la concepción espacialista de Marcel Duchamp sobre el desnudo. La novia desnudada por sus solteros, que marcó en lo adelante la pintura del presente siglo, todos ellos, repito, tanto como la filosofía, la política y otras manifestaciones del arte, han visto al cuerpo con ópticas particulares y disímiles.

Quizás todo tenga un origen común y se resuma en una pregunta: ¿Es el cuerpo una idea? O mejor aún: ¿Ha sido convertido en una idea?

Hoy día las cosas han ido cambiando pero no en la esencia del asunto, diría más bien que son variaciones modernas del mismo tema. Un fenómeno relativamente reciente como el fisiculturismo4 nos ofrece tanto para hombres como para mujeres un nuevo ideal del cuerpo: el cuerpo-músculo o el músculo-cuerpo. Es igual. Al mismo tiempo se ha producido otro fenómeno singular, aunque más localizado: el llamado “síndrome de las modelos”, manifestación sico-sociológica nombrada así por científicos norteamericanos en Toronto, Canadá, y que alude al trastorno causado entre cierto número de hombres que, debido al bombardeo constante de imágenes edulcoradas y perfeccionistas de mujeres “ideales”, se vuelven incapaces de sostener relaciones duraderas con mujeres normales (o reales).

En los últimos cien años la fotografía y el cine –principalmente– y, por supuesto, la germinativa imaginación y el talento de los artistas contemporáneos de las distintas artes visuales, han producido tratamientos del desnudo caracterizados fundamentalmente por la diversidad de las formas y la libertad en la representación del cuerpo.

El cuerpo sigue siendo hoy el gran tema de las artes visuales, y en la recta finisecular esta importancia se ve enriquecida y potenciada por la referida libertad expresiva.

De las diversas razones que explican por qué el cuerpo humano desnudo es el tema central de la creación artística plástica, hay una que me parece esencial: el cuerpo ha sido reconocido desde siempre, gracias a una antigua metáfora, como la representación analógica de la naturaleza, es decir, el cuerpo como universo. Esta metáfora ha tenido en el corpus ideoestético occidental de raíz greco-latina su núcleo dominante.

Kenneth Clark, en su ya clásico The Nudes (a Study in Ideal Form) (1953), expresó:

"Y en nuestro propio siglo, cuando nos hemos sacudido una a una esas herencias de Grecia, las cuales fueron reavivadas en el Renacimiento, desechando la armadura antigua, olvidados los temas de la mitología e impugnada la doctrina de la imitación, el desnudo por sí solo ha sobrevivido. Puede que haya experimentado algunas transformaciones curiosas, pero permanece como nuestro eslabón principal con las olvidadas disciplinas clásicas".5

No voy a detenerme ahora a discutir lo de la sacudida de las herencias griegas, cosa realmente polémica; prefiero subrayar que es precisamente este papel de tema permanente y recurrente, mutado y mutante, esta suerte de imagen en perpetua transformación, lo que ha convertido al desnudo en la gran escuela del Arte a través de los tiempos.

Cuando se buscan otros resortes o explicaciones de la extraordinaria repercusión del desnudo en las artes, además de la referida analogía con la naturaleza y el mundo, es conveniente dirigir la vista hacia los elementos que rodean a la vinculación del mundo interior del hombre –es decir el vasto universo creativo del artista– con el entorno, la sociedad y la Historia.

Michel Leiris afirmaba que solamente un puritano podría estar en desacuerdo con la concepción del cuerpo humano como un enigmático teatro donde se producen todo tipo de intercambios (de materia, pensamiento y sensaciones) entre el mundo interior y el exterior. Por su parte, Francisco Umbral expresó que el cuerpo “es la evidencia de nuestra soledad interior”, y ha visto en el erotismo la forma de conjurar esa soledad.

En la zona marcada por ambas reflexiones se hallan, a mi modo de ver, razones de fuerza para explicar la fascinación que ha ejercido el cuerpo para el arte de todos los tiempos. Cuerpo como campo de batalla, zona de enlaces, fronteras, borde con lo externo y lo interno, objeto de la mirada erótica, testimonio de nuestra desolación, en fin, escenario de la vida. Una dimensión de encuentro entre nuestro ser y el mundo exterior, dimensión que también es ruptura, rechazo y aislamiento de ese entorno. Una interrelación que pertenece tanto a lo sentido y a lo presentido como a lo imaginado; a lo divino como a lo vulgar.

En resumen una dimensión de totalidad que ha sido traducida por los artistas en formas e ideas, en representaciones y conceptos. La metáfora de las metáforas, el mundo del cuerpo, no el cuerpo del mundo.

II

En la cultura occidental el camino de la plena representación artística del cuerpo no ha sido una senda expedita. De inicio, la tradición filosófica griega (la Grecia arcaica, asumida posteriormente por los Padres de la Iglesia y por las corrientes filosóficas subsiguientes hasta la escolástica medieval), reprobó al cuerpo.

Según Octavio Paz fue “una consecuencia natural de la concepción del cuerpo humano como componente de cuerpo y alma, uno perecedero y sujeto a la corrupción, la otra inmortal”.

Esta forma de ver el problema fue heredada a través de los siglos y reproducida en otras corrientes filosóficas, que hicieron de la concepción inicial una especie de variaciones sobre el mismo tema. Así, los teólogos y la Iglesia terminaron por asumir como propia la condenación inapelable del cuerpo. Se había producido, al decir de Marguerite Yourcenar, una “desacralización de lo sensual” por el cristianismo, instalándose a perpetuidad la noción de pecado. Al igual que Paz, la escritora francesa sitúa el origen del asunto mucho antes que el Evangelio. Lo atribuye al intelectualismo griego y al rigorismo romano. El tema apasiona por su carácter enigmático, pero este trabajo no es el lugar apropiado para dilucidarlo. Solo apuntaré, para poder seguir adelante hacia la etapa de la fotografía, que sería sumamente interesante el intentar desentrañar cómo una cultura como la griega arcaica pudo engendrar una filosofía represiva del cuerpo y de sus poderes sensuales y eróticos, a la vez que estimular y recrear una concepción de la belleza corporal que nos llega aún con evidente fuerza a pesar del tiempo transcurrido.

III

Como ha dicho Sean Callaham, “cuando apareció la fotografía, cerca de 1849, la pintura estaba en camino de redescubrir el desnudo [...]. Una nueva corriente del realismo incitó a los pintores a representar el desnudo en los decorados contemporáneos, sin ningún accesorio alegórico mitológico”.6

La fotografía no solo nació de avances científicos y tecnológicos –y como requerimiento de estos–, sino que su surgimiento se debió también (como apunta una interesante tesis de André Malraux aplicada al nacimiento del cine) a las necesidades de nuevas formas de representación artística en la cultura occidental. Se produjo entonces una inmediata colaboración entre pintores y fotógrafos.

Delacroix, Ingres y Courbet, entre los más célebres, hicieron sus propias fotografías y a partir del estudio de estas desplegaron sus febriles búsquedas creativas.

De hecho, el debate artístico sobre el tema del cuerpo y el desnudo cobró nuevas fuerzas y nuevas complejidades.

Otro elemento captó también con rapidez lo que surgía a la superficie. Me refiero al mercado. Para William Ewing: “Desde los comienzos de la fotografía algunos empresarios se dieron cuenta de que el realismo ofrecía al mirón un nuevo grado de excitación sexual. Los creadores de daguerrotipos respondieron de inmediato a la demanda de sus ricos clientes.”7

En realidad lo que estaba sucediendo era natural sucesión de afanes de representación: la nueva modalidad traía consigo, desde sus mismos inicios, una pesada carga constituida por la vasta experiencia icónica, artística y teórica que le antecedía y que inexorablemente ejerció su influjo.

Con la aparición del formato estereoscópico en la década de los cincuenta, se añadieron nuevas posibilidades a las exigencias voyeuristas, aunque siguió siendo práctica de minorías debido a los elevados precios que debían pagarse por cada imagen. La fotografía erótica se convirtió definitivamente en un fenómeno de masas en esa década al aparecer el proceso de positivado de negativos y con él la posibilidad de las copias.

Eugéne Durien, Albert Penot y E. J. Moulin fueron destacados fotógrafos de desnudos con una apreciable carga erótica para la fecha. Sin embargo, Eadweard Muybridge, quien paralelamente a Étienne-Jules Marey estudió el proceso del movimiento, y Lewis Carroll (mundialmente famoso por su obra narrativa Alicia en el país de las maravillas), fueron dos verdaderos precursores de la fotografía de desnudos con valores eróticos. El primero, porque detrás de sus búsquedas de pretensiones científicas, utilizó en series de fotogramas a modelos desnudas y algunas solo tapadas con velos transparentes de la cintura hacia abajo, que cumplían con los dos propósitos: el de la deconstrucción del movimiento y el de despertar la libido en el observador. Carroll, porque a pesar de vestir los hábitos, se ocupó con verdadero ahínco en tomar fotografías de desnudos a niñas impúberes reconociendo en sus diarios personales que en esa ocupación le iba la vida entera.

Con el paso del tiempo y el desarrollo de las vanguardias artísticas, la representación del cuerpo atravesó diferentes ópticas y tendencias. Impresionistas, cubistas, dadaístas, surrealistas, estructuralistas, etcétera, dieron su particular tratamiento al cuerpo y a su reproducción y recreación plástica. Todo este germinar de las corrientes pictóricas se hizo sentir finalmente en la fotografía. Hubo hombres como Delacroix. Algunos nombres hicieron época. Quizás el más controvertido pero sin dudas el que más influencias ejerció, y ejerce, es Robert Mapplethorpe. Con sus desnudos masculinos de absoluto desenfado y audacia, insoportable para muchos censores y mojigatos, pero atractivamente creativo para los artistas del desnudo y la crítica de arte, no fueron pocos los escándalos que sus exposiciones y libros provocaron en algunos tipos de público. Sin embargo, no hay duda alguna del inquietante poder transgresor de sus imágenes y de que fue un personalísimo indagador del erotismo que demostró, además –cosa nada fácil de conseguir–, un profundo humanismo y una técnica virtuosa. Su libro Black Book (USA, 1986), por citar un ejemplo, es un verdadero ensayo sobre el cuerpo masculino en el que el color negro de la piel de los modelos es simplemente un pretexto. En el fondo, su intención fue crear formas masculinas y re-dimensionar el cuerpo humano sin olvidar que los genitales son formas también y poseen carácter propio, no son meros colgajos.

Cabría apuntar aquí que el desnudo de arte y en particular el desnudo fotográfico no ha gozado de excesiva atención entre los críticos de arte en las diferentes latitudes. Kenneth Clark, Julius Lange, Wilhelm Hansenstein, Andrew Campbell, Nathan Griffith, Petra Olshewski, Omar Calabrese, Teresa del Conde, Luis Rosales, Octavio Paz, William Ewing y Johns Catherine, entre otros, son apenas excepciones. Por detrás de casi todos ellos está la influencia de la mirada maestra de Johann J. Winckelmann y su convicción de que la belleza es uno de los grandes secretos de la naturaleza, misterio eleusino que se mueve en un terreno de verdades insondables. El gran helenista abrió los ojos del mundo de la crítica de arte a mediados del siglo XVIII con sus lúcidos y espléndidos análisis sobre el arte griego arcaico.

En materia de juzgar y evaluar el arte se necesita la misma libertad de espíritu de los propios artistas. Es por ello que considero paradigmática en el mundo de la crítica de arte la observación de Eugenio D’Ors sobre las majas de Goya: “Sólo existen dos majas, la desnuda y la más desnuda.”

En el caso de Cuba no abundan las aproximaciones teóricas sobre el tema, aunque un reducido grupo de críticos han escrito un puñado de penetrantes artículos sobre los artistas que trabajan el desnudo fotográfico.

CODA

Maurice Merleau-Ponty en su libro El hombre y la adversidad escribió: “El siglo XX ha restaurado e intensificado la idea de la carne, es decir, del cuerpo inanimado. “Es difícil coincidir por completo con esta idea. Pienso con alguna diferencia sobre la cuestión. Sí, esta centuria restauró y le dio intensidad a la carne, pero a la carne del cuerpo animado, al vitalismo del falo y a la voracidad de la vulva, al movimiento orgiástico y a los pechos cimbreantes.

La fotografía, el video y el cine han tenido mucho que ver con esta transformación. En particular el cine, que permitió acceder a vastedades sociales a las que las demás artes -incluida la fotografía– no hubiesen alcanzado jamás. El cine nos enfrentó a algo que Baudelaire, ese gran visionario de nuestros laberintos más inconfesados, dijo en 1859 a propósito de la recién inaugurada fotografía (faltaban tres décadas y media aún para el cinematógrafo): el poeta y crítico francés consideraba que el amor a la pornografía estaba tan arraigado en el corazón del hombre como el amor por sí mismo. Esa idea decimonónica es una visión avanzada de los sucedido en el siglo XX. De la mojigatería de inicios del XIX a lo que ha ocurrido en el actual, el recorrido atraviesa por esa zona oscura indicada por Baudelaire. A diferencia de la cultura helenística clásica, para la cual desnudo y erotismo (la pornografía, es decir, su significado, no era conocida entonces) no necesariamente eran coincidentes, las introspecciones humanas de la modernidad y sus correspondientes imágenes inauguraron nuevos caminos hacia el cuerpo como territorio erógeno. Sin embargo, aún está presente la tentación por la antigua sabiduría griega del cuerpo y del Eros.

Siglos de evolución (a veces involución) histórica no han representado obligatoriamente incrementos de saber o un enriquecimiento de la suma del cuerpo como logos. El arte a veces ha sido la excepción. La fotografía iluminó nuevas miradas, nos permitió ver ángulos y honduras olvidados desde la antigüedad. Quizás ese sea el gran mérito del actual siglo en relación con los anteriores en este tema del arte: recuperar profundidades perdidas, rehabilitar sendas abandonadas. Y todo ello a pesar de la frivolidad colosal de la publicidad, la pobre calidad de las imágenes gestadas por los medios y las tenebrosas visiones del cuerpo fabricadas por regímenes políticos variopintos.

Pero es sin dudas la enorme desolación que invade al hombre moderno lo que lo ha distanciado del cuerpo como idea medular en el mejor espíritu de la tradición helenística. En buena medida esa desolación proviene de la sensación de haber extraviado la conciencia y la gracia del cuerpo. La posibilidad del arte está en transmutar esa ausencia en imágenes que nos recuerden que poseemos una corporalidad dichosa y disfrutable, porque es carne a la vez que espíritu. Se trata de que el arte contribuya a reconciliar a nuestro ser con la tierra y con la naturaleza.

En la recta finisecular pocas cosas de las infinitas creadas por el hombre están socializadas como la palabra y la imagen. Y ambas en la actualidad tienden a distanciarnos del cuerpo. Se renuncia de esta manera a la esencia de la tradición de Occidente. ¿Hasta dónde se agrandará este abismo? Es difícil predecirlo. Lo que resulta claro, al menos para mí, es que ni el concepto de cuerpo-músculo del fisiculturista, ni el síndrome de las modelos, ni la pornografía comercializada en serie, podrán conducir al hombre a reconciliarse consigo mismo. Todo lo contrario, son caminos divergentes. Regresar a la antigua sabiduría del cuerpo y mente sanos, volver sobre los viejos y tradicionales cánones de la belleza clásica, aun cuando el arte y los artistas enriquezcan y trasmuten esos paradigmas, me parecen los únicos caminos posibles.

En un mundo atiborrado de imágenes, escasean las imágenes del cuerpo caracterizadas por la belleza, de igual forma que escasean las buenas imágenes eróticas. El arte es el encargado de dotarnos de ese alimento para el espíritu y para la lumen interius.

Parafraseo a María Zambrano cuando dijo que una cultura dependía de la calidad de sus dioses; se podría decir, a propósito de ello, que una manifestación cualquiera de las artes dependerá únicamente de la calidad de sus imágenes. 

Notas

1 Me refiero al fotógrafo Erwin Blumenfeld. La foto, una impresión de gelatina de plata, data de 1948-1949 y es de sus fotos de desnudo más antologadas. La “Venus de Willendorf” se supone que posea más de 20 000 años –según los arqueólogos– y resulta, sin duda alguna, una de las piezas más célebres de la historia del arte.

2 Se trata del grabador catalán Antoni Miró y su serie de grabados Suite erótica de 1994, que consta de 50 aguafuertes con imágenes de la antigüedad clásica griega de los siglos X al V a.n.e.

3 El fotógrafo Eduardo Hernández Santos, quien con sus muestras personales de los últimos años, Homo Ludens, Echatana y los Cuerpos se Confiesan, ha recreado con diversidad e ingenio la figura humana masculina desde un ángulo homoerótico.

4 Es probable que el fisiculturismo actual tenga su origen en la Francia de 1880, cuando la fotografía prestó su inestimable concurso difusor internacional a la reciente práctica de ejercicios físicos fuertes.

5 Kenneth Clark. The Nude (a Study in Ideal Form). Princeton University Press, 1953, Bollinger Series, p. 3.

 6 Sean Callaham NUDES. (Introduction Arresting the Eye). Zurich, Graphis Press Corp., 1995, p. 7-8.

7 William Ewing. THE BODY (fotografía de la configuración humana). Madrid, Ediciones Siruela, 1996, p. 127.



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