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LA
JIRIBILLA
I El
acercamiento de los fotógrafos y del grabador al modelo
antiguo plantea algunas reflexiones. ¿El arte no puede
sustraerse al influjo de los arquetipos de la antigüedad
clásica? ¿La modernidad, con todas sus variaciones y
libertades, con sus adelantos tecnológicos y la enorme
información acumulada, propone o no un nuevo paradigma
estético del cuerpo? ¿Hasta dónde hay una escisión
entre los discursos filosóficos y las formas de
representación artística en relación con el cuerpo? Estas
y otras preguntas nimban sobre el interesante y complejo
tema del cuerpo y su tratamiento por las artes. La antigüedad
greco-latina, el Renacimiento y otros momentos claves de
la historia del arte, han propiciado, con obras y
artistas, un rico debate sobre el desnudo, pero quizás
el centro de este asunto no esté exclusivamente en las
propias representaciones plásticas sino en la relación
del arte con la filosofía y la religión. Algo han
agregado también la Historia (con mayúscula) y su hija
demoníaca, la política. El
idealismo cartesiano y su concepción mecanicista del
cuerpo, la creencia hitleriana de que el moderno hombre
teutónico se sentía más cercano que nadie a la antigüedad
clásica, engendro que sirvió al ideal nazi de
reglamentar el cuerpo poniéndolo al servicio del
Estado, y por último, la concepción espacialista de
Marcel Duchamp sobre el desnudo. La novia desnudada
por sus solteros, que marcó en lo adelante la
pintura del presente siglo, todos ellos, repito, tanto
como la filosofía, la política y otras manifestaciones
del arte, han visto al cuerpo con ópticas particulares
y disímiles. Quizás
todo tenga un origen común y se resuma en una pregunta:
¿Es el cuerpo una idea? O mejor aún: ¿Ha sido
convertido en una idea? Hoy
día las cosas han ido cambiando pero no en la esencia
del asunto, diría más bien que son variaciones
modernas del mismo tema. Un fenómeno relativamente
reciente como el fisiculturismo4 nos ofrece
tanto para hombres como para mujeres un nuevo ideal del
cuerpo: el cuerpo-músculo o el músculo-cuerpo. Es
igual. Al mismo tiempo se ha producido otro fenómeno
singular, aunque más localizado: el llamado “síndrome
de las modelos”, manifestación sico-sociológica
nombrada así por científicos norteamericanos en
Toronto, Canadá, y que alude al trastorno causado entre
cierto número de hombres que, debido al bombardeo
constante de imágenes edulcoradas y perfeccionistas de
mujeres “ideales”, se vuelven incapaces de sostener
relaciones duraderas con mujeres normales (o reales). En los últimos cien años la fotografía y el cine
–principalmente– y, por supuesto, la germinativa
imaginación y el talento de los artistas contemporáneos
de las distintas artes visuales, han producido
tratamientos del desnudo caracterizados fundamentalmente
por la diversidad de las formas y la libertad en la
representación del cuerpo. El
cuerpo sigue siendo hoy el gran tema de las artes
visuales, y en la recta finisecular esta importancia se
ve enriquecida y potenciada por la referida libertad
expresiva. De
las diversas razones que explican por qué el cuerpo
humano desnudo es el tema central de la creación artística
plástica, hay una que me parece esencial: el cuerpo ha
sido reconocido desde siempre, gracias a una antigua metáfora,
como la representación analógica de la naturaleza, es
decir, el cuerpo como universo. Esta metáfora ha tenido
en el corpus ideoestético occidental de raíz
greco-latina su núcleo dominante. Kenneth
Clark, en su ya clásico The Nudes (a Study in Ideal
Form) (1953), expresó: "Y
en nuestro propio siglo, cuando nos hemos sacudido una a
una esas herencias de Grecia, las cuales fueron
reavivadas en el Renacimiento, desechando la armadura
antigua, olvidados los temas de la mitología e
impugnada la doctrina de la imitación, el desnudo por sí
solo ha sobrevivido. Puede que haya experimentado
algunas transformaciones curiosas, pero permanece como
nuestro eslabón principal con las olvidadas disciplinas
clásicas".5 No
voy a detenerme ahora a discutir lo de la sacudida de
las herencias griegas, cosa realmente polémica;
prefiero subrayar que es precisamente este papel de tema
permanente y recurrente, mutado y mutante, esta suerte
de imagen en perpetua transformación, lo que ha
convertido al desnudo en la gran escuela del Arte a través
de los tiempos. Cuando
se buscan otros resortes o explicaciones de la
extraordinaria repercusión del desnudo en las artes,
además de la referida analogía con la naturaleza y el
mundo, es conveniente dirigir la vista hacia los
elementos que rodean a la vinculación del mundo
interior del hombre –es decir el vasto universo
creativo del artista– con el entorno, la sociedad y la
Historia. Michel
Leiris afirmaba que solamente un puritano podría estar
en desacuerdo con la concepción del cuerpo humano como
un enigmático teatro donde se producen todo tipo de
intercambios (de materia, pensamiento y sensaciones)
entre el mundo interior y el exterior. Por su parte,
Francisco Umbral expresó que el cuerpo “es la
evidencia de nuestra soledad interior”, y ha visto en
el erotismo la forma de conjurar esa soledad. En la zona marcada por ambas reflexiones se hallan, a mi
modo de ver, razones de fuerza para explicar la
fascinación que ha ejercido el cuerpo para el arte de
todos los tiempos. Cuerpo como campo de batalla, zona de
enlaces, fronteras, borde con lo externo y lo interno,
objeto de la mirada erótica, testimonio de nuestra
desolación, en fin, escenario de la vida. Una dimensión
de encuentro entre nuestro ser y el mundo exterior,
dimensión que también es ruptura, rechazo y
aislamiento de ese entorno. Una interrelación que
pertenece tanto a lo sentido y a lo presentido como a lo
imaginado; a lo divino como a lo vulgar. En
resumen una dimensión de totalidad que ha sido
traducida por los artistas en formas e ideas, en
representaciones y conceptos. La metáfora de las metáforas,
el mundo del cuerpo, no el cuerpo del mundo. II En
la cultura occidental el camino de la plena representación
artística del cuerpo no ha sido una senda expedita. De
inicio, la tradición filosófica griega (la Grecia
arcaica, asumida posteriormente por los Padres de la
Iglesia y por las corrientes filosóficas subsiguientes
hasta la escolástica medieval), reprobó al cuerpo. Según
Octavio Paz fue “una consecuencia natural de la
concepción del cuerpo humano como componente de cuerpo
y alma, uno perecedero y sujeto a la corrupción, la
otra inmortal”. Esta
forma de ver el problema fue heredada a través de los
siglos y reproducida en otras corrientes filosóficas,
que hicieron de la concepción inicial una especie de
variaciones sobre el mismo tema. Así, los teólogos y
la Iglesia terminaron por asumir como propia la
condenación inapelable del cuerpo. Se había producido,
al decir de Marguerite Yourcenar, una “desacralización
de lo sensual” por el cristianismo, instalándose a
perpetuidad la noción de pecado. Al igual que Paz, la
escritora francesa sitúa el origen del asunto mucho
antes que el Evangelio. Lo atribuye al intelectualismo
griego y al rigorismo romano. El tema apasiona por su
carácter enigmático, pero este trabajo no es el lugar
apropiado para dilucidarlo. Solo apuntaré, para poder
seguir adelante hacia la etapa de la fotografía, que
sería sumamente interesante el intentar desentrañar cómo
una cultura como la griega arcaica pudo engendrar una
filosofía represiva del cuerpo y de sus poderes
sensuales y eróticos, a la vez que estimular y recrear
una concepción de la belleza corporal que nos llega aún
con evidente fuerza a pesar del tiempo transcurrido. III Como
ha dicho Sean Callaham, “cuando apareció la fotografía,
cerca de 1849, la pintura estaba en camino de
redescubrir el desnudo [...]. Una nueva corriente del
realismo incitó a los pintores a representar el desnudo
en los decorados contemporáneos, sin ningún accesorio
alegórico mitológico”.6 La fotografía no solo nació de avances científicos y
tecnológicos –y como requerimiento de estos–, sino
que su surgimiento se debió también (como apunta una
interesante tesis de André Malraux aplicada al
nacimiento del cine) a las necesidades de nuevas formas
de representación artística en la cultura occidental.
Se produjo entonces una inmediata colaboración entre
pintores y fotógrafos. Delacroix, Ingres y Courbet, entre los más célebres,
hicieron sus propias fotografías y a partir del estudio
de estas desplegaron sus febriles búsquedas creativas. De hecho, el debate artístico sobre el tema del cuerpo y
el desnudo cobró nuevas fuerzas y nuevas complejidades. Otro elemento captó también con rapidez lo que surgía a
la superficie. Me refiero al mercado. Para William
Ewing: “Desde los comienzos de la fotografía algunos
empresarios se dieron cuenta de que el realismo ofrecía
al mirón un nuevo grado de excitación sexual. Los
creadores de daguerrotipos respondieron de inmediato a
la demanda de sus ricos clientes.”7 En realidad lo que estaba sucediendo era natural sucesión
de afanes de representación: la nueva modalidad traía
consigo, desde sus mismos inicios, una pesada carga
constituida por la vasta experiencia icónica, artística
y teórica que le antecedía y que inexorablemente
ejerció su influjo. Con la aparición del formato estereoscópico en la década
de los cincuenta, se añadieron nuevas posibilidades a
las exigencias voyeuristas, aunque siguió siendo práctica
de minorías debido a los elevados precios que debían
pagarse por cada imagen. La fotografía erótica se
convirtió definitivamente en un fenómeno de masas en
esa década al aparecer el proceso de positivado de
negativos y con él la posibilidad de las copias. Eugéne Durien, Albert Penot y E. J. Moulin fueron
destacados fotógrafos de desnudos con una apreciable
carga erótica para la fecha. Sin embargo, Eadweard
Muybridge, quien paralelamente a Étienne-Jules Marey
estudió el proceso del movimiento, y Lewis Carroll
(mundialmente famoso por su obra narrativa Alicia en
el país de las maravillas), fueron dos verdaderos
precursores de la fotografía de desnudos con valores eróticos.
El primero, porque detrás de sus búsquedas de
pretensiones científicas, utilizó en series de
fotogramas a modelos desnudas y algunas solo tapadas con
velos transparentes de la cintura hacia abajo, que cumplían
con los dos propósitos: el de la deconstrucción del
movimiento y el de despertar la libido en el observador.
Carroll, porque a pesar de vestir los hábitos, se ocupó
con verdadero ahínco en tomar fotografías de desnudos
a niñas impúberes reconociendo en sus diarios
personales que en esa ocupación le iba la vida entera. Con el paso del tiempo y el desarrollo de las vanguardias
artísticas, la representación del cuerpo atravesó
diferentes ópticas y tendencias. Impresionistas,
cubistas, dadaístas, surrealistas, estructuralistas,
etcétera, dieron su particular tratamiento al cuerpo y
a su reproducción y recreación plástica. Todo este
germinar de las corrientes pictóricas se hizo sentir
finalmente en la fotografía. Hubo hombres como
Delacroix. Algunos nombres hicieron época. Quizás el más
controvertido pero sin dudas el que más influencias
ejerció, y ejerce, es Robert Mapplethorpe. Con sus
desnudos masculinos de absoluto desenfado y audacia,
insoportable para muchos censores y mojigatos, pero
atractivamente creativo para los artistas del desnudo y
la crítica de arte, no fueron pocos los escándalos que
sus exposiciones y libros provocaron en algunos tipos de
público. Sin embargo, no hay duda alguna del
inquietante poder transgresor de sus imágenes y de que
fue un personalísimo indagador del erotismo que demostró,
además –cosa nada fácil de conseguir–, un profundo
humanismo y una técnica virtuosa. Su libro Black
Book (USA, 1986), por citar un ejemplo, es un
verdadero ensayo sobre el cuerpo masculino en el que el
color negro de la piel de los modelos es simplemente un
pretexto. En el fondo, su intención fue crear formas
masculinas y re-dimensionar el cuerpo humano sin olvidar
que los genitales son formas también y poseen carácter
propio, no son meros colgajos. Cabría apuntar aquí que el desnudo de arte y en
particular el desnudo fotográfico no ha gozado de
excesiva atención entre los críticos de arte en las
diferentes latitudes. Kenneth Clark, Julius Lange,
Wilhelm Hansenstein, Andrew Campbell, Nathan Griffith,
Petra Olshewski, Omar Calabrese, Teresa del Conde, Luis
Rosales, Octavio Paz, William Ewing y Johns Catherine,
entre otros, son apenas excepciones. Por detrás de casi
todos ellos está la influencia de la mirada maestra de
Johann J. Winckelmann y su convicción de que la belleza
es uno de los grandes secretos de la naturaleza,
misterio eleusino que se mueve en un terreno de verdades
insondables. El gran helenista abrió los ojos del mundo
de la crítica de arte a mediados del siglo XVIII con
sus lúcidos y espléndidos análisis sobre el arte
griego arcaico. En materia de juzgar y evaluar el arte se necesita la misma
libertad de espíritu de los propios artistas. Es por
ello que considero paradigmática en el mundo de la crítica
de arte la observación de Eugenio D’Ors sobre las
majas de Goya: “Sólo existen dos majas, la desnuda y
la más desnuda.” En el caso de Cuba no abundan las aproximaciones teóricas
sobre el tema, aunque un reducido grupo de críticos han
escrito un puñado de penetrantes artículos sobre los
artistas que trabajan el desnudo fotográfico. CODA Maurice Merleau-Ponty en su libro El hombre y la
adversidad escribió: “El siglo XX ha restaurado e
intensificado la idea de la carne, es decir, del cuerpo
inanimado. “Es difícil coincidir por completo con
esta idea. Pienso con alguna diferencia sobre la cuestión.
Sí, esta centuria restauró y le dio intensidad a la
carne, pero a la carne del cuerpo animado, al vitalismo
del falo y a la voracidad de la vulva, al movimiento
orgiástico y a los pechos cimbreantes. La fotografía, el video y el cine han tenido mucho que ver
con esta transformación. En particular el cine, que
permitió acceder a vastedades sociales a las que las
demás artes -incluida la fotografía– no hubiesen
alcanzado jamás. El cine nos enfrentó a algo que
Baudelaire, ese gran visionario de nuestros laberintos más
inconfesados, dijo en 1859 a propósito de la recién
inaugurada fotografía (faltaban tres décadas y media aún
para el cinematógrafo): el poeta y crítico francés
consideraba que el amor a la pornografía estaba tan
arraigado en el corazón del hombre como el amor por sí
mismo. Esa idea decimonónica es una visión avanzada de
los sucedido en el siglo XX. De la mojigatería de
inicios del XIX a lo que ha ocurrido en el actual, el
recorrido atraviesa por esa zona oscura indicada por
Baudelaire. A diferencia de la cultura helenística clásica,
para la cual desnudo y erotismo (la pornografía, es
decir, su significado, no era conocida entonces) no
necesariamente eran coincidentes, las introspecciones
humanas de la modernidad y sus correspondientes imágenes
inauguraron nuevos caminos hacia el cuerpo como
territorio erógeno. Sin embargo, aún está presente la
tentación por la antigua sabiduría griega del cuerpo y
del Eros. Siglos de evolución (a veces involución) histórica no
han representado obligatoriamente incrementos de saber o
un enriquecimiento de la suma del cuerpo como
logos. El arte a veces ha sido la excepción. La
fotografía iluminó nuevas miradas, nos permitió ver
ángulos y honduras olvidados desde la antigüedad. Quizás
ese sea el gran mérito del actual siglo en relación
con los anteriores en este tema del arte: recuperar
profundidades perdidas, rehabilitar sendas abandonadas.
Y todo ello a pesar de la frivolidad colosal de la
publicidad, la pobre calidad de las imágenes gestadas
por los medios y las tenebrosas visiones del cuerpo
fabricadas por regímenes políticos variopintos. Pero es sin dudas la enorme desolación que invade al
hombre moderno lo que lo ha distanciado del cuerpo como
idea medular en el mejor espíritu de la tradición
helenística. En buena medida esa desolación proviene
de la sensación de haber extraviado la conciencia y la
gracia del cuerpo. La posibilidad del arte está en
transmutar esa ausencia en imágenes que nos recuerden
que poseemos una corporalidad dichosa y disfrutable,
porque es carne a la vez que espíritu. Se trata de que
el arte contribuya a reconciliar a nuestro ser con la
tierra y con la naturaleza. En la recta finisecular pocas cosas de las infinitas
creadas por el hombre están socializadas como la
palabra y la imagen. Y ambas en la actualidad tienden a
distanciarnos del cuerpo. Se renuncia de esta manera a
la esencia de la tradición de Occidente. ¿Hasta dónde
se agrandará este abismo? Es difícil predecirlo. Lo
que resulta claro, al menos para mí, es que ni el
concepto de cuerpo-músculo del fisiculturista, ni el síndrome
de las modelos, ni la pornografía comercializada en
serie, podrán conducir al hombre a reconciliarse
consigo mismo. Todo lo contrario, son caminos
divergentes. Regresar a la antigua sabiduría del cuerpo
y mente sanos, volver sobre los viejos y
tradicionales cánones de la belleza clásica, aun
cuando el arte y los artistas enriquezcan y trasmuten
esos paradigmas, me parecen los únicos caminos
posibles. En un mundo atiborrado de imágenes, escasean las imágenes
del cuerpo caracterizadas por la belleza, de igual forma
que escasean las buenas imágenes eróticas. El arte es
el encargado de dotarnos de ese alimento para el espíritu
y para la lumen interius. Parafraseo a María Zambrano cuando dijo que una cultura
dependía de la calidad de sus dioses; se podría decir,
a propósito de ello, que una manifestación cualquiera
de las artes dependerá únicamente de la calidad de sus
imágenes. Notas 1 Me refiero al fotógrafo
Erwin Blumenfeld. La foto, una impresión de gelatina de
plata, data de 1948-1949 y es de sus fotos de desnudo más
antologadas. La “Venus de Willendorf” se supone que
posea más de 20 000 años –según los arqueólogos–
y resulta, sin duda alguna, una de las piezas más célebres
de la historia del arte. 2 Se trata del grabador
catalán Antoni Miró y su serie de grabados Suite erótica
de 1994, que consta de 50 aguafuertes con imágenes de
la antigüedad clásica griega de los siglos X al V
a.n.e. 3 El fotógrafo Eduardo Hernández
Santos, quien con sus muestras personales de los últimos
años, Homo Ludens, Echatana y los Cuerpos se Confiesan,
ha recreado con diversidad e ingenio la figura humana
masculina desde un ángulo homoerótico. 4 Es probable que el
fisiculturismo actual tenga su origen en la Francia de
1880, cuando la fotografía prestó su inestimable
concurso difusor internacional a la reciente práctica
de ejercicios físicos fuertes. 5
Kenneth Clark. The Nude (a Study in Ideal
Form). Princeton University Press, 1953, Bollinger
Series, p. 3. 6
Sean Callaham NUDES. (Introduction
Arresting the Eye).
Zurich, Graphis Press Corp., 1995, p. 7-8. 7 William Ewing. THE BODY (fotografía de la configuración humana). Madrid, Ediciones Siruela, 1996, p. 127.
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