LA JIRIBILLA

ESTE SÍ ES CÁNDIDO, VOLTAIRE

El paseante Cándido ha resultado un libro de acción y de sexo, pero Jorge Angel Pérez no olvidó que la valentía en Arte no es la misma que impera en un campo de batalla.

Rogelio Riverón   | La Habana


El ambiente gay está jubiloso. Se palpa en los comentarios a cualquier hora y en las amenazas de atiborrar con reseñas las revistas del país. Miembros plenos y observadores toman el hecho por algo propio, hablan y escriben, aplauden y mueven la cabeza de abajo hacia arriba, como diciendo: ya ven de lo que somos capaces, literalmente. Debo apurarme. 
Porque El paseante Cándido, la fuente del barullo merece, sin dudas, ser comentada. No se trata de que mi comentario será el mejor. Ni de que sea, siquiera, atinado. Pero, careciendo del sentido de clase del que algunos no conseguirán despojarse, se sabrá que lo escribo porque sí, porque me gusta la novela.
Jorge Angel Pérez parece haber conseguido lo que otros prometen y después no se les da: contar con una fluidez de sabroso ritmo, contar como si tal cosa, como si fuera un cuentero que, de paso, pone en tela de juicio la erudición libresca: la pone en tela de juicio, no la condena de antemano, pues los contactos de su libro con la cultura son, en su agonía, acaso una metáfora de los múltiples caminos del Arte, los que no excluyen ni lo tremendo, ni lo ridículo. Entre citas literarias, de la vanguardia plástica cubana y, por supuesto, de los clásicos universales, pero, con mordaz precisión, también entre las carcomidas columnas de una Habana nunca bien conocida, transcurre su Cándido, burlonamente voltereano, una especie de buscón que se ama a sí mismo poco más que a sus increíbles prójimos. 
Se ha repetido, por cierto, que el que está dispuesto a trabajar termina dando a luz a su propio padre. A su padre en la creación, hay que aclarar, a aquel que se sintió Dios primero, a los precursores. Si en verdad toda obra de ficción no merece más horizonte que esta fatalidad, gana la que mejor supo disimularla. En su viaje real y metafísico, el Cándido de Jorge Angel Pérez elude el parecido factual con los precursores gracias a procedimientos que se encuentran más allá de la traslación temporal. Afirma, plásticamente, Harold Bloom que cuando ya la tela ha sido tejida, viajamos para destejerla. El pícaro es tan cándido que viaja pluralmente, se ama, sí, puede que hasta se desee a sí mismo una que otra vez, pero considera de buen augurio dedicarse puntuales burlas, arbitrarias y simbólicas, con lo que desecha una invulnerabilidad que lo hubiera dejado en lo virtual, no en lo metafórico. No ha venido a hacernos depositarios de sus desventuras, sino de su encumbramiento, ya lo veremos. Es un pícaro más a lo Sancho Panza que a lo Lazarillo ---en lo que le queda a Panza de pillo, de buscón (¿no llegó a ser el lazarillo de don Quijote?)---, y no porque Sancho haya visto la gloria, que alguna vez la vio, aunque oblicuamente, sino porque algunas circunstancias suelen conjugarse a su favor, sin permitirle sospecharlo. 
Los cazadores de oportunidades han sido, hasta ahora, villanos a lo clásico en la novela cubana, con dos o tres excepciones. Cándido, por su parte, consigue el afecto del que lo lee, apelando, acaso, a uno de los tantos lugares comunes que no pierden vigencia en la literatura: muéstrate sincero, aunque no lo seas, haz que se conozcan tus debilidades, no todas, sino las inofensivas. Ser hipócrita, eso mismo. De personaje a personaje y de narrador a lector. De tal modo, al borde de la homosexualidad, pero sin tiempo para detenerse en ella, Cándido escenifica un culto fálico del que responsabiliza a otros: a Cunegunda, a Pepa la murciana, a Oscar, a Luz Marina. Es ---lo admito--- una sutil ceremonia de adoración que escapa ---lo sospecho--- del ámbito novelado, pero que está bien allí, en tanto el fetiche ofrece cuerpo al narcisismo que en la novela es proporcional a la ambición de Cándido. Narcisismo y ambición son ahora, risueñamente, los caballos de Troya del héroe. 
Celebro que, de entrada, Jorge Angel nos advierta que se propone ser patético, meterse en el culebrón, hacer guiños a la frivolidad y a la grandilocuencia toda. Los personajes de las historias que en El paseante Cándido se entrecruzan propiciamente en busca del sentido de lo novelístico, son tan nítidos porque acertaron a no esconder sus tics tras un cortinaje de comedimiento. Ser reverente es un lastre que no te deja alcanzarte a ti mismo, parece creer el ambicioso protagonista de esta novela que emplea a cada una de las personas con quien lo enfrenta su viaje singular en provecho propio. Son, pues, una especie de compatriotas desechables, no así sus historias, que, junto a lo real, a lo vivido por él, conformarán su equipaje hacia el triunfo. De nadie parece tener lástima el ligero Cándido (o el de los pies ligeros, como le habría gustado oírse llamar), salvo del jefe de galera, el único que se le aparea en optimismo, un carácter que desborda la discursividad de esta historia, por ser, me parece, el más misteriosamente tratado. El fin del jefe de galera no merece ser aquella fugaz visión del último capítulo, donde ha logrado llegar hasta el Papa con su mercadería doctrinaria, sino algo más sobrecogedor, que ---sólo me inmiscuyo en lo subjetivo--- se perdió por cualquier causa en la mente del autor. El jefe de galera no estaba destinado a dar fe del carácter de feria (de horror, de ensoñación, pero igual de feria) que auténticamente se hace presente en la novela. Su destino, aún rodeado de tanto patetismo, era otro tipo de soledad.
Muchas veces, en declaraciones previas, los escritores cubanos bosquejan libros llenos de acción y de sexo, como si los ingredientes se bastaran para conseguir un producto estético. El paseante Cándido ha resultado un libro de acción y de sexo, pero Jorge Angel Pérez no olvidó que la valentía en Arte no es la misma que impera en un campo de batalla. Tampoco es la espada lo que predomina, sino una forma ritualizada del movimiento que, independizada de referentes solubles, de neuróticas intertextualidades, nos recuerda que la repetición colinda con lo esperpéntico.

Tomado de La Gaceta de Cuba.


© La Jiribilla.
La Habana. 2002
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