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LA
JIRIBILLA
ENA LUCÍA PORTELA:
PRESA Y CAZADORA
La escritura es parte de la excitación y del goce; es un juego, quizás cínico gracias al cual es posible trascender la anécdota del acoplamiento homoerótico en la convicción del poder transitivo del cuerpo de mujer, del ser
mujer.
Alessandra Riccio|
Italia
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La mar
no es el morir
sino la eterna
circulación de las
transformaciones
J.E. Pacheco, "Escolio a Jorge Manrique" |
Se termina el siglo, se termina el milenio, ya hemos entrado en el dos mil, una fecha elevada simbólicamente a metáfora de la posible realización del progreso de una humanidad lanzada hacia el desarrollo y el pleno dominio de la ciencia y de la técnica. Al contrario, la cita con el siglo veintiuno se ha convertido en una cita con la duda, con la perplejidad, una cita con lo desconocido que produce un desconcierto epocal común a toda la humanidad, global, sean las que sean las experiencias de los países individualmente, sea la que sea la densidad histórica con la cual se ha cruzado el siglo.
No escapa a este estado de ánimo general la intelectualidad cubana en torno a la cual, en los años noventa, se había encendido cierta curiosidad por parte de los medios de información, de los operadores culturales, de los especialistas que a lo largo de los años setenta y ochenta habían prevalentemente ignorado aquella experiencia peculiar, con la excepción de algunas imprudentes y violentas fogatas de interés hacia este o aquel intelectual, hacia este o aquel grupo disidente. Esta parcialidad de la información ha impedido que se mirara con objetividad desapasionada las transformaciones culturales que entre tanto maduraban en la isla, el asomarse de nuevas generaciones formadas dentro del espíritu y la lógica de la revolución cubana cuya actitud frente al arte, a la vida, a la política del país constituyen el testimonio más directo para ratificar o poner en discusión algunas décadas de actuación de proyectos culturales de masas por parte del gobierno.
En Cuba los últimos diez años del siglo han coincidido con aquel período de incertidumbre
ideológica y de penurias económicas que tomó el nombre de "período especial", un período de crisis que ha golpeado todos los sectores de la sociedad y, particularmente, una generación entera de intelectuales críticos y agudos, llenos de ideas nuevas y de ganas de discutirlas. Esta generación, madurada en un medio intelectual complejo y fecundo, se ha encontrado privada de los medios de difusión y de crecimiento anteriormente ofrecidos por la organización estatal, y al mismo tiempo, falta de un mercado, y de sus reglas, en el cual ofrecer su producción. Esta situación, contradictoria por un lado, ha obligado a un ejercicio realmente difícil, el de abrir espacios de libertad en una situación de confusión y de incertidumbre, y por otro ha obligado a los artistas en general y a los escritores en particular a mantener viva la llama de la creatividad en situaciones de extrema dificultad material.
Desde la habitación donde escribía sintió cómo las luces de la ciudad se apagaban a la hora convenida. Mutilación de miembros y arterias que horas después intentarían ser restituidos a su debilitada unidad como los fragmentos de Osiris.
Encendió la vela que iluminaba humildemente sus manuscritos. Medioevales, pensó: por el color del papel, por su textura, por la oscuridad que los envuelve, por la antigüedad de sus fibras, por la luz de la vela, por la mano que los dibuja. Monástica, pensó: la mano, su vocación y el empeño que la sostiene en el sopor de la noche. Es tarde para continuar, para no continuar, para dormir y no [...]
La profesora revolvió las fichas, los manuscritos, los poemas inéditos de un novísimo escritor, las cartas del Tarot, la convocatoria a un evento en Tabasco, hasta que desistió de su afán de encontrar la pluma con la que había estado escribiendo una crítica de la crítica sobre una
novela.(1)
Con estas palabras, Margarita Mateo, crítica literaria y profesora universitaria terminaba un libro fragmentado y necesario, donde con humor y patetismo ha arrollado al lector dentro de las contradicciones y de las dificultades de quien, en Cuba, escribe, comenta, crea en los años noventa. No es el caso en esta sede de ofrecer un panorama de la cultura cubana en los difíciles años del "período especial", pero tampoco es posible hablar de una narradora que se ha hecho conocer justamente en 1990, sin hacer alusión al especialísimo contexto en el cual se ha formado y ha hecho su exordio.
Por lo tanto no voy a hacer la historia de la revolución cubana, de sus éxitos y de sus fracasos, de la importancia que ha tenido para la difusión de la cultura latinoamericana, de cómo aquel evento, durante décadas y por razones no unívocas, se ha convertido en un tema ineludible y opresor para defenderlo o para condenarlo, para amarlo u odiarlo, y de cómo esa obsesión no procedía exclusivamente del interior de la isla, de entre los que habían hecho de la opción revolucionaria una radical elección de vida, sino también de los sectores del exilio por razones opuestas e idénticas, porque su alejamiento de la isla los ha marcado para siempre; no recordaré cómo ha condicionado incluso a periodistas, críticos, intelectuales del mundo entero que no supieron o no quisieron mirar hacia la cultura cubana sin el filtro de aquel extraordinario acontecimiento que fue, y en gran parte sigue siendo, la revolución.
Sin embargo, es necesario tener presentes las condiciones en que, durante la última década, han trabajado los artistas y los intelectuales cubanos, sin telas, sin pinceles, sin papel, sin cintas para la máquina de escribir, obviamente sin computadoras, sin material en que documentarse y ponerse al día, sin o con muy escasas posibilidades de publicar y, desde luego, sin mercado. Sin embargo, semejante panorama no ha suscitado sólo frustraciones y apatía, curiosamente ha producido también un sorprendente sentido de libertad bien descrito, una vez más, por Maggie Mateo, que de la generación de escritores más recientes es una atenta estudiosa:
Liberados de algunos pecados originales por un hecho tan circunstancial y definitivo como el momento de su nacimiento
--que determina la época de su posterior formación--, y acostumbrados desde muy temprano a las pocas posibilidades de publicación de sus textos, lo cual quizá también sea un don de la pobreza irradiante, que los libera de ese bregar con la censura y autocensura que suele atormentar a los éditos, lo cierto es que los novísimos narradores irrumpen como una fuerza sin duda renovadora y transgresora en el panorama literario de los 80, ya de por sí bastante intenso en la Isla, sobre todo por el implícito contraste que representa en relación con la década
precedente.(2)
Estar libres del mercado significa escribir sin la preocupación de la ganancia, sin la obsesión de los temas de moda, sin un pensamiento monetario. Y escribir en estas condiciones significa darles forma a sus demonios, darles voz al desajuste, al desconcierto frente a mutaciones inesperadas y avasalladoras, e incluso sentirse capaces de renegar de la esperanza, de la utopía, de la teleología del modernismo americano y de performar una estrategia discursiva desde una perspectiva escéptico-cínico-crítica.(3)
En este cuadro hay que incluir también las novedades producidas por un éxodo ininterrumpido de cubanos que ya representan una comunidad residente en el exterior correspondiente al 15 o 20 % de la población de la isla; un éxodo que en los últimos lustros ha visto implicado un número siempre creciente de artistas y de intelectuales.
En esa atmósfera vive y se forma Ena Lucía Portela, nacida en La Habana en 1972, licenciada en Letras Clásicas, autora de algunos cuentos y de una novela,
El pájaro: pincel y tinta china, premio Cirilo Villaverde para novela en
1998.(4) Su estreno en 1990 con sólo dieciocho años es un escándalo: su cuento
"Dos almas perdidas nadando en una pecera", es la primera, explícita narración lesbiana de la literatura
cubana;(5) las dos protagonistas, Mónica y la Pelirroja, viven la tragedia de una identidad gay no reconocida ni asumida, y el cuento termina con un suicidio. Algunos años después, la autora vuelve a escribir y complementa aquella historia en
"Sombrío despertar de un avestruz". Pero aquí se deshace del final patético de la obligada separación de los cuerpos, de la tiranía de la máscara, para re-contar la historia de dos jóvenes que se encuentran, se gustan y se aman carnalmente. Ellas no tienen preferencias sexuales delimitadas y en la atracción que experimentan encuentran la excitación de la experiencia otra, la capacidad de intercambiar sus roles y la posibilidad de recibir y dar gozo. La voz que narra salta de una a otra protagonista, pertenece en un momento a una y en otro a otra, y de la otra refiere el punto de vista para construir un tenue plot, lleno de alusiones y de citas locales y generacionales. Laura y la otra se encuentran de casualidad en los lugares donde, en La Habana, suelen encontrarse estudiantes e intelectuales: la Casa del Té, la Plaza de Armas, la Cinemateca, etc. Laura ha leído, admirado y encontrado terriblemente duro el cuento "Dos almas perdidas nadando en una pecera" del cual es autora su amiga, menos de veinte años, flaca, nerviosa, una cara agradable, ni virgen, ni deportiva, fumadora empedernida y con un infinito terror a las arañas. Laura se siente aburrida, cansada de su amiguito, algo vulgar; se deja cortejar por su amiga, mucho más decidida y consciente, a quien le parece que Laura (la voz que la narra es siempre en tercera persona), como los avestruces, esconde su cabeza en la arena para no enfrentarse con el problema de su sexualidad. Falsamente inocente, la narradora protagonista, que es también el sujeto de la enunciación y que por eso habla en primera persona, conduce la historia de una forma extravagante y discontinua dejando actuar el precedente intertexto para volver a armar una historia que ya no es una historia exclusivamente gay, sino que se convierte en una interrogación fuerte y decidida sobre la transparencia del decir y del sentir a partir de la experiencia carnal que las dos protagonistas están viviendo. La escritura es parte de la excitación y del goce; es un juego, quizás cínico (sugiere la autora) gracias al cual es posible trascender la anécdota del acoplamiento homoerótico en la convicción del poder transitivo del cuerpo de mujer, del ser mujer: "el poder de transformar nuestra sustancia en violín y violinista al mismo
tiempo."(6)
El final del cuento constituye, por lo tanto, un cambio decidido respecto al estereotipo de literatura gay que corre el riesgo de marginalizarse en una intransitividad y separación estériles. Portela, en cambio, logra deslizarse fuera de los esquemas, de los papeles asignados para dejar entrever continuamente vías de fuga y entresijos gracias a un uso caótico y sin embargo legible de la
escritura (7), que demanda de un lector desprejuiciado y ágil, curioso del universo femenino, pero no sólo. Una escritura que permite continuos arranques en el tiempo y el espacio, entre sujetos diferentes y diferentes narraciones, entre descuido y refinamiento, en medios diferentes pero unidos por una tendencia a refugiarse en espacios cerrados: la cerrazón de un grupo, de un cuarto e incluso de un sueño. Los escenarios en que se mueven y actúan los personajes de Portela son en general claustrofóbicos, pero es justamente en el espacio cerrado de estos mundos pequeños y limitados donde los comportamientos asumen un relieve ejemplar y analizable, donde es posible intuir la grandeza de un gesto, incluso el gesto extremo del canibalismo y del delito.
Con "Una extraña entre las piedras" la autora cambia de escenario. Estamos en Nueva York en un arco de tiempo que va de los años sesenta hasta hoy; sin embargo, el ambiente en que se mueve Djuna, la protagonista y narradora, es una vez más un ambiente cerrado, el clan Campbell, una "barra lésbica" como se dice en jerga, que se mueve alrededor de Sombra, una profesora universitaria progresista y rica, gay militante desde la primera hora, prosandinista en su momento, snob y prepotente. En sus manos cae Djuna, que ha dejado La Habana no por razones políticas ni económicas, sino sencillamente "emigrando, como los pájaros, por razones de clima". Djuna, que llegará a ser una escritora de bastante éxito, es ya una Cuban-American. Vive, siente, piensa y escribe desde el corazón de Nueva York, protegida por la autoritaria Sombra y con el consuelo de las demás amigas, dentro del clan. Sin embargo, la serie de círculos concéntricos
--homosexualidad, etnia, condición femenina-- que protegen a la protagonista, al mismo tiempo la aíslan y la marginan de su contexto: entre las piedras de Nueva York será siempre una extraña, entre los brazos de Sombra sentirá siempre su extrañez, así como se ha vuelto extraña para su padre, escandalizado por las preferencias sexuales de su hija, y es extraña también para sus compatriotas a los que la ata sólo el tenue hilo del tabaco perfumado que creen fumar "en libertad".
Pero Djuna encuentra a su patria, encuentra su lugar en el mundo, de una manera puramente casual, sin haberlo buscado, cuando encuentra a Nepomorrosa, una muchacha dominicana, obrera en una fábrica de lentejuelas, coja por un accidente en el momento mismo de su nacimiento ya que, míticamente parida en las orillas de un río y milagrosamente salvada de las aguas por la mano que logró agarrarla del pie mientras ya desaparecía en la corriente, le quedó para siempre el estigma de aquella mano. De Manhattan a Queens, de los wasps al mundo latino, Djuna, ya rica y famosa, escoge junto con Nepomorrosa a su mundo, no el mundo esnob de la automarginación de Sombra, sino exactamente el mundo que su ex compañera detestaba, el mundo de la sustancia pulp, de la gente straight. Para conquistar a Nepomorrosa, Djuna ha tenido que enfrentarse con Billy, el rudo amante de la muchacha, sin ahorrar los golpes prohibidos, arruinando su vida sin escrúpulos porque alguna vez en la vida Blanche tenía que derrotar a Stanley en su batalla por el alma de
Stella.(8)
Nepomorrosa es el puerto para Djuna, es su nueva patria, pero un estúpido accidente doméstico (el mismo que acabó con la vida de Rosario Castellanos), un accidente banal y sin pretensiones como la muchacha que pierde la vida en él, se la substrae. Es una narradora golpeada y sola, extraña ya incluso a la vida, una voz que hemos escuchado envejecer a lo largo del cuento, la que evoca toda la historia con una ironía que no engaña al lector: la joven autora cubana, aquella de los cuentos más duros, la del canibalismo y del sadismo, la despiadada y cínica, aquí cuenta una historia hondamente sentimental incursionando en un mundo que no es La Habana del período especial, La Habana de la miseria moral y material de sus jóvenes desconcertados por el derrumbe de tantas certidumbres, La Habana de los años noventa que se asoma a través de los indicios contextuales diseminados en los cuentos precedentes. El mundo que Portela describe aquí es
otro, posible, orilla cubana, el de los cubano-americanos, de aquella colonia de desterrados, de exiliados que aun habiendo llegado a ser parte de la vida soñada de la Gran Manzana o, de todas formas, del grande, rico, fabuloso país vecino, siguen sintiéndose
"extraños entre las piedras". El título de este cuento y el exergo son, en efecto, un homenaje a la primera muchacha y escritora cubana arrastrada al exilio por sus padres, Lourdes Casal, mujer, gay y cubano-americana. La profunda laceración del no-pertenecer, ni cubana, ni nuevayorquina, obliga a cargar con este peso:
Por eso siempre permaneceré al margen,
una extraña entre las piedras,
aun bajo el sol amable de este día de verano,
como ya para siempre permaneceré extranjera,
aun cuando regrese a la ciudad de mi infancia,
cargo esta marginalidad inmune a todos los retornos,
demasiado habanera para ser newyorkina,
demasiado newyorkina para ser,
-aun volver a ser-
cualquier otra cosa.(9)
A partir de "Una extraña entre las piedras" hay que señalar un cambio de gran envergadura en relación con los primeros cuentos de Portela; para empezar, han desaparecido los diferentes sujetos narrantes mientras la desarticulación del discurso, tan presente en
"Sombrío despertar de un avestruz", adquiere mayor coherencia y limpieza. El narrar franco y duro mantiene su inmediatez, pero la madurez de la voz narrante, desesperada y serena al mismo tiempo, le quita aquellos acentos extremos, aquella aura maldita de las obras precedentes. Cortadas sus uñas filosas de escritora
--en los hechos-- feminista, en cuanto desestabilizadora del modelo patriarcal, de escritora gay en cuanto audaz cronista de lo indecible sexual, de escritora antirrevolucionaria, en cuanto ácida e implacable coleccionista de contradicciones e intolerancias, la voz de Portela enfrenta el nudo del problema de la marginación pero también de la automarginación. Sin callar nada y sin reconciliar, arroja en la mesa de juego, desordenadamente, todas las cartas de la baraja, desparpajadas, heterogéneas, extrañamente acopladas y en este desorden entrevé una nueva posibilidad y, sobre todo la puesta en discusión radical de la incomunicabilidad entre los círculos concéntricos de las pertenencias. Los personajes de Portela quieren ser parte de todos los mundos marginales, pero también (y posiblemente, sobretodo) quieren pertenecer al mundo.
La escritora lesbiana cubano-americana Achi Obejas, en una interesante entrevista sobre temas de la
marginalidad (10) ha señalado, refiriéndose a la literatura gay escrita por latinos en Estados Unidos, esta tendencia a la autoexclusión, a encerrarse en un grupo, a la renuncia a cualquier antecedente que no tenga estricta referencia con su propia marginalidad sexual:
Existe una tendencia dentro de la comunidad gay de irse recreando de generación en generación, lo cual las separa de todas las supuestas "minorías". Por ejemplo, en Miami existe una historia sobre la comunidad cubana. Aprendes cómo ser cubano de tus padres, de tus vecinos. En los espacios íntimos del seno familiar aprendes cómo ser cubano ya sea comiendo frijoles negros, teniendo una opinión similar a la de los demás sobre Fidel, etc. No es una lección que aprendes formalmente, pero tienes el patrón de qué es ser cubano. Ser gay es otra cosa, porque generalmente la gente gay nace en familias no gay. ¿Cómo tú aprendes entonces a serlo? [...] ¿Cómo repercutió todo esto en la literatura gay de los latinos en Estados Unidos? Para desarrollar los argumentos gays casi siempre los personajes existen sin padres, sin hermanos, sin historias personales.[...] La cuestión de la historia es importante porque si uno no conoce la verdadera, repite y comete los mismos errores otra vez. Es muy importante saber de dónde viniste, hacia dónde vas y por qué.
(11)
Ena Lucía Portela, dejando los sofocantes recorridos de la marginalidad, asume en
"Una Extraña entre las piedras", una identidad posible pero falsa, la de quien ha abandonado su país, ha encontrado otro, ha llegado a mezclar las lenguas, se ha abierto al mundo (viviendo en Nueva York, allí donde viajar es una redundancia), pero que se protege dentro de un circuito exclusivo que hace de la marginalidad un esnobismo, una separación. Contra este mundo separado, sin orígenes y sin futuro está Nepomorrosa, su fábrica, su hombre, su ruidosa casa de Queens, en fin, el mundo. Djuna parece haber aprendido la lección de Achy Obeja, cubana de la otra orilla, que suena así:
Todo el mundo tiene que aprender a ser lo que es, dentro de cuál patrón cabe, a descubrirse a sí mismo, a ver cómo se funciona en la
sociedad. (12)
Nota: Texto
publicado por cortesía de la revista Revolución y
Cultura
NOTAS:
1 Margarita Mateo, Ella escribía poscrítica, La Habana: abril, 1995, p. 222.
2 Margarita Mateo, Literatura latinoamericana y
posmodernismo, en "Temas", n. 2, abril-junio 1995, p. 131.
3 Cito de Salvador Redonet, Oro final promisorio: (post)novísimos ¿y/o qué?, en "Unión", n. 22, enero/marzo 1996. Redonet, fallecido tempranamente en 1999, ha sido el crítico más atento en observar el "taller" de los jóvenes narradores cubanos; en el artículo citado concluye su razonamiento con estas palabras. "...en Cuba, donde -por especialísimas razones- se impone pensar no necesariamente en lo que se está publicando, sino en lo que realmente se está escribiendo en estos días, ahora, en este momento (casi sic.). Razones son miles y enumerarlas sería -una vez más- el cuento de nunca acabar. Basta decir: estas especulaciones y los textos narrativos aquí seleccionados, no pueden ser reflexiones sobre el cuento
de los 90 (falta aún casi medio lustro para cerrar este ya estropeado siglo y todos los relatos que escribirán en este tiempo: viejísimos, viejos, nuevos, novísimos, (post)novísimos, et al. Eso sí, han querido ser -entre otras cosas- un adelanto de lo que bien podría ser (¡¿OTRA MAS!?) nueva antología de jóvenes cuentistas cubanos (PARA EL SIGLO QUE VIENE), capaz de demostrar (más tarde o más temprano) que los últimos siempre serán los primeros."(p. 73).
4 Iván de la Nuez, La balsa perpetua. Soledad y conexiones de la cultura
cubana, Barcelona, ed. Casiopea, 1998, p. 29.
5 Emilio Ichikawa, 8 notas sobre Cuba como frontera
cultural, en "La Gaceta de Cuba", n. 5, sept./oct. 1999, p. 56.
6 Portela se estrenó a los dieciocho años con el cuento
Dos almas perdidas nadando en una pecera, XVII Encuentro Debate de Talleres Literarios de la Ciudad de La Habana, La Habana, Editorial Extramuros, 1990, luego recogido junto con
La urna y el nombre (cuento jovial), en la antología de Salvador Redonet,
Los últimos serán los primeros, La Habana, Letras Cubanas, 1993. Últimas conquistas de una catapulta fría está en doce nudos de un pañuelo, antología preparada por Redonet, Mérida, ed. Mucuglifo, 1995.
Sombrío despertar de un avestruz apareció en la revista "Unión", n. 22, enero/marzo 1996 y también en otra antología de Redonet,
El ánfora del diablo (novísimos cuentistas
cubanos), La Habana, ed. Extramuros, 1999. La revista mexicana "Crítica" ha publicado
Una extraña entre las piedras, n. 71, junio/julio 1998. En 1998 aparece
El pájaro: pincel y tinta china, La Habana, Ed. Unión, 1998 luego en Barcelona, ed. Casiopea, 1999. En este mismo año la editorial Letras Cubanas publica una colección de cuentos bajo el título de
Una extraña entre piedras, y en el 2000 en la revista "Revolución y Cultura" se publica
El viejo, el asesino y yo. La estudiosa Nara Araújo cita otro cuento de 1993, Como si el ojo gris, al parecer inédito y repudiado por su autora
(Lo spazio altro nella scritura delle (nuovissime) narratrici
cubane, en "Latinoamerica", n. 71, sett./dis. 1999. En diciembre de 1999 la escritora ha ganado el Premio Juan Rulfo de narrativa.
7 Esta es la opinión de Víctor Fowler Calzada,
Literatura y homosexualidad: ¿en Cuba? ¿hoy?, en "Quaderni iberoamericani", n. 80, dicembre 1996, p. 62.
8 E. L. Porcela, sombrío despertar del
avestruz, en "Unión", nj. 22, 1996, p. 87.
9 En un polémico artículo sobre los críticos, la autora ha escrito: "¿por qué entonces tachar de sobreabundante, palabrera y cualquier otro sinónimo de lo que sobra, la prosa no concisa, la que maneja períodos extensos (aunque estén bien construidos, aunque fluyan) es ya un lugar común, algo que se repite y se repite, a menudo con sólo un par de lecturas? ¿Por qué la experimentación, hecha tradición y resemantizada después de las vanguardias, es una fiebre, un sarampión, una inmadurez? ¿Por qué la intertextualidad, las cadenas de citas, las parodias, tan habituales en la ficción posmoderna, son una pedantería, un alarde? ¿Por qué ese culto a la anécdota veloz al punto de que en un tiempo más espacioso no pasa nada? ¿Por qué la palabra que el crítico no conoce y no desea conocer (el diccionario muerde, cuidado con él) es expulsada de la lengua bajo la etiqueta de hipercultismo? ¿Por qué lo que supuestamente se admira en los clásicos es lo mismo que se condena en los contemporáneos? ¿Por qué, sobre todo, esa recurrente apelación a un lector manso (tan irreal y tan inventado como todos), que no quiere complicaciones en su vida y no entiende de sentidos ocultos, pues al parecer no ha leído ni un folletín, toma leche en biberón y se chupa el dedo gordo del pie?" Ver E. L. Portela, Licteratura vs lechuguitas. Breve esbozo de una tendencia, en Cuba: voces para cerrar un siglo
(1), ed. René Vázquez Díaz, Estocolmo, Centro Internacional Olof Palme, 1999, pp. 77-78. Debo la cita a María Elena Blanco en su trabajo inédito Del lugar común, contestando a Antonio José Ponte, Comidas profundas, Miami, 1998.
10 E. L. Portela, Una extraña entre las
piedras, en "Crítica", n. 71, 1999, p. 50.
11 Lourdes Casal, "Para Ana Veldford", Palabras juntan revolución, La Habana, 1981, p. 61. Lourdes Casal (1938-1981), poeta, profesora de psicología de la Universidad Rutgers del Nuew Jersey, ha sido una de las fundadoras de la revista Areíto (1974) donde se reunían y trabajaban a favor de un restablecimiento de las relaciones entre la comunidad cubana del exilio y la madre patria un grupo de jóvenes atraídos favorablemente por la experiencia revolucionaria. Eran los años de Viet Nam y de las grandes reivindicaciones contra la discriminación racial y de género; en ese contexto, el primer viaje de aquellos jóvenes reunidos en la Brigada Antonio Maceo, que corrían el riesgo de ser encarcelado a la vuelta por haber estado en la Cuba de Castro, marcó un momento histórico en las relaciones entre cubanos de las dos orillas.
12 Periodista del Chicago Sun Time, la Obeja es autora de una novela,
Memory Mambo, y de un libro de cuentos, We came all the way from Cuba so you could dress like
this?. La entrevista de que hablo fue publicada en La Gaceta de Cuba, n. 5, 1999, pp. 24-29.
13 Ivi, pp. 26-27. Sobre el tema de la marginalidad y de la autoexclusión cfr. también Iván de la Nuez,
Más allá del bien y del mal, en "Plural", n. 238, julio de 1991, pp. 21-32.
14 Ivi, p. 26. Es interesante notas que Obeja, en la entrevista citada, recuerda con particular énfasis que las primeras manifestaciones públicas gay, en 1969, fueron promovidas y animadas por la así llamada "barra de
Stonewal" formada casi exclusivamente por negros y latinos.
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