LA JIRIBILLA
TINA O EL ARDOR REBELDE
Una mujer del siglo veinte

Tina fue una mujer destinada a sobrellevar las incertidumbres de una época de revocaciones y alumbramientos, llevó una existencia impetuosa y grávida pero al final su frágil espuma dejó una huella.


Lisandro Otero |
México

Para Alessandra Riccio

El pasado cinco de enero se cumplieron sesenta años de la muerte de Tina Modotti, la vigorosa luchadora revolucionaria que animó con su existir una época de convulsiones sociales y despertar creativo. Compañera del dirigente cubano Julio Antonio Mella, singular fotógrafa, amiga y modelo de Diego Rivera, protagonista de la Guerra Civil española, militante de la Internacional Comunista, devota de Antonio Machado, esposa de Edward Weston y de Vittorio Vidali, esa italiana ingobernable mereció un epitafio de Pablo Neruda que la arropó para la eternidad con sus versos; No dormirás en vano, hermana... porque el fuego no muere.Y es precisamente el incendio maravilloso propiciado en las conciencias por la Revolución Mexicana quien la convocó a este país donde capturó momentos espléndidos de su decursar histórico y plástico. A ella se deben esas imágenes de los sombreros campesinos reunidos en torno a un ejemplar de El Machete. A ella se deben las pálidas flores y el retrato de las cananas junto a la mazorca de maíz y la guitarra, brillante síntesis de un momento social. A ella, la hoz y las balas, y la ejemplar mujer que avanza, decidida y serena, portando una ondulante bandera roja. A ella, la airada imagen de Mella. El oficio de obtener imágenes lo obtuvo de Weston, fotógrafo precursor, quien fuera su segundo esposo. Antes había sido obrera textilera, modista y actriz del cine silente. Vivió los perturbados tiempos de Hollywood, cuando comenzaba el nuevo arte cinematográfico. Pero fue en México cuando tomó contacto con las realidades de su tiempo, se acercó al Partido Comunista, escuchó la prédica sediciosa de Diego Rivera y le sirvió de modelo para el espléndido mural de Chapingo donde su desnudo cuerpo exuberante sirvió para la figuración de la tierra opulenta. Fue arrestada junto a Siqueiros y dialogó con Sandino, absorbió la monumentalidad de Orozco y se comunicó con Luis Carlos Prestes y Martínez Villena. Mella cayó a su lado, víctima de las balas asesinas de un sicario enviado por Gerardo Machado. Tras el atentado fallido contra el Presidente Pascual Ortiz Rubio, en el cual se quiso ver su complicidad, fue expulsada de México y comenzó su deambular por los grandes escenarios iracundos de un mundo acongojado. Era la época del Socorro Rojo Internacional, del Frente Popular y del Quinto Regimiento, del Congreso Internacional de Intelectuales Antifascistas. Durante su estancia en Moscú conoció a Eisenstein, Gorki y Clara Zetkin. Fue la compañera leal de Modesto, Líster y La Pasionaria, amiga de Pietro Nenni y de Alessandra Kollontai. La muerte de Pablo de la Torriente Brau en Majadahonda la conmovió. Cuando Antonio Machado murió en Collioure ella estaba a su lado. En París vivió la amarga existencia del exiliado junto a los Joliot-Curie y la generosidad de Lázaro Cárdenas le abrió otra vez las puertas de México. Aquí murió el cinco de enero de 1942. En los últimos tiempos una cascada de publicaciones indican que al aprecio por el paso terrestre de esta extraordinaria mujer crece con los años. A los libros de Patricia Albers, Margaret Hook y Patricia Duncan, publicados en 1999, los de Andrea Noble y Sam Stource en 2001, deben añadirse a la ya clásica biografía de Mildred Constantine aparecida en 1993 y el cálido testimonio de Vittorio Vidali en 1984. Y por sobre estos descuella la apasionada visión de Elena Poniatowska que con su novela Tiníssima nos dejó una visión impetuosa de esa vida afiebrada. Quienes la conocieron hablan de sus ojos desconsolados, de sus ademanes lánguidos. Su circunstancia la condujo de imprentas a manifestaciones, de ateliers a trincheras, de juntas subrepticias a hospitales. Fue una mujer destinada a sobrellevar las incertidumbres de una época de revocaciones y alumbramientos, llevó una existencia impetuosa y grávida pero al final su frágil espuma dejó una huella. Ha llegado el tiempo cuando, como pidiera Anna Seghers; su pequeña sombra , silenciosa y fiel, sea saludada con júbilo por el; el instante en que se cumpla la profecía de Juan Marinello: Tina trabajará por mucho tiempo, con su voluntad heroica, ganando batallas para alcanzar la nueva tierra.


© La Jiribilla.
La Habana. 2002
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