LA JIRIBILLA
MIAMI, ENTRE LA MENTIRA Y LA VERDAD

Enrique Ubieta Gómez | La Habana

Miami habla español. En el aeropuerto, una empleada de seguridad le increpa a una usuaria desentendida: ven acá mamita, ¿tú crees que yo estoy pintada en la pared?. Miami se anuncia como una auténtica ciudad hispana: auténticos café, comida y sabor latinos. Los cubanos no son mayoría, pero hablan más alto, se anuncian y se venden con más énfasis: esta es la verdadera cerveza cubana. Y uno queda atónito ante semejante anuncio: la verdadera, sea de mejor o peor calidad, está allá, en La Habana, o en Holguín. Los anunciantes lo saben. Los compradores también. Es la añoranza de una autenticidad perdida.

En Miami hay tres o cuatro, quizás cinco rascacielos. Aparecen en todas las postalitas, sirven para recordar que aunque te parezca el Sur, eso es el Norte, la antesala hispana del sueño americano. Pero las tiendas del centro no tienen clientes. No lo tenían antes del 11 de septiembre. Y hay dos o tres homeless por cuadra. En el lujoso apartamento que visito trabaja una sirviente nicaragüense. Aun no tiene papeles y no puede visitar a los suyos. Ella quería que Daniel Ortega ganara las elecciones. En realidad, no tiene preferencias políticas, pero confesaba con picardía el secreto de su esperanza: si Ortega gana, nos declaramos refugiados políticos y quizás nos den la residencia. Miami es la ciudad de las simulaciones. Muchas personas mienten para comprar el boleto de entrada. Otras, a falta de mejor empleo, mienten para vivir. Una conocida organización terrorista desfila por sus calles para condenar el terrorismo, y apoyar la guerra contra el pueblo afgano.

El Duke Hernández no tiene que mentir para vivir, sólo lanzar la bola en los estadios de béisbol. Sería absurdo que dijera que tuvo una mala preparación técnica en Cuba o que era reprimido en su país, en cuyo equipo nacional olímpico militó. Sencillamente, optó por abandonar a su pueblo, a sus fieles seguidores del estadio del Cerro, y hacerse rico. Es una opción de vida. Le deseo suerte. Pero hay otros que viven de las palabras y ese es un oficio que suele hermanar la decencia y la pobreza o, por el contrario, la indecencia y la riqueza. En ese oficio no puedes optar por hacerte rico o por vivir, digamos, con cierta holgura económica, y aferrarte a la verdad. No te vas de Cuba, donde vives pobremente pero con garantías, para ser un pobre sin garantías. Y todos los escribas, vivan donde vivan, publican sus textos en Miami. O miamizan las publicaciones que tocan, como lo haría un inverso Rey Midas. Miami habla español y piensa en inglés. La inautenticidad, la simulación, las frustraciones políticas y personales, engendran el odio. En realidad, aun diciendo mentiras, muy pocos se hacen ricos. Y los ricos, incluso los muy ricos, no son necesariamente felices.

Por eso admiro a quienes en Miami han optado por la verdad. Sea cual fuese su pasado, son hombres y mujeres que decidieron conservar o recobrar la dignidad personal. Y llevan en sí el decoro perdido de muchos otros. El pasado 17 de octubre tuve un aleccionador encuentro con cerca de cincuenta miembros de la Alianza Martiana que dirige Max Lesnik. En ese heterogéneo grupo hay algunos que regresan de un largo y complicado viaje ideológico, como el ex-dueño de un periódico habanero o la viuda norteamericana de un ex-magnate azucarero. También hay intelectuales jóvenes, formados en la isla, como el poeta Juan Carlos Zamora y la narradora y dramaturga Carmen Duarte. Allí conocí a un muchacho, hijo de cubanos, que nació en Estados Unidos, y que rompió con su familia para aliarse a la verdad. No hay libertad de palabra en Miami, hay libre mercado y el odio impone libremente la mentira. Pero hay hombres y mujeres valientes que no se venden. Estoy seguro de que hay muchas personas honestas en Miami que en la privacidad de sus hogares escuchan los comentarios de Aruca y de Max Lesnik y leen los artículos desafiantes de Luis Ortega.

Miami no es la ciudad del mal. Sus habitantes son rehenes de un concepto de la vida que prioriza un fin individual y aprueba todos los medios para conseguirlo; son personas que trabajan duramente, de sol a sol, por un futuro difuso, escurridizo y que no pueden ni quieren prescindir del pasado; aquel siempre inalcanzable, éste cada vez más lejano, irrecuperable. La nostalgia de Miami pasó rápida como un rayo por los ojos de una cubana que supo de mi inmediato regreso a la Patria. Pasó y no se detuvo, porque en Miami, a veces, no hay tiempo para la verdad.

 


2001. La Jiribilla. Cuba.
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