LA JIRIBILLA
AEROPUERTOS

Enrique Ubieta Gómez |
La Habana

"Los viajes en avión son hoy más seguros que nunca", repiten los conductores de la televisión... y de la conciencia norteamericana. Quizás tengan razón. Los gobiernos republicanos han privatizado los aeropuertos. Y los nuevos dueños redujeron los gastos de seguridad. Pero ahora es el ejército quien se hace cargo de ella. Un hispano sonriente se asoma a las cámaras de Univisión y dice: "no me molesta que me registren, yo sé que es por mi seguridad". Llegué temprano al aeropuerto de Baltimore. De dos en dos, en uniforme de campaña y con armas largas, andan los soldados por los pasillos. Una voz repite incesante por el audio local, en inglés y español: "Estimado pasajero: por favor, mantenga todos los paquetes y equipajes continuamente con usted. El equipaje desatendido será inspeccionado o destruido. Por razones de seguridad no acepte llevar paquetes ajenos". Trato de recordar sin éxito en qué película de ciencia ficción escuché antes un anuncio semejante.
Estoy frente al mostrador para despachar la maleta y muestro mi identificación y mi pasaje. La empleada es latina, su nombre inscrito en el sello de la solapa es Margarita. "¿Lleva armas de fuego o explosivos en su maleta?", me pregunta y sonríe. Es una mujer hermosa, pienso y digo no con un leve movimiento de cabeza. "Debe esperar allí a que revisen su equipaje". Allí, donde señala, hay ya otros pasajeros esperando. Somos los elegidos de este vuelo. Hay negros, latinos, árabes, y dos rubios. Trato de descubrir si les falta una oreja, si son blancos mutantes; quizás, me digo, sean irlandeses o vascos. O puros yanquis con mala suerte. Porque ¿y si a los terroristas les da por disfrazarse de blancos y se tiñen el pelo, y se ponen los ojos azules? ¿y si hay blancos mutantes con alma negra? "Yo soy de Guanajuato", me dice un joven indocumentado que trabaja en el puerto de Baltimore. Lo vi, nervioso, frente al mostrador, sin pasaporte que mostrar. Su madre está muy enferma.
Es una enorme pantalla de cine, del tamaño de la vida, por la que entramos los hombres y mujeres del tercer mundo a esta extraña película real de ciencia ficción. Aquí adentro, debemos aprender a manejarlo todo por botones y tarjetas prepagadas, a movernos en trenes rápidos bajo tierra, a tocar el lujo con manos de sirviente, a ser los eternos sospechosos. El televisor del aeropuerto intergaláctico --¿alguien puede concebir un viaje más "largo" que el que realiza un avión en apenas unas horas, desde Washington o Baltimore hasta Port au Prince o Managua?-le ofrece un posible título a la película: "América contraataca". Pero los ideólogos del show no han reparado en un detalle: en la versión de ficción ("El Imperio contraataca"), el malo de la película es precisamente el imperio. Las imágenes televisivas difunden el terror: el ejército más poderoso de la Tierra lanza desesperado bombas inteligentes y cohetes teledirigidos, mientras una mano invisible, un enemigo desconocido, distribuye ántrax en las esquinas y promete nuevos atentados. Todavía, al abordar el avión, un señor con una pequeña lista de nombres vuelve a inspeccionar a los inicialmente elegidos. Y yo, preocupado, veo pasar sonriente, bien vestido, a un señor alto, rubio, ojiazul. Nadie le ha preguntado si vive en Waco o en Oklahoma. 


2001. La Jiribilla. Cuba.
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