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LA JIRIBILLA
EL PACIENTE ESPEJO DEL PIRATA
JOSÉ RAMÓN PÉREZ PITA
Jorge Ángel Hernández Pérez |
La
Habana
-Ana Cecilia... de la Rosa -respondió ante la mirada de tonto del pirata.
Podía haber agregado otros nombres, con la correspondiente hilera de ilustres apellidos, pero había comprendido en el impulso que las tres primeras letras hubieran satisfecho al interrogador, pasmado ante el cuerpo desnudo, turgente, irresistible como una aparición. La sorpresa, dueña de la situación, irónica hasta el colmo del desprecio, dejó que se adentrara aún más en su ridículo.
-Ni un movimiento en falso, ni una trampa, ni el más mínimo intento de gritar -advirtió, con fuerza maquinal en el tono de la voz, inconsciente de su función previsora en el diálogo radial.
Ana Cecilia, sorprendida más por la actitud del asaltante, tan terrible en su aspecto, que por la repentina presencia, no intentó cubrirse, ni siquiera con ese absurdo gesto femenino de cruzar los antebrazos por encima de los senos. Asintió casi imperceptiblemente, ajena a toda razón que pudiera provocar tantas amenazas y medidas preventivas. Segura de sí estuvo desde el inicio, pero la intranquilidad emocional de aquel pirata, delatado por la humilde actitud que lo hostigaba debajo de tanta autoridad convencional, comenzaba a inquietarla, a incitarla a tirar de las sábanas y cubrir su cuerpo, o al menos a hacer un gesto ligeramente protector. (No era de esperar que la sorpresa cediera su terreno fácilmente).
Con firme voz de mando y diáfano tono de imbatible autoridad, el temible asaltante le informó:
-Desde este momento forma usted parte del botín.
Sorprendida realmente, la muchacha optó por arrancar de un tirón la tela de las sábanas y cubrirse con un giro del cuerpo, lo cual hizo con hábil prontitud. En sus planes no estaba semejante reacción. Perfectamente supo del ataque, previó las zonas de saqueo y escogió el lugar y la forma en que sería descubierta. La confesión de una amiga de su madre, con quien había trabado una secreta amistad, y sus instintos personales aún sin estrenar, la habían conducido a este momento. Se entregaría al pirata con fingida resistencia, como si en realidad se dejara llevar por el terror inmediato. Pasado el tiempo del primer suceso, decidiría si emprender abiertamente una actitud de cómplice. Así, repetiría tales emociones sin quedar a merced de chismes y habladurías de villorrio. Pero pasar a prisionera era un asunto para el que no se había preparado. Sabía que el violador desconocido podría ser un hombre despreciable, desfigurado, maloliente acaso; se había decidido consciente de que se arriesgaba a insospechados maltratos aun cuando era conocido que la piratería gozaba de una fama de crueldad exagerada y que sus relaciones con los habitantes de la villa y de los caceríos armonizaban a la perfección. Para sus fines le bastaba con la emoción, con que el aparecido (o los aparecidos) tuviera una verga que mirar y conocer, un miembro que la penetrara y que arrastrara en su empuje ese cosquilleo irresistible que alteraba sus noches. El gesto de cubrirse, la timidez repentina, que ahogaban la indemne postura de su desnudez, devolvían al aturdido agresor la confianza en sí mismo.
-Y no tienes nada que temer -susurró.
Se acercó sin dejar de mirarle a los ojos, profundamente, casi en éxtasis. Con movimientos viriles, pero amables, acarició su rostro, rozó las apacibles mejillas con su cara curtida por el mar y abrió el manto que debía servir de protección. El cuerpo desnudo brincó hacia él con decisión y las manos diminutas palparon con ávido interés la fuerza de los músculos.
Los consejos de la amiga secreta, un tumulto sin tino en su recuerdo, perdieron su papel de lección y el instinto condujo cada uno de sus gestos. Era su hamartia -única tal vez; desconocida sin duda para ella-: su
hamartia. Buscaba el cuerpo desnudo debajo de las ropas; echaba abajo el camisón, los pantalones rasgados, los zapatos: quería sentir en su cuerpo cada centímetro de la piel de aquel hombre, quería saber cómo un amante se entregaba palmo a palmo hasta quedar indefenso y sin botín. El riesgo parecía bien resarcido. La suerte le entregaba a un hombre fuerte, imponente, que alentaba en ella una seguridad
inclaudicable, un ansia creciente de atrapar todo cuanto se había ocultado a su imaginación. Sería una inspiración, o quizás fuera también un empleo inconscientemente precursor de la paronomasia que García Márquez llevaría hasta el delirio, pero Ana Cecilia de la Rosa María Lutgarda Segunda Jiménez de Quesada (y algunos apellidos más) llevaba en la sangre la habilidad para hacer el amor con magia de ardiente meretriz y candor de sutil adolescente. Rendido ante la actitud de la joven, que no cesaba de palpar, de probar el sabor de cada músculo, de intentar apresar el misterio del sexo que la había hecho llorar durante meses su ignorancia, el pirata quiso jurarle amor eterno, confesarle que nunca en su vida de amante y violador había sido tan inmenso el empuje de la habilidad y alguna que otra frase galante que le permitiera disminuir la evidencia casi vergonzosa de su derrota. Pero, como estaba hecho para rudos abordajes y mañosas transacciones, le recordó que era parte del botín y que pondría su vida en serio peligro si intentaba escaparse.
-Mi nombre de verdad es Sebastián, pero me dicen El Tajo -dijo mientras ella se vestía lentamente, recuperada en toda su confianza, aunque tal vez un tanto alterada por la curiosidad.
Una mujer así, pensó él, sin dejar de mirarla, es lo más grande que puede pedírsele a la virgen.
Así fue como Ana Cecilia Jiménez de Quesada (para resumir) pasó a ser parte de un botín pirata y alteró el curso existencial de toda la tripulación, de su ilustre familia y del inspirado habitante de la villa, José Ramón Pérez Pita.
El Tajo había levantado la admiración repentina de todos los marinos. Sabían que un hombre solo no puede regresar cargado de despojos y, además, con una prisionera en la que no se advierten huellas de maltrato. Lo del rapto no era más que un pretexto para conseguir que respetaran el ingreso de la joven al barco. Tal vez fuera la reacción del capitán al mirar esos ojos o que cada uno logró captar esa mirada por un instante o quizá el balance de la intriga entre una situación y otra; cuestiones todas que los piratas, poco versados en el análisis del relato, prefieren no apuntar; lo cierto es que Ana Cecilia subió sin ningún contratiempo, sin advertencias ni plazos que reglamentaran su estancia. A bordo, sintió que nada había aprendido de ese misterio que pretendía desentrañar, que la aparente magnitud del imprevisto no era más que un pálido comienzo, un punto de partida en la infinita carrera que debía esperarla. Sobre las mantas rugosas donde habían hecho el amor hasta el agotamiento, Sebastián el Tajo, escuchó las palabras que rompían, sin lugar a inmediatos forzamientos, su compromiso y supo, en medio de divinas caricias y con toda la solemnidad de una figura retórica ya hecha, que ella se sentía libre y ansiosa por hacer el amor con otros hombres. No es que la usaran ni que alquilaran su cuerpo como lo hacían con algunas mujeres en los puertos, sino que ella se hacía conquistar. No podía deslumbrarse ante el oro atesorado, las telas o las joyas, porque todo ese lujo le había sido familiar desde la infancia. No podía impresionarla la seguridad en el mando del joven capitán, porque ella había visto a su padre tratar con militares enérgicos y recios
rancheadores. Se maravillaba solo ante al ansia de sexo que brotaba de aquellos que se le acercaban, ante el esfuerzo que hacían por conquistarla y ganarle en la lucha que se abría entre los cuerpos. Unos y otros conservarían como trofeo en su memoria haberla iniciado en este o aquel recurso del amor, pero todos ellos llegaban a saber que ella habría de derrotarlos una vez que su instinto aprehendiera la lección. Mantas, velámenes, tablas rasas, banquillos, rollos de soga, la línea de cubierta y el para el caso muy cómodo lecho del capitán, se empaparon con el sudor de su cuerpo desnudo y se impregnaron del olor que brotaba en sus orgasmos. Quería saber; sentía que un lenguaje muy hondo la esperaba más allá de ese misterio inextinguible, que entregarse a las caricias de un hombre era algo más que un rito, más que un placer, más que un momento de amable concesión. Y aprendió que no hay hombre perfecto así como tampoco hay hombre totalmente inútil para las lides amatorias. Aun cuando cada uno de ellos le entregara lo mejor de sí, nada sería si no sentía a la vez lo mejor de aquellos que antes se le habían entregado y de aquellos que imaginaba recibir.
Los piratas no podían entender tamañas sutilezas y acaso ella misma no sabía organizar el porqué de su búsqueda y la razón de su apetito. No sabía, a fin de cuentas, que era el peso de su hamartia el que empujaba sus ansias y horadaba la lógica.
Así comenzaron las revueltas, asesinatos y rencores. Las viejas rencillas afloraron bajo el disfraz de la rivalidad. Una antigua deuda entre los dos vigías, contraída en el final de una partida de dados, supuestamente saldada en el olvido, tintineó moneda por moneda, puño por puño, después de porfiar desesperadamente que la muchacha los miraba con algo de favor. El pirata más joven de la tripulación humilló a su protector llamándole cáncamo gastado, inútil y tirano, y recordando en público que él salvara su vida en un momento de peligro.
Panakis, el griego lector del lenguaje que hablaban las estrellas, descubrió, a despecho de su siempre fiel
Sachidis, que en la línea de Venus él era el sátiro más privilegiado. El contramaestre, quien soñaba llegar a capitán, multiplicaba las órdenes para que la constante ocupación no les permitiera rondar a Ana Cecilia. El propio capitán hundió la daga en el estómago de su amigo el escribano, a quien había rescatado de una condena por falsificación, al descubrir, oh cuervos criados, que ese joven consumía su turno cuando él se rendía en el cansancio. Y así, hasta agotar tantas y tantas hipérboles de sexo y de violencia.
El mañoso Sebastián el Tajo, reconocido cada vez menos como el ariete quebrador de la santificada Ana Cecilia, propuso la idea del rescate. Sí, lanzarse a altamar con semejante manzana de la discordia arriesgaba la vida de cada uno de los tripulantes, el capitán lo comprendió, no sin un molesto sentimiento de culpa, no sin la incomodidad de aquel que ejecuta una orden que no siente, asunto más que opuesto al arquetipo de valor de los piratas. Pero el sentido práctico se impuso al influjo romántico (aun fuera de época) y Sebastián el Tajo, el hábil negociador, fue enviado a la costa en secreta misión o, más bien, aparentemente abandonado en una escaramuza.
No fue difícil hacer las conexiones y comenzar las demandas.
El señor Jiménez de Quesada había tenido la prudencia de no armar aspavientos y el aplomo y la energía suficientes para neutralizar a su esposa. Esperaba, impaciente ya por la demora, el arribo de una embajada solicitando un alto rescate que podía disminuirse en ligeros regateos. Sabía que no dañarían a alguien que podría proporcionarles una buena recompensa, aunque el tiempo habitual en el que se iniciaban las negociaciones había sido consumido. Sorprendido ante lo ínfimo de la demanda, aceptó el precio en el momento, sin suspicacias y sin regatear. De más está decir que El Tajo le juró que la integridad de su hija había sido respetada hasta en sus más mínimos detalles y que el trato al que había sido sometida no comprendía nada que la desagradara, lo cual era totalmente cierto. Y advirtió que, por cuestiones lógicas de seguridad, el lugar del canje y los detalles relacionados con el procedimiento no serían revelados hasta el último instante.
Ana Cecilia era la única hembra -por suerte, decía su padre- de una familia de cuatro hermanos. El mayor, de quien no tenían noticias hacía más de dos años, había tomado un barco en el puerto habanero, supuestamente rumbo a Canarias, después de haber sufrido una decepción amorosa. El siguiente, cuatro años mayor que ella, había partido apenas un mes antes, para buscar a su hermano, desde Puerto Príncipe. El menor era aún un niño y no tenía conciencia de las responsabilidades y peligros que acechaban a quien era raptado por los piratas. Más bien le parecía interesante la aventura y le admiraba saber a su hermana en ese lance. No fue, como su padre lo solicitara, nada discreto. En menos de un día el suceso fue noticia en la villa. El señor Jiménez de Quesada desmintió todas las versiones y explicó las causas del increíble viaje que la había alejado. Parecía buen filón para la sátira: también la única hembra se marchaba, repentinamente; información que proporcionaba el otras veces arisco cabeza de familia. Esta vez la hablilla popular no reclamaba un viaje, sino que manejaba la posibilidad de un rapto.
Fuese en prisión de piratas,
tras innumerables penas,
a sufrir por las cadenas
que amarraron a sus patas.
Digan las lenguas sensatas
que hubo recia castidad,
pues cuentan que la verdad
nadie en sus manos ajusta;
porque, si canta la fusta,
¿quién pone contrariedad?
Este era el tono de la copla popular, el golpe de la décima, vasija en que el cubano vertía sus humores, acentuado en la medida en que la espera dibujaba una franja de temor en el rostro del hermano menor de Ana Cecilia, quien había dejado ya sus secretas revelaciones, no solo porque quedaran pocas personas a quien no se hubiera confiado, sino porque comprendía que su madre había comenzado a consumirse.
No todo podía ser sufrimiento familiar y burla colectiva.
José Ramón Pérez Pita, el menor de los hijos del colono sospechosamente arruinado Ramón Ramón Pérez Pérez, a quien prepararan durante un largo periodo para funciones clericales con aceptables progresos, sufría heroicamente la situación del rapto. El heroísmo no radicaba en que hubiera formado una partida de valientes para enfrentar a las huestes de ese capitán Laferté que asaltara la villa, ni en clamar al señor con dramatismo de místico orador, ni en imponerse penitencias, sino en su llanto solitario, en su estoico padecer, que iba dejando páginas de inspirada épica relacionadas con el suceso. José Ramón había renunciado a su familia un año antes, cuando su padre, declarado en deuda absoluta y bajo temor de ser acusado de traición a su majestad, abandonó la villa con rumbo desconocido y sin enterar ni a su amigo el capellán, de quien tenía inconfesables sospechas. Los motivos que lo hicieron quedarse no eran conocidos más que por el propio Pérez Pita. Al señor Jiménez de Quesada en persona había suplicado un empleo en su finca hasta obtener, más por cansancio que por convicción, un puesto de porquerizo que le pagaban con la comida y alguna ropa. Había sobrepasado todas las expectativas en su desempeño. Su capacidad para el trabajo se hacía notar gracias a esas motivaciones secretas que lo retuvieran en la villa: un amor infinito, no confesado ni al Señor, por Ana Cecilia de la Rosa María Lutgarda Segunda Jiménez de Quesada y Ayala (para no continuar).
Como era común tomarlo por un poco lelo, gracias a su afición por la lectura, su desinterés por los asuntos materiales y su actitud distraída, era difícil sospechar el verdadero fondo de sus intenciones y, menos aún, relacionar las noticias sobre el rapto con su repentina enfermedad. Gracias al empleo contemplaba diariamente, al menos una vez, al objeto secreto de su amor. Desempeñaba sus funciones con notable perfección, presto siempre, feliz por su destino. Y a la luz del candil de las noches de calor, en el rancho vara-en-tierra que le habían permitido conservar de las propiedades de su padre, rasgaba uno que otro verso inspirado en la belleza de la joven. La idea del rapto, saber que semejante beldad, la más bella entre las bellas, temblaba a merced de sanguinarios piratas, había caído como una enorme peña en su pecho. Enfermó de repente. Entre incesantes vómitos y estados febriles totalmente desordenados, se vio redactando un poema que haría temblar de envidia al propio Alonso de Ercilla. En octavas reales, con versos candentes y llenos de tensión dramática, rematados en rimas que hacían fluir el discurso como un manso arroyo, narraba la mordaz captura, la feroz resistencia, la vileza del plan, el valor de la familia y los vecinos de la villa. Por último, con mucha discreción, la mención de los versos de un humilde poeta consumido de amor por tan bella actitud y tanta firmeza en mantener la castidad. Contrastaban los rostros ahítos de maldad de los piratas con la belleza hechizante de la pobre indefensa, la lujuria insaciable y repulsiva de los hombres con el candor y la inocencia de la joven, el olor nauseabundo del camarote que servía de prisión con el aire fresco y añorado de los bosques, la visión sucia y miserable del interior del barco con el grato esplendor de la campiña, los fantasmas errantes en las noches de fuegos de Santelmo con el brillo infinito de las estrellas en el campo, y la vulgaridad infamante de las coplas y décimas que en envidiosas voces circulaban con la sublime devoción de quien llevado por el amor podía escribir.
La inestimable inspiración de José Ramón Pérez Pita lo llevaba a escribir verso tras verso sin que la náusea, el fuego arrullador pero abrasante de la fiebre o los esporádicos vómitos, lograran cortar su torrente creativo. Podía decirse que estos inconvenientes se convertían en alimento, si no fuera una frase tan pueril. Con el título, que había encontrado tras la última línea, cesó la enfermedad. Con mirada ya libre de estrabismo febril, el poeta enamorado, devenido cantor épico, leyó por primera vez su propio texto. Según las normas del estilo, faltaba al poema la distinción que siempre concede la mitología y era de lamentar tanta fauna criolla y frases carentes de elegancia retórica, así como el exceso de tropos lexicalizados por el habla común. Esta fue la opinión de Jiménez de Quesada, convencido de que su loco porquerizo no se marcharía hasta que él no repasara el texto. Pérez Pita coincidió plenamente. Iba a mostrarse dispuesto a emprender las enmiendas, cuando la amable voz del padre de su Ana Cecilia se interpuso para prometerle que haría lo posible por dar curso al asunto. Jiménez sabía que no hay nada como dar esperanzas para ganar tiempo.
-Vaya tranquilo a su trabajo, que le avisaré -le aconsejó, palmeándole en los hombros. Y, antes de verlo marchar definitivamente: -Y pronto, más de lo que usted imagina.
Para José Ramón Pérez Pita, el tiempo se dividía en momentos de contemplar a Ana Cecilia y momentos en que soñaba verla, y se medía en dos formas perfectamente ajustadas a tales requisitos. Por eso había decidido titular su poema "Espejo de la paciencia", aunque, llamado a reflexión, lo sustituyó por "Espejo de la paciencia y castidad de Ana Cecilia de la Rosa María Lutgarda Segunda Jiménez de Quesada y Ayala Ramos de Balboa, que a Helena de Troya ha superado."
Marchose, eso sí, contento y muy esperanzado.
Glorificar a un ser tan puro es lo más grande que los dioses pudieran conceder, pensó mientras regresaba a los corrales. Si será
imbécil, se decía al mismo tiempo el ya de-
sesperado padre de Ana Cecilia. Dar el poema a la publicidad, lo sabía y mascullaba una y otra vez
la maldición, significaba poner al corriente del rapto hasta al mismísimo gato de la villa.
Se disponía a lanzar el manuscrito al fuego justo cuando, casualidad del arte, aparecieron las señales de Sebastián el Tajo. Mecánicamente, delegó la encomienda en una de sus esclavas y se dispuso para la entrevista.
Sabemos ya que, sin regatear, aceptó el precio del rescate y prometió no mezclar a las autoridades. Desconocemos, sin embargo, qué decidió hacer con el ya peligroso porquerizo en su recién revelada condición de autor, ni qué hizo la esclava con el manuscrito, redactado en menos de tres días del mes de septiembre de 1599, en la villa de San Juan de los Remedios del Cayo.
¿Qué hace la esclava cuando le entregan al pequeño heredero que su padre ha maldecido gracias a la profecía? Compadecida, lo coloca en una canasta y lo deja a su suerte en algún río. El niño es adoptado: la profecía se cumple. La esclava a quien se le había dado la orden de echar el manuscrito al fuego no andaba muy bien en cultura clásica y, en cambio, sabía con quemante exactitud que desobedecer al amo podía marcarle el rostro para el resto de sus días. Sin detenerse a mirar los rasgos apretados de la letra, que no hubiera entendido, tiró a la hoguera un cuaderno al que no concedía ningún valor histórico, ético o filológico.
Con José Ramón sucedería algo más acuñado por la tradición: el padre, preocupado por el futuro de su hija, da de beber al intruso en la copa del olvido y lo envía a un viaje de placer y negocios. Así fue como la única condición impuesta a los piratas por el señor Jiménez de Quesada fue la de incluir en el botín a su inspirado porquerizo. Saber que justamente por él sería cambiada la divina Ana Cecilia, lo hizo experimentar la mayor felicidad del mundo y aceptar sin poner la más mínima atención a esos engorrosos detalles sobre planes futuros de rescate, fortuna y gloria terrenal que el amable señor, pluguiera al cielo que futuro suegro, intentaba explicarle.
Nada más simple para un señor de buen nombre que un negocio con una partida de piratas. José Ramón Pérez Pita subió al barco bajo el éxtasis total de la visión de Ana Cecilia, más limpia después de su agónica firmeza. Fue aceptado con maliciosa duda, que oscilaba entre tomarlo como sustitutivo (aunque nunca sería igual) o arrojarlo por la borda apenas llegaran a
altamar. Los marineros, guiados por El Tajo, cargaron el pequeño rescate. Ana Cecilia volvió junto a su padre sin nada que lamentar, dócil y dispuesta a acatar cualquier condición que su familia le impusiera, convencida de que, bajo su intensa aplicación, nunca podría conocerlo todo de ese lenguaje que aprendía.
Tal vez la devoción del poeta por la joven -ella era, en esos momentos, la figura principal e indiscutible del altar pirata- o quizás lo divertido que resultó a los marineros (no confundir: gracias a que sabía el texto del poema de memoria y podía recitarlo a petición, inmutable ante el estruendo de las carcajadas) o a lo mejor porque podía asumir perfectamente las funciones vacantes del escribano, algo brilló en su suerte y permitió que lo aceptasen al menos hasta llegar a puerto.
La vida en el mar no le hizo perder su devoción, su amor para entonces confesado a todo el mundo, pero sí curtió su piel, tostó sus músculos y le infundió un apetito animal por la hembra, sin identidad ni formas, que nunca antes había reconocido y que le hubiera permitido con tanta posibilidad conseguir la unión que regía su quimera. Aprendió a manejar las armas blancas y a preparar las cargas exactas para las armas explosivas y, sobre todo, a ser un ayudante imprescindible para el capitán. Hasta que un día, tras abordar un galeón rumbo a Santo Domingo, descubrió entre las prisioneras el rostro inolvidable de Ana Cecilia. La tomó de la mano -separándola de su aterrado esposo, novato en nupcias y abordajes- con la decisión de un marinero endurecido por la vida. Ella se dejó llevar anhelando esa hambre sexual que adivinaba y presintiendo, además, que su lenguaje estaba a punto de comprender desconocidas estructuras.
Dispuso libremente, y por derecho indiscutible, del camarote del capitán.
Sobre la cama que su antecesor vigilara, oprimido por la exaltación, se entregó a un amor torpe, inhábil, empañado por la seguridad de su pareja, aun cuando sus instintos vibraban de necesidad. Y, cuando hubo vencido el sobresalto, sintió el olor de los corrales que nunca había notado, que apenas recordaba; lloró la humillación de su familia y se cagó en la madre del señor Jiménez de Quesada. Supo, también, que eran ciertas las historias que hacían los piratas y que ninguna de las hazañas contadas podía superar la realidad palpable de esa mujer nacida para hacer el amor (conservaba su aire petrarquista, aunque era de esperar que un algo voltereano comenzara su efecto en ese instante y cruzara los mares, rumbo a Europa).
Ana Cecilia regresó llorando a los brazos de su esposo -quien optaría por la discreción- no para fingir ni, tampoco, decepcionada irremediablemente. Había reconocido su impotencia para ganar en la lucha a ese hombre que hubiera muerto por tenerla y en cuya mente se agolpaban las más audaces acrobacias de la cópula, llenas de espléndida lujuria y dúctil maestría. Había enfrentado su primera derrota -y la última, porque nada podría vencerla después de conocer la táctica-. Comprendió, mientras sollozaba en el hombro de su esposo, que eran esas las nuevas estructuras que acudían a su lenguaje y que nada podía destruirla si, en lugar de enfrentarlas, las sumaba. Y ese llanto, esa actitud indefensa de la joven concedió un profundo respeto hacia el pirata José Ramón Pérez Pita y apagó las búsquedas de mitos que ceñían su leyenda.
Pero el poeta porquerizo, que había renunciado a su familia, prefirió no salir a recoger las prebendas de la fama y pidió autorización al capitán para encerrarse, decepcionado por los crueles espejismos de este mundo. Del encierro brotó, primero lenta, rítmica después, vertiginosamente al fin, una obra repleta de engaños, picardías, traquimañas y sucios personajes; una obra que asesinaba al poeta ya definitivamente.
Sin el más mínimo desdén, sin sombra de desgarramiento, la abandonó a su suerte en un barril, en altamar. Como la vez anterior, la tituló una vez terminada y releída: Reverso de la imagen que el espejo de la paciencia muestra. Supo, sin remedio y al instante, que tanto pillo, tanto tramposo y tanta deslealtad no estaban conformes con las normas del estilo. Era el arma terrible de la burla, sobre la que sólo el destino podía decidir -lo que sí se acercaba a la costumbre clásica-. Tal vez llevado por un rapto de modestia, en el último instante atribuyó el manuscrito a un tal Doctor Ralph, alemán que lo había compuesto a partir de las notas del francés Arauet quien, a su vez, había contado con la colaboración del patagonio J. Borges.
No cobró el precio del rescate por los diez prisioneros, pero sí aceptó los regalos del capitán Laferté y su proposición de continuar siendo su ayudante personal. El pirata nacía definitivamente de las ruinas de un poeta.
Y una tarde de invierno de 1603, en las Tortugas, pasado de tragos y con la lengua suelta, se atrevió a aconsejar al capitán Gilberto Girón, amigo personal de Laferté:
-Si prepara un rapto, no escoja una mujer, mucho menos si es joven. Búsquese un cura.
Y, tras un trago que ya no toleraba:
-Un obispo: es lo mejor.
Cuento tomado de la antología de
cuentos Palabras de sombra difícil, selección y
prólogo de Rogelio Riveron, Editora Abril, Letras
Cubanas, 2001.
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