LA JIRIBILLA
LA LITERATURA EN CUBA Y EL GRUPO MINORISTA *

Alejo Carpentier   

En estos días se ha intensificado,   en Cuba,   el estudio de la literatura cubana en las distintas fases de su evolución.  En lo que  se refiere al pasado, se ha procedido a una revisión de valores que ha resultado extraordinariamente fecunda, por cuanto hizo resaltar el indiscutible valor universal de más de uno.

Es indiscutible, por ejemplo, que un Silvestre de Balboa,  que en  1604, escribe ya, con su Espejo de paciencia, un poema donde se afirma una sensibilidad criolla en cuanto a la visión de la naturaleza,  fue  un precursor que se inscribe, por derecho propio, en la historia literaria,  no solamente de  Cuba, sino de todo el continente americano.  

Igual nos pasa con un Rubalcaba,  cuyos poemas establecen un paralelo con los versos que en la misma época escribía en Venezuela, un Andrés Bello, cantando a los frutos de la zona tórrida.  Y no hemos de insistir en la universalidad  de José Martí, puesta de manifiesto, una vez más, por la edición de sus Obras Completas, que la Editorial Nacional de Cuba, acaba de culminar con un tomo número venticinco, que cierra el ciclo de una producción que, con el tiempo,  nos parece cada vez más premonitoria, más actual y más útil, para fijar los caracteres de una auténtica sensibilidad latinoamericana, tanto en lo que se refiere a las cosas del arte  y la literatura, como en lo que se refiere a lo político...  en lo último,  la palabra de Martí,   resuena  como si hubiese sido pronunciada ayer... en lo artístico,  en lo que propendía  a abrir nuestro entendimiento hacia las corrientes renovadoras del pensamiento, a aconsejarnos que estuviésemos al tanto de cuanto se producía en el mundo, para lograr con ello un mejor examen,  una mejor valorización de nuestras propias fuerzas.    Está ahí el histórico ensayo de Martí sobre los pintores impresionistas, donde su visión profética ensalza a creadores que,  vistos  por él muy antes del término del siglo XIX,  han venido a cobrar su cabal estatura en estos años.  Yo diría, haciendo un paréntesis, que estaría por escribirse un estudio sobre el Martí,  crítico de arte, a  la luz de las nociones más modernas de la plástica que  resultaría de una sorprendente actualidad.   Es prodigioso pensar,  por ejemplo,  que Martí,  adivina,  intuye, proclama,  el genio de un pintor como Corot, en una época en que  este pintor, dentro del grupo impresionista,  estaba en vísperas de ser tenido a menos,  y solamente  ha venido su nombre a  resurgir con grandes relieves en una fecha bastante reciente.  Alguien dijo que Martí lo entendía  o  lo adivinaba todo,  y ese alguien estaba en lo cierto.

Los trabajos emprendidos  acerca de la literatura cubana desde el año 1959, que marcó los inicios de una conciencia nueva en la visión de un pasado que había sufrido deformaciones de toda índole, trajo consigo, entre nosotros, una aquilatación adecuada de los movimientos surgidos desde el año  1900 hasta ahora.   Y con ello examen del movimiento  llamado del Minorismo, que empieza a cristalizar en La Habana alrededor del año 1923,  y nos ofrecerá una de las corrientes más recias y vigentes que la literatura cubana haya producido contemporáneamente.  Algunos de los principales protagonistas de lo que fue en sus inicios, una generosa aventura juvenil, siguen desempeñando cabalmente sus papeles dentro del gigantesco esfuerzo cultural llevado a cabo en Cuba, por el Gobierno Revolucionario.  Otros, de la importancia de Rubén Martínez Villena, permanecen entre nosotros después de muertos, en plena estatura de anunciadores de tiempos nuevos.

La historiografía literaria, ha vuelto al estudio de manifiestos, pronunciamientos  y  hasta poemas surgidos del grupo Minorista, que conservan hoy,  una extraordinaria actualidad.   Un grupo de jóvenes escritores,  decía recientemente, después de leer el manifiesto firmado por el grupo Minorista contra la dictadura de Machado en 1927, y que había sido redactado en su forma original por Rubén Martínez Villena:  "este Manifiesto,   lo  hubiéramos firmado nosotros".

Resulta interesante,  pues,  traer aquí algunas evocaciones del grupo Minorista, que ocupa hoy,  por derecho propio, un lugar en la historia literaria de América.  Acerca de su formación, sobre todo, habría mucho qué decir, porque en ese estadío-nebulosa,  intervinieron factores que,  a menudo,  ignoran  los historiadores de hoy, que por casi general casualidad, debida a  una razón de edad  --son más jóvenes que nosotros--   no asistieron a los momentos oscuros de su integración.

Ante todo, debe decirse que  la existencia histórica del grupo Minorista, viene a plantear, una vez más, el misterioso problema de cómo nace una generación; es decir, de cómo se afirma, un buen día, en hechos y palabras.  En estos últimos años, el problema de la conciencia generacional, ha sido enfocado de muy distintas maneras.  Hay teorizantes que la niegan, apoyándose en el ejemplo de hombres que, nacidos en una época, alcanzaron otras en plena posesión de sus propias fuerzas, ejerciendo una influencia renovadora sobre quienes podían ser sus nietos.   Esto no destruye el simple hecho de que,  en cualquier país del mundo, cada veinte, cada treinta años,  aparece una revista de muy poca venta  y difusión, encabezada por algún manifiesto firmado por veinte o treinta jóvenes que constituyen una generación; es decir,  un equipo de trabajo, de creación, de lucha,   que habrá de desempeñar  su papel en el seno de una colectividad o de un país.  Así, el grupo Minorista se fue forjando oscuramente a todo lo largo del año 1923, en torno a contactos establecidos entre jóvenes escritores  y artistas, que contaban entonces entre dieciocho  y venticinco años.

Nuestro  José Antonio Portuondo en su excelente Bosquejo histórico de las letras cubanas, que constituye una visión panorámica muy completa de la literatura cubana desde los tiempos de Espejo de paciencia,  hasta hoy,  nos dice,  en el capítulo que consagra precisamente a la generación del Minorismo:

En 1923 se produjeron dos acontecimientos de gran importancia en el proceso cultural del país,  iniciados por la más joven promoción de esta Primera Generación Republicana:  la Reforma Universitaria  y la  Protesta de los Trece.  La primera significa el inicio de un largo esfuerzo, aún sin culminar, por la renovación de los criterios universitarios, llevando la inquietud de afuera a las aulas conservadoras y recoletas.   Guiado por Julio Antonio Mella ( 1905-1929 ) el movimiento universitario trascendió en seguida sus limitados fines inmediatos  y  se transformó en un fecundo esfuerzo de educación popular a través  de la Universidad Popular  José Martí  fundada por aquél con la ayuda de un grupo de escritores, protagonistas, casi todos, de la Protesta de los Trece.  Esta constituye la incorporación del grupo más valioso de la juventud intelectual a la lucha política con la denuncia pública de los errores del gobierno del presidente Alfredo Zayas en un manifiesto que redactó Rubén Martínez Villena  ( 1899-1929 ). [1]

Debe decirse que con anterioridad a la redacción del manifiesto a que alude José Antonio Portuondo, había tenido lugar la protesta  propiamente dicha;  es decir, que un día en que un ministro del presidente Zayas, caracterizado, por una serie de negocios escandalosos en lo financiero, realizados en torno a  la venta de un viejo convento habanero;[2] un día en que este ministro daba una conferencia en una asociación cultural de La Habana,  trece jóvenes intelectuales, después firmantes del manfiesto de Rubén,  irrumpieron en el local donde tenía lugar la conferencia,  interrumpieron al orador,  no lo dejaron hablar  y denunciaron en público, cuantos desmanes había cometido con el erario público.

De este núcleo combativo  --prosigue José Antonio Portuondo--   de escritores  y de su manifiesto surgió el Grupo Minorista, acogido,  desde su nacimiento a la sombra  propicia de la revista Social.   Los minoristas adoptaron una actitud decidida y militante en defensa de los más legítimos valores  nacionales, de solidaridad con los pueblos iberoamericanos y en contra de la penetración imperialista,  iniciando,  al propio tiempo,  una cuidadosa revisión de la historia nacional, de la cual son buenas muestras las obras históricas de José Antonio Fernández   de   Castro   ( 1897-1951 )   y    las  de  Emilio  Roig  de Leuchsenring. [3]  

Dos acontecimientos, pues, son los mencionados por el autor del   Bosquejo histórico de las letras cubanas.   Pero,   no hay  que olvidar uno más que tiene una influencia decisiva sobre la formación de la mejor juventud cubana de aquel entonces:  el movimiento insurreccional,  llamado  de Veteranos  y Patriotas.  Desde hacía varios meses,  quien tuviera una pupila alerta, podía darse cuenta de que ciertos jóvenes, caracterizados por  sus aficiones intelectuales, comenzaban a reunirse en tertulias, aparentemente, inofensivas,  en diversos cafés próximos al Parque Central de La Habana.  Pero, ocurría algo que acaso, un observador superficial no advirtiera,  y es que cuando algún transeúnte se acercaba inesperdamente al grupo, el tema de conversación cambiaba bruscamente.  No por una mera casualidad,  Rubén Martínez Villena, era  [ estaba  en ] de todas  las tertulias,  entre las cuales la más interesante, al parecer,  se tenía en un café llamado  el  Café Central.  En aquel momento,  se estaba incubando en La Habana,  el movimiento insurreccional de Veteranos y Patriotas contra el gobierno del presidente  Zayas, que si bien no se había caracterizado por una persecución sistemática de los núcleos políticos adversos, era motivo de vergüenza para todos los cubanos,  por una inmoralidad administrativa  --como ya dije--  y  política,  que rayaba en lo inverosímil.

El Movimiento de Veteranos pretendía acabar con el régimen de Zayas, con sus abusos, inmoralidades y escándalos financieros mediante una acción concreta de la que la Protesta de los Trece había sido una especie de prólogo intelectual.

Rubén Martínez Villena,  con la pasión que lo caracterizaba, se había entregado de lleno al Movimiento de Veteranos y Patriotas;  pero,  pronto,  habría de ver que se trataba de una típica conjura latinoamericana   --nos referimos a un paralelo posible con otras conjuras observadas en el Continente en aquellos días, en que los términos vagos de modalidad administrativa,  honestidad, decencia, capacidad, patriotismo,  ocultaban una ausencia de toda ideología.   Había algo romántico, impreciso, carbonario*,  en ese movimiento que no se afianzaba en una ideología concreta.  los conspiradores,  hablaban de recursos,  de los cuales no disponían;  se hablaba d depósitos de armas que no existían;  había la leyenda de unos tanques ocultos en una caverna próxima a  La Habana.  Podría escribirse toda una novela sobre los cómicos episodios que ocurrieron en aquella época en cuanto se refería a la recepción de mensajes cifrados que no respondían  a la realidad,  al envío de pertrechos que no llegaban nunca al escondite prodigioso del líder de aquel movimiento;  escondite que,  según se supo después, era conocido por toda la policía de Zayas.  Fue aquella,  una revolución de ópera cómica;  pero, revolución de ópera cómica,  que tuvo la virtud de llevar a Rubén Martínez Villena,  a  la convicción de que,  únicamente,  la revolución soviética, que apenas seis años antes, se había producido en Rusia, era capaz de dar normas válidas a los movimientos revolucionarios, en general.   De la desdichada  [ relación ] de Rubén con los Veteranos y Patriotas,  surgió una convicción nueva, anunciadora de tiempos futuros, una orientación hacia la ideología concreta del socialismo, que fue compartida por muchos jóvenes de su edad, que también habían regresado decepcionados de la inútil aventura de los Veteranos y Patriotas.

En cuanto a la realidad de Cuba,  nuestro Rubén, antes de tomar parte en el inútil movimiento, en los días de la Protesta de los Trece,   la había pintado con toda claridad en un mensaje lírico dirigido  al poeta peruano José Torres Vidaurre, al cual pertenecen estas estrofas: 

[...]nuestra Cuba, bien sabes cuán propicia a la caza de naciones, y  cómo soporta la amenaza 
permanente del Norte que  su ambición incuba:  
la Florida es un índice que señala hacia Cuba. 
[...]Hace falta una carga para matar bribones, 
para acabar la obra de las revoluciones; 
para vengar los muertos, que padecen ultraje,
para limpiar la costra tenaz  del coloniaje;
[...]Yo juro por la sangre que manó tanta herida, 
ansiar la salvación de la tierra querida,
y a despecho de toda persecución injusta, 
seguir administrando  el cáustico y la fusta.[...][4] 
 

Esto, en cuanto a las raíces políticas de un grupo que habría de afirmarse en años venideros, con tal decisión, que sus pronunciamientos siguen siendo actuales en la fecha de hoy.

Pero, también,  habremos de hablar de la misteriosa convergencia de pequeños factores artísticos qque llevaron al Grupo Minorista a una cabal conciencia estética de lo cubano.  Yo llamaría a esto, las raíces invisibles del Minorismo. 

Para empezar, desde el año 1922, hubo un punto de convergencia generacional que fue la  librería Minerva, situada en la entrada de la calle  Obispo, que había inaugurado una estantería consagrada a  la vez,  a los libros recién publicados por la Revista de Occidente, de Ortega  y Gasset, y  por lo último que, en ediciones francesas, desde luego, se publicaba en París.  Alli, cada tarde, se hojeaban  los libros; se sabía de la Palabra Nueva;  en espera de ese libro tan útil como incompleto, tan desordenado como portador de nuevas inquietudes que fue, en su momento, el de   Las literaturas europeas de vanguardia, de Guillermo de Torre.   También, llegaba la revista L'Esprit Nouveau, de París, donde veíamos reproducciones de todo lo más nuevo que se hacía en pintura y leíamos los primeros artículos  de un Jeanneret que en el futuro conocería el mundo entero como Le Corbusier.   Había la sensación de que se estaba gestando algo insólito en la vieja Europa.  La pintura iba hacia nuevos descubrimientos.  La poesía tomaba nuevos rumbos.  La música empezaba a sonar de distinta manera.  Los jóvenes que se reunían en la librería Minerva, se daban cita, a menudo,  en el bufete de Emilio Roig de Leuchsenring, historiador que estaba iniciando, en aquellos días,  un feroz y permanente alegato contra el imperialismo norteamericano,  fijado en libros de una documentación fundamental.  Emilio Roig,  o  "Emilito",  como le llamábamos, a causa de su pequeña estatura,  era jefe de redacción de una revista titulada Social, fundada por el caricaturista Conrado Massaguer,  y que pese a su título de Social, de social no tenía un pelo.  en este caso,  lo social, era lo mundano de La Habana:  las fiestas, las bodas, las recepciones, los actos caritativos, los bailes benéficos, etc.,  etc.   Sin embargo,  por una de esas paradojas que solamente se dan en América Latina, Emilito Roig, tenía la responsabilidad del contenido literario de la revista.  Y  poco a poco,  fue relegando las fotografías de las bellezas mundanas  y de novias recientes, a las últimas páginas de la publicación, abriendo su mayor espacio a las colaboraciones de los jóvenes escritores, de los que habrían de integrar, más tarde,  el grupo Minorista.   A la vez, se pedían colaboraciones a los más grandes poetas y escritores de España,  y así,  en Social vio la luz, por primera vez,  el  Romance de la casada infiel,  de Federico García Lorca,  junto a la  Meditación sobre el Cristo de Velázquez,  de don Miguel de Unamuno.  Con el tiempo, la revista Social, llegaría a publicar verdaeros textos de pronunciamiento socialista, cosa insólita que, cierto día,  llegó a escandalizar al director de una revista de asuntos latinoamericanos,  publicada en París.

Pero, volvamos al año 1923.   La revista Social promovió, un día,  un almuerzo-homenaje al gran barítono italiano  Titta Rufo, admirable cantante y actor, que en aquellos días, se encontraba en La Habana.  El almuerzo dado en un restaurante italiano, reunió a toda la juventud que estaba más o menos, vinculada con el Movimiento de Veteranos y Patriotas, y con las reuniones conspirativas o literarias de los cafés del Parque Central  y de la librería Minerva.  Reinó tal cordialidad, tal alegría en aquel almuerzo, que se afirmó el propósito de que se repitiera cada sábado, con algún  motivo.  Alguien dijo, entonces,  para quienes asistieran a esos almuerzos que podían calificarse sus comensales de minoristas sabáticos.  Y de ahí nació, casualmente, el nombre de  Grupo Minorista.

Como ocurre en la formación de cualquier grupo intelectual, literario o artístico, son muchos los que inician un movimiento  y pocos,  los que sostienen el esfuerzo inicial.       ¿Quiénes fueron los primeros miembros del Grupo Minorista ?   No quiero hacer un recuento que, además de largo,  resultaría inútil a estas alturas.  Había en él,  aspirantes a la literatura, que nunca escribieron nada;  había en él,  escritores que se separaron, cuando vieron que el grupo adoptaba actitudes políticas definitivamente revolucionarias;  y había en él,  hombres que derivaron, sencillamente, hacia otras actividades.  En aquellos días, por lo demás,  un Jorge Mañach,  por ejemplo, oscilaba entre la pintura y la literatura.  Había sido becado por una universidad  norteamericana para estudiar pintura en Europa,  y sin haberse destacado mucho en la plástica, parecía orientarse más bien, hacia la crítica de arte, dejando a la postre, una obra  de la que sólo sobresale realmente, una biografía de Martí.    Alberto Lamar, que habría de traicionar la ideología política del grupo, sumándose al machadismo en 1927,  nos queda como el recuerdo de una vocación filosófica incumplida.  Otros figuraban en el grupo a título de hombres cultos, enterados de cuanto se publicaba en Europa y los Estados Unidos, inquietos en cuanto a sus lecturas y aficiones artísticas e intelectuales,  pero sin mayores ambiciones de creación.  Pero, otros permanecieron fieles a sus convicciones primeras, manteniendo una actitud que las generaciones sucesivas les reconoció.  Aunque muerto recientemente,  Roig de Leuchsenring, sigue siendo para nosotros,  todo el historiador del imperialismo en relación con la realidad cubana.  Sus alegatos siguen siendo fundamentales y precursores.  No hemos de subrayar, por otra parte,  la actualidad y vigencia de Rubén Martínez Villena, ejemplo para toda nuestra juventud,  [tanto]  como lo fue Julio Antonio Mella, que se mostró siempre muy unido a las actividades del Gurpo Minorista, aunque su campo de acción  fuese distinto,  más dinámico  y directo.  El Juan Marinello de entonces, era sólo un finísimo poeta, cuya extraordinaria trayectoria política e ideológica, se manifestaría  más tarde en palabras y actos de un alcance duradero.  Rodeado de poetas que todavía sufrían la influencia del modernismo,   José Tallet,  con su verbo desnudo, su verso aparentemente prosaico, era un precursor de  la  poesía nueva, cuya importancia es hoy reconocida por todos.  Además,  le queda  el mérito de haber sido con su poema  La rumba,   uno de los  representantes más característicos del movimiento afrocubanista en poesía que habría de surgir, más adelante,  por obra de Nicolás Guillén, aunque sus elementos de expresión , estaban ya en  el ambiente.

Como se ve, el  Grupo Minorista iba cobrando cuerpo, perfil y consistencia en aquellos tempranos días del año 1924.

20 de mayo de 1966

[1] En:  José Antonio Portuondo:  Bosquejo histórico de las letras cubanas. Editora del Ministerio de Educación.  Editorial Nacional de Cuba, 1962,  p. 55.
[2]
Se refiere al  tricentenario Convento de Santa Clara situado en La Habana  Vieja, el cual,  en estado de ruina en aquella época, iba a ser vendido al estado cubano por una suma fabulosa con el objetivo de convertirlo en el Ministerio de Obras Públicas. Muy seguramente,  una parte de ese dinero quedaría en manos de aquellos gobernantes venales.  Este hecho fue consumado.
[3]
En:  José Antonio Portuondo:  Bosquejo histórico de las letras cubanas. Editora del Ministerio de Educación.  Editorial Nacional de Cuba, 1962,  pp. 55/56.
[4]
En:  Rubén Martínez Villena.  El párpado abierto. Antología poética. Selección y prólogo de Juan Nicolás Padrón.  Editorial Letras Cubanas, La Habana,  1999. Ps. 70-74.

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