|
LA JIRIBILLA "LAS MUCHACHAS DE LA HABANA NO TIENEN TEMOR DE DIOS..." Luisa Campuzano | La Habana A Manuel Moreno Fraginals, en sus setenta años. En Cuba no ha habido crítica feminista: recién ahora intentamos comenzar. Y como parece que también en este campo la ontogénesis repite la filogénesis, la incipiente crítica feminista cubana, para decirlo con las palabras con que Jean Franco caracterizaba los primeros momentos de la exégesis feminista, también se perfila "como una crítica de desagravio, destinada a la doble tarea de la desmistificación de la ideología patriarcal y a la arqueología literaria". Con esto pretendo justificar tanto el tema como los objetivos de mi trabajo. Voy a hablar con el desafuero de los neófitos, de la primera escritora cubana, poco o nada conocida en Cuba, porque el carácter transgresor de sus textos y de su persona le concitó la animadversión de sus contemporáneos y aun de estudiosos posteriores que intentaron disminuirla, ignorarla, escamotearla o que, simplemente, no se preocuparon por ella. Y también quiero ocuparme de ella porque en su obra y en su vida se pone de manifiesto la riqueza de contradicciones y antagonismos de las relaciones de género en su intersección con las de raza y clase en una decisiva etapa de transición de una economía de factoría, de servicios, a una economía de plantación, de producción, en la sociedad colonial del occidente de Cuba, que empieza a escindirse entre españoles (funcionarios) y habaneros (productores); sociedad por lo demás puesta súbitamente en crisis por la ocupación militar de una potencia extranjera. En 1762 La Habana, con sus cincuenta mil habitantes, era la tercera ciudad de la América española. Sólo la superaban México y Lima, capitales de virreinatos establecidos sobre las ruinas de populosos imperios. Su bien situado puerto, protegido por el más moderno sistema de fortificaciones de la época ?las que requerían una guarnición de cerca de siete mil hombres?, era el más importante del Hemisferio. Desde los tiempos de los galeones de la Tierra Firme y la flota de la Nueva España, en él hacían escala obligada las naves que viajaban entre la metrópoli y sus colonias, lo que le procuraba a la ciudad una población masculina suplementaria que en ocasiones pudo ser casi tan elevada como el total de hombres que en ella residían, el cual era alrededor de vez y media superior al de las mujeres. En su arsenal y astilleros, los mayores del Nuevo Mundo, se construían barcos de todos los tonelajes y de alta tecnología, y se fundían cañones y otras armas. Esta ciudad de "cultura militar y marinera" había sido largo tiempo codiciada por corsarios y piratas. Ahora, cuando comenzaba a transformarse en una colonia no sólo de servicios, sino también de producción ?azúcar, tabaco, ganado?, constituía un polo de interés para Inglaterra, que en el siglo XVII le había arrancado a España unas cuantas islas y ahora le disputaba a Francia el control del mercado azucarero y del tráfico de esclavos en toda esta zona de las Antillas. Por distintas razones, que van desde la disminución de la producción en algunas de las colonias inglesas por la depauperación de las tierras, hasta el incremento de los precios a causa de conflictos bélicos que comprometían a Francia y a Inglaterra, a partir de 1740 crece la producción de azúcar en Cuba. De un promedio de dos mil toneladas en 1740 se llega a más de cuatro mil doscientas toneladas en 1761. El número de ingenios también se multiplica: entre 1759 y 1761, es decir, en tres años, el total de ingenios de la zona habanera se eleva de ochenta y nueve a noventa y ocho. Paralelamente ha aumentado el número de esclavos, única fuerza de trabajo empleada en la producción de azúcar. No existen registros para esas fechas; pero disponemos de la afirmación hecha por un historiador contemporáneo de que la Real Compañía de Comercio de La Habana había introducido cuatro mil novecientos ochenta y seis esclavos entre 1740 y 1761, cifra perfectamente moderada, pues significa la entrada de unos doscientos veinte esclavos por año a lo largo de ese período. Cuando en enero de 1762 España decide participar ?bien tardíamente, por cierto? junto a Francia en la que acabará llamándose Guerra de los Siete Años, iniciada en 1756, a Inglaterra se le abre el camino hacia La Habana, para cuya conquista se ha venido preparando y documentando desde hace mucho tiempo. El 6 de junio se presenta ante el puerto de La Habana la escuadra inglesa con el mayor despliegue de fuerzas que hasta entonces hubiera contemplado el Nuevo Mundo. El ataque y sitio de la ciudad se prolongó durante dos meses y seis días, hasta el 11 de agosto, en que el Capitán general de la Isla, Juan de Prado Portocarrero, rindió la villa. La ocupación de La Habana duró once meses. Ante la cólera del pueblo inglés, que había recibido con verdadero júbilo la noticia de la toma de La Habana, el Tratado de París, que ponía fin a la guerra, sancionaba el cambio de esta ciudad por "los pantanos desolados, insalubres e improductivos de la Florida": el azúcar de los territorios recién adquiridos ?Guadalupe, Martinica, Santa Lucía, Dominica, Granada, La Habana? había hecho bajar los precios y se perjudicaban los platadores ingleses, quienes, of course, controlaban el Parlamento. Los líderes de la "sacarocracia" cubana, que harán su entrada en la historia y en la historiografía en la última década del siglo XVIII con el boom azucarero, han otorgado gran importancia a los once meses de ocupación inglesa para el desarrollo económico de la Isla. Y en buena medida tienen razón, porque con la mera apertura del puerto al comercio internacional, con el contacto establecido entre La Habana y las Trece Colonias, con la quiebra real o potencial de instituciones caducas y, sobre todo, con el estímulo dado a la producción azucarera basada en el modelo inglés de plantación mediante la introducción ¡en un solo año! de cuatro mil esclavos, se aceleró un proceso que ya se venía preparando y que llevaría a los productores cubanos, en pocas décadas, a ocupar el primer lugar en el mercado mundial. II Si del lado inglés la dominación de La Habana dejó una excelente colección de grabados en los que por primera vez la ciudad y su puerto aparecían tales como eran, del lado "cubano" produjo un número apreciable de textos literarios surgidos al calor de los acontecimientos. Estos son: un memorial y una carta escritos, respectivamente, por las señoras de La Habana y por un jesuita irlandés; y diecinueve composiciones en verso anónimas o de distintos autores, la mayoría de carácter popular, entre las que me interesa destacar un largo poema en décimas, "Dolorosa métrica espresión del Sitio, y entrega de la Havana, dirigida a N.C. Monarca el Sr. Dn. Carlos Terce[ro]", atribuido a una habanera, y un buen número de estrofas de factura obviamente masculina, popular y española contra "las Señoritas de la Habana por el trato que tuvieron con los ingleses". Tanto el "Memorial" de las señoras como la "Dolorosa métrica espresión..." se han atribuido a la marquesa Jústiz de Santa Ana. Siendo la autoría del primero de estos textos de carácter corporativo y no llevando firma el segundo, la atribución se ha basado en dos fuentes secundarias nada explícitas, las que, sin embargo, permiten deducir, por su propia reticencia, que el origen de esos textos ?y, en particular, del "Memorial"? podría recaer en esta habanera. Más adelante tendremos ocasión de detenernos en estas fuentes. Beatriz de Jústiz y Zayas nació en La Habana el 24 de febrero de 1733, hija de una antigua familia de la ciudad en la que se advierte la misma transformación que en la villa: de funcionarios, dedicados a los servicios, han pasado a ser, además, propietarios, ocupados de la producción. Sus padres fueron Beatriz de Zayas Bazán y Manuel José de Jústiz, coronel de los Reales Ejércitos, quien sucesivamente ocupó los cargos de sargento mayor de la plaza de la Habana, castellano del Morro y gobernador de la Florida. En 1751 casó con un primo doce años mayor que ella, Manuel José de Manzano y Jústiz, primer marqués Jústiz de Santa Ana, contador mayor del Real Tribunal de Cuentas de la Isla y alcalde ordinario de La Habana. Su casa, construida en el siglo XVII frente al mar y muy cerca de la Plaza de Armas, fue una de las más imponentes de la ciudad, con una torre mirador de cuatro pisos, y dio nombre a una de las calles que la flanquean. De la hacienda de los Jústiz, El Molino, y de los últimos años de la marquesa hablaré más adelante. Veamos ahora los textos. El "Memorial dirigido a Carlos III por las señoras de La Habana", el 25 de agosto de 1762, apenas unos días después de la capitulación, culpa al Gobernador Prado y a sus oficiales de haber permitido la toma de la ciudad; los tilda de cobardes: "que en acercándose el enemigo, [...] se retiraron, que usando de voz más propia, ellos huyeron, dexando así en desdoro el aire de las Armas, y dando margen a que los enemigos estimaran como conquista lo que en realidad fue cesión" (p. 9); censura el poco caso que hicieron a las operaciones propuestas por los vecinos y a su reiterado deseo de participar en la defensa de la villa, y los acusa de no haber contado para decidir la capitulación ni con el Obispo ni con el alcalde y los regidores de la ciudad, "quienes con todo el resto de ella no tuvieron más prenda que sentirlo en consecuencia de la despotiquez con que proceden los Governadores de estos parages de Indias" (p. 11). Desde el principio las habaneras establecen claramente su concepto de la distribución del poder y de las atribuciones y competencia correspondientes a cada uno de quienes lo detentan. En primer lugar, Dios; a continuación, el Rey; después, el Gobernador. A los dos primeros, lejanos y omnipotentes, se les rinde la mayor obediencia: todo lo que ellas hacen ahora y los vecinos de la villa hicieron antes, es en defensa de la fe y del rey. Al Gobernador, presente, pero transitorio, le echan en cara su carácter provisional, peregrino, extraño. De ahí el uso enfático de la palabra patria, "lugar de nacimiento", para referirse a la ciudad en el primer párrafo del texto: "La Habana, nuestra Patria" (p. 8). El Gobernador querrá irse, él no es más que un funcionario de paso. Pero ellas no; el último párrafo del "Memorial" lo expresa con la mayor elocuencia: Esta es [...] la funesta tragedia que lloramos, las Havaneras, fidelísimas Vasallas de V.M. cuyo poder mediante Dios impetramos para que por paz o por guerra [...] logremos el consuelo de ver, en breve tiempo, aquí fijado el estandarte de V.M. Esta sola esperanza nos alienta para no abandonar [...] la patria, y bienes [...] (p. 12, énfasis mío). A subrayar la diferencia entre la desidia del Gobernador y la voluntad de resistir de los habaneros contribuye la pormenorizada y técnica descripción de las acciones, del armamento, del vasto teatro de operaciones militares: no olvidar que el padre de la marquesa había sido castellano del Morro. Los paisanos, "la gente del país", siempre se presentan, a lo largo del texto, como intrépidos y listos para combatir; mientras que los españoles aparecen soberbios y desdeñosos de los vecinos de la ciudad, que no tienen, según ellos, la pericia ni el conocimiento requeridos para enfrentrar al enemigo. En este sentido resulta del mayor interés el énfasis con que se describe la participación de la capa más humilde del "paysanaje", los negros, que han cargado con el trabajo más duro: "Siete cañones montados en breve tiempo, a fatiga de un crecido número de negros esclavos" (p. 8?9); énfasis que llega a convertirse en verdadero reto, en herejía, en total transgresión cuando se compara explícitamente la heroicidad de los esclavos con la inacción vergonzosa de los más altos jefes españoles: veinte negros que [...] sin más armas que machete en mano pusieron en fuga más de treinta ingleses, mataron algunos y se volvieron con siete prisioneros [...] y ni con este ejemplo se resolvieron los Generales a practicar acción (p. 10). Mas hay otra comparación, ésta implícita y sin dudas inconsciente, en la cual la transgresión resulta mucho mayor. El penúltimo párrafo del "Memorial" le recuerda a Carlos III que él había ordenado al Gobernador fortificar la Cabaña ?lugar por donde los ingleses han logrado romper la defensa de la ciudad?, y le informa que a pesar de haberse destinado a ello una suma importante ?lo que ella sabe muy bien porque su marido es contador del Tribunal de Cuentas?, todo lo que el Gobernador hizo fue convocar un ramo de las milicias de pardos a trabajar sin salario, ni ración; los que siendo tan pobres, que sólo tienen para subsistir el trabajo del día, se vieron obligados a pedir por un memorial alimentos (p. 12). Súbitamente se acortan las distancias entre los pardos y las habaneras, víctimas todos del Gobernador, que tanto a unos como a otras los ha privado de sus bienes; a ellos, de la venta de su fuerza de trabajo, "que sólo tienen para subsistir el trabaxo del día"; a ellas, de mucho más, pero que es también lo que tienen, lo que, como le van a decir inmediatamente al rey, no quieren abandonar. Y para recuperar esos bienes, ambos, los pardos y las mujeres, realizan el mismo gesto, un gesto tremendamente transgresor: escriben un memorial. Tales audacias imponen una estrategia discursiva en la cual se manifiesta un inteligente aprovechamiento del arsenal de cualidades y defectos tradicionalmente atribuidos a las mujeres. Para captar la benevolencia de Carlos III apelan, en primer lugar, a la fragilidad femenina: "Adónde recurrirán nuestros corazones, penetrados del más vivo y tierno dolor sino a los pies de V.M." (p. 8); y a la sensibilidad y devoción puestas a prueba por los acontecimientos: "el valor que tuviéramos para ver correr la sangre de todos nuestros inmediatos en sacrificio de Dios" (ibid.). Por otra parte, para desarticular cualquier sospecha de engaño, dan fe de la rectitud de su actuación: "Sabe Dios que deseamos dar a V.M. un informe ageno de artificio de cuanto ha deducido esta desgracia" (ibid.), y del injusto proceder de los gobernadores de esta parte del mundo ...en donde a cualquiera vasallo que toma el legítimo recurso de quexarse a V.M. o noticiarle algún aviso importante lo atropellan, cerrándole esta puerta con la palabra sedición [énfasis de las autoras], a cuya farsa vivimos expuestos (sin más arbitrio que padecer) los que lexos de la sombra de V.M. veneramos rendidos sus más pequeños preceptos. (p. 11) Las veinticuatro décimas de la "Dolorosa métrica espresión..." también están dedicadas al rey y desarrollan poéticamente las misms ideas, las mismas quejas que encontramos en el "Memorial". Este ha sido el argumento más sólido, entre otros, para atribuirlas a la marquesa Jústiz. Sus tres primeras estrofas cantan a La Habana, "patria amada", a los que "se sacrificaron" por ella y a ese "Paysanaje" que, como había nacido en esta tierra, estaba dispuesto a morir defendiéndola. Por lo demás, resulta evidente que la autora de estos versos tiene un oficio, una cultura y un sentido de la dignidad, de la justicia, de lo que puede y no puede hacerse, que denotan una personalidad fuerte, no entregada por azar a la poesía de ocasión. Son los versos de una poeta con experiencia, versos que publicados o no, podían conocerse mejor, podían divulgar más ampliamente que el "Memorial", su contenido polémico, crítico, en franca confrontación con las autoridades coloniales. Así pues, como era de esperar, los que simpatizan con las autoridades coloniales, los que de un modo u otro, entonces o más tarde, representan a los funcionarios que se ocupan del gobierno de Madrid en la Isla, responden al "Memorial" y a las décimas. Estas respuestas varían de acuerdo con el momento en que se producen y con quienes las emiten. Ya en 1762 y 1763 hay dos tipos de respuestas. Una, inmediata, multiplicada en formas y ritmos distintos, con acentos diferentes, con obscenidades y dobles sentidos, machista ante diem, como corresponde a las tropas de la guarnición de La Habana. La otra, más distante, irónicamente mesurada, severa y burlona a un tiempo, como del jesuita que la propina. La respuesta de la marinería y la soldadesca se expresa en dos series, una de coplas y otra de seguidillas, contra "las Señoritas de la Habana", a las que se acusa, cómo iba a ser de otro modo, de tener "trato" con los ingleses y de haber abjurado de su fe. De la serie de coplas sólo se ha conservado una: Las muchachas de La Habana no tienen temor de Dios y se van con los ingleses en los bocoyes de arroz. La serie de seguidillas es abundantísima y mucho más variada e injuriosa: Havaneros, alerta porque las Damas han tomado por moda ser Anglicanas. Con tal Tezón que por Modistas mudan la Religión. Se alude también, abiertamente, a las de más alta posición social, a "las de más porte": De chistosas se precian y de saladas, y no temen salir embarricadas. Las de más porte entre Barriles, se hacen Carne del Norte. Otro flagelo se dirigía contra las familias que recibían la visita de ingleses: Aunque sea un Judío quién las bá a vér, dicen que las visita un Coronel. Y esta grandeza carga el Pobre Marido en la Caveza. Veremos los Bermejos que hirán naciendo, cuando ya los Ingleses vayan saliendo. Y en estas danzas harán los Españoles dos mil mudanzas. Por último, las seguidillas que remedan la fonética inglesa son realmente obscenas: Ya los Gefes les dicen que Bereguel por el Sanabaviche y el Catefel. Y ay en el toque mucho de pequinín y guanti foqui. No hay por qué asombrarse de que la carta del jesuita, fechada en La Habana el 12 de diciembre de 1763, en una sección dedicada expresamente al comportamiento de las habaneras, diga más o menos lo mismo que las coplas y las seguidillas: en este corto tiempo no dejamos de llorar el desorden de algunas mujeres que abandonanado su religión, su honor, sus hijos y su patria se han embarcado con ellos, y dos que contrajeron matrimonio según el rito protestante. También ha sido reprensible el haber dado lugar a sus Oficiales para la familiaridad y trato en muchas casas aun de alguna distinción, y no sabemos en qué hubieran parado a haberse diferido por algunos años el cautiverio. Esta animadversión contra las habaneras más o menos evidente en las coplas y en la carta del jesuita, puede o no deberse a los textos atribuidos a la marquesa, pero la inquina manifiesta en el pasaje de las memorias de José Antonio Armona correspondientes a 1764 no deja lugar a dudas, se origina en ellos: Acuérdome de que estando de visita en casa de una de estas damas, que a más de ser dama rica era marquesa, poetisa, latina, crítica, y siempre engreída de haber escrito directamente al Rey una gran carta, cuando se perdió la Habana, informando a S.M. y descubriéndole muchas cosas. Esta dama Musa, viendo que movían la tal conversación algunas personas que estaban de visita, explicó al instante su sentimiento sin reserva, y más la desazón que le movían con el recuerdo. Y aunque yo no había dicho una palabra, se encaró a mí esclamando con toda su energía y con el piadoso Eneas: "Quis talia fando, temperet a lacrimis?" Este escogido regalo de los mejores énfasis de Virgilio, me lo hizo la marquesa, porque yo había sido en el caso, un asistente celoso del circunspecto Gobernador, y en todo aquel amarguísimo lamentable suceso que se recordaba. Se acabó la conversación, y muy pronto después, la infanda dolorosa visita. El antiguo asistente de Prado no puede ocultar su disgusto, yo díría, su odio, ante esta mujer y trata de ridiculizarla: poetisa, latina, crítica,engreída?de?haber?escrito ?directamente?al?Rey? una?gran?carta, dama Musa: es decir, mujer de letras, ¡qué espanto! Sin embargo, hay algo interesante en lo que él dice: la desazón que le produce a la marquesa el recuerdo de lo ocurrido, que más parece ocasionada por las resonancias posteriores a los hechos que por estos mismos. Lo que concuerda con algo observado en su carta por el jesuita: El Milord conde de Albemarle dispuso a poco tiempo de su entrada tener en su casa un sarao para el que convidó por medio de sus primeros oficiales a las Sras. de carácter, pero respondieron las más a S.E. no haber enjugado las lágrimas para entretenerse en diversiones, y asistieron pocas. Reiteró S.E. el convite para segunda noche pasando en persona a cumplimentarlas en sus casas, y no pudiendo ya escusarse fueron muchas; pero se les leía en el semblante el interior disgusto, y se desistió de estos convites. Cien años más tarde, por los 60 del siglo XIX, Jacobo de la Pezuela, militar e historiador muy docto en cuestiones cubanas, dice que muchas señoras de La Habana, por influencia de la marquesa Jústiz de Santa Ana, a cuyo esposo, el contador de ese apellido, había premiado el Rey con aquel título, representaron a la reina madre doña Isabel Farnesio, que la pérdida de su ciudad natal era debida a los desdenes de Prado por las ideas y ofrecimientos de los naturales. Aquí se le reconoce alguna autoría a Beatriz de Jústiz, pero este reconocimiento está viciado de falsedades, insinuaciones malévolas y menguas de toda índole. En primer lugar, se quiere hacer ver que el marquesado lo recibe su esposo como recompensa. Pero como recompensa ¿de qué? ¿De lo que hizo su mujer siguiendo sus consejos? Y esto es falso desde el principio, porque el título a quien se lo otorgó el rey fue a un tío materno de Manuel José de Manzano del cual éste era heredero, y como el tío murió antes de recibir el marquesado, fue considerado el sobrino primer marqués de Jústiz. Por otra parte, no se habla para nada del "Memorial" al rey, sino de algún tipo de documento, que ni siquiera se nombra, enviado por muchas señoras de La Habana a la reina madre. De ese documento no da noticias ningún otro historiador, sin embargo, sí conocen y publican el "Memorial" varios historiadores. Y, por último, se presenta a la marquesa Jústiz de Santa Ana como una especie de agitadora, de instigadora seguramente al servicio de las ambiciones de su marido, con lo que, al tiempo que se denigra su personalidad, se disminuye la responsabilidad de las restantes mujeres de La Habana. En fin, que nos hallamos con las reacciones previsibles ante las inusitadas relaciones de género sexual y de género de discurso que se producen en esta ocasión tan especial. El "Memorial" y la "Dolorosa métrica espresión..." representan géneros de discurso eminentemente masculinos, tanto por la tradición elocutiva en que se inscriben y el contenido político?militar que vehiculan, como por el receptor al que se destinan: el rey. Sólo el emisor es femenino, y en ello hay obviamente una flagrante transgresión que puede explicar muchas cosas relativas a la conservación y transmisión del nombre de la autora: su exclusión del espacio público que tan osadamente había ocupado, su reducción al ámbito del comadreo, su condena al anonimato, que es lo que hace Armona. O, lo que resulta mucho más interesante, la tranquilizadora reorganización propuesta por Pezuela para todo el proceso comunicativo: el receptor no será el rey, sino la reina madre doña Isabel Farnesio; el "Memorial" no será tal, sino una representación; los objetivos del gesto no son político?militares, sino debidos a las ambiciones personales del marido de la marquesa Jústiz, que la utiliza para que influya en muchas señoras de La Habana; las autoras no son ellas, ni lo es la marquesa, sino él, su marido. Con esto todo vuelve a la paz, al equilibrio: cada cosa a su lugar, aunque para ello haya habido que deformar la historia de la adquisición del marquesado por Manuel José de Manzano y que inventar la existencia de un documento, enviado a la reina madre, el cual nadie ha visto jamás. III ¿Qué se hizo después de Beatriz de Jústiz? ¿Qué pasó con esta mujer que a los veintinueve años había armado tal revuelo, que era tan osada, que poseía un indiscutible oficio poético, que era decidida, animosa, movilizadora de las demás mujeres? Su vida se apaga, no volvemos a saber nada de ella durante años y años, pero cuando nos la encontramos nuevamente en su casa de La Habana, está protagonizando otra vez, a su modo, una página inaugural de la literatura cubana. La marquesa Jústiz de Santa Ana que he tratado de presentarles no la conoce nadie, a lo mejor no existe. La he ido armando, rescatándola de los chismorreos de Armona y las falsas insinuaciones de Pezuela, buscándola en los asientos de los bibliógrafos, en sus textos, en la ira de sus contemporáneos, en sus atrevimientos. He tratado de encontrar el paysanage de sus versos, los pardos y los negros del "Memorial" en los grabados de Elías Durnford, los desastres de su guerra en los aguafuertes de Dominique Serres. He buscado sus ideas en las ideas de su clase, de su tiempo, un tiempo que volaba hacia el futuro y que parece haberla dejado atrás. La otra marquesa Jústiz de Santa Ana, la anciana que mece en sus brazos a un negrito que la llama "mama mía", la que en una época en que los esclavos se compran, no se crían y, además, no se compran hembras, trae cada cierto tiempo de su hacienda de Matanzas tres o cuatro criollitas de diez, once años para educarlas y casarlas y seguir ayudándolas cuando ya no vivan con ella, esa marquesa Jústiz de Santa Ana es la que conocemos en las primeras páginas de uno de los libros más estremecedores que se han escrito en nuestro mundo americano, la Autobiografía (1835) del poeta esclavo Juan Francisco Manzano (1797?1854), nacido en esa casa, criado en el amor y, tal vez, en los versos de la vieja señora que cuando muere en El Molino, el 5 de junio de 1803, lo deja en un abandono que también nos alcanza. Por eso, aunque corra el riesgo de naufragar en un archifemenino océano de sentimentalismo, me gusta pensar que es Manzano, el primer negro escritor cubano, quien nos devuelve a la marquesa Jústiz de Santa Ana, la primera mujer escritora cubana. (1990) .................................................................................................. |
|
|