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LA JIRIBILLA CHANCLETA CON SALSA, RUMBA Y SON Félix López | La Habana Quien ha politizado los premios ha sido una élite que no va a los conciertos, que es posible que no sepa ni bailar la música cubana, ni debe conocer muy bien a los clásicos cubanos y, mucho menos, a los músicos jóvenes que nacieron después que ellos se fueron. La noticia le dio la vuelta al mundo de la música. El traslado del Grammy Latino a la ciudad de Los Angeles dejó a Miami como el Titanic, hundiéndose, pero sin orquesta. Después del zafarrancho por salvar los 35 millones de dólares que Michael Green, presidente de la Academia Latina de Artes y Ciencias de la Grabación, LARAS, transfirió a un "barco" más seguro, no viene mal la crónica de la "tragedia". Recordemos, antes que nada, que el otorgamiento de la sede a la ciudad de Miami se decidió en medio de una gran controversia. La posible participación de músicos de la Isla en el programa oficial de la ceremonia o en presentaciones colaterales, causó la ira de algunos sectores de la comunidad cubanoamericana. Eso es historia antigua. El año pasado, debido a la existencia de una ordenanza local conocida como "el affidavit cubano" -que prohibía a la administración del condado Miami-Dade financiar organizaciones que tuvieran vínculos con Cuba, directa o indirectamente-, la premiación a los mejores artistas y agrupaciones de música latina tuvo que ser trasladada a la ciudad de Los Ángeles. Pero la ordenanza terminó anulada por la Corte Suprema. Y ahí mismo sacaron sus calculadoras los hombres de la política e influyentes grupos del condado, que antes callaban o se oponían a la realización de los Grammys por la posible presencia de los músicos de la Isla. El giro, para asombro de los más recalcitrantes anticubanos, fue de 180 grados. Llegada la hora de la conferencia de prensa, copas incluidas, el alcalde del condado, Alex Penelas, "predijo" que los Grammy "fortalecerían la posición de Miami como foco de diversidad cultural y capital de la música latina en el mundo". Y Jorge Más Santos, presidente de la FNCA, aseguró que "estaba abierto un camino definitivo para echar abajo el mito de la intolerancia en Miami". Y mientras estos brindaban por el cierre feliz de su negocio, se había iniciado la campaña de otros sectores en contra de la presencia de músicos de la Isla en el céntrico coliseo American Airlines Arena. Entre los molestos, Joe Carollo, alcalde de Miami, declaró que estaba de acuerdo con realizar la ceremonia sólo si no asistían los músicos de Cuba. En los días siguientes, la prensa de la Florida comenzó a dar cobertura a los preparativos de la batalla campal: "exiliados cubanos aclaran sus gargantas para protestar", "una coalición de 38 organizaciones logró la aprobación en la Comisión de la ciudad de Miami de una moción que pide garantías de máxima tolerancia para protestar contra la posible presencia de representantes de la cultura oficial del régimen castrista"... Estaba servida la mesa para reeditar el "recibimiento" que tributaron a Los Van Van, en octubre de 1999. En esa ocasión, unas cinco mil personas se desgañitaron contra los más de dos mil asistentes a la presentación de la popular orquesta cubana. La fuerte presencia policial protegió de posibles agresiones físicas a quienes disfrutaron del excelente concierto. Aun así, la chusma montó un show que todavía se recuerda. Por estos días, antes de que Miami quedara con la boda lista, y el novio ausente, los organizadores de las protestas colocaron frente al Restaurante Versailles, en la Calle Ocho, una pantalla gigante donde pasaban, cíclicamente, un video en el que la cantante cubana Omara Portuondo interpreta a capella Siempre es 26, un tema convertido en himno revolucionario dentro de la Isla. Ante esas muestras de intolerancia, ni Omara, ni el resto de los artistas cubanos nominados a los premios Grammys (Celina González y su hijo Reutilio, Lázaro Ross, Chucho Valdés, Issac Delgado, Andrés Alen y los integrantes del All Stars de la rumba cubana), confirmó entonces su asistencia a la ceremonia. En una entrevista para el Canal 23 de la cadena Univisión, el salsero Issac Delgado adelantó entonces que no iría a donde no es bienvenido. Los intolerantes de Miami habían vuelto a llegar demasiado lejos. Míster Grammy no podía permitir que le aguaran su fiesta... La ciudad de Los Angeles volvió a ser el puerto salvador del certamen. DESAFINANDO "No tengo palabras para expresar lo que siento", expresó Emilio Estefan, una de las principales personalidades que apoyó la realización de los galardones en Miami. Para Willy Chirino, con los Grammy "se va una maravillosa oportunidad para que la comunidad de Miami pudiera expresarse en contra del gobierno de la Isla". Y con esta declaración, hasta el menos convencido, termina a favor de la decisión de Michael Green. "Esa turba desafinada no sabe lo que se pierde al negarse a disfrutar de la música cubana", le confesó a las cámaras de la CNN una chica mexicana a la entrada de la Universidad de la Florida. La cantante Shakira ya había advertido que "los cubanos no pueden decidir por el resto de la comunidad latina". Por su parte, Rodolfo López Negrete, vicepresidente de la discográfica BMG para la región latina -cuya sede se encuentra en Miami-, aseguró que la empresa está "muy desilusionada" y consideró que el cambio de la ceremonia, de la Arena American Airlines al Forum de Los Angeles, es un "golpe" para la comunidad cubanoamericana. Del lado de los productores, José Medina, gerente de producción de la disquera Sony, reiteró lo que ya había dicho antes de la decisión: "Miami no merecía los Grammy Latino. Un show de premios sobre creatividad y libertad de expresión no debe realizarse en una ciudad que no conoce el significado de esas palabras". Ahora los analistas afirman que el traslado de la ceremonia a Los Angeles representa un duro golpe a los que querían presentar una visión más apacible de Miami. Darío Moreno, de la Universidad Internacional de Florida, opinó que los líderes que querían cambiar la imagen de Miami y mostrarla como una capital hispana de la industria del entretenimiento: "El final ya lo hemos visto. Quedaron con el ojo morado". Un amigo de Miami, al que debería yo darle el pésame, se ha adelantado con un e-mail donde me advierte que está apenado. El es uno más entre los miles de cubanos que quería darse el gustazo de volver a bailar con Los Van Van, recorrer el Malecón de la mano de Isaac Delgado o bajar una cerveza mientras Omara Portuondo recordara a sus correligionarios que todavía tiene voz para parir un corazón. Duele el naufragio del Grammy en Miami. Duele por la gente sensible que se merecía la oportunidad de reencontrarse con su música, que es volver a su raíz, a su Patria. Y duele también por el rencor y el odio que crece de esta nueva pérdida. Ya han anunciado que tampoco habrá Ballet, que Irakere no se presentará en Miami. Mañana, no nos asombremos, pueden decretar que el son ha muerto. La saga de este Grammy, como muestran los acontecimientos, no terminará con la entrega de los galardones el próximo 11 de septiembre. Por el momento, y en espera de que más de un cubano regrese a casa con lo que merece, me conformo con enmendar aquel aventurado comentario publicado por el Heraldo de Miami "Los Grammy no son de Granma". Tenía razón. Eran de Los Angeles. .................................................................................................. |
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