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LA JIRIBILLA
LA AVELLANEDA EN DOS MUJERES
Antón Arrufat
| La Habana
Durante el apogeo del existencialismo, Albert Camus dedicó
El mito de Sísifo al tema del suicidio. Decidir si la vida vale o no la pena de ser vivida es el grave problema de la filosofía, la cuestión que antecede a todos, la respuesta a la pregunta fundamental: se vive o se deja de vivir. Los grandes temas vienen después, previamente el hombre debe responder. Catalina dará su respuesta. Presentimos que ese momento se aproxima. Entre las pocas descripciones de la naturaleza que se encuentran en
Dos mujeres, he señalado una, cuando Carlos llega al hogar. Ahora se produce la segunda correspondencia entre la naturaleza (en este caso el paisaje) y la vida humana. Se trata también de un paisaje urbano: los últimos días del otoño en la ciudad. Las hojas desprendidas de los árboles -metáfora recurrente en su poesía- son arrastradas por el viento y resuenan lúgubres. Pasan bandadas de aves que abandonan la ciudad. Bellos y tristes son los últimos días del otoño, con "melancólica hermosura" grata a los "corazones heridos". Catalina en su quinta de las afueras de Madrid, enflaquecida, los cabellos negros desordenados, la tez pálida, perdido su esplendor, vaga en la fría noche por el campo, sola y callada. Sus pisadas apenas hacen crepitar las hojas secas. Se para "muchas veces a escuchar, como si quisiera comprender misteriosas palabras". Quiere oír hablar su corazón, oírlo y comprenderlo. Suena bajo el viento, gimiendo con gemidos de dolor. La naturaleza parece acompañar a Catalina. Recordemos el verso de Heredia, a quien tanto admiraba la narradora, "la naturaleza padece como yo".
Semejante a una obra de teatro, la novela se precipita en busca del fin. Se resuelve de golpe. Adquiere un ritmo vertiginoso, como el de las almas de los protagonistas, entregadas al vértigo de la muerte. Con torpeza crítica, Emilio Cotarelo condenó este final al que llamó "inesperado". Nada tan esperado como esta muerte: se oye a lo largo de los últimos capítulos, a lo largo de más de cien páginas. ¿Qué otra cosa podía suceder ante la cerrazón, ante el telón de acero de estos amores contrariados? No hay otra salida que el suicidio, si el suicidio de Catalina es una salida.
¿Por qué se suicida esta mujer?
Las causas de su suicidio -al igual que de cualquiera otro- son complejas y varias. Ha pedido demasiado a su amor, a la idea que se ha hecho del amor, tal como lo concibe y lo sueña. Este amor se ha frustrado. Conocer la generosidad de Luisa al legitimar el amor que existe entre ella y Carlos, ha soliviantado su corazón, quebrando la fuerza de la lucha entre rivales. "El dolor nos revela un Dios, y el tedio nos hace concebir la nada". La ilusión y la espera de que la vida pueda ofrecerle algo exultante, continuado y sin fin, quedan anuladas después de este encuentro. El tedio de su existencia anterior al conocimiento de Carlos, amaga con reaparecer. Con ello se extinguiría la magia, el misterio, el sabor de la vida. La ausencia de futuro en su relación con Carlos, un aumento en los sentimientos de culpabilidad y en los remordimientos. El suicidio como un modo de deshacer los lazos, concediéndole a Carlos la libertad que le permita reanudar su regreso al hogar arcádico y a una felicidad calmada con Luisa. Hasta aquí las causas evidentes y comunes del suicidio de Catalina.
Tal vez podamos ahora acceder a una razón más complicada, que engendraría consecuencias un tanto morbosas. No entendamos el suicidio como claudicación, escapatoria, siquiera triste o desesperado. ¿Pero entonces no se sacrifica Catalina? Al principio puede creerse así. En vez de huir con su amante a Londres, propicia que sea Luisa quien huya con él. Sin embargo, se suicida antes de la partida y deja una carta para Luisa, una de esas cartas postreras, a semejanza de la que Sab escribe, en la que le suplica "que no sepa Carlos, si es posible, que muero por mi voluntad: tendría remordimientos". Tras su muerte, Luisa está en libertad de irse con él. Sin embargo, con anterioridad a esta carta, Catalina ha sostenido una última conversación con Carlos, en la que le ha insinuado la posibilidad de su muerte. Este augurio va unido a juramentos de un amor constante, pero en la eternidad. Catalina le confiesa a su amante que había abandonado sus creencias religiosas y que ha vuelto a creer, tanto como él cree. Ella necesita de esa creencia mutua como sustento de su proposición: encontrarse en la otra vida. Si ha recuperado por amor su creencia en la vida eterna y participa de la misma creencia de Carlos, se suicida para esperarlo. En esa vida eterna ilusoria, en la que van a rencontrarse, las consecuencias sociales adversas y los intensos remordimientos provocados por su conducta para con Luisa, habrán sido abolidos. Ante este inmenso deseo del amor contrariado, la razón retrocede obnubilada por la apuesta. La capacidad del amor para ilusionarse resulta infinita y conmovedora. Su suicidio -una herejía- le abriría las puertas del cielo católico, con una mediación -el suicidio mismo- que el propio catolicismo condena. En este suicidio alienta un anhelo extraordinario, una loca esperanza. Si los dos participan de la misma creencia en la vida eterna y comulgan en idéntica fe, ¿no es éste el modo más profundo y perdurable de poseer al amado, de no perderlo? El suicidio de Catalina es una posposición, una postergación, un paréntesis en su amor. Ella deja de ser Catalina de S., pero no le importa si lo más personal de sí misma, constituido por su amor, alcanza la perennidad.
A su vez, y en su carta de despedida, Catalina desliza un "si es posible" y comprobaremos hacia el final de la novela que Carlos está enterado de su muerte voluntaria, a su vez Catalina obtiene al suicidarse una victoria póstuma: que Carlos no olvide el hecho. Mientras viva lo recordará. Recordará que Catalina se ha suicidado por él. Es evidente esta consecuencia, su muerte voluntaria separa a Carlos de Luisa, y su cadáver se interpondrá entre ellos, disolviendo el matrimonio indisoluble y secando todo deseo en la pareja. Catalina quedará insepulta en la memoria de ambos. ("Es absolutamente imposible vivir sin olvidar" decía Nietzsche.)
En los párrafos finales Carlos regresa de Londres. Es una tarde bastante fría. Aún conserva su hermosa figura, aunque algo marchita. Han pasado siete años. Vestido de negro recorre uno de los cementerios más antiguos de Madrid y se inclina a leer cada inscripción. Se detiene cuando encuentra la de Catalina y permanece un rato ante su tumba, pensativo, con los ojos húmedos.
Eso es todo.
Dos mujeres se coloca dentro de la gran tradición del amor occidental ligado con la muerte, el amor entre la muerte y el deseo. De esta obra queda una especie de resplandor enfermizo. Los personajes han luchado inútilmente, presos en un círculo de hierro. Nada en verdad han conseguido y nada ha cambiado. La novela se cierra casi del mismo modo en que comenzó, con la conversación de dos personajes, más bien voces, que ofrecen una postrera información al lector. Luego, en una suerte de visión circular, las dos hijas de Elvira, amiga íntima de Catalina, oyen a su madre prometer que les contará la historia dolorosa de dos mujeres, ambas desdichadas, como lección provechosa. Por primera vez aparece en la literatura cubana una visión circular de las cosas, la otra ocurrirá también en el siglo diecinueve, con Mi tío el empleado. La repetición o el presagio de la repetición futura de la misma vida es clara: dos son las hijas de Elvira, una rubia y otra morena.
Prólogo
a Dos Mujeres,
de Gertrudis Gómez de Avellaneda (fragmento)
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