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LA JIRIBILLA
ÁLBUM DE POETISAS CUBANAS
Compilación
de Mirtha Yáñez publicado por la Editorial Letras Cubanas.
CONTEXTOS DE SOR JUANA INÉS
Madre, madrecita Juana,
todos eran hombrazos en su pueblo,
las espuelas empezaron a morir contra su frente,
nadie colmaba
las tardes impúdicas
bajo los lienzos del patio del abuelo;
no era feliz la muchachita,
quien iría a sospechar entonces aquella vena férrea
y cálida
que le espetaba el corazón.
Sabihonda retenida en nuestras manos, ya decían,
se burlaban los pálidos superiores,
¿alguien recuerda sus nombres?
¿los de aquellos hombrazos?
El padre natural era uno de ellos, qué duda cabe,
y también los hidalgos con sus cosméticos pedestres,
los amantes, los patrones de casi todos los oficios,
ya se sabe, eran los dueños
de la fe y de la moneda,
del sexo también.
Desconcertante mujer ya madurando en la celda,
las gongorinas voces rescatando los polvos malditos,
allí saquea con tesón la poesía y se llena
los bolsillos de esas piedras volcánicas
para castigar la vesanía.
Madrecita Juana del cilicio en bandolera,
el propio dios era todo un hombrazo
y tú así, qué remedio,
recordaba por los siglos, la criatura imperfecta.
MIRTHA YÁÑEZ
(La Habana, 1947). Poetisa, narradora y crítica literaria. De su quehacer poético ha publicado:
Las visitas (Premio 13 de Marzo, de la Universidad de La Habana, 1968) y
Las visitas y otros poemas (1986).
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VISITACIONES
1
Cuando el tiempo ya es ido, uno retorna
como a la casa de la infancia, a algunos
días, rostros, sucesos que supieron
recorrer el camino de nuestro corazón.
Vuelven de nuevo los cansados pasos
cada vez más sencillos y más lentos,
al mismo día, el mismo amigo, el mismo
viejo sol. Y queremos contar la maravilla
ciega para los otros, a nuestros ojos clara,
en donde la memoria ha detenido
como un pintor, un gesto de la mano,
una sonrisa, un modo breve de saludar.
Pues poco a poco el mundo se vuelve impenetrable,
los ojos no comprenden, la mano ya no toca
el alimento innombrable, lo real.
2
Uno vuelve a subir las escaleras
de su casa perdida (ya no llevan
a ningún sitio), alguien nos llama
con una voz querida, familiar.
Pero ya no hace falta contestarle.
La voz sola nos llama, suficiente,
cual si nada pudiera hacerle daño,
en el pasillo inmenso. Una lluvia
que no puede mojarnos, no se cansa
de rodear un día preferido.
Uno toca la puerta de la casa
que le fue deparada a nuestras manos
mortales, como un tímido consuelo.
3
El que solía visitarnos, el que era
de todos más amado, suave vuelve
a la sala sencilla, cada día
más real y más leve, ya de humo.
¿Cuándo tocó la puerta? No podemos
recordarlo. Estaba allí, estaba!
Y no se irá jamás ni puede irse.
No nos trae la memoria las palabras
del adiós. Sólo podrá volverse
por la puerta de un ruido, de un llamado
de ese mundo que borra, ignora y vence.
4
¿Qué caprichosa y exquisita mano
trazó, eligió ese gesto perdurable,
lo sacó de su nada, como un dios,
para alumbrar por siempre otra alegría?
¿Participabas tú del dar eterno
que dejaste la mano humilde llena
del tesoro? En su feliz descuido
adolescente ¿derramaste el óleo?
¿Qué misterio fue el tuyo, instante puro,
silencioso elegido de los días?
Pues ellos van tornándose borrosos
y tú te quedas como estrella fija
con potencia mayor de eternidad.
5
Y cuando el tiempo torna impuro un rostro,
una vida que amamos en su hora
cierta de dar, por siempre más reales
que su verdad presente, lo veremos
cuando lo rodeaba aquella lumbre,
cuando el tiempo era apenas un fragmento
de un cuerpo más espléndido, invisible.
Todo hombre es el guardián de algo perdido.
Algo que sólo él sabe, sólo ha visto.
Y ese enterrado mundo, ese misterio
de nuestra juventud, lo defendemos
como una fantástica esperanza.
FINA GARCÍA MARRUZ (La Habana, 1923). Poetisa y ensayista. En 1991 le fue conferido el Premio Nacional de Literatura. Ha publicado, entre otros, los poemarios:
Transfiguración de Jesús en el Monte (1947), Las miradas perdidas (1951),
Visitaciones (1970), Poesías escogidas (1984), Créditos de Charlot (1990 y 1994) y
Los Rembrandt de L'Hermitage (1992).
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LAS TARDES FELICES
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"¡Qué de despedidas tristes!
¿Adónde os vais? ¿Dónde estáis?
Todo a todo le pregunta
nada ni nadie lo sabe...".
J. R. Jiménez |
Ahora a distancia.
Los viejos muebles
ricos de las veladas con el padre.
Las charlas
con humaredas de danzones lejanos,
cayendo, cayendo.
¡La miseria asola
la Mirada triste de la Casa
repasando el lento irse
de las tardes felices!
Ahora a distancia,
se desvanece el girasol
deshojándose de los temas del afán,
del entusiasmo.
Martilla el honrado trabajo,
el honrado albergue de ser vasto yunque
de resignaciones,
cuajadas en los rincones de la casa.
Lentas tardes, lento apoyarse
de las reliquias finas de las sentencias del padre,
de su luz, los residuos de la fiesta
de las conversaciones,
cayendo en flores de asignaturas sabias.
¡Oh tardes silenciosas y profundas
de enormes alas transparentes, hadas fieles!
¡Tardes de cabellos sueltos, blancas,
de flotantes gasas, y grandes ojos soñadores,
tardes felices! El organillo lila, lejano y crepuscular
lento derrama la grave mancha,
chispean sus pajarillos
sus mariposas dramáticas,
y el jaleo de su estela se borra
en el polvo de la tumba profunda.
Amo su lento ir,
ir lento de su amado sigilo,
ir devanando las madejas tranquilas,
mirando cómo el humo de sus montes se evapora
y difumina lentos dibujos,
lentos flautines, lentas violas,
lentas fábulas, el quejido del padre lento...
¡Amo el estruendo de la carroza
feliz de su suceso, las ruedas aladas
de su rosa apocalíptico, las hadas vestidas de tisú
con cintas y guirnaldas de flores, deshojándose
en el pelo!
CLEVA
SOLÍS (Cienfuegos, 1926). Ha publicado: Vigilias (1956),
Las mágicas distancias (1961), Nadie espera el tiempo (1961) y
Los sabios días (1984).
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HIMNO DEL PINO EN NOVIEMBRE
Pino que enajenas la mirada
en esta tarde huraña de noviembre.
Cómo siento descender tu hermosura,
anudarme la vida en lentos círculos
de inusitada maravilla.
Cómo quemas en oleadas de desnuda belleza
mi piel triste
y pones el hierro al rojo vivo de la fantasía
sobre mis ojos de cosidas costumbres.
(Los recuerdos
gota de espeso aceite negro
lentos caen
desde no sé qué venas, qué misterios.
Agrandando su mancha sobre el cielo
de grises torbellinos.)
¡Pino que enajenas la mirada!...
Tú, la ardiente presencia,
la escritura del milagro,
sus lumbres, sus espejos;
aventuras, estelas;
sacudiendo con huracanes de prodigio
el bosque donde agoniza lentamente
un pájaro hechizado por los relojes y los calendarios.
Poderoso danzante de ese mundo
que arde para mis ojos su cirio inaudito
en la noche de las consagraciones
cuando la tierra en la nocturna piel es sólo
un oscuro árbol de susurros.
Qué libre portento el de tu copa
coronada de nubes y tormentas
igual que el alma mía.
Tu copa de un trémulo verde antiguo que no opaca
el herido color de las alcobas.
Yo la miro en los brazos del viento
sin vértigos ni furia,
ascender reposada al infinito
un universo de nidos y canciones infantiles.
Miro tus ramas
tejer a luz y sombra,
con agujas de savia
de la eterna madeja el fabuloso encaje,
como teje también mi pensamiento
la fugitiva trama.
Yo, del más secreto paraíso dueña
amo la grave majestad con que has velado
largamente la muerte;
del que ha oído
a la mañana y al crepúsculo de tornasoles islas,
el pico victorioso de sus pájaros
trabajando los frutos de la vida,
y sabe bien donde termina la contienda.
Te identifico pino,
eres el mismo de la infancia,
el más altivo duende de mis prados de inocencia.
Aquel con quien me encuentro,
algunas veces,
en las citas del aire,
el que me trae la eternidad a la ventana.
Pino que enajenas la mirada
en esta tarde huraña de noviembre...
A tus plantas el ámbito de siempre,
los hombres, las mujeres, las hormigas,
los besos, los sollozos,
y las frentes que se rompen en águilas.
El gran circo
con su carpa de días y de noches
del cual no participas.
No es para ti que hospedas las estrellas,
que convives
labio a labio con la luna y el sol
y guardas el oro de sus aves de fuego.
Tú más arriba, más alto, más arriba
hasta el país de las auroras,
más alto,
hasta el último reino de la luz.
SERAFINA NÚÑEZ (La Habana, 1913). Ha publicado los siguientes poemarios:
Mar cautiva (1937), Isla en el sueño (1938),
Vigilia y secreto (con prólogo de Juan Ramón Jiménez, 1941),
Paisaje y elegía (con prólogo de Luis Alberto Sánchez, 1956),
Los reinos sucesivo (1992), Vitral del tiempo (1994) y
Moradas para la vida (1995).
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