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LA JIRIBILLA
ELLA
Marilyn Bobes
( 1955 )
Mis dulzuras quedaron a tus manos
prendidas. Ahora soy un ánfora
de perfumes vacía.
ALFONSINA STORNI, "Dulce tortura"
Nada más abrir los ojos sintió en los brazos la rigidez y el dolor y, cuando quiso levantarse, la cabeza le dio vueltas poseída por un mareo procedente de la espalda o del cuello, pues quién sabe qué vértebra se había lastimado con el peso de aquellos hierros inquisitoriales que, según el viejo Gastón, devolverían a sus senos la firmeza y a sus tejidos la elasticidad perdidas después de cuarenta y cinco años de saberse una hembra deseada que acude esporádicamente a la gimnasia sólo como una opción beneficiosa y saludable.
Ahora las cosas comenzaban a ser diferentes. Ya no bastaba con simples aerobics o con tres sesiones semanales de natación. Había sido necesario recurrir a las pesas y a las orientaciones draconianas de un fisioculturista experimentado, famoso entre las actrices y las modelos, quienes aseguraban que con Gastón se hacían innecesarias liposucciones y cirugías reconstructivas: sólo unos meses de ejercicios sistemáticos y el cuerpo recuperaba sus cualidades naturales ayudado, eso sí, por una dieta de frutas y vegetales.
Ocho años alejada del trajín de los gimnasios y el bullicio de las piscinas habían hecho sus estragos en los músculos fláccidos del abdomen ahora invadido por la grasa y de los muslos desvigorizados por la inactividad. El propio Mario, tan remiso a hacer observaciones desagradables respecto de su cuerpo, fue quien le hizo notar que su estómago estaba creciendo demasiado; y aquel comentario, realizado en tono casi de chanza, no hubiera sido tan hiriente si no viniera asociado a un cada vez más ostensible desinterés: el teléfono apenas sonaba ya una vez al mes para anunciarle una visita precipitada durante la cual su amante se complacía en justificar su agotamiento y su desgano con un exceso de trabajo, un surmenage, como si, desde que se conocieron, alguna vez Mario hubiera dejado de ser el ocupadísimo director de una de las más importantes editoriales del país, la misma cuyas publicaciones engrosaban la modesta biblioteca que tan cuidadosamente ella había ido conformando.
Por cierto que en los últimos tiempos los obsequios de Mario se habían limitado a una antología mediocre de cuentistas contemporáneos y una novela japonesa, tan mórbida como cautivante: El palacio de las bellas durmientes. El argumento giraba en torno a unos ancianos que pagaban por pernoctar con muchachas jóvenes y, como les está vedado poseerlas, deben conformarse con contemplarlas mientras yacen, drogadas, a sus costados. La había leído con incierto sentimiento de pavor, desventura y abatimiento, tan distinto del ingenuo regocijo con que, al principio, descubriera la poesía de Alfonsina Storni, por ejemplo, regalo de un día de enamorados, donde encontró los versos de la "Carta lírica a otra mujer": vuestro nombre no sé, ni vuestro rostro, conozco yo...
Entonces no conocía aquel rostro. El rostro que la tarde anterior había sorprendido, por casualidad, a la salida del gimnasio: Beatriz llevaba, como siempre, el cabello despeinado y recogido en lo que podría llamarse un moño, y su rostro, pálido y desmaquillado, tenía el aspecto lastimero y cansado que le era habitual. Se habían mirado un momento fijamente a los ojos, como si quisieran saludarse, pero la otra desvió la vista enseguida, conteniendo aquel impulso amistoso que controló apretando contra su pecho el libro que traía entre manos: La Eneida, de Virgilio, una de las obras favoritas de Mario.
Durante todo el mes de julio él había estado repasando aquella obra maestra. Fue precisamente en esa fecha la última vez que se vieron porque en agosto él ni siquiera se había molestado en anunciarle que, como cada verano, se iría de vacaciones a la casa de la playa, y ella había tenido que soportar la humillación de ser informada de dicha eventualidad por Rosita, la ahora evasiva secretaria quien en mejores momentos se había comportado como la más cercana de las amigas y la más fiel de las cómplices.
Ayer por la tarde, sin ir más lejos, aburrida de esperar por la reaparición de su amante, había marcado el número de su oficina para descubrir con sorpresa que su nombre no le decía nada a la nueva empleada. Aquella voz impersonal no le reconocía jerarquía alguna: El director no se encuentra, ¿quiere dejarle algún recado? Y ella, avergonzada, no había podido dejar ningún recado.
Se aferró entonces a la idea de que el director no habría regresado todavía de la playa; aunque, en el fondo, sabía perfectamente que ello era imposible pues estaban a mediados de septiembre, y si él estuviera en la playa, ella no se habría encontrado en la calle a Beatriz, a su tocaya Beatriz, la esposa de Mario. Ahora, mirando los acontecimientos en retrospectiva, le parecía haber adivinado en la expresión de su rival algo como una pesadumbre, alguna gravedad más pronunciada que su falta de alegría característica.
Nunca se había sentido culpable de la posible infelicidad de Beatriz. Antes de ella, Mario había tenido otras amantes. Su mujer debía saber que él no era monógamo. Es más, siempre tuvo la secreta impresión de que su tocaya no era de las que se preocupan por la posible infidelidad de su hombre. Probablemente se conformaba con ese simulacro de respeto que coloca a ciertas mujeres en una presumible posición de superioridad, la de la esposa legítima. Además, Beatriz tenía su vida demasiado llena de preocupaciones... Y de viajes: no se bajaba del avión. Sin embargo, nunca parecía feliz. Al contrario de la mayoría de la gente que viaja, regresaba de los países más fabulosos vestida con las mismas ropas baratas y de mal gusto, exhibiendo el mismo cabello empobrecido y opaco. Era como si quisiera disimular sus enormes imperfecciones con una falta de interés estudiada por su apariencia física: no preocuparse por su aspecto le proporcionaba el pretexto ideal para no parecer fea, sino sólo descuidada. Pero, decididamente, Beatriz no era sólo descuidada. Beatriz era fea. Tenía una cara demasiado ancha y una cabeza muy grande para su cuerpo pequeño, como enterrado. Lo corto del cuello y aquel cuerpo robusto y deformado oscurecían el magnetismo de unos ojos de avellana y la lozanía de su piel tan blanca, los que constituían, por cierto, sus únicos encantos.
Beatriz, la otra Beatriz, había tenido la oportunidad de observarla bien durante el tiempo en que coincidieron precisamente en un gimnasio. La tocaya se
aburrió pronto. Tal vez porque su perseverancia sólo hubiera contribuido a disminuir aquella falta de confianza en sí misma que inteligentemente ella desafiaba ignorando todo lo relativo a su existencia física. Quizás hiciera bien. Sus relaciones con Mario no parecían estar fundamentadas en ese tipo de atracción.
Mario, era evidente, mantenía hacia su esposa una actitud ambigua. Se avergonzaba un poco de ella, pero lo compensaba inventándole una excepcionalidad que solamente él advertía. La comodidad de su relación con Beatriz lo obligaba a quererla, en parte porque recibía de ella la total seguridad de que una mujer así soportaría con más facilidad sus deslices que otra más capaz de autovalorarse. Estaba convencido de que a ella, a la otra, nunca le faltarían enamorados. Aunque ya casi nunca la celaba. Los celos de Mario parecían ser una cosa del pasado y a ella había comenzado a preocuparle esa actitud confiada que se correspondía con una dolorosa constatación: hacía algún tiempo que nadie mostraba interés en cortejarla. Y cada vez con más frecuencia recordaba aquella sentencia de su madre: comprendí, decía ella, que había envejecido cuando los hombres dejaron de piropearme.
Y era cierto que, de manera imperceptible, los hombres habían dejado de piropearla. Desde que se percató de esa tragedia, se había sorprendido, desesperada, buscando reafirmaciones en los labios de cualquier transeúnte, haciendo un esfuerzo consciente para arrancar, a su paso, las expresiones que antes brotaban espontáneas de las esquinas. Seguramente Beatriz, la otra Beatriz, jamás tendría ese problema: nunca había sido de las que paralizan el tráfico y, por lo tanto, no podía extrañar lo que, con tanta ansiedad, ella buscaba. Haber perdido la belleza siempre sería más terrible que no haberla poseído nunca. A Beatriz le había bastado con ser Beatriz. Ella necesitaba más, siempre algo más. Y lo que necesitaba, lo necesitaba sobre todo para Mario.
Fue una ingenuidad creer que, como él juraba, las amaría siempre a las dos, de manera diferente, pero con la misma intensidad. Quizás a Beatriz no la amó nunca como antes la había amado a ella, pero cumplidos los cuarenta y cinco años las cosas que antes tenía a su favor se volvían cruelmente en su contra: a Mario nunca le había interesado lo que ella pensaba. Se limitaba a elogiarla como hembra. Nunca había compartido con ella otra experiencia que no fueran las sexuales. Incluso los comentarios sobre literatura se habían convertido en una suerte de preámbulo necesario antes de irse a la cama. Las cosas que no envejecían: las conversaciones, las dependencias, las enfermedades y las costumbres, eran de Beatriz enteramente. Beatriz era insustituible. Y ella, la otra Beatriz, intercambiable.
Pero no había sido hasta ayer en la noche que todas estas verdades se le hicieron intolerables. Anoche, sobre las 7, la voz inconfundible de Rosita, quien no se identificó, había solicitado equivocadamente en su teléfono a la doctora Fernández. Entonces sintió, por primera vez, aquella opresión en el pecho, aquella casi revelación o certeza de la que no conseguía liberarse. A consecuencia de un problema gástrico, Mario había ido a consultar recientemente a una doctora, hija de algún subordinado. Desde entonces sus visitas habían comenzado a espaciarse, y su creciente interés por sus camisas, su peso, las preguntas acerca de su desempeño amoroso no parecían dirigidas a ella sino a una tercera persona que apenas en las últimas horas empezaba a tomar cuerpo en la imaginación de Beatriz, de la otra Beatriz (porque la esposa de Mario hacía ya mucho tiempo se había acostumbrado a evitarse ese tipo de angustias, esas complicaciones que no conducen a nada).
La noche anterior la había pasado en vela tratando de conceder al fantasma de la doctora unos contornos precisos. Mario le había asegurado, como al descuido, que se trataba de una muchacha muy inteligente, pese a que estaba recién graduada. Ah, ¿sois así? Decidme sí en la boca/ tenéis un rumoroso colmenero./ Si las orejas vuestras son a modo/ de pétalos de rosa ahuecados. Ay, Alfonsina Storni, hemos vuelto al principio: vuestro nombre no sé/ ni vuestro rostro conozco yo. ¿Qué le importaba ahora el nombre de Beatriz, su triste cara redonda, de gallega o de aldeana? Ya me remueve este cansancio amargo/ este silencio de alma en que me escudo.
Ocho años de vida perdidos. Perdidos, como decía su madre. Ocho años de plenitud, de madurez, en el ocaso de la juventud, desperdiciados junto a un hombre que sólo le ofrecía libros y que, para colmo, hacía ya algún tiempo se mostraba esquivo, indiferente, lejano. Cierto que también él había envejecido, pero los síntomas de su falta de vitalidad sólo le servían a ella para autocensurarse. En vez de reprocharle su desgano, se culpaba a sí misma de su supuesta falta de atractivos para mantener viva la llama del deseo de Mario y observaba, alarmada, aquel súbito interés por las pas-tillas y las enfermedades.
Rememoró con pánico un cuento que había querido olvidar: la historia de su amiga Adelaida, sus relaciones con aquel ingeniero casado, el que, por fin, después de uno o dos años de vacilaciones había decidido divorciarse. En los días cercanos a la boda, Adelaida había recibido una visita: la ex esposa del novio ni siquiera se había molestado en darse a conocer, pero la mujer que tocó a la puerta de su amiga era la amante del ingeniero desde hacía quince años. Venía a reclamar sus derechos a ser esposa, como si existiera un escalafón de antigüedad, y Adelaida se había sentido desconcertada ante los reclamos de aquella cincuentona patética que decía haber dedicado los mejores años de su vida a complacer los caprichos de un ingrato que ahora la abandonaba por una tercera.
Muchas veces, en la noche, había recordado
aquella historia y ya no sabía qué papel era más triste, si el de abandonada que interpretaba la amante del ingeniero o aquel otro de seductora del cual era un ejemplo vivo su otra amiga, Isabel, siempre a la caza de un jovencito ocasional, de algún chofer que, después de disfrutar de su automóvil por unas semanas, seguía su camino imperturbable. Pobre Beatriz, adolorida, hambrienta, embadurnada de cremas, levantándose al amanecer para sudar la gota gorda en la azotea de Gastón intentando recuperar lo que, en el fondo, sabía irrecuperable. Y Mario, tal vez en su casa de la playa, con su doctora.
Saltó de la cama y se miró al espejo para comprobar que, a pesar de seis meses de esfuerzo, su abdomen continuaba igual de abultado. Renunció a tener hijos pensando que cuando llegara ese momento su figura no sufriría estragos. Todo había sido inútil: sus esfuerzos con el violoncello, sus tres años de Arquitectura, sus amoríos con un ministro cuando en el
año 69 había sido elegida por su belleza como lucero de los carnavales.
Agarró con violencia el teléfono y marcó el número de la oficina de Mario.
El de su casa nunca lo supo. Era uno de los secretos inviolables de su amante. Antes de tomar la decisión, le hubiera gustado conversar con Beatriz, con su tocaya Beatriz, confrontar las respectivas versiones, analizar a Mario como se analiza a un insecto, tal vez planificar su asesinato. Pero no tenía manera de comunicarse con Beatriz. Mañana se enteraría, cuando estallara el escándalo. Rosita le pidió que esperara un momento. Después de una pausa de cinco minutos le anunció que el director no estaba. No tenía la menor idea acerca de la hora de su regreso, ni siquiera sabía si había llegado. Dile que tengo aquí su agenda, mintió, segura de que para él nada podía ser más importante.
Tomó entonces el libro de poemas de Alfonsina Storni que él le había regalado aquel catorce de febrero ya lejano. Lo abrió en la página tantas veces releída: Dientes de flores, cofia de rocío/manos de hierba, tú, nodriza fina/tenme prestas las sábanas terrosas/ y el edredón de musgos escardados. Anotó al margen del poema: Todo es por culpa de Mario, y la fecha.
No lo pensó dos veces. Acercó la botella de al-cohol y la vació sobre su cabeza hasta sentir que se le mojaban los pies. Puso un énfasis especial en cubrirse el vientre abultado con aquel líquido etéreo e inflamable. Extendió la mano hacia la caja de fósforos y dejó que la cerilla volara.
Lo último que sintió antes de que su cuerpo comenzara a arder fue el timbre, el insistente timbre telefónico. Ah, un encargo/si él llama nuevamente por teléfono/ le dices que no insista, que he salido.
Nota de Contracubierta
Adherida al cosmos y a la naturaleza, pero también en pugna por acceder a los espacios de la razón, por conciliar su persistente búsqueda del hombre ideal con las exigencias de su condición de escritora en un ámbito insidiosa y a veces descarnadamente sexista, Cary Serrano cuenta su historia. Uno de los personajes femeninos más auténticos en la narrativa cubana de las últimas décadas, uno de los pocos que se atreve a mostrar sus propias fisuras, Cary no asume la voz autoritaria del feminismo radical, sino se desdobla en amigos y amantes, en Iluminada, en Beatriz, en una simple "ella" ante el espejo. Tan desgarrado por las contradicciones como la narradora, el relato oscila entre la fe a ultranza en la descripción propuesta por Peter Handke y el afán de construir una trama coherente. De ahí la multiplicidad de estilos en los diez cuentos de Alguien tiene que llorar otra vez: anécdotas, monólogos, memorias de viajes, fotografías que se animan, fragmentos de novela.
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