LA JIRIBILLA

LA POZA DEL ÁNGEL

Gina Picart Baluja (1956)

                                                           A Samuel Feijóo

-Adiós, Dolores.
El amo tiende el pliego hacia la Ma Dolores, negra de nación. No la quiere más. Que no siga ensuciando la ropa blanca en el lavadero con sus vómitos de sangre. Ya es libre Ma Dolores para morirse donde quiera: junto a un río en la sabana, bajo las palmas o entre los montes rodeada de sus dioses y de su brujería, de sus sartas de cuentas de colores, sus caracoles, su soledad.
Ma Dolores agradece. Inclina su cabeza descolorida por la lejía y los soles del lavadero, y se va arrastrando los pies.
II
Huele a tabaco el vara en tierra, a sombras de aguardiente y manzanilla, de sábila y verbena. Shangó y Oggún velan el sueño de la africana. Oshún le envía visiones desde el fondo de las jícaras rebosantes de miel. Oyá aguarda en el umbral al alma negra atormentada por la fiebre.
Los ojos de Ma Dolores rompen la oscuridad. Allí está, en el rincón, un ángel que mueve los labios dulcemente.
-Ve a la poza, Ma Dolores. He puesto bajo las aguas una piedra paridora y ahora el manantial es santo. He dejado en él mi poder. Bebe y recuérdame, porque volveremos a vernos algún día.
La vieja despierta musitando conjuros. ¿Y si fuera el diablo que quiere empujarla dentro de la poza? Se santigua y escupe sangre mezclada con rezos africanos y padrenuestros y avemarías.
Está cerca la poza, detrás de la casa. Siempre tomó de allí el agua necesaria. Sus ojos están sucios por el velo del tiempo. Se arrastra, va tanteando con su mano encallecida las rugosas pieles de árboles, rezumantes de savias olorosas. Reconoce las piedras del sendero por la frialdad que va en aumento anunciando la cercanía del agua. Bebe temblando de miedo de que el diablo venga por detrás y le dé un empujón. Sus narices olfatean el viento de la noche por si pescara algún efluvio infernal, pero sólo percibe el perfume de los mangos y de los limoneros, la fragancia del azahar emborrachando los sentidos y el canto insobornable de los grillos entre la hojarasca; escucha el crujir de las hormigas bajo tierra y las voces de todos los insectos que incendian la maleza con sus ojitos como carbunclos. Es el coro de la sabana, piensa Ma Dolores antes que el vahído abra las puertas de su corazón a la noche.
La despiertan los pájaros que trinan en las ramas con tal fuerza que ella tiene que taparse los oídos. Como cada mañana, alza su rostro hacia el sol naciente para que el grillo del astro se coma la catarata que empaña sus pupilas, pero hoy tiene que engurruñar los párpados reacios porque la luz del sol no es ya un capullo luminoso; ahora puede verlo como si estuviera cara a cara con él y le hiere, le hinca en los ojos el resplandor potente. Ma Dolores se arrodilla para despedir su ceguera, y comprueba que ahora ya no rechinan sus viejos huesos ni sus articulaciones están acongojadas por el dolor. Siente un vigor olvidado removiendo sus entrañas, y la sangre clamorosa va regando por venas y arterias un calor juvenil. La vieja se inclina y golpea la tierra tres veces, saludando al ángel.
III
Por la tarde llega un correo de la manigua: pronto le traerán a los mambises heridos en la última refriega. Ma Dolores envía sus saludos al general y le recuerda al correo que ella pide a sus santos por todos y por la victoria. Luego corre para el vara en tierra y empieza a revolotear como una enorme mariposa negra entre los potes y las jícaras donde guarda las hierbas de curar, como aprendió en su país. Rompe con una piedra el curujey, macera el corazón de las almendras mezclándolo con pasta de yagruma; machaca tallos y raíces mientras canta los cantos del santo yerbero, que anda por los montes recolectando en su morral las plantas milagrosas besadas por la mágica luz de las estrellas. Prepara febril los remedios que va a necesitar cuando llegue la hora. Desde hace mucho ayuda a los hombres de la manigua, que cuando ganen la pelea van a dar cartas de libertad a todos los esclavos. Reza mucho por el general Antonio; y le canta bajito al sable del general para que corte, que corte la carne blanca, las manos blancas que ponen cadenas a las manos negras. Ma Dolores enciende la leña suspirando, soñando con ese día, pues lo que es vivirlo no cree que le dé tiempo. Tal vez algún día el general la honre haciéndola correo de los mambises, porque esto de enfermera ella sabe que les es muy necesario, pero le parece que no es mucho. Ser correo del general Antonio es su sueño secreto.
Los traen en parihuelas de bejuco, con medialunas de sombra bajo los párpados, la color amarilla como de tallo enfermo, vomitando bilis y borraja. A Ma Dolores se le escapa un grito ahogado: bajo unos bucles apelmazados por la sangre reconoce las facciones del ángel de la poza, el de los labios dulces. Pero el herido le aprieta la mano callosa de lavandera y sin alzar los párpados la urge en un murmullo:
-Cúranos, Ma Dolores, con el agua que te di, y calla.
IV
-¡Es una bruja! -grita el cura mientras su sotana reverbera en las tremolinas del odio santo-. Vive en un bajareque lleno de bichos, calabazas y mil porquerías más. La sirven esos demonios que los negros llaman güijes y pasa el tiempo preparando maleficios contra cuantos blancos se cruzan en su camino. Yo fui a verla hace unos días para exhortarla a abandonar sus prácticas paganas; le volqué de una patada la tinaja donde dicen que guarda el agua con que cura a la gente. Ella no dijo nada, sólo me miró en silencio con sus ojos rojizos, pero cuando subí a mi caballo, el animal se puso a brincar como si se le hubiera metido un demonio dentro y me arrojó a tierra. Mis feligreses han abandonado la casa del señor. Ahora se van al bohío de esa negra infernal a que los cure con su saliva. Se juntan en torno a la poza llevando cirios encendidos y le rezan a Ma Dolores como si ella fuera Dios mismo y aun la Santísima Trinidad completa. Tenemos al diablo en persona metido entre nosotros. Al principio viene curando los males para mejor engaño de los necios, pero pronto nos arrancará el alma entre pactos terribles. Ya se ha robado el Viernes Santo, una de las fiestas más importantes de nuestra iglesia. El Viernes Santo cura Ma Dolores junto a su poza. La gente viene de lejos... ¡Ma Dolores amenaza la religión de Cristo crucificado! -y el sacerdote alza los puños sobre su cabeza como si fuera a exorcizar a un demonio visible.
-Dice bien el señor cura -afirma el capitán-. Gente que viene de lejos... ¿No llama eso la atención de su Excelencia? Yo hice vigilar a la Ma Dolores durante muchos días y descubrí que, cerca del bohío en que ella habita, oculto entre la maleza, tiene un hospital de sangre donde cura a los insurrectos. Cuando llegué hasta allí lo encontré vacío, pero había restos de parihuela, vendajes, y una cantimplora con un poco de canchánchara. Ella es una infidente, un enlace de ese mulato Maceo. Estoy seguro. Ayuda a los renegados a burlar las trochas, oculta correos...
El gobernador ha escuchado en silencio. La luz de la vela tiembla sobre su perfil dejando media cara hundida en sombra. La fina pluma de ganso reposa en su mano inmóvil. Se ha roto un rosario de instantes y cada cuenta rebota largamente sobre los conjurados contra la negra piel. Rueda el último instante. La pluma besa el tintero y vuela sobre el pergamino goteando sangre como una vena cortada, trazando el encaje fatal donde quedará atrapada la Ma Dolores como una mosca sobre una tela de araña: por infidencia y prácticas satánicas...
Rubrica el gobernador la pólvora en los fusiles defensores de la iglesia y la Corona de España. Contados están los soles en los ojos redivivos de la condenada.
V
-En la poza habita un güije...
-Ma Dolores curó a mi hijita con salivita de estrellas...
-Ma Dolores me dio una vasija llena de agua santa y en el fondo una piedra de la poza, que pare bajo el relente, y desde entonces puedo andar sin muletas...
La gente cuchicheaba reunida en la sabana La Mano del Negro. Aguardan desde el amanecer y aguardan también los soldados con sus fusiles cantores. Un viento como una ola recorre la multitud: Ya viene, ya la traen entre un cerco de espadas. Ya traen a la Ma Dolores, la bruja santa, y escuchan los que están cerca su voz gangosa:
-A mí no va matá... El angelito me viene bucá y me va llevá.
Los fusiles se alzan al sol. La voz del capitán, serena y firme, dicta los pasos. El cura asperja con un hisopo de agua bendita los cuatro confines del mundo, para espantar a los demonios que tratarán de llevarse el alma de la bruja entre sus garras cuando ésta exhale el último suspiro.
-A mí no va matá... -repite Ma Dolores quedamente-. El angelito me viene bucá y me va llevá.
El silencio se condensa sobre los hombros del pueblo. De pronto estalla en pedazos bajo los cascos de un caballo. La gente se empina sobre las piedras de la sabana para ver quién llega. Sobre una bestia blanca digna de un rey se acerca un jinete esbelto con las ropas de oficial. En la diestra blande un sable, y en la punta, brilla un pergamino como un pedazo de luna.
-¡Perdón, perdón para el reo! -grita con su voz de fuego, alzándose en los estribos con el porte de un león.
-Yo sabía... -sonríe plácidamente Ma Dolores cuando sus ojos reconocen los labios dulces y la sonrisa que sólo ella puede ver.
VI
Cuelga la noche sujeta por clavos de estrellas. Abajo se suceden lomeríos, sabanas, bosques, poblaciones, ríos... Ma Dolores se pregunta hasta cuándo el ángel la hará volar así, como gaviota, y palpa divertida las nubes tibias. Su piel relumbra impregnada del polvo lunar que flota en el viento, y ella cree que se ha vuelto una negra de plata. Comienzan a descender. Ma Dolores ve el paisaje y reconoce abajo los fuegos aún humeantes de la batalla. Oculto entre la maleza, un grupo de mambises se afana sobre un cuerpo tendido en una parihuela. Desde el aire Ma Dolores puede oír el lamento de la tropa cubana y sus narices perciben el olor a sangre fresca. El ángel la deja a pocos pasos de allí, se despide alzando su mano con dos dedos juntos y se va cabalgando en una estrella de humo. Ma Dolores avanza y sus ojos descubren al herido por quien todos lloran con tanto dolor. Reconoce la piel de bronce, y entonces, la vasija que ha venido sujetando durante todo el vuelo tiembla entre sus manos, pero se sobrepone al susto de su corazón, y avanza, feliz y decidida, a verter el agua santa sobre el cuerpo yacente del general Antonio.


2001. La Jiribilla. Cuba.
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