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LA JIRIBILLA
EL GOBELINO
María Elena Llana (1936)
Silvia miraba el gobelino sentada junto a su abuela que hacía randas, unas randas interminables en las fundas y las sábanas de warandol, y en los tapetes de hilo y las blusas de opal que usaban sus tías.
Algunas veces salía con Luisa al jardín grande de la planta baja, que tenía una glorieta, como los parques. Otras veces iban a dar largos paseos en automóvil sin bajar en ningún sitio, y unos días sí y otros no, venía la señorita Charman a darle clases. Pero ella ansiaba el momento en que podía sentarse junto a la abuela en el sofá, mientras los metros de warandol se extendían sobre las piernas de ambas y caían al suelo siempre brillante del saloncito.
A un lado se abrían las puertaventanas, que daban a una terraza interior llena de macetas y jardineras con verbenas siempre florecidas, vicarias y madamas, y con una gran enredadera de flores amarillas que apenas tenían olor.
Era lindo, pero no significaba nada para ella, pues toda su atención estaba concentrada en el inmenso gobelino que ocupaba la pared frente al sofá de las labores. Lo miraba, lo miraba, se iba embebiendo en su contemplación y no advertía el hilito acuoso que comenzaba a escurrírsele por la comisura de los labios y que la abuela, con una especie de lánguido pesar, secaba con su pañuelillo rematado con puntas de encaje.
Hasta allí le llevaban en pequeñas bandejas los jarabes y las pastillas que ella tomaba con ayuda de vasos de leche, o de los jugos de naranja que la abuela le encargaba por equivocación.
En realidad Silvia miraba el gobelino sin entenderlo, atraída por detalles que no llegaban a componer un todo: aquella flor, el ave... y, especialmente, el pequeño descamisado que, situado de espaldas, miraba por encima del hombro con expresión traviesa.
-Ese niño me llama, abuela.
Levantaba los ojos de la labor hacia el sitio indicado por la niña y sonreía con tristeza.
-Sí, hijita, es un niño muy bueno.
¡Pobre abuela! No sabía que el niño la estaba invitando siempre a internarse con él por la veredita del gobelino para ir a robar naranjas en aquellas arboledas de más atrás. No era un niño bueno, pero ella no podía decírselo a la abuela porque era su amigo y porque nunca lograba que las palabras dijeran lo que ella quería decir.
Allí, en el saloncito, venía a verla el doctor Leal. La saludaba, le decía algo así como, ¿qué tal andamos, señorita?, y ella se quedaba muda porque no sabía qué tal andaban las señoritas. La mujer de los ojos azules, a quien le temía un poco, se asomaba algunas veces a la puerta del saloncito durante aquellas visitas y los miraba mientras retorcía las puntas de un pañuelo o algún lazo de su blusa. La abuela le hacía señas para que se fuera.
-Silvia está bien, Catalina, no te preocupes.
El doctor nunca le hacía daño, casi siempre se limitaba a escudriñarle la parte de abajo del ojo y después le daba una palmadita en la mejilla al tiempo que decía: Todo va bien, todo va bien. Pero la abuela no quedaba complacida. Esperaba a que bebiera la copa de jerez que Luisa le traía en su correspondiente bandejita, y lo acompañaba hasta la puerta grande, preguntándole cosas.
Cuando se quedaba sola se establecía mejor el diálogo con el muchachito del gobelino. Miraba y miraba hasta que él extendía la mano para ayudarla a entrar en el tapiz. Primero pisaba una superficie reseca, de tela vieja que poco a poco se iba suavizando hasta que los endurecidos hilos de la trama tomaban la blanda humedad de la hierba, una humedad que perlaba la piel de sus zapatos y le hacía sentir una frescura en el pie y un escozor en la nariz, como si le fuera a dar coriza, aunque también esa sensación podía causarla el olor que percibía tan pronto pisaba el césped, un olor cargado de tiempo y polvo, que se iba replegando hasta desaparecer mientras ella y el niño corrían por la brecha de verdor y de brisa que para ellos se había abierto en el viejo tapiz.
Podía ser la llegada de Luisa o de una de sus tías, o el regreso de la abuela, lo que la obligaba a salir precipitadamente del gobelino y sentarse de nuevo en el sofá, acariciando aún la forma de las naranjas que había estado a punto de tomar de la arboleda.
-¿Qué tienes?
-Nada.
-¡Jesús! ¡Te has mojado!
Creían que se había hecho pipi y corrían a cambiarla de pantaloncitos, de medias y hasta de bata. Mientras, ella guardaba silencio y le hacía señas al niño del gobelino para que la esperara.
Restablecido el orden, la abuela recogía la nube de warandol de encima del sofá y se sentaba para reiniciar su labor. En el leve fulgor de la aguja, en el ir y venir por los caminos deshilados de la tela, en los que iban brotando delicadas cenefas de flores un poco geométricas, surgían también lejanas voces, gestos y su antigua inquietud porque Catalina no se acercara a Silvia, aunque el doctor dijera que era inofensiva.
-Abuela...
-¿Eh?
-Las naranjas...
-¿Quieres un jugo de naranja?
Dejaba el albo montón de tela sobre el sofá y salía en busca de Luisa para que preparara el jugo. Y no era jugo lo que ella quería, simplemente trataba de mostrarle las frutas de la arboleda, a la cual el niño seguía invitándola, y que poco a poco iban tornándose corpóreas y doradas.
Reiniciaba la labor, sin molestarse porque la niña rechazara el jugo que había pedido y, al sumergirse de nuevo en las cenefas, acudía el rostro de Catalina, su tristeza cuando Ramiro se fue y ambas se quedaron bajo la marquesina, mirando alejarse el automóvil. ¿Por qué le dio el dinero?, le preguntó con inesperada lucidez. Ella sintió que le hablaba la mujer que había sido antes de su desventurado parto, y le dio una explicación lo más lógica que pudo: Ramiro va a montar un buen negocio en Santiago, después vendrá a buscarte. Catalina negó con la cabeza: No, no va a volver. Y los azules ojos le fulguraron. Ella se inquietó: No seas tonta, tú verás que vuelve. Negó nuevamente con la cabeza y entró en la casa mientras murmuraba, dirigiéndose a todos y a nadie: A la niña que no piense llevársela, porque es mía..., yo sé que es mía, aunque no me dejen tocarla. Suspiró con tanta pesadumbre que Silvia, sentada a su lado, la miró inquieta:
-¿Qué te pasa, abuela?
-Nada, nada..., sigue mirando tu libro.
Porque le habían traído un libro de imágenes coloreadas que le gustó mucho, tanto, que enseguida se lo mostró al niño del gobelino. Pero el pilluelo no le hizo caso, y entonces ella descubrió que siguiendo por la vereda, un poco más allá, había una niña sentada sobre algo así como un escabel, con las piernas muy estiradas hacia el frente, bien unidas, de manera que, pese al largo de su falda, se podían apreciar las medias oscuras y los zapatos con hebillas. Sobre el regazo tenía un libro grande en el cual enseñaba a leer a un gato, marcándole los renglones con una larga pluma de ganso. El gato debía de ser barcino a juzgar por las rayas de su cuerpo, pero al principio de mirarlo, tenía la tonalidad general de la tela, una mezcla desvaída de ocres, sienas y rosas muertos, y sólo después, a medida que se identificó con él y con su ama, fue descubriendo la real coloración gris y blanca de su pelaje.
Aquel día decidió que, pese a la opinión del doctor Leal, Catalina debía ser internada. Pero no hubo tiempo. Por la noche ocurrió la atroz y confusa escena que únicamente Silvia hubiera podido describir si el terror no la dejara sin recuerdos. Su vocecita atronó la noche, llamándola, y ella corrió a la habitación de la niña, que ahogó contra su pecho un último grito enfebrecido. Después llegaron los demás... Luisa se santiguó ante el cuerpo inerte, empapado en sangre, una sangre muy roja que corría por el brazo y se empozaba bajo la mano tersa y desvalida.
Cuando conoció a los nuevos personajes del gobelino, comenzó a aprovechar sus momentos de soledad para entrar al tapiz y situarse junto a la niña, que también tomaba una coloración real y le sonreía. Y supo, entonces, que lo que mostraba al gato era un libro como el de ella, un libro de estampas con flores heráldicas y cenefas de frutas, aldabones, veletas y detalles de vasos antiguos. Juntas miraban aquellas láminas con el gato asomándose también a sus páginas, y ella sentía el olor a lavanda que emanaba del vestido de muselina de su amiga y de las cintas de un malva tornasolado que lo adornaban.
-Quiero una bata como esa niña y unos zapatos iguales.
La abuela sonrió con menos tristeza que de costumbre. ¡Pero, hijita, si eso ya no se usa! Es de hace mucho, muchísimo tiempo. Ella insistió una y otra vez hasta que tuvo un vestido albo, con una crujiente banda de moaré y unos zapatos de charol con hebillas al frente. Por entonces comenzó a acariciar de cuando en cuando a Tesoro, la gataza negra a la que antes apenas prestara atención. Con sus piernas bien extendidas al frente, le mostraba a la gata su libro de imágenes; Tesoro movía su hociquito husmeante y lanzaba un miau. Entonces ella y la niña de la tela se sonreían, porque ambas tenían libros iguales, porque sus gatos maullaban al mismo tiempo.
Apenas abrió los ojos, Silvia recobró la noción de su recién vivido terror y volvió a gritar. El doctor administró los primeros sedantes y fue hacia el cuarto de Catalina, a quien contempló con algo de conmovida incredulidad: ¡Pobre muchacha! Ella se le enfrentó: ¿Pobre y quiso matar a su hija? Leal miró la antigua navaja que se había clavado en el vientre y que estaba colocada, limpia, en la mesa de noche. Debieron dejarlo todo como estaba, dijo. Sobre su lecho, inmensamente pálida, Catalina yacía bien lavada y vestida con un blanco ropón cuyas cintitas rosadas producían una misteriosa sensación de desamparo. Se oyó el murmullo dolido de la sirvienta: Ay, doctor, ¿cómo íbamos a dejarla así...?
Fue larga y hermosa su amistad con la niña del gobelino. Muchas veces entró al tapiz para leer junto a ella, y de tanto mirar el libro, sus páginas se pusieron opacas, con los bordes gastados. Aquel hombre que estuvo una tarde a verla y que le preguntó si se acordaba de él, tomó el libro, lo hojeó y se lo devolvió sin decir nada. Después se sentó junto a las puertaventanas y se puso a mirar las flores amarillas de la enredadera. La abuela fue hasta él.
-Es mejor que te vayas.
El día en que su tía Beatriz se casó, el hombre vino de nuevo y se paró frente a su cama. Ella cerró los ojos para no tener que decirle si se acordaba de él, y a través de las pestañas lo veía, pensativo, como la otra vez. Llegó su tía Leonor y él dijo: Ha crecido, ¿verdad? Entonces le dio un beso muy corto en el pelo. Cuando se marchaba, junto a su tía, tropezó con la abuela, en la puerta.
-¿A qué viniste?
-A felicitar a Beatriz.
-Supongo que te irás hoy mismo.
-Claro que sí.
Aquella noche el hombre no dijo nada más y salió de la habitación. La abuela se acercó a la cama, la miró un momento y salió también. Entró Luisa y ella siguió escrutando, entre las pestañas, la forma que la pantalla de la lámpara de noche proyectaba sobre el techo y las paredes, semejante a una sombrilla muy grande, muy grande, que tapaba todo el cuarto.
Después del matrimonio todo siguió igual, aunque la tía Beatriz no estuviera en la casa; solamente Leonor, que apenas se asomaba alguna que otra vez al cuarto del gobelino. Pero también ella comenzó a alejarse de aquel cuarto. Se entretenía en la planta baja, salía al jardín grande, el de la glorieta rodeada de rosales y los setos de buganvil, o se quedaba en el salón de las visitas. Y como siempre sentía sobre sí la mirada y la atención de la abuela, una tarde le bastó volverse hacia ella y decirle: Quiero dar clases de piano.
Parecía otro capricho similar al de vestirse como la niña del gobelino, pero no fue así. Demostró más interés del que podía esperarse en teclear sus estudios, y eso alentó mucho al doctor Leal.
Ya por entonces la señorita Charman había dejado de darle las clases habituales y solamente insistía en la caligrafía, que le enseñaba utilizando cuadernitos de papel de China y una pluma de punto fino que había que mojar constantemente en el tintero. Las visitas del doctor, menos frecuentes, ya no se producían en el saloncito del gobelino, del cual continuaba alejándose, sin darse cuenta. De cuando en cuando salía de paseo con su tía Leonor, iba a la casa de Beatriz y algunas veces caminaba sola hasta la orilla de los arrecifes, en aquella parte donde aún no había malecón.
Fue por entonces que comenzó a visitar la casa un pariente que mereció una atención especial y que para hablar con la abuela sonreía e inclinaba la cabeza. Leonor le dijo que aquel hombre tenía un hijo que estudiaba en el extranjero y que lo iba a llevar un día para que ella lo conociera. ¿Y para qué quiero conocerlo?, le preguntó. Entonces su tía sonrió con melancólica malicia. Es bueno que tengas un pretendiente, no te vaya a pasar lo que a mí, que me quedé solterona. Pero no era verdad. Ni aquel pariente trajo a su hijo, ni Leonor se quedó solterona, porque de un viaje que hizo a Santiago, volvió comprometida.
Silvia pensó que tal vez ella también pudiera casarse con un santiaguero algún día, pero al año siguiente, en el verano, apareció el primo de la abuela con su hijo. Se llamaba Javier, era largo y tenía la nuez muy marcada.
Se sucedieron visitas y almuerzos a los cuales asistían Beatriz y su esposo. La hicieron estrenar unos vestidos muy bonitos y Leonor trajo una peluquera para que la peinara. Javier le tomaba la mano con un desgano que podía parecer timidez, y ella se la abandonaba mirando algún punto de las losas de mármol del salón, mientras el padre del joven y la abuela conversaban allá, en otras butacas alejadas, entre sonrisas e inclinaciones de cabeza.
Con Javier le pasaba como con el doctor Leal, cuando era pequeña. No encontraba palabras para responderle, como si constantemente le preguntara: ¿y cómo andamos, señorita?
Un día oyó, sin querer, un pedazo de conversación que no entendió. El joven había dicho algo, y su padre le contestaba con una sonrisa bien distinta de la que empleaba con la abuela: Así que encuentras tonta a la vaquita de oro que te conseguí... ¡Pero si es lindísima! En ese momento advirtieron que ella había llegado y el hombre, un poco sobresaltado, repitió sus últimas palabras: ¡Lindísima, no tienes más que verla! Javier se quedó muy serio, y él lo empujó por el hombro: No seas tímido, llévala a dar un paseo y dile todas esas cosas que deseas decirle...
Siguiendo su antigua costumbre de extraer detalles aislados sin interesarse por el todo, siguiendo la estela del ave, del descamisadito y de la niña del gato, sonrió complacida porque dijeron que era linda aunque ella no estuviera presente...
En el otoño comenzó a recibir las cartas que Javier le enviaba desde el extranjero. La placidez que sentía leyéndolas, a salvo de una conversación, la hizo conocer las primeras dulzuras del noviazgo, y fue entonces cuando, para releerlas, comenzó a subir de noche al saloncito del gobelino. Se sentaba en el sofá, encendía la lamparita de la mesa lateral y se embebía en las discretamente apasionadas y discursivas epístolas.
En la penumbra, la tela enorme era una especie de antigua y amable compañía. Ahogados por la sombra, ni el descamisadito ni la niña la invitaban como antes. Pero la parte superior de la lamparita proyectaba un poco de luz sobre otra zona del tapiz que, insensiblemente, comenzó a atraer la atención de Silvia hacia una doncella de rosas en el cuello, que posaba sobre su amplio escote un dedo fino como un estilete.
Aquella muchacha yacía recostada sobre una piedra cuyas dureces atemperaba una manta con flecos. Miraba hacia arriba con los labios entreabiertos en un esbozo de sonrisa, y su naricita apuntaba al cielo. ¡Qué identificación sintió con ella! ¿No era acaso la amiga del cuadro que la esperaba para alguna confesión propia de su edad?
Para ella comenzó a leer en alta voz las cartas de Javier, y como precisamente la muchacha se interesaba en aquellos párrafos que más gustaban a Silvia, se los repetía una y otra vez... Pero tan apacible amistad se turbó, cuando un leve roce con la lámpara proyectó luz sobre la figura que estaba de pie junto a la joven. Al descubrirlo, le pareció ridículo con sus calzones de seda azulosa ceñidos al muslo, las medias que le contorneaban las pantorrillas como a una mujer y la pechera de encajes menudos que recordaban los pañuelitos de la abuela. No era difícil descubrir la relación entre aquel hombre y la muchacha, y Silvia sintió que el despecho la invadía, pues qué poca cosa debían de parecerle a su amiga del gobelino las cartas que ella recibía de un novio distante, si junto a sí tenía a su más absoluto igual, conformado por los mismos hilos de la misma trama. Y su simpatía se fue entremezclando con la envidia primero, y con los celos después.
Alejada de la doncella de las rosas en el cuello por aquel oscuro antagonismo, no podía, sin embargo, renunciar al gobelino porque el hombre iba cobrando más y más interés para ella, la iba envolviendo en el mismo hechizo que antes ejercieron los otros personajes de la tela. Pero ahora estaba sumergida en una total fascinación que le hacía ver atractivo el atuendo que antes encontrara ridículo, y que la mantenía alelada y dichosa frente a la prometedora mirada del joven y a la leve sonrisa con que la invitaba.
Él, por su parte, ya no prestaba atención a la lánguida doncella que yacía a sus pies, señalando inútilmente su seno de tela. Su mirada apenas rozaba a la muchacha, para proyectarse fuera del tapiz y caer directamente sobre Silvia, que lo contemplaba desde el sofá abstraída, dichosa.
Cuando una noche él se inclinó y le ofreció con antigua galantería su brazo, se estremeció. Ya no tenía que cuidarse de la abuela, que a aquellas horas dormitaba en la planta baja. Estaba sola y podía aceptar la invitación al instante. De nuevo crujió bajo su pie la superficie acordonada y casi terrosa; de nuevo el polvo y el tiempo se replegaron para abrirle una fresca y mullida senda que la conducía, por primera vez, a una cita de amor. Y no fueron solamente perfumes y colores los que animaron la tela en aquel momento, sino cálidas brisas y una música enormemente tierna que la ahogaba de felicidad y de incertidumbre. El hombre dio unos pasos hacia ella y Silvia avanzó también. Solamente tuvo un sobresalto cuando vio de cerca, allí, casi tendida a sus pies, a la muchacha que, a medio iluminar, la miraba con ojos desvaídos, envueltos en la rosácea amarillez del tapiz. Sobreponiéndose a aquella impresión, se refugió en los brazos que él le tendía y sintió que su mejilla rozaba el frío satín, mientras los menudos encajes de la pechera le cosquilleaban en la frente.
Una y otra noche acudió a aquel encuentro, sin preocuparse por los sentimientos de la muchacha de las rosas en el cuello. Él la esperaba con creciente y dulce ansiedad, y juntos se internaban por las veredas del gobelino, con las manos unidas, mirándose a los ojos, sin necesidad de hablar.
Terminados aquellos paseos, regresaba al sofá y, rendida de tanta emoción, se adormecía. Despertaba oyendo la voz de Leonor o la de Luisa, que le decían mientras le daban golpecitos en el hombro:
-Vamos, Silvia, ve para tu cuarto.
Algunas veces regresaba al saloncito por la mañana y se mantenía allí todo el día, en espera de que la noche volviera a convocar su dicha.
Otra vez se hicieron frecuentes las visitas del doctor, que ya no le decía, ¿cómo andamos, señorita?; sólo la miraba con cierto reproche, que Silvia no comprendía. Y Luisa, más lenta, más inexpresiva, reanudaba el viejo ir y venir con las bandejitas y los medicamentos. Inútil era que Leonor la invitara a dar algún paseo, ella apenas le prestaba atención. A duras penas lograban retenerla en la planta baja o en el jardín pues, con cualquier pretexto o sin decir nada, subía al saloncito para entregarse a su constante abstracción... Un día dejó de ver a su tía, y no supo que la abuela, apenas sombra de sí misma, se había erguido contra su noviazgo porque alguien le llevó cierto rumor; tampoco supo que Beatriz anunció que se iba al extranjero, ni que el hombre alto regresó una tarde y se sentó frente al sillón de la anciana.
-¿Por qué sacaste el dinero del banco?
-No te interesa... Hace mucho tiempo tomaste lo tuyo para irte de aquí.
-Es un peligro tener esa suma en la casa.
-No te interesa.
-Debes darle su parte a Leonor.
Recobró una lucidez agresiva y un poco irónica. ¿No sabes que ése con quien se va a casar es de los que desprecian el dinero? Después le dijo lo que siempre le había dicho a lo largo de toda la vida: Mejor te vas.
Pero aquella vez el hombre no asintió.
-Vengo a buscar a Silvia -dice Leal, que ha tenido una recaída.
Los labios comenzaron a temblarle, y la mano, con sus relieves de venas, se aferró al brazo del sillón: ¿Qué cosa?
-Vengo a llevármela, porque si está enferma no puede seguir sola contigo en esta casa.
Trató de incorporarse, sin lograrlo, y cuando el hombre acudió en su ayuda, lo rechazó con una feroz energía. Caía la noche y arriba, en el saloncito, Silvia encendió la lámpara junto al sofá. Se disponía a correr hacia los brazos de su amado en el momento en que la lánguida doncella, rebelándose contra su martirio, se levantó y entró en la zona de luz, alargando hacia ella las manos implorantes. Pudo ver, muy cerca, sus azules ojos y, aterrorizada, comenzó a gritar.
En la planta baja, el hombre y la anciana se miraron; él echó a correr escaleras arriba y trató inútilmente de calmar a Silvia, que se tapaba los ojos como una niña y seguía gritando. Venciendo el lastre de los años, la abuela llegó apoyada en su bastón y se precipitó hacia ella para rescatarla de su angustia. Con los ojos anegados de terror, la muchacha le tendía los brazos al tiempo que ordenaba y suplicaba: Es ella otra vez, abuela, la mujer de los ojos azules. ¡Trae el cuchillito para que me suelte!
-No es nada, hijita, no es nada -repetía la vieja mujer, atrayéndola hacia su pecho, en el cual la muchacha ahogó un último grito antes de perder la conciencia. La abuela reclamó la ayuda del hijo para sostener el cuerpo que se le escurría, pero el hombre estaba petrificado por aquella inesperada mirada hacia atrás. Mientras tanto, el cuerpo de la muchacha había rodado hasta el suelo, y la anciana se inclinaba sobre ella tratando de volverla a la vida con el conjuro que era su máxima expresión de amor-: Todo es tuyo, todo: la casa, el dinero, las prendas...Todo es tuyo, hijita, ¡todo!
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