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LA JIRIBILLA
TIEMPO DE ROSAS
Adelaida Fernández de Juan
(1961)
Pero los dos se separan
Llorando
Porque no
R.F.R.
Siempre le habían elogiado su modestia, sus maneras frágiles de ir por la vida como pidiéndole perdón a la tierra por soportarle el peso de su cuerpo, inesperadamente voluminoso para esa modosita forma de ser.
Aunque ella sabía que no era cierto, que muy adentro sentía volcanes casi imposibles de sofocar y a veces deseos de gritarle a la vida y de escupir al cielo, consideraba que ya que le iba tan bien con aquella imagen y había logrado tantos años al lado del mismo hombre, debía conservarla.
Después de todo, pensaba, ¿somos como creemos nosotros o como nos ven los demás? ¿Será que creemos que somos como quisiéramos ser, o como quisiéramos que los demás nos crean? De algo estaba segura: no era una mujer de pensamientos profundos. Aunque quisiera justificar su falta de sagacidad con le prisa de la vida, con sus cuatro hijos, con los constantes amoríos de su esposo y con los cuarentiún años que no quería tener, sabía hasta dónde podía llegar, apartaba de un plumerazo esas dudas de identidad y continuaba creyendo que aunque no era tan buena ni tan dulce como le decían, no debía cambiar absolutamente nada.
Algunas noches, cuando fingía creer que su esposo iba a esa impostergable reunión, y los cuatro hijos dormían, se daba el inmenso gusto de transformarse.
Todo sin prisas, con la perversidad y el placer morboso, insuperable, de lo prohibido. Comenzaba por embriagarse con el vino que sabía dónde esconder y, cuando empezaba a sentir deseos de gritar, se desnudaba y atravesaba los cuartos corriendo, buscando la música vulgarísima que detestaba y, una vez conectada la grabación, cubría su cuerpo con una bata escandalosamente roja, llena de lacitos y del encaje barato que había comprado para estas ocasiones.
Se soltaba entonces el cabello, encendía cuatro velas que colocaba en cada esquina dl último cuarto, el del espejo inmenso, y cigarrillo en mano, comenzaba a bailar. Siempre contemplándose, dejaba que la música la fuera rociando despacio. La cabellera negra, ensortijada, rebelde y de súbito liberada, le acariciaba los hombros con el vaivén cadencioso de la cabeza. Los pechos, aún reverberantes, se meneaban también liberados, y los pezones se insinuaban erectos sin razón, preparándose para lo que no iba a llegar.
A pesar de ser una mujer corpulenta, adquiría cierto aspecto de sirena delicada por los trazos borrosos que proporcionaban el humo de los cigarrillos, las sombras de las velas y esa atmósfera pecaminosa de que se cargaba el cuarto .
Allí gritaba cuanto quería, oculta bajo el ritmo de la música y, cuando le venían las lágrimas, que siempre llegaban, comprendía que debía detenerse.
No sabía nunca si lloraba por el lamentable aspecto de fracasada que estaba mirando en espejo o porque, al contrario, no podría asumir jamás esa naturaleza bravía con la que se disfrazaba, en las escasísimas noches de inmoralidad no compartida.
2
La mañana en que su esposo le comunicó la decisión de irse a trabajar al este del país por un mínimo de treinta meses, ella sintió que debía sentir pena y lo besó en el cuello murmurándole no vayas, por favor, aunque sabía que, de todas formas, se iría, y sintió también algo confuso que, como siempre, no pudo precisar, pero que se parecía demasiado al alivio.
No obstante, se enfrentó de pronto al temor de lo que vendría. Sola ella en la casona heredada, criando a sus cuatro hijos, uno por cada dos años de aparente felicidad junto a aquel hombre férreo que siempre encontraba una explicación para sus ausencias, y otra vez le suplicó No vayas, no voy a poder con tanto, aún sabiendo que se iría.
Era tan parca, tan a la medida, que no supo decirle que le perdonaba todo, las furtivas escapadas, las cartas que había encontrado en los bolsillos durante años, la mancha carmín en una solapa, las noches en blanco y la mirada vacía. Que incluso le perdonaba el terrible aburrimiento que sentía, todo a cambio de su presencia, aunque sólo fuera por el hábito de compartir el tedio, de llevar entre los dos el peso de esa vida imperfecta que habían escogido.
Para mantener su imagen de mujer impecable, se dedicó mas que nunca al cuidado de los hijos, velando por ellos con el remordimiento de ser responsable de la ausencia del padre, esquivando las preguntas y refugiándose en sus vidas y, al cabo de once meses se sorprendió de verlos casi hombres.
No había tenido ánimos para preparar su orgía privada, su espectáculo unipersonal, porque aunque tenía mas deseos de gritar que antes, ya no existía el placer de la venganza, ya no tenía a quién traicionar al convertirse en ese ser voluptuoso que se regocijaba con lujuria frente al espejo.
La primera alegría fue no tener a nadie que le preguntara por qué había polvo en los estantes y, gracias a ese insignificante detalle, comenzó a descubrir la dicha de la libertad, el oculto disfrute de la soledad que tanto había temido.
Poco a poco fue dejando de hacer las faenas que más detestaba, y se divertía contemplando las telas de araña que pendían de los techos, como colgajos sinistros que ya no la asustaban, y dejó que el jardín se desatara a su gusto, permitiendo que las ramas del rosal perforasen los ventanales de la sala y los jazmines se enredaran en la verja de la entrada.
Decidió que, como los muchachos partían desde el amanecer, había espacio de sobra en la casona, y que faltaba un toque de compasivo amor hacia los semejantes. Entonces fue recogiendo a cuanta gata encontró en los alrededores y las fue depositando en cojines de distintos colores que estuvo bordando para ellas.
Consideraba a las gatas semejantes a ella porque se le antojó que eran hipócritas, astutas y aparentemente dóciles como ella creía ser.
Como no recibía visitas, fue limitándose a arreglar estrictamente lo imprescindible para no ser sepultada entre las ramas y las gatas y, aunque cada día dejaba impolutas las camas y las ropas de cada hijo, terminó por abandonar su aspecto de mujer admirable.
Se cortó el cabello para no tener que peinarlo, dejó de comer para no cepillarse los dientes y, cuando notó que no necesitaba dormir, cedió con gusto su cama matrimonial a las gatas, que placenteramente ronroneaban, mientras ella dedicaba las noches a contemplarlas.
Casi podría decirse que era feliz, a pesar de la delgadez que mostraba su cuerpo alimentado con té de jazmín, la palidez de sus manos sin arreglar y la mirada desvariada conque vagaba por las terrazas, perseguida por su corte felina. Quizás fue su mirada lo que asustó al mensajero del correo cuando, a los quince meses de no dejarse ver, la encontró recostada en una hamaca, extrañamente sostenida entre dos ramas de rosal, y le repitió por cuarta vez que debía ir a la oficina postal a recoger un paquete que enviaba su esposo.
Fue una suerte que en ese momento llegaran los hijos, acostumbrados a esa mujer que recordaban como una santa en otros tiempos, y que ahora se reducía a una existencia flotante, como si ahorrara energía en cada movimiento; incluso en le habla, que había ido acortando cada vez más hasta ser escasamente comprendida por ellos. Fue una suerte que llegaran justo en el momento en que el mensajero pensaba dirigirse a la posta médica porque ella sólo había dicho Pronto.
Lo despidieron agradecidos, asegurándole que ella había querido decir Pronto iré a recoger el paquete. Sabiendo el esfuerzo descomunal que para ella significaría tener que arreglarse, buscar los documentos que daban fe de su matrimonio y trasladarse a la oficina postal, se ofrecieron a ir en su lugar. Ella los miró con la misma dulzura de los días en que los fue pariendo, y les dijo Debo ser.
Por primera vez en mucho tiempo, se dedicó unos minutos a sí misma y, vestida de su antigua figura, salió a la calle con su cartera de siempre, como si la hubiera usado el día anterior.
Las calles le parecieron aburridísimas y, aunque fue saludando a todos los viejos conocidos con la opaca cortesía que la había caracterizado, no quiso conversar con nadie, ni saber de los cambios que estaban ocurriendo en el país, sometido, según le pareció, a una crisis espantosa.
Recogió el paquete y no sintió ninguna emoción-estaba segura- al reconocer la letra de su esposo en la caja. Cruzó las avenidas con la calma de a quien nada le emociona y, casi llegando a la casa, creyó notar que alguien estaba contemplándola por detrás.
Se volteó nerviosa y entonces fue cuando lo vio. Un hombre joven, con los ojos más tristes y hermosos que ella había visto, la observaba con detenimiento, como si no estuviera seguro de que aquella mujer pidiera simplemente estar existiendo.
Se contemplaron, sorprendidos uno del otro, y ella se atrevió a decir No debemos.
El se limitó a sostenerla por un brazo y continuaron juntos el poco espacio que faltaba hasta que llegaron al jardín descomunal que ocultaba la entrada de la casa y se despidieron con un beso al aire, que ciertamente quería decir Hasta mañana.
Cuando los hijos la vieron entrar, corrieron hacia ella emocionados por la curiosidad del paquete que traía, pero se detuvieron asustados, porque ya no era la mujer que habían visto partir un rato antes. Algo indefinible, en no sabían dónde ni cuándo había cambiado. No podían explicarse qué o cómo había sucedido, pero la mujer que tenían delante estaba distinta, y no podían precisar si el cambio sería para bien o para pero, teniendo en cuenta, mal, ya estaba.
Es otra vez, murmuró ella, y dejó el paquete en medio del pasillo principal para que sus hijos lo abrieran. Ellos descubrieron que por primera vez no eran capaces de adivinar la frase completa que su madre había querido decir.
3
Es increíble lo mucho que puede suceder en un instante y lo poco que ocurre en mucho tiempo , pero lo verdaderamente asombroso es no saber cuándo es el instante, ni para quién es mucho o es poco, así que ella se tranquilizó , con su habitual té, y aunque dejó que las gatas poblaran su cama, no se dedicó a contemplarlas, sino que se recostó al pie del rosal y estuvo toda la noche intentando repasar cada minuto de la tarde anterior, porque no quería creer que estaba sintiendo, siempre insegura, que podía sentir.
Al amanecer, se aterró de pronto porque los recuerdos habían llegado al punto de la despedida y supo que el hombre de los ojos tristemente hermosos llegaría en cualquier momento y se espantaría al ver lo poco habitable que estaba su casona.
Ni había tiempo ni ella tenía fuerzas para despejar de ramas , flores y gatas cada rincón , así que decidió dejar todo como estaba y, luego de despedir a los hijos con un beso en cada frente, se bañó con hojas de guayaba, masticó unas ramas de orégano, ensartó una corona de picualas conque rodear su cabeza casi rapada y, con toda la calma del mundo, se sentó entre las lenguas de vaca a esperarlo.
Hace ocho años que te busco, dijo él, y se sentó a su lado sin otra intención, también dijo, que la de disfrutar junto a ella del sol que se filtraba entre las hojas incontables del jardín.
Ella, por supuesto, no le creyó y, con la naturalidad que se perdona únicamente a los niños y a los locos, se desnudó sin el menos asomo de pudor y lo llevó de la mano hasta el último de los cuartos. Allí se detuvo frente al espejo de los placeres y le fue quitando cada ropa con la boca, escupiendo los botones como si fueran dientes ociosos, rasgando la camisa y, por último, mordiendo los pantalones hasta que se abrazaron con la prisa de los condenados y se amaron con la intensidad de los que temen morir bien pronto.
No pronunciaron palabra y se despidieron sólo con la mirada, minutos antes del habitual regreso de los muchachos, ya casi al atardecer.
Esa noche ocurrió el primer cambio importante y consistió en la limpieza inesperada que los hijos no acaban de comprender, aunque ayudaron cargando cubos de agua que su madre lanzaba por techos y paredes, restregándolo todo con una escoba antiquísima.
Si bien el resto quedó en igual estado selvático, al menos se respiraba con mayor soltura dentro de la casa ,y ya no había que agacharse esquivando los ramilletes de polvo.
A la mañana siguiente, él regresó dispuesto, dijo cuando entró, a pasar el día escuchando las historias fantásticas que seguramente ella tenía reservadas en la memoria, porque una mujer tan peculiarmente atractiva debía haber vivido experiencias interesantísimas. Ella ni se molestó en contradecirlo. Le tomó las manos, lo llevó al cuarto del día anterior y le vendó los ojos con un pañuelo punzó, casi del mismo tono de su bata de jugar a ser mujer, que rápidamente se puso. Fue llevando todo lo necesario: La música, el vino , los cigarrillos y las velas. Ya en el umbral de la embriaguez, y con un cigarrillo en cada mano, conectó a todo volumen la grabadora, encendió las velas y sólo entonces permitió que él le mirara.
No hables, dijo ella, y comenzó a danzar sin mirarse en el espejo; directamente frente a él, llegando lentamente a un espasmo prolongado que dilató a propósito hasta que él no pudo resistir y se le abalanzó desesperado y estuvieron abrazándose hasta casi el atardecer.
Los hijos empezaron a preocuparse a los dos días de los cambios, no sólo porque se agotaban al cortar las ramas y las raíces que ella les iba indicando, sino porque cada día se comunicaba mejor y ya era capaz de pronunciar frases enteras, incluso la terrible Vamos a ir expulsando poco a poco a las gatas, que apestan demasiado.
No sabían si el aparente retorno a la normalidad sería un signo de mayor locura ni a qué tendrían que acostumbrarse a partir de ahora porque, definitivamente, no era la misma.
Luego de las primeras semanas, ella consideró oportuno cambiar de sitio para el amor, toda vez que el cuarto del espejo le comenzó a parecer estrecho, y el humo de las velas que se consumían hasta el final, le molestaba al hombre de los ojos tristes y hermosos, y le hacía estornudar con cada paroxismo de placer.
Colocó entonces una enorme bañera en la última terraza, la llenó de agua tibia, la roció de verbenas y de flores de manzanilla y lo esperó como cada mañana.
Se sorprendió de su tardanza, pero se mordió la boca antes de preguntar y con la sonrisa de todos los días lo desnudó y lo acompañó hasta la sorpresa que le había preparado.
Primero se sumergió ella, hasta que las flores y los gajos le cubrieron el cuerpo y luego lo atrajo, con la habilidad que había adquirido a través de sus fantasías de tantas noches en vela.
Bastante antes del atardecer, él le pidió que lo secara, el sol no llegaba hasta el fondo del agua y empezaba a resfriarse, dijo. Ella sonrió una vez mas, lo abrigó con el tohallón blanquísimo que tenía preparado y se despidieron con un beso frío, por la falta de sol y el exceso de agua, Dijo él.
Esa noche sus hijos creyeron que las fuerzas se les agotaban. Su madre había decidido pintar las paredes, puertas y ventanas, y estuvieron hasta el amanecer retocando cada esquina, sin comprender el motivo de la prisa y de ese nerviosismo contagioso que mostraba ella, corriendo de un sitio a otro, dando órdenes contradictorias y llorando sin consuelo.
Cuando salió el sol, que ya penetraba con facilidad por las ventanas de los cuartos, los muchachos partieron a regañadientes, soñolientos y cansados, y ella se sentó perfectamente vestida, maquillada y con el peinado de moda, para esperar pacientemente al hombre que más pacer le había dado en la vida y suplicarle que , por favor, no regresara jamás.
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