| LA JIRIBILLA PAGINAS DE CELESTINO La Asociación Hermanos Saíz de Holguín, convoca cada año al Premio Celestino, en el género de cuento, que rinde homenaje al personaje de la novela Celestino, antes del alba, de Reinaldo Arenas. En la última edición un jurado integrado por Jesús David Curbelo, Abilio Estévez y José Luis García, premió a "Jazzmanecer o devuélveme la perla", de Luis Felipe Rojas, y a "Demasiado papel volando", de Michael H. Miranda Dean
Luis Reyes | La Habana Debería ser siempre así: el resultado del concurso es hecho público, usted resulta sonsacado por la novedad de títulos y autores y al mes tiene en sus manos el libro. Esa ha sido la suerte merecida por los relatos finalistas y premiados en la edición del año 2000 del Premio Celestino de Cuento: el prólogo del volumen está fechado en enero del 2001 y el cuaderno pasó hace días entre las hambrientas fauces de esta polilla que soy. Los cinco autores antologados ahora -según el criterio de Jesús David Curbelo, integrante del jurado junto a Abilio Estévez y José Luis García-, coinciden por su "deseo de romper con la rutina narrativa de los trillados cánones al uso y la comprensión de que es preciso, quizá, comenzar a contar otro cuento. O sea, el cuento de las angustias existenciales (con ahondamiento sociológico y demás), metafísicas, estéticas, y no sólo insistir en la consabida crónica de la realidad circundante con todo lo que entraña de ético y sociológico". Hacia allí parecen avanzar las visibles madureces del cuento cubano escrito por gente de poca edad, pero si se revisan los textos del Celestino del 2000 uno descubre otros matices y señales. Quizás a todos los autores acomode el apotegma según el cual los escritores jóvenes, a falta de vivencias personales sustentadas en una abultada biografía, suelen echar mano a estilos provocativos, con ambiciones de totalidad, por momentos enfáticos en lo que a la forma atañe -y posiblemente ello explique en parte la polución de experimentos que uno encuentra en los últimos tiempos. Un fundamento macizo de cuanto digo viene a ser la carestía de relatos rectos, directos, realistas sin embozo y traslúcidos (aunque no tanto como para vaciarse de misterios). Hay una
coincidencia casi unánime en estos cinco cuentos:
los relatos arrancan con un narrador divagante,
que utiliza supuestos desconocidos para una
lectura inicial, cual si no se tuviera muy claro
cómo empezar a decir; hace falta una segunda
lectura para sentir revelarse el sentido global.
Ello supone cierto desgano en la apuesta que al
lector se hace, y que este debería
irremediablemente aceptar para seguir la suerte
del lance justo hasta el punto final por una
razón más sustancial que la mera disciplina.
Pero huele poco menos que a derrota tener que
repasar para sacar en claro de qué va una
historia y qué lógica se funda tras la
ilogicidad inmediata del conjunto. El texto premiado ("Jazzmanecer o devuélveme la perla", de Luis Felipe Rojas) es un prodigio de lo opuesto: bulle sin referentes reales inmediatos, amaga con intertextualidades retozonas donde se cruzan Martí, Rulfo y John Coltrane, construye un cosmos desconocido y a£n así intuible si uno se abandona a las reglas únicas que propone. Es cuestión de hacer un pacto, como si dijéramos al autor: Bueno, mi socio, ya sé que te propones engañarme, pero hazlo de manera que no pueda reparar en ello. "Demasiado papel volando", título de Michael H. Miranda que compartió el premio único, es un cuento que su autor debió dejar madurar más. No porque me sea cercana la angustia que lo surca dejo de pensar que el distanciamiento de la biografía personal genera relatos más concisos, anillados a una tesis sustancial. Pero Michael posee, paradójicamente, una capacidad para trasvasar ese mundo interior que mira las regiones sociales en que habita a través de un estilo entre confesional y ensayístico, de puro razonamiento sobre la condición interior que lo atenaza, donde lo testimonial no tiende tanto a la pose de denuncia, que avecina literatura y panfleto. "Cómicos y muertos", de Edurman Mariño, enriquece la certidumbre de que el virtuosismo formal es territorio ganado para la narrativa reciente. Ya resulta extraño toparse con cuentos deslavados, técnicamente desaliñados; pero eso no es suficiente cuando la vocación simbólica de un relato no justifica su "oscuridad", o la arribazón de detalles descriptivos no del todo funcionales al propósito alegórico pretendido. Con todo y la capacidad plástica de historia tan hermosa, hay sobreabundancia de adherencias que no se justifican m s que en calidad de exquisiteces dentro de un lienzo prolijo. Funciona menos esa construcción contradictoriamente densa en "El hijo de la Húngara" (Noel Castillo), cuya actitud metatextual lo complica todo, a causa de esa ansiosa vocación panóptica que desemboca en un cuando menos curioso diseño laberíntico del relato donde, de todas maneras, la búsqueda expresiva no redunda en placer. Comparte el cuento de Noel con "La carne, los sentimientos y el enemigo", de Carlos Esquivel esa dificultad que exige más del lector (y del crítico), aunque la suya tiene otro origen. Resulta que en este último relato impera la impronta lírica, la organización de un discurso bien cercano a la poesía, de frondosa adjetivación y una "oscuridad" elegida o natural. Eso se percibe en la cadencia endecasílaba y las construcciones metafóricas que proponen una espesura determinada al discurso literario percibido al leer, tangible casi; a diferencia del tono más circunspecto y comunicacionalmente pragmático de la prosa típica. Esa tendencia acude a algunos de nuestros narradores emergentes, poetas conversos o que alternan uno y otro registro, aunque cuando un tono y otro se interfieren queda la sensación de equívoco o traición. Cierto es que cada quien escoge el tono narrativo que más se avenga con sus vísceras, pero el ritmo propio de la prosa exige ese definitorio respeto por el sentido recto de las frases y que la acumulación de personajes, sucesos y acciones precipite otras lecturas, densidades, alcances. Por aquí andan las colisiones propias de la narrativa nacional, la bullente identidad en construcción que supone la diversidad de voces, iluminaciones y yerros. A todo eso aporta el "Celestino" un posible preludio de madurez que ojal nunca sea la retórica y el acabamiento de la aventura sino m s bien el tiento de lo posible (a ver si no se agotan las razones para especular). |
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