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Centenario de José Lezama Lima |
(c) La Jiribilla, 2010 |
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Lezama persona |
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Roberto Fernández
Retamar |
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momento entre óleos de Mariano y manchas de
humedad,
Junto a un grueso jarrón de bronce cuneiforme,
Y el soplo ladeado de la voz de doña Rosa,
anunciando
Que Joseíto viene para acá: anoche
No ha dormido bien usté sabe Retamar cómo es el
asma,
Era lo necesario para que llegara bamboleándose
Y su palma húmeda pasara a encender el tabaco
posiblemente eterno
A dar ceremoniosamente la mano que alzaba
aquella gruta a palacio,
Aquel palacio a flor de loto conversada, a
resistencia
De guerrero o de biombo de Casal.
Recogíamos el último número de Orígenes, olorosa
aún la página
Con algo de Alfonso Reyes o versos de un poeta
de veinte años,
Y no hacíamos demorar más el ritual del Cantón.
Adelaida había guardado para entonces su
silencio,
Rajado a momentos por su mejor risa valona.
La noche se abría, por supuesto, con mariposas.
Aparecían platos suspensivos, bambú y frijoles
trasatlánticos
Junto al aguacate y la modestísima habichuela.
Ya habían saltado del cartucho previas
empanadas,
Y por encima de alguna sopa y del marisco
misterioso,
La espuma de la cerveza humeaba hasta adquirir
la forma
De una Etruria filológica, calle Obispo arriba,
Posiblemente con Víctor Manuel, una pesada
mañana de agosto.
Tú serás el animal, oigo decir todavía.
Los ojitos desaparecen por un instante
(Después de haber brillado como ascuas húmedas),
Tragados por la risa baritonal primero, luego
aflautada
En el Bombín de Barreto.
O, grave
(Esto es más bien en sillones, frente a un
obsesivo dibujo de Diago,
Un cuerpo que se curva o quizás se derrite),
La evocación sobre los tejados de La Habana,
La forifai en la mano de D’Artagnan, cruzada con
la otra
en el cuadro de Arche
(Pudo haber sido Arístides Fernández),
Y detrás un parque que siempre me ha hecho
pensar
En la plazoleta de nuestra Universidad,
De donde baja con risa la manifestación hacia la
muerte.
Todavía nos esperan extrañas aves
Posadas en los adverbios, arpas para ser reídas
hasta la última cuerda,
Cimitarras entreabiertas, abandonadas por el
invisible camarero
Que sirve el té frío con limón, porque aquí el
café es muy malo.
Aunque, a la verdad, no puede pedirse más por un
peso.
Infelices los que sólo sabrán de usted
Lo que proponen (lo que fatalmente mienten) los
sofocados
chillidos de la tinta;
Los que no habrán conocido el festival marino,
Aéreo, floral, excesivo, necesario,
De una noche del restorán Cantón –de una noche
del mundo
Girando estrellado en torno a La Habana que nos
esperaba afuera
Con billetes de lotería, algarabías
descascaradas, y el viento arrastrando
Papeles de periódicos infames, y un mendigo
más desesperanzado que su sombra.
7 de septiembre de 1965.
Publicado en: Poesía reunida. La Habana,
1966. |
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En 1965 escribí el poema “Lezama persona” en el
que traté de evocarlo a partir de detalles más
bien cotidianos. Aludo allí, por ejemplo, a
ocasiones en que salimos a cenar juntos. No
obstante ser un hombre pobre, cuando cobraba
acostumbraba convidar a sus amistades más
cercanas a comer en algún restorán habanero. Con
mi esposa y conmigo, como después se verá que lo
recuerda en sus cartas, fue más de una vez a
sitios donde vendían comidas chinas, en general
bastante humildes y baratas, pero que él
magnificaba y veía feéricamente. Sin embargo, lo
curioso en Lezama es que supo vivir de modo
feérico y tener, a un mismo tiempo, los pies
afincados en la tierra. Comunión que se aprecia
también en su obra literaria, hecha de los
elementos más suntuosos o fantásticos y de las
cosas más inmediatas. Una de las frases de mi
poema, “La forifai en la mano de D’Artagnan”,
remite a una de las muchísimas observaciones
pintorescas que le oí. Era durante la última
etapa, atroz, del batistato, y en la plática con
él me manifestó: “En un momento determinado, la
página se quedará en blanco, porque no admitirá
ya la escritura. A mí no me agarrarán entonces
en mi casa, sino que tendrán que cazarme por los
tejados de La Habana, donde estaré con mi
forifai (revólver forty five) en la mano.”
Aquella imagen (Lezama pesaba alrededor de
trescientas libras), imagen en verdad
alucinante, la incorporé a mi texto. Hay también
una oración, “Tú serás el animal”, que proviene
de otra conversación que sostuvimos. Le hablaba
sobre los feroces ataques que él recibía de los
mediocres, y que casi siempre le acompañaron,
como los ladridos a los caballos que galopan.
Aquella vez, cuando le mencioné la jauría
variopinta, Lezama evocó a un poeta maduro de
otro país al cual sus mezquinos enemigos
literarios atacaban con furor, y que en una
oportunidad le dijo a uno de sus jóvenes amigos
que tocó el desagradable punto: “Algún día tú
serás el animal”, lo que Lezama me anunció con
malicia y tristeza: y, como experimenté después
(también yo era joven entonces), con razón.
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Roberto Fernandez
Retamar |
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(c)
La Jiribilla, 2010 |
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