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En mi artículo “El falso
mapa de Ted Henken”,
publicado en este blog
el 9 de junio de 2011,
advertía que existe una
manifiesta intención de
establecer puentes de
acceso público o de
visibilidad para la
contrarrevolución
cubana, que esta no
puede conseguir por sí
misma, al carecer de
liderazgos auténticos en
la sociedad. Uno de los
medios es la
contaminación del
espacio crítico
revolucionario. Anular
la diferenciación entre
la derecha, asociada a
diferentes formas de
implementación del
capitalismo (en nuestros
días, las diferencias de
políticas económicas
entre los Blair y los
Cameron en Gran Bretaña,
o entre los Zapatero y
los Rajoy en España, son
invisibles para los
propios electores de
esos países, que
castigan a unos y a
otros en las elecciones,
sin otra opción posible,
según estén estos en el
gobierno, cuando
comprueban que se
repiten los resultados)
y la izquierda. Términos
ambiguos, ya lo he
dicho, sobre todo porque
la derecha ha construido
su propia izquierda, que
se nos vende como
democrática, pero que es
funcional al sistema, a
veces más funcional que
la presunta derecha; y
porque la izquierda
revolucionaria todavía
no acaba de superar la
parálisis teórica en
torno a sus errores y
desvíos históricos.
La contaminación del
espacio crítico parte de
la aceptación de que el
imaginario social cubano
es de izquierda
revolucionaria. Por eso:
–El primer objetivo y el
de más alcance, es
quebrar la identidad
histórica entre Gobierno
y Revolución
(presuntamente, el
Gobierno cubano
construye hoy en secreto
un nuevo capitalismo).
Se aprovecha, de forma
oportunista, la ausencia
pública del máximo
inspirador del proyecto
revolucionario
histórico, el compañero
Fidel. Y se construye el
“estigma” artificial de
“oficialista”, en
oposición al de
“independiente”, para
calificar a quienes
defienden el proyecto
revolucionario. La
alianza de una supuesta
izquierda —que declara
estar más a la izquierda
que los gobernantes
cubanos— y una muy clara
derecha en la subversión
del Estado
revolucionario, para
construir un Estado…
¿democrático burgués?,
con el aplauso y los
fondos de todos los
imperialismos, resulta
una evidencia
esclarecedora.
–El segundo objetivo es
la contaminación de ese
imaginario con
presupuestos de una
izquierda no
revolucionaria,
restauradora del
capitalismo, que utilice
a conveniencia la
terminología
revolucionaria y eluda
las definiciones para
pasar inadvertida; que
aliente el combate
contra el Gobierno
cubano “por no ser
suficientemente
revolucionario”, y que
simultáneamente teja una
urdimbre conceptual que
“supere” la visión
revolucionaria. Ese
“nuevo” pensamiento
pretende abolir el
dilema
“socialismo-capitalismo”
y sustituirlo por uno
falso:
“democracia-totalitarismo”.
¿Habrá que explicar, a
estas alturas, que la
democracia real es
anticapitalista, y que
el capitalismo es por
naturaleza totalitario?
En el mundo caótico en
el que vivimos no puede
concebirse una izquierda
que no sea
anticapitalista.
–El tercer objetivo
sería entonces romper el
nexo histórico entre
rebeldía juvenil y
Revolución. Contaminar
el espacio de la crítica
revolucionaria, es
decir, incorporar en él
a la crítica
contrarrevolucionaria.
Hacer que la Crítica
pierda sus apellidos,
para legitimar a los
actores invisibles de la
contrarrevolución. Se
estimula un concepto
antiheroico de la
rebeldía sustentado en
el cansancio, en la
renuncia a ser
diferentes, en la
aceptación acrítica del
consumismo, en el
individualismo burgués.
La rebeldía asociada al
cuerpo, a la moda, a la
irreverencia, que
intenta oponer a jóvenes
y viejos. Que lo rebelde
se convierta en la
negación de lo rebelde:
la crítica despiadada a
la Revolución desde el
hastío y la exigencia
individual(ista) de “una
vida mejor”. Se
manifiesta como
negación, no como
superación.
Frente a este juego, a
veces perdemos tiempo
señalando el sentido
mercenario de los
actores. ¿Perdemos
tiempo? No puede
obviarse ese “detalle”
—que en todos los países
del mundo conlleva
largas penas de cárcel—,
pero el enemigo intenta
convertirlo en una
discusión bizantina,
retórica, que solo tiene
demostración en casos
aislados. Algunos
involucrados en la
recepción del dinero
sostienen con cinismo
que es lícito recibir
“esa ayuda”. Eliécer
Ávila, por ejemplo, que
es presentado como “un
joven cubano”, lo dice:
“La única manera que
usted logra [hacer
política] es obteniendo
algún tipo de
financiamiento. Y es
cierto que a veces, en
la búsqueda de uno estar
vivo políticamente, es
cierto que hay personas
que pueden aceptar algún
tipo de ayuda que en un
futuro pueda
comprometerlos”. Hay
diversos frentes de
batalla, pero el más
importante es el de las
ideas. Mi enemigo es
todo aquel que intente
restaurar el capitalismo
en Cuba, reciba dinero o
no de una potencia
extranjera. Porque aún
si lo hace desde la
honestidad de sus
creencias, lo sepa o no,
con ello sirve al
imperialismo; y el
triunfo de sus intereses
en Cuba es, quiéranlo o
no esos defensores de la
fe del Capital, la
derrota de la soberanía
nacional y del proyecto
martiano de República,
que se sustenta en la
justicia social.
El agente revolucionario
Raúl Antonio Capote,
infiltrado en la CIA,
fue instruido por esta
para crear un proyecto
cultural similar al de
Estado de SATS.
Proyectos análogos
fueron utilizados con
anterioridad —lo que
está documentado en
informes desclasificados
de la CIA—, en países de
Europa el Este. Capote
fue “quemado” como
agente revolucionario, y
apareció Rodiles.
Probablemente Rodiles,
que invita a sus
actividades a
funcionarios de la
Oficina de Intereses de
los EE.UU. en Cuba (como
se conoce, estos
funcionarios son en su
mayoría agentes de
inteligencia de ese
país), sea agente o
colaborador de la CIA.
Digo probablemente, no
puedo probarlo porque no
es mi trabajo, sigo un
razonamiento lógico;
pero si no lo fuera, les
hace su trabajo. “Su”
centro no es un espacio
de estudio o de debates
académicos abiertamente
identificado con el
liberalismo, es decir,
con el capitalismo, no
busca la verdad
científica sino el poder
político, su misión es
subversiva. La pregunta
es: ¿es legítima la
existencia en Cuba de un
centro político que
alienta la subversión
desde criterios
francamente liberales,
con el apoyo abierto del
imperialismo
estadounidense?
En el libro
Cuba, ¿revolución o
reforma?
preguntaba: “¿Aceptamos
que existe una guerra
política que pretende el
cambio de sistema en
Cuba, es decir, la
restauración del
capitalismo? ¿Aceptamos
que esa guerra es
alentada, promovida,
incluso financiada desde
el exterior, por
intereses no cubanos,
con independencia de que
existan cubanos que la
respalden?, ¿que más
allá de la posible
existencia de
“asaltantes de fe”
(personas convencidas
del ideal capitalista),
lo que prima en el
asalto y determina el
sentido de esa guerra de
reconquista, son los
intereses de poderosas
esferas de poder (expropietarios
nacionales,
trasnacionales y
gobiernos
imperialistas)?” Más
adelante reproducía una
esclarecedora reflexión
del archireaccionario
activista español Juan
Carlos Castillón,
publicada en Penúltimos
días: “Pocos luchan
mejor por sus países de
adopción que los
inmigrantes [...] Posada
Carriles ha sido soldado
estadounidense en tiempo
de guerra y eso le da
derecho a estar en EE.UU..
(…) Porque aunque nos
hayamos olvidado de ella
y la hayamos relegado a
ese cajón en que se
guardan los recuerdos
molestos, la Guerra Fría
fue una guerra real. Una
guerra en la que
participaron numerosos
exiliados en contra de
los estados que dirigían
sus naciones.”
¿Terminó la “guerra
fría”? La actual puede
enarbolar los más
disímiles nombres, pero
pretende lo mismo:
imponer relaciones
mercantiles que se
subordinen al gran
capital financiero y
descarriar o derrocar
cualquier intento por
encontrar caminos
alternativos. Es una
guerra no declarada, y
sin embargo pública: el
Congreso estadounidense
aprueba todos los años
millonarias sumas para
la subversión en Cuba y
mueve otras de manera
menos visible,
disfrazadas de premios,
proyectos y becas, para
apoyar a activistas
“independientes” y para
comprar a intelectuales
y periodistas, como
sucedió durante el
juicio a los Cinco
antiterroristas en
Miami. La batalla de
ideas, la guerra
cultural, se hace más
intensa y más sutil. La
contaminación de los
espacios es uno de
ellos.
Hablemos claro: la
“democracia” capitalista
que se nos vende no
contempla a los
comunistas en el poder;
la democracia
revolucionaria que
defendemos, no contempla
a los capitalistas en el
poder. Así de sencillo.
Por eso resulta
incomprensible desde la
buena fe, que algunas
personas que se definen
en la super izquierda
defiendan —desde
categorías francamente
burguesas—, el “derecho”
político de los
propugnadores, pagados o
no, del capitalismo
neocolonial. El abrazo
nacional no puede
producirse en la orilla
capitalista. La
aceptación de lo diverso
parte de reconocer que
el socialismo (no
socialdemócrata, hablo
del anticapitalista) es
la plataforma nacional.
La necesaria unidad de
la nación no presupone
la homogeneidad del
pensamiento, ni la
unanimidad de criterios,
debe estimular el debate
y la crítica
revolucionarias, siempre
en oposición a las de la
contrarrevolución; pero
la unidad de la nación
la proporciona el
proyecto colectivo de
justicia social,
anticapitalista, que
garantiza y es
garantizado por la
soberanía nacional.
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