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En 1967 el famoso Salón
de Mayo del Museo de
Arte Moderno de Francia
trasladó su sede, luego
de la exposición en
París, a La Habana. Las
pinturas y esculturas se
ubicaron entonces en el
recién construido
Pabellón Cuba, ubicado
en una de las arterias
más modernas y
concurridas de El
Vedado, conocida como La
Rampa. El Pabellón se
convirtió así en la
primera locación del
continente americano que
fungiera como anfitriona
del renombrado Salón.
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La iniciativa de tan
importante exhibición en
tierras cubanas se debió
fundamentalmente a
Wifredo Lam. Colaborador
habitual del Salón
durante sus estancias
parisinas, Lam siempre
estaba atento a tender
lazos constantes que
integraran su país natal
con el arte del
mainstream, sobre
todo el que tuviera su
centro irradiador en la
capital francesa. Su
posición como uno de los
artistas significativos
en el mundo
internacional, así como
su relación con Picasso
y otras figuras señeras
del arte contemporáneo,
le permitían aumentar su
poder suasorio en cuanto
a iniciativas del género
que comento ahora, las
cuales implicaban un
magno esfuerzo
organizativo. Así, con
el apoyo decisivo de las
organizaciones
culturales cubanas,
fueron trasladadas a
Cuba, una vez clausurado
el Salón en París, sus
piezas expositivas. Lam,
además, encabezó un
significativo grupo de
artistas y escritores
vinculados al Salón, que
arribaron a La Habana
para visitar la Isla,
ofrecer charlas y
conferencias y, quizá lo
más relevante añadido a
la muestra de las piezas
del Salón, participar en
otra iniciativa
originada por un antiguo
deseo de Lam.
Me refiero a la
ejecución de un magno
mural colectivo, idea de
la cual había hablado el
artista cubano desde
hacía años. En La
Habana, tal idea cobró
cuerpo y se procedió a
la ejecución del mural.
En él trabajaron cien
artistas y escritores
europeos y cubanos. Se
diseñó en el amplio
espacio rectangular una
cuadrícula en forma de
una espiral; se numeró
el centenar de casillas:
el número uno, al centro
mismo de la espiral,
correspondió, como era
de esperarse, al propio
Lam, quien procedió a
pintar, en medio de un
silencio impresionante,
esas formas romboidales
tan características en
su obra, que pocos años
después devendrían el
símbolo de la Bienal de
La Habana. Pintores,
escultores,
caricaturistas,
diseñadores, poetas,
narradores de diversos
países se unieron a sus
congéneres cubanos para
realizar, en una noche
alucinada que llenó a La
Rampa de canciones,
danzas, música,
bailarines de Tropicana
y público espectador,
hasta haber finalizado
el mural ya de
madrugada. Una vez
terminado el mural, este
se exhibió en el
Pabellón Cuba. Con
posterioridad fue
trasladado a la Casa de
las Américas en La
Habana. En la
actualidad, tras una
profunda restauración,
permanece en los fondos
del Museo Nacional de
Bellas Artes de Cuba, en
su edificio de Arte
Cubano.
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Es sin duda un hecho
relevante en el
historial de un salón de
artes plásticas de la
importancia del Salón de
Mayo, que su inicial
presencia americana haya
sido precisamente en La
Habana. Si a esto
añadimos el hecho de que
no pocos artistas y
escritores hayan
acompañado la muestra y
hermanado a sus
pariguales cubanos para
la realización de una
obra conjunta como fue
el mural colectivo, debe
reconocerse como un hito
en el devenir de los
eventos significativos
del historial del arte
contemporáneo. Alain
Jouffroy, partícipe y
testigo de excepción del
evento, ha escrito
recientemente sobre el
mural que “sería bueno
que se quisiera leer
conmigo como una especie
de mapa del mundo
cultural tal y como se
lo podía ver y sentir en
Cuba durante los años
60.” Décadas después, es
bueno recordar, en no
poca medida gracias al
entusiasmo de Wifredo
Lam, los momentos en los
cuales, para el mundo
cultural, París estuvo
en La Habana, estuvo en
el Caribe. |