La Habana. Año XI.
1 al 7 de SEPTIEMBRE
de 2012

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Josefa Bracero
“La radio: El sonido que me acompañará siempre”
Paquita Armas • La Habana
Foto: Petí (Cubadebate)

Durante el periodo en que Josefa Bracero fue vicepresidenta del ICRT para la radio, oí algún que otro comentario sobre su manera de actuar: que si era dura, que si decía la última palabra… En esa época yo trabajaba en Radio Reloj y, realmente, ella siempre me escuchó y no reprobó ninguno de mis trabajos (hasta donde sé).

Hoy no encuentro a nadie de la radio que no extrañe esa suerte de locomotora que logró echar a andar nuevas emisoras y restauró otras, impulsó la producción dramática, apoyó los festivales, en fin, una mujer con criterio que batalló hacia arriba y hacia abajo por defender ese medio de comunicación que ha sido uno de sus más grandes amores.

Pero hoy no entrevisto a Josefa como una destacada funcionaria, sino como una artista que tiene, entre otros reconocimientos, tres premios de la Caribbean Broadcasting Union por igual número de documentales culturales para radio, varios Caracol otorgados por la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC) y premios 26 de julio de la Unión de Periodistas de Cuba (UPEC). Además, es Premio Nacional de Radio y Artista de Mérito del ICRT, ostenta la orden Ana Betancourt y fue seleccionada como cuadro destacado del Estado cubano.

Si a esto se añade que en el inicio del periodo especial le practicaron la primera operación a corazón abierto y 11 años después la segunda, se puede entender por qué sus subordinados, incluso aquellos que la criticaban cuando era la jefa, hoy la recuerdan con cariño y nostalgia, aunque celebren con ella la publicación de cada uno de sus libros y los textos que da a conocer en el Portal de la Radio Cubana en Internet, entre otros medios.

 

¿Cuándo escuchaste radio por primera vez? ¿Qué te sucedió?

Esa pregunta es difícil de contestar, porque cuando busco y rebusco en mi memoria pienso que acaso los primeros sonidos de la radio que recibí penetraron en mis sentidos desde la más temprana edad. Tal vez, en el vientre casi adolescente de mi madre sintiera el latir característico de ese lenguaje cautivante, capaz de trasladarnos de un punto a otro de la geografía, unir las distancias y cambiar el curso del tiempo para hacernos soñar, mediante las voces y la música que abrían grietas en el espacio para acercarnos a un mundo desconocido y dejar una fotografía en nuestros recuerdos.

Fue ella quien me sumergió en la fantasía de un mundo imaginado.

Si fuera a contarlo como un cuento de hadas diría: Éranse una vez aquellas voces que no se sabía de dónde llegaban, pero que se sentían muy cerca, como si estuvieran allí rodeándonos, esclavizándonos. La familia solo suspiraba. Había que hacer silencio, solo ellos hablaban. Para los más pequeños, eran voces angelicales que nos decían al oído palabras desconocidas.

Pero, ¿qué era aquello de “ábranse las páginas sonoras de La novela del aire, para llevar a ustedes la emoción y el romance de un nuevo capítulo”; o que un señor llamado Rafael del Junco se pasara más de un mes sin querer hablar? En mi casa todo el mundo se mantenía alerta como el que está al lado de un ser querido muy enfermo. ¡Qué maravilla era aquella que hacía olvidar a la gente sus propios problemas! Y los más pequeños nos preguntábamos: ¿Cómo llegaban esas voces a la caja cuadrada, que en mi casa llamaban radio, qué magia era aquella? ¿Cómo eran esas personas: bonitas, feas? Lo cierto es que comenzábamos a conocerlas por la voz, nos enamorábamos de aquellas voces bien timbradas y se producía el hechizo. Para mí, hasta 1952, cuando llegó la televisión a Camagüey, eran los queridos rostros de la fantasía. Tengo que confesar que en la mayoría de los casos se reafirmó la admiración, pero en algunos se rompió el hechizo. En cuanto a los hombres, el príncipe azul había desaparecido; pero quedaba para siempre su voz, el rostro imaginado.

Si no hubieses nacido en Camagüey, ¿hubieras sido locutora?   

Lo hubiera sido y tal vez mucho antes, porque en provincia siempre existieron prejuicios hacia el mundo artístico y más en Camagüey, territorio de mayor poder adquisitivo, más aristocrático. En algún momento se nos señalaba como pueblo orgulloso; pero siempre me gustó leer mucho y hablar, declamar, en fin, comunicarme. Era la maestra de ceremonia en las escuelas.

¿Cuánto tiempo dirigiste la radio en tu provincia natal? ¿Qué aprendiste?

Fue un proceso, porque llegué a la radio a través de una convocatoria para locutores y tuve la suerte de ser seleccionada entre 40 aspirantes junto con otro compañero brillante, Rafael López. En aquel momento yo era Jefa del Departamento de Financiamiento Agropecuario del Banco Nacional en las dos provincias camagüeyanas y, por supuesto, tuve que dejar un salario de más de 300 pesos, deducidos los impuestos; pero lo hice feliz, además de que pude dedicarme a lo que siempre aspiré, ya los controles económicos se habían esfumado de mi campo de acción —nunca fue mi intención volver a dirigir, lo había hecho desde 1960 en el INRA, la ANAP, el BNC—.

Como locutora te puedo decir que hice la primaria, la secundaria, el preuniversitario y la universidad, porque incursioné en todas sus gamas, incluso fui la primera locutora en Cuba que narró novelas. Llegar cuando Alejandro Lugo preparaba el grupo dramático y ser invitada por él, que siempre me insistió para que fuera actriz, fue mi gran privilegio. A eso debo añadir que Camagüey fue siempre una plaza muy fuerte, de las primeras que tuvo una emisora (fundada en enero de 1924), en aquel momento la mejor dotada fuera de La Habana; pero sobre todo siempre contó con una pléyade de las mejores voces del país —ya en 1939 formó el primer Colegio de Locutores de Cuba—.

No por gusto el 1ro. de diciembre de 2003, Día del Locutor, se le otorgó a Camagüey la Distinción de Ciudad Histórica de la Locución y a Ciego de Ávila, la de Capital de la Locución Cubana.

Y esos especialistas me aportaron los conocimientos, la técnica para poder desarrollar mi vocación. Cuando logré sentarme frene a ellos, micrófono RCA 44 por medio, para hacer en vivo el Noticiero provincial de radio, fue para mí la mayor realización. Era la primera mujer en hacerlo en Camagüey.

En 1980 me nombraron directora de la radio en Camagüey. La programación contenía todos los géneros dramáticos, al igual que una cadena nacional. A eso se añadían, una emisora de música instrumental y cinco cadenas municipales, además de la corresponsalía de la Televisión Cubana. Asumí el trabajo sin abandonar los programas que locuteaba y además escribía y dirigía, hacía los pases con informaciones diarias a los noticieros nacionales, los actos públicos y otros hechos noticiosos, porque si algo tiene un municipio o provincia es que aprendes el oficio completo de hacer radio. En 1985 tuve el privilegio de ganar la sede del Primer Festival que se otorgaba por los resultados del trabajo.

Todos estos conocimientos me aportaron mucho, pero tengo que confesarte que desde el punto de vista de la experiencia como funcionaria de la radio, la provincia, constituyó el nivel preuniversitario.

Durante 19 años y cuatro meses dirigiste la radio en Cuba, ¿me podrías hacer una síntesis de cuántas emisoras se fundaron, cómo crecieron los dramatizados y otros aspectos importantes que recuerdes de ese tiempo que, a propósito, abarca lo más duro del periodo especial cuando la radio ocupó un lugar de privilegio en la información?

La gran universidad la adquirí en La Habana, porque no es lo mismo la visión provincial que la nacional, incluso hasta los gustos y las necesidades informativas de la población difieren de un territorio a otro y ese entorno hay que tenerlo en cuenta a la hora de adoptar decisiones en la programación. Lo primero que hice fue dedicarme a escuchar las experiencias acumuladas anteriormente. Tuve la suerte de contar con profesores como Renaldo Infante, Carballido Rey, Garriga, Enrique Núñez Rodríguez, Amaury Pérez (padre), Oscar Luis López, a quienes llamaba solo por el placer de oírlos.

Uno de los primeros pasos en la programación fue rescatar para las cadenas nacionales los géneros teatro, cuento y la novela de amor en el horario matutino —que habían desaparecido con Radio Liberación—, y hacer un planeamiento de la programación nacional capaz de buscar opciones diferenciadas en cada territorio, de modo que en cada lugar las personas pudieran mover el dial y encontrar cinco, seis, siete… o más alternativas. Entonces llegó el periodo especial.

En general, no han sido pocos los obstáculos a salvar para producir cambios infraestructurales a partir de una tecnología obsoleta heredada en 1959, sin posibilidades de reposición, porque a Cuba se le cerraron esas vías con la implantación de un férreo bloqueo económico estadounidense que comenzó en los albores de la Revolución. Más tarde, la caída del campo socialista quebró sin previo aviso el desarrollo que se había logrado —en 1985, cuando llegué a La Habana, la radio cubana estaba entre las mejores dotadas de América Latina en cuanto a equipamiento, porque el talento siempre lo había tenido—.

Solo la inteligencia, la experiencia, la capacidad y la inventiva de nuestros técnicos y creadores, a ratos apoyada por la solidaridad internacional, y sobre todo la valoración que siempre ha tenido el Estado revolucionario, permitieron la continuidad sin quiebres de este medio que proyectó su hacer en correspondencia con los avances tecnológicos de los tiempos nuevos.

La radio en ese momento ocupó un lugar de privilegio en la información porque los periódicos provinciales se convitieron en semanarios de dos páginas, y solo quedaron un diario nacional y otros nacionales que circularon de forma semanal. A ello se unió la necesidad de ocupar el lugar que dejaba vacío la televisión en el horario diurno.

La radio no solo enfrentó el reto, sino que la programación se enriqueció con nuevos noticieros, con más y novedosos géneros y tipos de programas. Se amplió el grado de acción de la productora Radioarte hasta el nivel municipal con la gama de programas dramatizados e históricos que producía, logrando una radio más culta, con mayor cantidad de temas de interés y más representativa de cada territorio.

Se produjo, en coordinación con  la Industria Ligera, el carrete cubano insustituible para lograr el enrollado de las cintas magnetofónicas de apellido alemán ORWO que, lógicamente,  fueron adquiridas en el campo socialista y ya no se producían. Se realizaron importantes innovaciones de las piezas de repuesto para grabadoras y consolas.

Gracias a la comprensión del Partido y el gobierno de las provincias y municipios, fundamentalmente de montaña y otros de gran importancia económica, se trabajó en la construcción de emisoras municipales y estudios municipales que se enlazaran con su cadena provincial.

Se logró un fuerte sistema radial capaz de enfrentar las necesidades del país. Durante mis 19 años y cuatro meses, se mantuvo el Festival Nacional de la Radio, instrumento vital no solo para el reconocimiento a los creadores, sino para el intercambio teórico y motor impulsor para proponerse, tanto en provincias como municipios, géneros y programas, que eran privativos de las cadenas nacionales y demostrar así que era posible porque en competencia fraternal se llevaron no pocos lauros. Incluso, en algunos festivales que se celebraron en el campo recogiendo papas, como el de 1992, se convocaron 300 compañeros y al llegar 500 se alojaron en casas de campaña. Se trabajaba todo el día y a las siete de la noche sobre una tarima al aire libre, Rosillo decía: “Aquí, Alegrías de Sobremesa…”, allí sonaron los Aragones y cerraron los de la Original de Manzanillo y por supuesto nuestros artistas con el sketch de Alberto Luberta. Los campesinos se movían a pie o a caballo para contagiarse con la alegría de sus artistas. Y aquellos diplomas con las inevitables manchas del barro campestre constituyen hoy un orgullo para los ganadores de ese año.

Durante ese tiempo se alzaron orgullosas 29 emisoras de radio en todo el país, que tuvieron el honor de romper el bloqueo y ganar una hermosa batalla. Hay que destacar a la provincia Santiago de Cuba, que fundó emisoras en todos los municipios. Lugares como Caimanera, Niquero, Gibara, Sagua de Tánamo, Cumanayagua, tuvieron su central. Y en La Habana se inauguró una joya nacional, Habana Radio, gracias a la visión, la voluntad y el entusiasmo del doctor Eusebio Leal, que hoy constituye un baluarte del sistema radial cubano, y por suerte ya se escucha en las villas fundacionales.

En 1998 se dieron los primeros pasos para digitalizar el proceso de producción radial en las cadenas nacionales y provinciales y se comenzó a enviar la música y los programas de Radioarte en CD. Se dejó atrás el envío de cintas en guagua, para que viajaran en un bolsillo en forma de disquete que se insertaba en cada computadora en los másters de los municipios y provincias.

Dificultades, bloqueos, agresiones, retos constantes, han templado a la sociedad cubana y de ella la radio es reflejo y partícipe. Vivir en la tormenta y el acoso enseña a luchar, vencer y seguir adelante. Avanzar en medio de lo adverso es escuela y fragua. Por eso, al igual que nuestro pueblo, la radio siempre tendrá un porvenir hermoso.

¿Cómo has logrado que tu nombre se asocie a una etapa muy buena de la radio en Cuba?

Ante todo compartí la época de personas maravillosas; de todos aquellos rostros que había imaginado por la radio y que después fueron mis amigos. Y porque logramos una camaradería con todos los funcionarios y especialistas, todas las ideas se colegiaban, se enriquecían. Igual sucedía con los realizadores de todo el país. Se logró hablar el mismo idioma desde la punta de Maisí al Cabo de San Antonio y el centro siempre fue la calidad de la programación en línea directa con las necesidades del pueblo.

Todavía la mayoría me llama, me recuerda, me invita a sus eventos. Algunos me piden consejos, asesoría para hacer sus másters y doctorados. ¿Me estaré poniendo muy vieja? Yo los quiero mucho y valoro grandemente el desarrollo que van teniendo todos aquellos muchachos que llegaron un día a la radio llenos de sueños. Para mí es un orgullo verlos convertidos en grandes profesionales, no importa si son de Villa Clara o de Güines.

¿Desde cuándo escribes?

Le pedí a Germán Pinelli su criterio sobre la posibilidad de hacer entrevistas a todas las personas que yo había imaginado y ahora eran mis amigos, y me dijo: “Cuando logres ese proyecto vas a tener la historia de la radio y la televisión contada por sus protagonistas”. Hoy esas entrevistas constituyen mi principal bibliografía, y más aún si tenemos en cuenta que una gran parte de ellos ya no están físicamente.

¿Cuántos libros ya has publicado y en cuáles trabajas?

Mi primer libro, Rostros que se escuchan lo terminé en 2002, en medio del trabajo como Vicepresidenta. Fue realmente un atrevimiento, porque era periodista, había escrito programas radiales, incluso dramáticos, pero nunca imaginé que podría hacer un libro, pero recordé a Carpentier que siempre decía que el periodismo era la base de un escritor. Las primeras entrevistas las comencé en 1997, aprovechando los momentos en los Festivales para grabar a las personalidades que iban como jurado o visitándolos. Luego, transcribir, redactar… no tenía oficio y después, lo más difícil: ¿Dónde lo publico? Ni siquiera tenía un nombre como escritora. Por suerte Letras Cubanas me abrió  las puertas. Me aparecí allí con aquel enorme legajo bajo el brazo —después la propia editora me confesó  que no pudo ocultar su cara de disgusto cuando le encomendaron que revisara la obra, pero cuando comenzó a leer, cada entrevista la motivó más—. Desde entonces, las puertas de Letras Cubanas han seguido abiertas. Ese primer libro tiene 46 entrevistas con sus fotografías y se agotó rápidamente. Fue reeditado en 2005.

El segundo fue Otros Rostros que se escuchan, que tiene 48 trabajos, algunas crónicas a personas que ya no están y entrevistas. Se publicó en 2007.

El tercero se hizo por la Editorial Pablo de la Torriente. Se titula Silencio… se habla, y recoge un esbozo de la radio desde su fundación hasta el 2006, haciendo énfasis en el surgimiento y desarrollo en cada provincia y tratando de empatar la historia a partir de 1960, donde Oscar Luis López terminó su libro La Radio en Cuba, y llevé la historia hasta el 2006. Quedé muy satisfecha por el trabajo editorial y la calidad del libro. Se editó en 2007.

El cuarto, Mujeres Locutoras en Cuba, por la editorial Capiro de Santa Clara, contó con la mayor calidad de edición y trabajo de imprenta. Pone al descubierto el papel de la mujer locutora, las primeras voces en cada provincia del país. Contiene la autobiografía de una representación de 153 mujeres notables de la locución, de todas las épocas, en todo el país, y 103 fotografías. Tiene mucha calidad y se convirtió en el más popular de todos. Este libro reveló que el 62 porciento de las voces de locutores en TV son mujeres y que el 52 porciento de los profesionales en la locución radial son mujeres. El momento es adecuado para el cambio. Y este cambio que no solo es de igualdad en la cantidad sino en cuanto a género, se debe a la voluntad política del país trazada por Fidel desde la Sierra y al trabajo de la Federación de Mujeres Cubanas (FMC) y Vilma en particular. Se publicó  en 2011.

Y el último, de 2012, es el tercer tomo de la saga, se titula Estos rostros que se escuchan, que tiene 52 trabajos, entre crónicas y entrevistas, editado también  por Letras Cubanas.

Como proyecto, ya casi en impresión, otro de mis atrevimientos, Televisión ¿Ángel o demonio?. No se trata de la historia de la televisión, aunque recoge una síntesis desde sus albores hasta nuestros días, basándome en mis vivencias, en las entrevistas a sus principales protagonistas, notas de revistas y periódicos. Mi objetivo es que sea un texto de consulta y de reflexión.

Se exponen los principales logros de programas que hicieron historia. En fin, la televisión que logramos hacer cuando solo disponíamos de talento, voluntad y amor por la obra, más que de recursos. Se está desarrollando por la Editorial En Vivo del ICRT.

¿Quiénes te han ayudado a tener una vida tan rica profesionalmente y que ha merecido múltiples premios?

Me han ayudado muchas personas que me abrieron sus corazones y sus conocimientos; pero en primer lugar, la persona más noble, más culta, más querida, mi mayor crítico y aunque en silencio, porque nunca me lo dijo, mi mayor admirador, el que me impulsaba. El que cuando creía que mi vida se apagaba, me dijo “adelante, tú puedes, recuerda siempre a Machado, el poeta español que dijo se hace camino al andar”, mi compañero durante 43 años. Pensando en él me decidí a escribir este último texto y he sentido la falta que me hace. ¡Cómo lo hubiera enriquecido con su sabia y su experiencia sobre el medio y sus protagonistas a los que conoció y con quienes en algún momento compartió su espacio artístico!.

¿Qué es la radio para ti?

Uno de los recuerdos más hermosos de mi niñez. La primera que me enseñó que existía un mundo hermoso fuera de mi entorno campesino. La que despertó en mí la fantasía y la imaginación. El sonido que me acompañará siempre.
 
 
 
 
 
 
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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2012.