—Mamá, ya todo está
arreglado...
Caen otra vez en el
silencio de los
ruidos mínimos: el
tic-tac del cuco, el
gotear del grifo, el
revoloteo de una
mariposa nocturna.
Por fin, sin
levantar la vista:
—¿Quieres decir
que...?
—Sí.
Deja los cubiertos
sobre el plato.
—No sabía cómo
decírtelo. Creo que
así, de pronto, es
mejor. Se
interrumpe. Otra vez
el silencio: el tic-tac,
el gotear, la
obstinación de la
mariposa.
—Desde esta mañana
le estoy dando
vueltas al asunto y
no me atrevía.
—Estarás
contento...
La noche ha caído y
La Habana
resplandece en los
lumínicos, en los
paredones de los
rascacielos, en las
azoteas brillantes
por la luna. Es la
hora en que se
presume la felicidad
del hombre: la calma
desciende de la
noche o se eleva del
cansancio de la
gente que ha dejado
de trabajar por hoy.
A través de la
ventana se insinúa
la ciudad y penetra
la brisa del mar
cercano.
—He estado
esperando este
momento desde no sé
cuándo; pero no
estoy contento. —Con
la cabeza baja
observa sus uñas y,
un poco más allá,
los zapatos deformes
de la madre—. Sé que
es doloroso para ti.
—No te preocupes,
hijo.
—¡Vámonos juntos,
mamá!
Apenas vuelve la
cara filosa para
decir:
—Sabes que es
imposible.
—¡Inténtalo!
—Sería igual, hijo,
sería igual.
—Estaríamos juntos.
—¿Y los otros?
—¡Mamá! ¿No
comprendes que esto
no es vida?
—Mi vida fue unirme
con tu padre y hacer
este hogar, y,
cuando él murió,
seguir sola, con
ustedes. No ha sido
una tarea fácil. Si
ahora ustedes se
desbandan, tengo que
entenderlo. Pero, mi
lugar, está aquí.
Esta es mi casa y
será siempre la casa
de mis hijos. Igual
si se van, que si se
quedan.
—Ya no es la misma.
Ha entrado la
manzana de la
discordia.
Y son ellos los que
han cambiado.
—Sí, ellos han
cambiado. Y tú
también. Todos han
cambiado.
—Yo sigo fiel a mis
principios. Ellos
han abjurado.
—Ya no piensan
igual; pero tú no
actúas como hubieras
hecho antes.
—¡Mamá, he
intentado combatir
la locura que se ha
apoderado de ellos!
Te consta que es
así.
—No los admites
como son. ¿Ves como
también tú has
abjurado? Son tus
hermanos.
Se oye el agua
goteando en el
fregadero y en el
tubo de desagüe.
Él enciende un
cigarro.
—No creas que para
mí es fácil.
—Es el peor
momento. Pasará. Te
abrirás paso y, con
el tiempo, cuando
todo se serene, no
te resultará tan
dramático.
—Pero, dejarte...
—Todos tenemos un
desuno. El mío es
verlos dispersarse,
y lo admito. No
quiero tenerlos
juntos al precio de
la felicidad de uno
de ustedes.
Ahora el muchacho
está acodado en la
mesa, con las manos
en la frente.
—No sé si es justo
hablar de felicidad.
—¿En nombre de qué
puedes hablar?
—En nombre de la
fe.
—¿No desconfías de
una fe que no te
hace feliz?
—¡Mamá, no soy de
plomo! ¿Crees que el
separarme de ti no
me duele? ¿Piensas
que soy como ellos,
máquinas, monos
amaestrados que
repiten la lección?
—Sé fuerte, hijo.
Sobre todo, mira la
vida con confianza.
Este
es un paso
importante. No debes
flaquear. Que no
haya hombre más
feliz en el mundo.
Feliz de dejar atrás
lo que dejas. Feliz
de que no te
importe.
—Te aseguro que no
es fácil.
—Debes dar ese paso
alegremente.
—Sí, debo, pero no
tengo alegría. Hasta
ahora contaba con
mil estímulos; tenía
dificultades que
vencer, obstáculos
que eliminar. Siento
que he llegado a la
meta demasiado
pronto. No pensé que
fuera tan difícil.
De repente descubro
que estoy frente a
una situación sin
retorno; veo lo que
dejo atrás...
—Acuérdate de la
mujer de Lot.
—No es igual; tengo
por delante un
futuro que forjaré
con mis manos. Yo
escojo mi vida. No
me convertiré en
estatua de sal.
—Cuando hablas así,
me siento aliviada.
Aplasta el cigarro
contra el plato y
deja escapar el humo
con fuerza. Por
primera vez se
encuentran sus
miradas. Los ojos de
la madre son
acerados, casi
inexpresivos, pero
se mueven
impacientes como si
solo captaran
imágenes amargas.
—¿Quieres que te
diga algo mamá?
Pensé que te iba a
afectar más.
Ella sacude algunas
migas del mantel.
—¿Se lo vas a decir
a tus hermanos?
—No quiero provocar
más discusiones. No
tiene sentido. Ya no
somos los de antes.
—¡Te empeñas en
decir unas cosas!
Seguimos siendo los
mismos. Es algo que
no puede cambiar. No
podrán nunca dejar
de ser mis hijos.
Aún me parece verlos
jugando y...
—¿A qué engañamos?
La familia se ha
desunido.
—¡Son tus hermanos!
La miró con un
sentimiento cercano
al desaliento de
saber que el amor no
es eterno.
—No te das cuenta
de lo que ha pasado
entre nosotros.
Vives en un círculo
demasiado estrecho.
—Hay cosas que no
comprenderé nunca.
—No pertenecemos al
mismo mundo. Yo
tengo mi fe; ellos
tienen esas nuevas
creencias. ¡Qué les
aproveche! Hay un
abismo entre
nosotros.
—Hijo, tu fe irá
contigo adonde
quiera que vayas. El
Bautista la mantuvo
en el desierto.
Él había bajado la
cabeza, pero, ahora,
la sacudió con
fuerza y levantó las
manos.
—¡Por favor, no
compliques más las
cosas!
—Hay otros con
tanta fe como tú y
no se van.
—Peor para ellos.
—Quiero impedir que
te engañes.
Enciende otro
cigarro y esta vez
tira el fósforo en
el suelo con
violencia.
—Hay más de una
razón. Mis creencias
son lo principal,
pero tengo otros
motivos. ¿No los ves
a ellos que odiaban
a los soldados y
ahora son más
soldados que nadie?
No te voy a repetir
lo que conoces igual
que yo. ¡Quiero
respirar! ¡Quiero
llegar a ser
alguien, a tener un
automóvil, una casa,
un yate, qué sé
yo...! Algo distinto
a esta vida sin
horizontes...
Los labios de ella
se han apretado en
una línea lívida.
—Si lo que quieres
es eso y aquí no lo
puedes tener, es
mejor que te
vayas...
—¡Tú sabes que aquí
no se puede tener ni
eso, ni nada!
—Tus hermanos
tienen otras cosas.
—Sí, tienen
guardias nocturnas,
prácticas militares
y círculos de
estudio donde les
ponen la cabeza como
las de los muñecos
de carnavales. Eso
es lo que tienen. Y
el orgullo de haber
desertado de la fe.
Y la ilusión de
creerse los grandes
héroes, los
salvadores de la
patria...
—Puede que estén
equivocados, pero,
si tú...
—¿Qué? —Se deja
caer en la silla.
—... te veo un poco
desconcertado.
Quisiera que
tuvieras su
entusiasmo.
—Es distinto mamá.
Yo me voy; ellos se
quedan.
—Cuando Girón,
Alejandro se fue
para la guerra y no
perdió la alegría.
—¡Porque está loco,
mamá, porque está
loco! ¡No perdió la
alegría! ¡Iba a
matar y no perdió la
alegría! ¿Cómo
puedes ver mérito en
la locura?
—No fue a ningún
sitio. Estaba en su
casa y en su trabajo
y fueron otros los
que vinieron a
matar. Alejandro fue
a defender a su
patria. Eso hay que
respetarlo.
—¡Iba a matar!
—... en defensa de
su patria. Hay que
respetarlo.
— ¿De qué vale esta
discusión? Yo no
tengo alegría y
ellos la tienen.
¿Cambia eso las
cosas?
— Es verdad. No
vale la pena. ¡Nos
queda tan poco
tiempo!
—¿Me vas a dar
café? —pregunta,
intentando sonreír.
—Veremos si queda.
Da un manotazo en la
mesa.
—¿Te das cuenta?
¡Estoy cansado de
racionamiento y
miseria! Te voy a
mandar de todo. Vete
pensando en lo que
te haga falta.
La madre tiene un
jarro en la mano, lo
coloca en la
hornilla y baja la
cabeza.
—¿Cómo puedes
imaginar cosas tan
crueles? Ahora que
te vas, ¿no se te
ocurre ofrecerme
otra cosa que
zapatos, o conservas
o chocolate? ¡Y me
dices que vaya
pensando en lo que
quiero!
—Perdóname, mamá.
No quise ofenderte.
Va hacia él, y le
pone la mano en los
hombros.
—Lo sé.
—¿Me sigues
queriendo? Es un
momento difícil para
nosotros.
—Hiciste todo lo
que pudiste por
quedarte a mi lado;
si no lo
conseguiste, no es
tu culpa. Nadie debe
detener su vida por
otro.
—Quisiera que me lo
dijeras
sinceramente; que no
fuera por alentarme.
¿De verdad que no te
hace sufrir nuestra
separación?
—Se me olvidaba el
café. ¡Espera!
—Retira el jarro—.
Está hirviendo.
Cuidado no te
quemes.
—Voy a echarlo de
menos.
Ella le revuelve el
pelo suavemente. Él
le toma la otra mano
y se la besa.
—No creas que no
sufro; pero, estoy
contenta. Quiero que
seas feliz. Hubiera
deseado que a mi
lado...
—Es inútil, mamá.
Nos hacemos sufrir
por gusto. No quiero
seguir hablando. Me
voy; ustedes se
quedan. Eso es todo.
Papá murió y la vida
siguió su curso.
Parecía imposible,
pero así fue.
—Es como tienes que
ver la situación.
Se hace silencio. Él
intenta tomar el
café demasiado
caliente aún. El
agua corre por el
caño.
— Suena como si
estuviera lloviendo.
La cañería...
— Se recalentó un
poco. No sé como
estará de gusto.
Cuando eras chiquito
te quemabas siempre.
Eras muy glotón. Me
gustaba que fueras
así. Hay una foto
muy simpática, ¿te
acuerdas?, cuando
cumpliste cinco
años, comiéndote una
torta de merengue.
Tendré que buscarla.
—Está en el álbum.
—Tengo que buscarla.
¿Cuándo te vas?
—La próxima semana
vienen a buscarme.
Me parece haberla
visto en el álbum
verde, en el más
pequeño, en el verde
botella.
—¿Tan pronto?
—Es lo que dice el
cable.
—Hay que atender tu
equipaje.
—Todo está en
orden. No es gran
cosa lo que puedo
llevar. Solo lo
imprescindible. No
he encontrado el
maletín de playa.
—Tal vez lo tengan
tus hermanos. Se lo
pediré.
—No, no quiero que
se enteren todavía.
No tengo ánimos para
más discusiones.
Estira el brazo y le
toma la punta de los
dedos.
—Mamá, hay algo
importante para mí
que no he
encontrado.
Es un recuerdo
personal que
quisiera llevarme.
¿Te acuerdas de
aquella inscripción
en porcelana que
traje de Roma? Che
cosa al mondo non
ti...
—“¿Qué cosa en el
mundo no te
abandonará jamás?
Los ojos de Dios que
te ven siempre, y el
corazón de la madre
que te sigue adonde
quiera que vayas.”
La madre dice esas
palabras a media
voz, muy cerca de
él, pero con los
brazos a lo largo
del cuerpo, como
desfallecida. Él la
abraza. Es grande y
hermoso; ella,
menuda, y, entre sus
brazos, parece como
consumida.
—¡Mamá, tú siempre
estarás conmigo!
¡Deséame que Dios me
acompañe!
Sus ojos azules la
miran implorantes y
húmedos.
—Sí, hijo, yo estaré
siempre contigo, no
importa dónde
estés... Respecto a
Dios, no me pidas.
¿No comprendes? Tú
me has enseñado a no
creer.
Gustavo Eguren:
Narrador e
investigador
literario.
Nació en 1925, en
Nueva Gerona, Isla
de Pinos (hoy Isla
de la Juventud).
Falleció el 17 de
diciembre de 2010.
Hijo de inmigrantes
vascos. A la edad de
tres años su familia
se trasladó a
España, regresando
en 1934 a Cuba e
instalándose en
Pinar del Río.
Estudió derecho en
la Universidad de La
Habana. Trabajó en
diversos oficios,
entre ellos el
periodismo,
vendedor, cartero y
maestro.
Fue representante
diplomático en la
India, República
Federal Alemana y
Finlandia. Autor,
entre otros, de
La Robla
(novela), La Habana,
1967. Algo para
la palidez y una
ventana sobre el
regreso
(cuentos), La
Habana, 1969. En
la cal de las
paredes (novela
corta), La Habana,
1971 y La
fidelísima Habana
(ensayo) La Habana,
1986.