La Habana. Año XI.
18 al 24 de AGOSTO
de 2012

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Uno de esos viajes

Gustavo Eguren

—Mamá, ya todo está arreglado...

Caen otra vez en el silencio de los ruidos mínimos: el tic-tac del cuco, el gotear del grifo, el revoloteo de una mariposa nocturna. Por fin, sin levantar la vista:  

—¿Quieres decir que...?

—Sí.

Deja los cubiertos sobre el plato.

—No sabía cómo decírtelo. Creo que así, de pronto, es mejor. Se interrumpe. Otra vez el silencio: el tic-tac, el gotear, la obstinación de la mariposa.

—Desde esta mañana le estoy dando vueltas al asunto y no me atrevía.

—Estarás contento...

La noche ha caído y La Habana resplandece en los lumínicos, en los paredones de los rascacielos, en las azoteas brillantes por la luna. Es la hora en que se presume la felicidad del hombre: la calma desciende de la noche o se eleva del cansancio de la gente que ha dejado de trabajar por hoy. A través de la ventana se insinúa la ciudad y penetra la brisa del mar cercano.

—He estado esperando este momento desde no sé cuándo; pero no estoy contento. —Con la cabeza baja observa sus uñas y, un poco más allá, los zapatos deformes de la madre—. Sé que es doloroso para ti.

—No te preocupes, hijo.

—¡Vámonos juntos, mamá!

Apenas vuelve la cara filosa para decir:

—Sabes que es imposible.

—¡Inténtalo!

—Sería igual, hijo, sería igual.

—Estaríamos juntos.

—¿Y los otros?

—¡Mamá! ¿No comprendes que esto no es vida?

—Mi vida fue unirme con tu padre y hacer este hogar, y, cuando él murió, seguir sola, con ustedes. No ha sido una tarea fácil. Si ahora ustedes se desbandan, tengo que entenderlo. Pero, mi lugar, está aquí. Esta es mi casa y será siempre la casa de mis hijos. Igual si se van, que si se quedan.

—Ya no es la misma. Ha entrado la manzana de la discordia. Y son ellos los que han cambiado.

—Sí, ellos han cambiado. Y tú también. Todos han cambiado.

—Yo sigo fiel a mis principios. Ellos han abjurado.

—Ya no piensan igual; pero tú no actúas como hubieras hecho antes.

—¡Mamá, he intentado combatir la locura que se ha apoderado de ellos! Te consta que es así.

—No los admites como son. ¿Ves como también tú has abjurado? Son tus hermanos.

Se oye el agua goteando en el fregadero y en el tubo de desagüe.

Él enciende un cigarro.

—No creas que para mí es fácil.

—Es el peor momento. Pasará. Te abrirás paso y, con el tiempo, cuando todo se serene, no te resultará tan dramático.

—Pero, dejarte...

—Todos tenemos un desuno. El mío es verlos dispersarse, y lo admito. No quiero tenerlos juntos al precio de la felicidad de uno de ustedes.

Ahora el muchacho está acodado en la mesa, con las manos en la frente.

—No sé si es justo hablar de felicidad.

—¿En nombre de qué puedes hablar?

—En nombre de la fe.

—¿No desconfías de una fe que no te hace feliz?

—¡Mamá, no soy de plomo! ¿Crees que el separarme de ti no me duele? ¿Piensas que soy como ellos, máquinas, monos amaestrados que repiten la lección?

—Sé fuerte, hijo. Sobre todo, mira la vida con confianza. Este es un paso importante. No debes flaquear. Que no haya hombre más feliz en el mundo. Feliz de dejar atrás lo que dejas. Feliz de que no te importe.

—Te aseguro que no es fácil.

—Debes dar ese paso alegremente.

—Sí, debo, pero no tengo alegría. Hasta ahora contaba con mil estímulos; tenía dificultades que vencer, obstáculos que eliminar. Siento que he llegado a la meta demasiado pronto. No pensé que fuera tan difícil. De repente descubro que estoy frente a una situación sin retorno; veo lo que dejo atrás...

—Acuérdate de la mujer de Lot.

—No es igual; tengo por delante un futuro que forjaré con mis manos. Yo escojo mi vida. No me convertiré en estatua de sal.

—Cuando hablas así, me siento aliviada.

Aplasta el cigarro contra el plato y deja escapar el humo con fuerza. Por primera vez se encuentran sus miradas. Los ojos de la madre son acerados, casi inexpresivos, pero se mueven impacientes como si solo captaran imágenes amargas.  

—¿Quieres que te diga algo mamá? Pensé que te iba a afectar más.

Ella sacude algunas migas del mantel.

—¿Se lo vas a decir a tus hermanos?

—No quiero provocar más discusiones. No tiene sentido. Ya no somos los de antes.

—¡Te empeñas en decir unas cosas! Seguimos siendo los mismos. Es algo que no puede cambiar. No podrán nunca dejar de ser mis hijos. Aún me parece verlos jugando y...

—¿A qué engañamos? La familia se ha desunido.

—¡Son tus hermanos!

La miró con un sentimiento cercano al desaliento de saber que el amor no es eterno.

—No te das cuenta de lo que ha pasado entre nosotros. Vives en un círculo demasiado estrecho.

—Hay cosas que no comprenderé nunca.

—No pertenecemos al mismo mundo. Yo tengo mi fe; ellos tienen esas nuevas creencias. ¡Qué les aproveche! Hay un abismo entre nosotros.

—Hijo, tu fe irá contigo adonde quiera que vayas. El Bautista la mantuvo en el desierto.

Él había bajado la cabeza, pero, ahora, la sacudió con fuerza y levantó las manos.

—¡Por favor, no compliques más las cosas!

—Hay otros con tanta fe como tú y no se van.

—Peor para ellos.

—Quiero impedir que te engañes.

Enciende otro cigarro y esta vez tira el fósforo en el suelo con violencia.

—Hay más de una razón. Mis creencias son lo principal, pero tengo otros motivos. ¿No los ves a ellos que odiaban a los soldados y ahora son más soldados que nadie? No te voy a repetir lo que conoces igual que yo. ¡Quiero respirar! ¡Quiero llegar a ser alguien, a tener un automóvil, una casa, un yate, qué sé yo...! Algo distinto a esta vida sin horizontes...

Los labios de ella se han apretado en una línea lívida.

—Si lo que quieres es eso y aquí no lo puedes tener, es mejor que te vayas...

—¡Tú sabes que aquí no se puede tener ni eso, ni nada!

—Tus hermanos tienen otras cosas.

—Sí, tienen guardias nocturnas, prácticas militares y círculos de estudio donde les ponen la cabeza como las de los muñecos de carnavales. Eso es lo que tienen. Y el orgullo de haber desertado de la fe. Y la ilusión de creerse los grandes héroes, los salvadores de la patria...

—Puede que estén equivocados, pero, si tú...

—¿Qué? —Se deja caer en la silla.

—... te veo un poco desconcertado. Quisiera que tuvieras su entusiasmo.  

—Es distinto mamá. Yo me voy; ellos se quedan.

—Cuando Girón, Alejandro se fue para la guerra y no perdió la alegría.  

—¡Porque está loco, mamá, porque está loco! ¡No perdió la alegría! ¡Iba a matar y no perdió la alegría! ¿Cómo puedes ver mérito en la locura?

—No fue a ningún sitio. Estaba en su casa y en su trabajo y fueron otros los que vinieron a matar. Alejandro fue a defender a su patria. Eso hay que respetarlo.

—¡Iba a matar!

—... en defensa de su patria. Hay que respetarlo.

— ¿De qué vale esta discusión? Yo no tengo alegría y ellos la tienen. ¿Cambia eso las cosas?

— Es verdad. No vale la pena. ¡Nos queda tan poco tiempo!

—¿Me vas a dar café? —pregunta, intentando sonreír.

—Veremos si queda.

Da un manotazo en la mesa.

—¿Te das cuenta? ¡Estoy cansado de racionamiento y miseria! Te voy a mandar de todo. Vete pensando en lo que te haga falta.

La madre tiene un jarro en la mano, lo coloca en la hornilla y baja la cabeza.  

—¿Cómo puedes imaginar cosas tan crueles? Ahora que te vas, ¿no se te ocurre ofrecerme otra cosa que zapatos, o conservas o chocolate? ¡Y me dices que vaya pensando en lo que quiero!

—Perdóname, mamá. No quise ofenderte.

Va hacia él, y le pone la mano en los hombros.

—Lo sé.

—¿Me sigues queriendo? Es un momento difícil para nosotros.

—Hiciste todo lo que pudiste por quedarte a mi lado; si no lo conseguiste, no es tu culpa. Nadie debe detener su vida por otro.

—Quisiera que me lo dijeras sinceramente; que no fuera por alentarme. ¿De verdad que no te hace sufrir nuestra separación?

—Se me olvidaba el café. ¡Espera! —Retira el jarro—. Está hirviendo. Cuidado no te quemes.

—Voy a echarlo de menos.

Ella le revuelve el pelo suavemente. Él le toma la otra mano y se la besa.

—No creas que no sufro; pero, estoy contenta. Quiero que seas feliz. Hubiera deseado que a mi lado...

—Es inútil, mamá. Nos hacemos sufrir por gusto. No quiero seguir hablando. Me voy; ustedes se quedan. Eso es todo. Papá murió y la vida siguió su curso. Parecía imposible, pero así fue.

—Es como tienes que ver la situación.  

Se hace silencio. Él intenta tomar el café demasiado caliente aún. El agua corre por el caño.

— Suena como si estuviera lloviendo. La cañería...

— Se recalentó un poco. No sé como estará de gusto. Cuando eras chiquito te quemabas siempre. Eras muy glotón. Me gustaba que fueras así. Hay una foto muy simpática, ¿te acuerdas?, cuando cumpliste cinco años, comiéndote una torta de merengue. Tendré que buscarla.

—Está en el álbum.

—Tengo que buscarla. ¿Cuándo te vas?

—La próxima semana vienen a buscarme. Me parece haberla visto en el álbum verde, en el más pequeño, en el verde botella.

—¿Tan pronto?

—Es lo que dice el cable.

—Hay que atender tu equipaje.

—Todo está en orden. No es gran cosa lo que puedo llevar. Solo lo imprescindible. No he encontrado el maletín de playa.

—Tal vez lo tengan tus hermanos. Se lo pediré.

—No, no quiero que se enteren todavía. No tengo ánimos para más discusiones.

Estira el brazo y le toma la punta de los dedos.

—Mamá, hay algo importante para mí que no he encontrado. Es un recuerdo personal que quisiera llevarme. ¿Te acuerdas de aquella inscripción en porcelana que traje de Roma? Che cosa al mondo non ti...

—“¿Qué cosa en el mundo no te abandonará jamás? Los ojos de Dios que te ven siempre, y el corazón de la madre que te sigue adonde quiera que vayas.”  

La madre dice esas palabras a media voz, muy cerca de él, pero con los brazos a lo largo del cuerpo, como desfallecida. Él la abraza. Es grande y hermoso; ella, menuda, y, entre sus brazos, parece como consumida.

—¡Mamá, tú siempre estarás conmigo! ¡Deséame que Dios me acompañe!

Sus ojos azules la miran implorantes y húmedos.

Sí, hijo, yo estaré siempre contigo, no importa dónde estés... Respecto a Dios, no me pidas. ¿No comprendes? Tú me has enseñado a no creer.


Gustavo Eguren: Narrador e investigador literario. Nació en 1925, en Nueva Gerona, Isla de Pinos (hoy Isla de la Juventud). Falleció el 17 de diciembre de 2010. Hijo de inmigrantes vascos. A la edad de tres años su familia se trasladó a España, regresando en 1934 a Cuba e instalándose en Pinar del Río. Estudió derecho en la Universidad de La Habana. Trabajó en diversos oficios, entre ellos el periodismo, vendedor, cartero y maestro. Fue representante diplomático en la India, República Federal Alemana y Finlandia. Autor, entre otros, de La Robla (novela), La Habana, 1967. Algo para la palidez y una ventana sobre el regreso (cuentos), La Habana, 1969. En la cal de las paredes (novela corta), La Habana, 1971 y La fidelísima Habana (ensayo) La Habana, 1986.

 
 
 
 
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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
ISSN 2218—0869. La Habana, Cuba. 2012.