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Considerado uno de los
más grandes pianistas
del mundo, su llegada a
La Habana el 31 de enero
de 1917 fue precedida de
una enorme publicidad.
Su prestigio no solo
como artista, sino
como patriota
hizo que fuera recibido
por todas las embajadas
extranjeras en pleno.
Sin embargo, los únicos
que no le dieron la
bienvenida
—como afirma
Alejo Carpentier—
fueron
los cubanos, el
gobierno cubano de
turno, que era el de Menocal, quien ignoró
olímpicamente al célebre
músico, que apenas dos
años después sería
primer ministro de
Polonia.
Ignace Jan Paderewski
debutó el 6 de febrero
en el teatro Nacional,
donde interpretó obras
de Bach y Liszt,
Beethoven, Schubert,
Chopin y del propio
Paderewski. Tenía 57
años.
"Al parecer
—según
apuntó el Diario de la
Marina—
fue saludado por
un aplauso unánime.
Apenas empezó a ejecutar
la primera obra el
famoso pianista,
comprendió el auditorio
que se hallaba ante un
genio. Como ejecutante
sorprende, maravilla. A
los conocimientos
musicales más profundos,
al dominio perfecto de
su arte, une Paderewski
una inspiración cálida y
una fantasía
espléndida".
El segundo concierto lo
dio el día 9. Otra vez la
prensa se deshizo en
elogios: " Pocas veces
se ha oído seguramente a
Chopin y a Liszt
interpretados con tanta
fidelidad e inspiración.
Paderewski es sin duda
uno de los pocos músicos
capaces de apoderarse de
la concepción de un
compositor y trasmitirla
con tanto vigor sin
falsearla ni reducir su
belleza ni su expresión
estética. Después del
concierto, madame Paderewski venderá en el
escenario sus muñecos
hechos en París por
pintores y escultores
polacos de fama,
víctimas de la guerra".
Hasta aquí todo parecía
marchar sobre ruedas.
No obstante, el tercer
concierto, fijado para
el 12, se suspendía ante
la partida de improviso
del ilustre músico,
quien según el Diario de
la Marina: "Se marcha
enfermo. El reuma,
atacándolo en un brazo,
deja en un estado de
inactividad desesperante
a quien por hábito, por
amor y por vocación se
pasa horas enteras ante
el piano todos los días.
Su mal, inhabilitándolo
para su arte, lo ha
obligado a abandonar La
Habana cuando la
numerosa falange de
admiradores que llegó a
formar entre nuestro
público se disponía a
concurrir al anunciado
recital de despedida".
Pero lo cierto es que, a
pesar de su excelencia,
a este fiel continuador
de la escuela pianística
romántica del siglo XIX,
en el teatro Nacional,
apenas asistió público.
Incluso alguien que se
encontraba en la
cazuela le tiró una
flecha de papel,
mientras él interpretaba
una sonata de Chopin.
"La flecha
—dijo
Carpentier—
dio tres
vueltas en el teatro, y
cayó sobre el piano. Paderewski que vio
aquello, francamente, le
pareció excesivo que
encima de que nadie iba
le estaban tomando el
pelo, se levantó y se
fue, y anunció que se
iba de Cuba".
Al otro día, un
reportero publicó un
artículo que no podía
ser más insultante: "La
fuma del rompeteclas",
en donde comentaba que
el rompeteclas
(refiriéndose a
Paderewski), no había
sacado ni para la fuma.
Aquello fue demasiado.
Pero hubo más. Hospedado
en el hotel Sevilla,
cuando salió a la calle
vestido de negro, con su
sombrero de copa y su
gran melena gris sobre
los hombros, vio que los
muchachos corrían detrás
de él gritando. Y él
estaba radiante. Decía:
"Parece mentira, los
niños qué sensibles a la
música". Por fortuna, no
se dio cuenta que los
niños lo que le gritaban
era: "Polaco, pélate".
Por supuesto, no hay que
ser muy entendido en la
materia para comprender
que detrás de estos
lamentables sucesos, se
escondía una trágica
circunstancia: la vida
musical de La Habana de
entonces
—como afirmó el
autor de El siglo de
las luces—
era nula.
Incluso cuando llegó Brailovsky, otro de los
grandes pianistas de su
época, tuvo que tocar ni
más ni menos solo para
16 personas. Este era el
ambiente que encontró
Paderewski en la capital
cubana. Otros tiempos
vendrían después.
A la muerte del gran
músico en Nueva York, en
1941, Alejo Carpentier
escribió: "Más cerca que
nadie de Federico Chopin
ha estado Ignace Jan
Paderewski, el genial
pianista polaco que
acaba de morir. Más
cerca que nadie, pues si
Chopin ha sido el
compositor romántico por
excelencia, Paderewski
fue su más excelso
intérprete. Paderewski
no lo negaba. No le
gustaba la música
moderna, es decir, la
que escribían sus
contemporáneos.
"En los últimos años de
su vida incluyó, a
regañadientes, algunos
Preludios de Debussy en
sus programas. Pero,
hasta entonces, su gesto
interpretativo más audaz
se manifestaba cuando,
con el pulgar hundido en
el teclado, producía los
glissandi del Nocturno a Ragusa de Ernst
Schelling, su mejor
amigo norteamericano...
Pero, en cambio, cuando
acometía la empresa de
poner toda su
sensibilidad, todo su
sentido poético, en los
24 Preludios del gran
tísico de la Cartuja de Valldemossa, transformaba
el piano de cola en un
formidable monumento
sonoro, vasto como una
obra de gigantes.
"Sus versiones de las
Sonatas de Chopin eran
una labor épica (...). Y
es que Paderewski era un
romántico. El último
romántico. Uno de los
pocos pianistas
contemporáneos que
habían conocido a Liszt
y a Busoni, y podían
jactarse de haber
recibido sus
enseñanzas". |