La Habana. Año XI.
18 al 24 de AGOSTO
de 2012

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Paderewski: el último romántico
Josefina Ortega • La Habana

Considerado uno de los más grandes pianistas del mundo, su llegada a La Habana el 31 de enero de 1917 fue precedida de una enorme publicidad.  Su prestigio no solo como artista, sino como patriota hizo que fuera recibido por todas las embajadas extranjeras en pleno. Sin embargo, los únicos que no le dieron la bienvenida como afirma Alejo Carpentier fueron los cubanos,  el gobierno cubano de turno, que era el de Menocal, quien ignoró olímpicamente al célebre músico, que apenas dos años después sería primer ministro de Polonia.


Ignace Jan Paderewski debutó el 6 de febrero en el teatro Nacional, donde interpretó obras de Bach y Liszt, Beethoven, Schubert, Chopin y del propio Paderewski. Tenía 57 años.

"Al parecer según apuntó el Diario de la Marina fue saludado por un aplauso unánime. Apenas empezó a ejecutar la primera obra el famoso pianista, comprendió el auditorio que se hallaba ante un genio. Como ejecutante sorprende,  maravilla. A los conocimientos musicales más profundos, al dominio perfecto de su arte, une Paderewski una inspiración cálida y una fantasía espléndida".

El segundo concierto lo dio el día 9. Otra vez la prensa se deshizo en elogios: " Pocas veces se ha oído seguramente a Chopin y a Liszt interpretados con tanta fidelidad e inspiración. Paderewski es sin duda uno de los pocos músicos capaces de apoderarse de la concepción de un compositor y trasmitirla con tanto vigor sin falsearla ni reducir su belleza ni su expresión estética. Después del concierto, madame Paderewski venderá en el escenario sus muñecos hechos en París por pintores y escultores polacos de fama, víctimas de la guerra".

Hasta aquí todo parecía marchar sobre ruedas.  No obstante, el tercer concierto, fijado para el 12, se suspendía ante la partida de improviso del ilustre músico, quien según el Diario de la Marina: "Se marcha enfermo. El reuma, atacándolo en un brazo, deja en un estado de inactividad desesperante a quien por hábito, por amor y por vocación se pasa horas enteras ante el piano todos los días. Su mal, inhabilitándolo para su arte, lo ha obligado a abandonar La Habana cuando la numerosa falange de admiradores que llegó a formar entre nuestro público se disponía a concurrir al anunciado recital de despedida".

Pero lo cierto es que, a pesar de su excelencia, a este fiel continuador de la escuela pianística romántica del siglo XIX, en el teatro Nacional, apenas asistió público. Incluso alguien que se encontraba en la cazuela le tiró una flecha de papel, mientras él interpretaba una sonata de Chopin.

"La flecha dijo Carpentier dio tres vueltas en el teatro, y cayó sobre el piano. Paderewski que vio aquello, francamente, le pareció excesivo  que encima de que nadie iba le estaban tomando el pelo, se levantó y se fue, y anunció que se iba de Cuba".

Al otro día, un reportero publicó un artículo que no podía ser más insultante: "La fuma del rompeteclas", en donde comentaba que el rompeteclas  (refiriéndose a Paderewski), no había sacado ni para la fuma. Aquello fue demasiado.

Pero hubo más. Hospedado en el hotel Sevilla, cuando salió a la calle vestido de negro, con su sombrero de copa y su gran melena gris sobre los hombros, vio que los muchachos corrían detrás de él gritando. Y él estaba radiante. Decía: "Parece mentira, los niños qué sensibles a la música". Por fortuna, no se dio cuenta que los niños lo que le gritaban era: "Polaco, pélate".

Por supuesto, no hay que ser muy entendido en la materia para comprender que detrás de estos lamentables sucesos, se escondía una trágica circunstancia: la vida musical de La Habana de entonces como afirmó el autor de El siglo de las luces era nula. Incluso cuando llegó Brailovsky, otro de los grandes pianistas de su época, tuvo que tocar ni más ni menos solo para 16 personas. Este era el ambiente que encontró Paderewski en la capital cubana. Otros tiempos vendrían después.

A la muerte del gran músico en Nueva York, en 1941, Alejo Carpentier escribió: "Más cerca que nadie de Federico Chopin ha estado Ignace Jan Paderewski, el genial pianista polaco que acaba de morir. Más cerca que nadie, pues si Chopin ha sido el compositor romántico por excelencia, Paderewski fue su más excelso intérprete. Paderewski no lo negaba. No le gustaba la música moderna, es decir, la que escribían sus contemporáneos.

"En los últimos años de su vida incluyó, a regañadientes, algunos Preludios de Debussy en sus programas. Pero, hasta entonces, su gesto interpretativo más audaz se manifestaba cuando, con el pulgar hundido en el teclado, producía los glissandi del Nocturno a Ragusa de Ernst Schelling, su mejor amigo norteamericano... Pero, en cambio, cuando acometía la empresa de poner toda su sensibilidad, todo su sentido poético, en los 24 Preludios del gran tísico de la Cartuja de Valldemossa, transformaba el piano de cola en un formidable monumento sonoro, vasto como una obra de gigantes.

"Sus versiones de las Sonatas de Chopin eran una labor épica (...). Y es que Paderewski era un romántico. El último romántico. Uno de los pocos pianistas contemporáneos que habían conocido a Liszt y a Busoni, y podían jactarse de haber recibido sus enseñanzas".

 
 
 
 
 
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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2012.