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“Lo personal es
político” es una de las
más conocidas consignas
enarboladas por el
feminismo de la segunda
ola. Constatarlo nos
podría parecer a todas
luces tan simple que
solo valdría revisar
cualquiera de nuestros
espacios cotidianos,
evidentemente marcados
por las dinámicas de las
supraestructuras de
poder. Sin embargo, la
fuerza dinamitadora de
aquella frase implica
una revolución
epistémica, una nueva
manera de entender las
relaciones sociales,
políticas, de género,
pero también la
construcción del
lenguaje, el arte y el
conocimiento. La idea
parte, entre otros
matices, de
redimensionar el espacio
de lo privado y lo
íntimo para convertirlo
en materia trascendente,
y su naturaleza
subversiva ofrece la
posibilidad de
resignificar discursos,
universos temáticos y
lenguajes creativos.
Hago esta digresión
antes de referirme al
tema que nos ocupa, o
sea: el espacio que
dedicó la revista
Tablas en su anuario
del año 2011 a registrar
sendos eventos
desarrollados en Cuba
sobre el tema “Mujeres y
teatro”, pues leyendo
esos textos la primera
certeza que me alberga
es justamente que a todo
proceso con interés de
desmantelar las
estrategias hegemónicas
del patriarcado resulta
ineludible la dimensión
subjetiva y la
implicación ideológica
de quien lo defiende. Si
no se intenta cambiar el
mundo, transformar la
norma, crear relaciones
de poder horizontales,
repensar las habituales
jerarquías vigentes en
el arte, no se ha calado
la verdadera dimensión
política de la categoría
género y sus múltiples
concreciones prácticas.
La comprensión de la
realidad social,
personal, teatral,
artística, también como
parte, espíritu y
resultado de una
experiencia de vida, es
una línea común en los
15 trabajos que integran
el dossier sobre la III
edición del evento
Magdalena sin Fronteras,
celebrado en Santa Clara
del 8 al 18 de enero del
año 2011 bajo la batuta
de la incansable Roxana
Pineda. Con ello,
Tablas continúa una
línea de visibilización
del quehacer creativo
femenino dentro de las
artes escénicas del
país, al tiempo que
potencia la reflexión
desde las lentes del
género sobre la escena
cubana e internacional,
algo infrecuente en
nuestros predios.
Fundado en 1986 en Gales
por
Jill Greenhalgh, el
Magdalena funciona desde
una de las más efectivas
estrategias de las
mujeres para reaccionar
contra su marginación:
el trabajo en redes,
horizontal y desde la
solidaridad. Dentro de
ese proyecto, los
eventos Magdalena sin
Fronteras, celebrados
con frecuencia
indistinta en varios
países y desde 2005 de
manera trienal en Cuba,
vienen a ser, sobre
todo, espacio de
concreción, diálogo y
propuesta del
pensamiento y quehacer
de las mujeres de
teatro, tanto de las que
integran la red, como de
otros y otras que se
nutren de sus
experiencias. El dossier
de Tablas logra
sintetizar los sentires,
inspiraciones y puntos
de tensión de la
iniciativa, con ya 25
años, mezclando las
voces de fundadoras,
jóvenes teatristas y
estudiosos del teatro.
La diversidad de
criterios, cada uno
vertido desde la
particular vivencia de
quien escribe, no opaca
ciertas constantes
perceptibles en las
reflexiones sobre el
encuentro, donde la
otredad se convierte en
punto de partida para el
intercambio y lo
marginal se vislumbra
como fortaleza.
Se trata de uno de los
pocos eventos, aunque no
el único, que en Cuba ha
puesto su mirada sobre
la participación de las
mujeres en el teatro, no
solo para visibilizarlas
o mantener sus voces
protegidas, sino para
impulsar los discursos
escénicos renovadores y
experimentales, las
temáticas soslayadas por
el patriarcado, la
expresión de una
experiencia desde el ser
mujer que implica
también una toma de
postura discursiva,
desde una alternativa a
los hegemónicos
enunciados
androcéntricos.
“Un tejido de voluntad”
llama Roxana Pineda,
principal impulsora de
esta Red en Cuba, al
encuentro que supo
organizar esta vez bajo
el tema “Investigación y
procesos de trabajo”. El
texto resulta una
declaración de los
principios básicos sobre
los que se sustenta el
proyecto, con premisas
de autonomía,
experimentación y
discusión, en busca de
estrategias
contraculturales para
huir de dogmas, normas y
panfletos. La actriz y
directora santaclareña,
quien se ha consagrado
en el Estudio Teatral de
Santa Clara por más de
dos décadas, afianza
como metodología la
búsqueda del discurso
genuino desde las
mujeres que hacen teatro
y apuesta por desdibujar
las jerarquías para
fomentar la mezcla de
experiencias artísticas
reconocidas, con las que
recién comienzan a
gestarse. Otro punto que
me gustaría distinguir
en ese texto, publicado
originalmente en la
revista digital La
Jiribilla, resulta
de la valoración que
esta teatrista,
consciente de las
complejidades de ejercer
su oficio fuera de la
capital, concede a que
sea precisamente en
Santa Clara donde se
articule un centro de
teatro hecho por
mujeres. Las
motivaciones para
realizarlo se
entremezclan entonces
con sus propias
inquietudes, en medio de
un mundo donde el rigor
y el compromiso del arte
parecieran pasar de
moda.
También desde sus
perspectivas personales,
hilando la historia del
Magdalena con las de su
vida teatral, exponen
los desafíos
contemporáneos del
proyecto varias de sus
integrantes: la
fundadora Jill
Greenhalgh,
Geddy
Aniksdal,
María Isabel Bosch,
Julia Varley y
Emilce González. Cada
una, atendiendo a su
grado de implicación y a
sus propias experiencias
generacionales, refieren
percepciones, legados,
desafíos y
disconformidades.
Greenhalgh rememora los
inicios del Magdalena,
sus horizontes y
objetivos a la luz de
esos 25 años en el texto
“Resistencia a la
invisibilidad”. Pese al
trabajo sostenido por
mujeres de varios
continentes, aún siguen
en la periferia del
espacio teatral. El
aislamiento aún no ha
sido superado. Su
reflexión instala
interrogantes viscerales
sobre las relaciones de
este tipo de proyectos
con el feminismo
político, así como el
dilema de la
sobrevivencia artística
sin hacer concesiones de
sentido. En ese camino,
la única certidumbre
posible ha sido para la
actriz noruega Aniksdal
“lo que no se quiere
ser”, punto de partida
para la búsqueda, para
el experimento.
Altero un poco el orden
del dossier para entrar
en el texto de Varley,
veterana actriz del Odin
Theatre, quien en una
inteligente narración de
su trayecto por el
festival, desde el
inicio de su llegada a
Santa Clara, entreteje
sus propias razones y
cuestionamientos. A
través de comparaciones
con el pasado que
acentúan también los
cambios recientes de un
contexto complejo como
el cubano, cuenta sus
impresiones sobre el
festival, con particular
interés en la
observación del trabajo
de las jóvenes
teatristas y sus
urgencias.
Más cercana en el tiempo
y con nuevas inquietudes
sobre lo que significa
hacer teatro desde la
experiencia femenina,
Emilce González lanza el
desafío de su pregunta
fundamental y posiciona
al Magdalena en el
terreno de lo político.
A su juicio, no se parte
desde el margen o la
minoría pues mujeres
haciendo teatro en el
mundo existen, y no son
pocas. Se trata más bien
de remarcar la
diferencia y la
diversidad. Desplaza así
esta teatrista el campo
semántico y coloca la
experiencia del
Magdalena de la
periferia al centro, en
tanto acción del
presente.
Volviendo atrás, el
testimonio de Maria
Isabel Bosch titulado
“El teatro: exorcismo y
transformación” resulta
conmovedor pues
evidencia el camino de
una artista con
ambiciones de triunfo
hasta el
comprometimiento con la
problemática social de
su género. La directora
de Tibai Teatro nos
lleva por el curso de su
descubrimiento, primero
al identificar la trata
de mujeres y la
prostitución en su natal
República Dominicana
como uno de los
problemas más serios de
la mitad femenina, y
luego en la búsqueda de
sus raíces,
recomponiéndose en la
pieza Descubriendo a
mi abuelo, que
presentó en Santa Clara
y en la pasada edición
de Mayo Teatral a partir
de los textos literarios
de su antepasado, el
escritor y político
dominicano Juan Bosch.
Luego de estos textos
aparecen referenciados
cada uno de los talleres
que se realizaron
durante las sesiones del
Magdalena: “El trabajo
personal del actor”,
impartido por la noruega
Geddy Aniksdal; “Jugando
con los muertos”, por la
puertorriqueña
Déborah
Hunt; “Cantar y contar”,
por la india
Parvathy
Baúl; “Escenarios
espacio-temporales.
Taller de escritura
escénica”, por la cubana
Raquel Carrió; “La
amenaza del silencio”,
por la británica Jill
Greenhalgh y “Creación
colectiva y
autorreferencia”, por la
colombiana
Patricia Ariza. Como puede
apreciarse por los
temas, cada uno de ellos
recorrió distintos
espacios y modalidades
teatrales, siempre bajo
el punto común de romper
los moldes de lo
tradicional y explorar
nuevas estrategias
discursivas. Los textos
que reseñan estas
experiencias de
pedagogía alternativa,
escritos por personas
que participaron en
ellas de manera activa o
como observadoras,
sintetiza el pensamiento
y la metodología
creativa de las
teatristas, cada una
transgresora en su
manera de entender la
actuación, la escritura,
la música, el movimiento
escénico, la
gestualidad, la palabra,
etc.
Quisiera detenerme sobre
todo en el que firma
Yohayna Hernández,
“Siete pasos para la
tristeza, cinco para la
alegría”, a partir de su
participación en los
encuentros con Geddy
Aniksdal. Como la
clásica voyeur,
Hernández escarba en el
pensamiento de la actriz
noruega y devela tal
cual los entresijos de
una filosofía de trabajo
actoral con la máxima de
“menos es más”. Al
final, reproduce su
diálogo con Aniksdal,
retratando la sinceridad
de la actriz en su
intención teatral viva.
Útiles tanto para
teatristas, actores y
actrices, como para
quienes estudian los
procesos teatrales serán
las crónicas de estas
peculiares experiencias
formativas, firmadas por
Blanca Felipe Rivero,
Andy Arencibia, Carmen
Sotolongo, Marcos
Antonio Díaz y Gaby
Carmona Pacheco. Con
ellas se afianza el
papel que están jugando
las mujeres en esa
búsqueda y renovación de
la teatralidad en medio
de las realidades
controversiales del arte
contemporáneo, en
especial el teatro, pues
más que representarlo,
lo viven.
Omar Valiño presenta su
valoración sobre dos
espectáculos exhibidos
en la cita, donde
aparecen con fuerza
varios de los
principales conflictos
que en la actualidad
atraviesa la sociedad
mexicana: la emigración
y el feminicidio
especialmente en la
ciudad de Juárez.
“Terrible díptico
mexicano” titula su
reseña el teatrólogo, a
partir de los
espectáculos Apuntes
sobre la frontera de
la actriz mexicana
Violeta Luna y
Murmullos en el páramo
de Mercedes Hernández.
La entrevista que
realiza Marilyn Garbey a
Carlos Satizábal,
“hombre de teatro”,
resulta de sumo interés
en el conjunto de estos
textos pues añade la voz
de alguien comprometido
con las reivindicaciones
de género, quien además
ha participado en varias
de las ediciones del
Magdalena. Con
conocimiento de los
asuntos que en este caso
han de ser medulares,
Garbey induce las
valoraciones de la
amplitud conceptual de
un proyecto que no solo
incide en las mujeres
involucradas, sino en el
teatro mismo. El arte de
lo “teatral femenino”
tiene para el Satizábal
elementos definidos que
no deben interpretarse
como esencias, sino como
el resultado de una
experiencia compartida a
través de siglos de
socialización de los
géneros.
No desatender tampoco su
mención a la violencia
simbólica de género
reproducida en las
nociones del espectáculo
comercial contemporáneo,
que opera sobre los
cuerpos de las mujeres y
los prepara para la
seducción.
En esa cuerda, las
palabras de Patricia
Ariza a propósito de la
entrega del Doctorado
Honoris Causa en el
Instituto Superior de
Arte coronan la
propuesta ideotemática
del dossier, pues
trasciende el tema mismo
de las mujeres en el
teatro para no perderse
de él. La fundadora del
grupo La Candelaria
realiza una llamada de
atención sobre las
condiciones de la
cultura del espectáculo
en el mundo
contemporáneo, como uno
de los principales
peligros de
deshumanización.
Casi finalizando el
anuario, encontramos la
valoración de la V
Bienal Internacional de
Dramaturgia Femenina La
escritura de las
diferencias realizada en
Santiago de Cuba en
marzo de 2011. En un
país donde por lo
general la ideología de
género encuentra
reticencias en el mundo
del arte, resulta
significativa la
celebración de tan
relevantes citas en
períodos contiguos. Así
lo hace ver Yohayna
Hernández en “Practicar
la diferencia: notas de
la V Bienal” donde
apunta como uno de los
principales aciertos de
la cita la condición de
taller, donde no solo se
explotó el pretexto de
apreciar en la escena
las obras ganadoras del
Premio La escritura de
las diferencias:
Strip-tease, de
Agnieska Hernández;
Las flores contadas
de Sandra Frazen y La
pierna de Sarah Bernardt,
de Soledad Agresti. En
especial, me resulta
interesante una
observación de la autora
cuando se refiere a la
implicación del equipo
de creadoras que
organiza el evento en la
totalidad de las tareas
de producción, lo cual,
como bien avista, va más
allá del hecho artístico
y teatral y evidencia la
asunción de un
pensamiento que también
es ideología de vida, se
expresa desde la
horizontalidad, en el
cambio de mentalidades,
del entramado social,
tiene en el teatro otro
de sus escenarios
posibles.
Hace poco, en un debate
sobre dramaturgia
femenina contemporánea
en Cuba celebrado en la
UNEAC, la joven
teatróloga Marta María
Borrás mencionaba estos
dos eventos como
ejemplos fundamentales
en cuanto a la difusión
de una perspectiva de
género dentro del teatro
cubano; pero, al dorso,
se dolía de que aún su
impacto no sea
suficiente en cuanto a
la difusión de una
perspectiva de género
expresada de manera
sólida dentro del teatro
cubano y la
investigación sobre el
mismo. La intención de
Tablas por
abarcar los debates, las
puestas en escena,
talleres, emociones e
historias de vida que se
entretejieron en el III
Magdalena sin fronteras
y la V Bienal
Internacional de
Dramaturgia Femenina,
supone un paso para ir
sanando esa brecha.
Palabras pronunciadas
durante la presentación
del anuario 2011 de
Tablas. Teatro
Raquel Revuelta, 10 de
agosto de 2012. |