La Habana. Año XI.
18 al 24 de AGOSTO
de 2012

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José Martí y La Edad de Oro: para los niños
y niñas de América
Cira Romero • La Habana

Instalado definitivamente en Nueva York tras su expedita salida de Caracas por haber publicado en su Revista Venezolana un trabajo dedicado a Cecilio Acosta que no fue grato al presidente Guzmán Blanco, Martí escribe, aunque sin editarlos, la mayoría de los poemas de Versos libres, y publica, como prólogo a El poema del Niágara, de Juan Antonio Bonalde, un ensayo que ha sido considerado, junto con su poemario Ismaelillo, dado a conocer en 1882, iniciador del modernismo en Hispanoamérica. Por estos años intenta reconstruir su hogar, minado ya por la incomprensión y que después de varias crisis quedó definitivamente roto. Funge como redactor de La América, de la que fue director, publica en 1885, en El Latino Americano, con el seudónimo Adelaida Ral, su novela Amistad funesta, también conocida con el nombre de su protagonista, Lucía Jerez, considerada hoy la primera novela modernista, y trabaja incansablemente como corresponsal de periódicos latinoamericanos. En 1887 se encarga también del consulado de Uruguay, traduce al español, del inglés, la novela Ramona, de Helen Hunt Jackson, y el 10 de octubre inicia la serie de discursos conmemorativos que culminarán en 1891. Colabora en El Economista Americano, de Nueva York, trabaja en la traducción del poema “Lalla Rookh”, que no ha sido hallada, y en marzo de 1889 publica en The Evening Post su carta “Vindicación de Cuba”, en respuesta a un artículo aparecido en The Manufacturer, de Filadelfia, sobre la posible compra de Cuba por EE.UU. En julio de ese año funda La Edad de Oro.

Surgió como una “Publicación mensual de recreo e instrucción dedicada a los niños de América”. Publicó solamente cuatro números y el último apareció en el mes de octubre del propio año 1889. Fue redactada en su totalidad por José Martí. En una carta de este a su amigo mexicano Manuel Mercado, fechada el 3 de agosto, le expresa que entra “en esta empresa con mucha fe, y como cosa seria y útil, a la que la humildad de la forma no quita cierta importancia de pensamiento”. Más adelante define sus propósitos con estas palabras:  “Verá por la circular que lleva pensamiento hondo y ya que me la echo a cuestas, que no es poco peso, ha de ser para que ayude a lo que quisiera yo ayudar, que es a llenar nuestras tierras de hombres originales, criados para ser felices en la tierra en que viven, y vivir conforme a ella, sin divorciarse de ella, ni vivir infecundamente en ella, como ciudadanos retóricos, o extranjeros desdeñosos nacidos por castigo en esta otra parte del mundo. El abono se puede traer de otras partes; pero el cultivo se ha de hacer conforme al suelo. A nuestros niños los hemos de criar para hombres de su tiempo, y hombres de América”.

En la introducción al primer número, aparecida bajo el título “A los niños que lean La Edad de Oro”, Martí explicaba a sus pequeños lectores los objetivos de la revista: “este periódico se publica para conversar una vez al mes, como buenos amigos, con los caballeros de mañana, y con las madres de mañana; para contarles a las niñas cuentos lindos con que entretener a sus visitas y jugar con sus muñecas; y para decirles a los niños lo que deben saber para ser de veras hombres. Todo lo que quieran saber les vamos a decir, y de modo que lo entiendan bien, con palabras claras y con láminas finas. Les vamos a decir cómo está hecho el mundo: les vamos a contar todo lo que han hecho los hombres hasta ahora”. Y a continuación añade Martí: “Para eso se publica La Edad de Oro: para que los niños americanos sepan cómo se vivía antes, y se vive hoy en América y en las demás tierras... Para los niños trabajamos, porque los niños son los que saben querer, los niños son la esperanza del mundo”.

Para ellos redactaba José Martí artículos sobre historia —americana y universal—, arte, tradiciones y otros asuntos adaptados de algunos autores. Allí se concentran algunas de las páginas más memorables de Martí: “Tres héroes”, donde evoca a Simón Bolívar, San Martín e Hidalgo, su poema “Los dos príncipes”, el cuento “Nené traviesa”, “Las ruinas indias”, donde leemos: “No habría poema más triste y hermoso que el que se puede sacar de la historia americana. No se puede leer sin ternura, y sin ver como flores y plumas por el aire, uno de esos buenos libros viejos forrados de pergamino, que hablan de la América de los indios, de sus ciudades y de sus fiestas, del mérito de sus artes y de la gracia de sus costumbres”. Allí exalta también al quetzal guatemalteco, a los aztecas mexicanos, que gobernaron al país “como comerciantes, juntando riquezas y oprimiendo al país; y cuando llegó Cortés con sus españoles, venció a los aztecas con la ayuda de los cien mil guerreros indios que se le fueron uniendo, a su paso por entre los pueblos oprimidos”. De la ciudad de Chichén-Itzá dice que “es toda como la casa del enano. Es como un libro de piedra. Un libro roto, con las hojas por el suelo, hundidas en la maraña del monte, manchadas de fango, despedazadas”. En “La exposición de París” alude a la celebrada en la capital francesa en el verano del año 1889: “Por veintidós puertas se puede entrar a la exposición. La entrada hermosa es por el palacio de Trocadero, de forma de herradura, que quedó de una Exposición de antes, y está ahora lleno de aquellos trabajos exquisitos que hacían con plata para las iglesias y las mesas de los príncipes [...] Pero adonde va el  gentío con un silencio como de respeto es a la torre Eiffel, el más alto y atrevido de los monumentos humanos. Es como el portal de la Exposición”. Titulado “El Padre Las Casas”, este trabajo es un sentido tributo a aquel que “Ni al rey le tenía miedo, ni a la tempestad. Se iba a cubierta cuando el tiempo era malo; y en la bonanza se estaba el día en el puente, apuntando sus razones en papel de hilo, y dando a que le llenaran de tinta el tintero de cuerno [...] Fue a Chiapas a llorar con los indios; pero no solo a llorar, porque con lágrimas y quejas no se vence a los pícaros, sino a acusarlos sin miedo, a negarles la iglesia a los españoles que no cumplían con la ley nueva que mandaba poner libres a los indios, a hablar en los consejos del ayuntamiento, con discursos que eran a la vez tiernos y terribles”. En estas páginas leemos también su conocidísimo poema “Los zapaticos de rosa” —“Hay sol bueno y mar de espuma, / Y arena fina, y Pilar/ Quiere salir a estrenar/ Su sombrerito de pluma”!. Está también su memorable “Un paseo por la tierra de los anamitas”, tierra donde hoy se asienta Vietnam: “Los anamitas se pasean, callados, a paso igual y triste, con las manos en los bolsillos de la blusa azul. Trabajan. Parecen plateros finos en todo lo que hacen, en la madera, en el nácar, en la armería, en los tejidos, en las pinturas, en los bordados, en los arados [...] Y si un francés les pregunta algo en el camino, le dicen en su lengua: ‘No sé’. Y si un anamita les habla de algo en secreto, le dicen: ‘Quién sabe’”.

En “La muñeca negra”, página antológica de Martí, hila un cuento donde puede apreciarse la posición martiana frente a la discriminación racial. “Cuentos de elefantes” comienza con estas palabras: “De África cuentan ahora muchas cosas extrañas, porque anda por allí la gente europea descubriendo el país, y los pueblos de Europa quieren mandar en aquella tierra rica, donde con el calor del sol crecen plantas de esencia y alimento, y otras que dan fibras de hacer telas, y hay oro y diamantes, y elefantes que son una riqueza, porque en todo el mundo se vende muy caro el marfil de sus colmillos”.

Con fecha 26 de noviembre de 1889 le escribe Martí nuevamente a Mercado y le explica que La Edad de Oro ha salido de sus manos “a pesar del amor con que la comencé, porque, por creencia o por miedo de comercio quería el editor que yo hablase del “temor de dios”, y que el nombre de Dios, y no la tolerancia y el espíritu divino, estuvieran en todos los artículos e historias”. Y añade: “La precaución del programa, y el singular éxito de crítica del periódico, no me han valido para evitar este choque con las ideas, ocultas hasta ahora, o el interés alarmado del dueño de La Edad”. Los cuatro números de la revista forman hoy un libro que se ha editado en multitud de ocasiones.

Este proyecto martiano, interrumpido ahora por el propio Martí al exigirle el editor que sus temas estuvieran matizados por la religión, tiene enorme trascendencia tanto en nuestra Patria como en el resto del continente. Como ha expresado Mirta Aguirre:

difícilmente hay en La Edad de Oro línea que no propicie un aprovechamiento actual, ideológico y literario al mismo tiempo. Porque lo que para aprender a pensar vale este libro, lo vale también para los que aspiran a hacerlo bellamente, extrayendo al español su más rico zumo.

Al redactar esta revista Martí no olvidó que “escribir no es cosa de azar, que sale hecha de la comezón de la mano, si no arte que requiere a la vez martillo de hierro y buril de joyería”. Sin dejar de reconocerse su tono característico, supo ajustar la prosa tanto al cuento, propio o adaptado, como al artículo informativo, que a veces deviene en pieza de carácter ensayístico. En las páginas de La Edad de Oro está mucho de lo mejor de José Martí y puso su énfasis en destacar, para los niños, los sentimientos de libertad y dignidad.

 
 
 
 
 
 
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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2012.