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Instalado
definitivamente en Nueva
York tras su expedita
salida de Caracas por
haber publicado en su
Revista
Venezolana un
trabajo dedicado a
Cecilio Acosta que no
fue grato al presidente
Guzmán Blanco, Martí
escribe, aunque sin
editarlos, la mayoría de
los poemas de Versos
libres, y publica,
como prólogo a El
poema del Niágara,
de Juan Antonio Bonalde,
un ensayo que ha sido
considerado, junto con
su poemario
Ismaelillo, dado a
conocer en 1882,
iniciador del modernismo
en Hispanoamérica. Por
estos años intenta
reconstruir su hogar,
minado ya por la
incomprensión y que
después de varias crisis
quedó definitivamente
roto. Funge como
redactor de La
América, de la que
fue director, publica en
1885, en El Latino
Americano, con el
seudónimo Adelaida
Ral, su novela
Amistad funesta,
también conocida con el
nombre de su
protagonista, Lucía
Jerez, considerada
hoy la primera novela
modernista, y trabaja
incansablemente como
corresponsal de
periódicos
latinoamericanos. En
1887 se encarga también
del consulado de
Uruguay, traduce al
español, del inglés, la
novela Ramona, de
Helen Hunt Jackson, y el
10 de octubre inicia la
serie de discursos
conmemorativos que
culminarán en 1891.
Colabora en El
Economista Americano,
de Nueva York, trabaja
en la traducción del
poema “Lalla Rookh”, que
no ha sido hallada, y en
marzo de 1889 publica en
The Evening Post
su carta “Vindicación de
Cuba”, en respuesta a un
artículo aparecido en
The Manufacturer, de
Filadelfia, sobre la
posible compra de Cuba
por EE.UU. En julio de
ese año funda La Edad
de Oro.
Surgió como una
“Publicación mensual de
recreo e instrucción
dedicada a los niños de
América”. Publicó
solamente cuatro números
y el último apareció en
el mes de octubre del
propio año 1889. Fue
redactada en su
totalidad por José
Martí. En una carta de
este a su amigo mexicano
Manuel Mercado, fechada
el 3 de agosto, le
expresa que entra “en
esta empresa con mucha
fe, y como cosa seria y
útil, a la que la
humildad de la forma no
quita cierta importancia
de pensamiento”. Más
adelante define sus
propósitos con estas
palabras: “Verá por la
circular que lleva
pensamiento hondo y ya
que me la echo a
cuestas, que no es poco
peso, ha de ser para que
ayude a lo que quisiera
yo ayudar, que es a
llenar nuestras tierras
de hombres originales,
criados para ser felices
en la tierra en que
viven, y vivir conforme
a ella, sin divorciarse
de ella, ni vivir
infecundamente en ella,
como ciudadanos
retóricos, o extranjeros
desdeñosos nacidos por
castigo en esta otra
parte del mundo. El
abono se puede traer de
otras partes; pero el
cultivo se ha de hacer
conforme al suelo. A
nuestros niños los hemos
de criar para hombres de
su tiempo, y hombres de
América”.
En la introducción al
primer número, aparecida
bajo el título “A los
niños que lean La
Edad de Oro”, Martí
explicaba a sus pequeños
lectores los objetivos
de la revista: “este
periódico se publica
para conversar una vez
al mes, como buenos
amigos, con los
caballeros de mañana, y
con las madres de
mañana; para contarles a
las niñas cuentos lindos
con que entretener a sus
visitas y jugar con sus
muñecas; y para decirles
a los niños lo que deben
saber para ser de veras
hombres. Todo lo que
quieran saber les vamos
a decir, y de modo que
lo entiendan bien, con
palabras claras y con
láminas finas. Les vamos
a decir cómo está hecho
el mundo: les vamos a
contar todo lo que han
hecho los hombres hasta
ahora”. Y a continuación
añade Martí: “Para eso
se publica La Edad de
Oro: para que los
niños americanos sepan
cómo se vivía antes, y
se vive hoy en América y
en las demás tierras...
Para los niños
trabajamos, porque los
niños son los que saben
querer, los niños son la
esperanza del mundo”.
Para ellos redactaba
José Martí artículos
sobre historia
—americana y universal—,
arte, tradiciones y
otros asuntos adaptados
de algunos autores. Allí
se concentran algunas de
las páginas más
memorables de Martí:
“Tres héroes”, donde
evoca a Simón Bolívar,
San Martín e Hidalgo, su
poema “Los dos
príncipes”, el cuento
“Nené traviesa”, “Las
ruinas indias”, donde
leemos: “No habría poema
más triste y hermoso que
el que se puede sacar de
la historia americana.
No se puede leer sin
ternura, y sin ver como
flores y plumas por el
aire, uno de esos buenos
libros viejos forrados
de pergamino, que hablan
de la América de los
indios, de sus ciudades
y de sus fiestas, del
mérito de sus artes y de
la gracia de sus
costumbres”. Allí exalta
también al quetzal
guatemalteco, a los
aztecas mexicanos, que
gobernaron al país “como
comerciantes, juntando
riquezas y oprimiendo al
país; y cuando llegó
Cortés con sus
españoles, venció a los
aztecas con la ayuda de
los cien mil guerreros
indios que se le fueron
uniendo, a su paso por
entre los pueblos
oprimidos”. De la ciudad
de Chichén-Itzá dice que
“es toda como la casa
del enano. Es como un
libro de piedra. Un
libro roto, con las
hojas por el suelo,
hundidas en la maraña
del monte, manchadas de
fango, despedazadas”. En
“La exposición de París”
alude a la celebrada en
la capital francesa en
el verano del año 1889:
“Por veintidós puertas
se puede entrar a la
exposición. La entrada
hermosa es por el
palacio de Trocadero, de
forma de herradura, que
quedó de una Exposición
de antes, y está ahora
lleno de aquellos
trabajos exquisitos que
hacían con plata para
las iglesias y las mesas
de los príncipes [...]
Pero adonde va el
gentío con un silencio
como de respeto es a la
torre Eiffel, el más
alto y atrevido de los
monumentos humanos. Es
como el portal de la
Exposición”. Titulado
“El Padre Las Casas”,
este trabajo es un
sentido tributo a aquel
que “Ni al rey le tenía
miedo, ni a la
tempestad. Se iba a
cubierta cuando el
tiempo era malo; y en la
bonanza se estaba el día
en el puente, apuntando
sus razones en papel de
hilo, y dando a que le
llenaran de tinta el
tintero de cuerno [...]
Fue a Chiapas a llorar
con los indios; pero no
solo a llorar, porque
con lágrimas y quejas no
se vence a los pícaros,
sino a acusarlos sin
miedo, a negarles la
iglesia a los españoles
que no cumplían con la
ley nueva que mandaba
poner libres a los
indios, a hablar en los
consejos del
ayuntamiento, con
discursos que eran a la
vez tiernos y
terribles”. En estas
páginas leemos también
su conocidísimo poema
“Los zapaticos de rosa”
—“Hay sol bueno y mar de
espuma, / Y arena fina,
y Pilar/ Quiere salir a
estrenar/ Su sombrerito
de pluma”!. Está también
su memorable “Un paseo
por la tierra de los
anamitas”, tierra donde
hoy se asienta Vietnam:
“Los anamitas se pasean,
callados, a paso igual y
triste, con las manos en
los bolsillos de la
blusa azul. Trabajan.
Parecen plateros finos
en todo lo que hacen, en
la madera, en el nácar,
en la armería, en los
tejidos, en las
pinturas, en los
bordados, en los arados
[...] Y si un francés
les pregunta algo en el
camino, le dicen en su
lengua: ‘No sé’. Y si un
anamita les habla de
algo en secreto, le
dicen: ‘Quién sabe’”.
En “La muñeca negra”,
página antológica de
Martí, hila un cuento
donde puede apreciarse
la posición martiana
frente a la
discriminación racial.
“Cuentos de elefantes”
comienza con estas
palabras: “De África
cuentan ahora muchas
cosas extrañas, porque
anda por allí la gente
europea descubriendo el
país, y los pueblos de
Europa quieren mandar en
aquella tierra rica,
donde con el calor del
sol crecen plantas de
esencia y alimento, y
otras que dan fibras de
hacer telas, y hay oro y
diamantes, y elefantes
que son una riqueza,
porque en todo el mundo
se vende muy caro el
marfil de sus
colmillos”.
Con fecha 26 de
noviembre de 1889 le
escribe Martí nuevamente
a Mercado y le explica
que La Edad de Oro
ha salido de sus manos
“a pesar del amor con
que la comencé, porque,
por creencia o por miedo
de comercio quería el
editor que yo hablase
del “temor de dios”, y
que el nombre de Dios, y
no la tolerancia y el
espíritu divino,
estuvieran en todos los
artículos e historias”.
Y añade: “La precaución
del programa, y el
singular éxito de
crítica del periódico,
no me han valido para
evitar este choque con
las ideas, ocultas hasta
ahora, o el interés
alarmado del dueño de
La Edad”. Los cuatro
números de la revista
forman hoy un libro que
se ha editado en
multitud de ocasiones.
Este proyecto martiano,
interrumpido ahora por
el propio Martí al
exigirle el editor que
sus temas estuvieran
matizados por la
religión, tiene enorme
trascendencia tanto en
nuestra Patria como en
el resto del continente.
Como ha expresado Mirta
Aguirre:
difícilmente hay en
La Edad de Oro
línea que no propicie un
aprovechamiento actual,
ideológico y literario
al mismo tiempo. Porque
lo que para aprender a
pensar vale este libro,
lo vale también para los
que aspiran a hacerlo
bellamente, extrayendo
al español su más rico
zumo.
Al redactar esta revista
Martí no olvidó que
“escribir no es cosa de
azar, que sale hecha de
la comezón de la mano,
si no arte que requiere
a la vez martillo de
hierro y buril de
joyería”. Sin dejar de
reconocerse su tono
característico, supo
ajustar la prosa tanto
al cuento, propio o
adaptado, como al
artículo informativo,
que a veces deviene en
pieza de carácter
ensayístico. En las
páginas de La Edad de
Oro está mucho de lo
mejor de José Martí y
puso su énfasis en
destacar, para los
niños, los sentimientos
de libertad y dignidad. |