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El humor literario es,
quizá, uno de los tipos
de humor más complicado
e ingrato, debido a que
depende más de la manera
en que sea considerado
por el receptor que el
resto de las formas de
hacer comicidad, y los
escritores(as) de ese
género, pocas veces
llegan a conocer el
efecto que causan en el
público lector. Así,
cuando en el escenario
se monta un espectáculo
humorístico con actores
y actrices consagradas a
hacer reír, desde el
comienzo de la obra el
público sabe lo que se
espera de él: carcajadas
que retumben, aplausos
consentidores, murmullos
cómplices. Si se trata
de una canción
humorística, desde los
acordes iniciales y las
primeras letras, ya se
sabe la naturaleza de lo
que se escucha. Pienso
en Xiomara Palacios y
Osvaldo Doimeadiós para
el primer caso, y Jorge
Díaz o Virulo para el
segundo. Algo parecido
sucede con el cine: las
comedias se anuncian
como tal, de modo que
quienes asisten a la
sala cinematográfica lo
hacen con disposición de
reír; saben que
presenciarán situaciones
cómicas. En cualquier
caso, los (las)
espectadores (as) hacen
saber a los realizadores
de una forma u otra el
éxito o el fracaso del
empeño,
independientemente de la
capacidad de
discernimiento que posea
cada público concreto.
Pero en literatura,
sucede que nunca se
anuncia que el libro que
tenemos delante es una
comedia, o, al menos, un
texto humorístico. Hay
una especie de recelo,
de prejuicio en nombrar
el humor cuando es
literario, como si así
estuviéramos denigrando
la obra en cuestión.
Jamás se dice “Novela
humorística” o “Cuentos
de humor”.
Probablemente esto se
explique por los
prolongados períodos en
que ha sido relegada
esta manifestación
artística a una segunda
categoría, tal como
ocurría antes con la
literatura policial,
ahora por fortuna, de
moda. Los escritores
humorísticos, sean
hombres o mujeres,
terminan
entremezclándose con
“los otros y otras”,
intercalando sus textos
de humor con otros
trágicos o, cuando
menos, serios, para
sobrevivir en el mundo
literario con igual
respeto que el resto de
sus colegas. En los
últimos años, hemos
leído textos de gran
valía que sin ser
absolutamente cómicos,
están dotados de una
espléndida dosis de
humor inteligente.
Pienso en libros como
En el cielo con
diamantes, de Senel
Paz; El heredero del
caos, de Nicolás
Dorr; La sombra del
paisaje y
Las edades
transparentes, de
Lourdes González;
Supuestas vidas, de
Evelyn Pérez González;
El vuelo del
gato, de Abel
Prieto; Te regalo el
cielo y Un
día más allá,
de Arístides Vega
Chapú.
Son muy escasos los
libros exclusivos de
humor; volúmenes que se
dedican únicamente a
este género, que es
quizá uno de los más
difíciles de lograr.
Eduardo del Llano, el
más imaginativo de
nuestros autores
humorísticos actuales,
tiene en su haber varias
recopilaciones de
cuentos, y sus novelas
Tres, y El
universo de al lado,
son ejemplos de
literatura abiertamente
humorística. Francisco
García (Historia
sexual de la nación),
siendo más discreto en
su quehacer, menos
evidente, es también un
gran hacedor de
historias de humor, al
igual que Jorge
Fernández Era, ganador
de la más reciente
edición de Aquelarre en
la modalidad literaria.
Autores(as) como Nancy
Alonso (Tirar la
primera piedra),
Jorge Ángel Pérez (En
La Habana no son
tan elegantes) y la
consagrada Mirtha Yáñez
(Del azafrán al
lirio, Búfalo
Ciego) utilizan un
tipo particular de
humor, que es más
cáustico. Igualmente
efectivo que el abierto,
este depende más del
contexto histórico en
que se emite y se
recibe, de la
contemporaneidad entre
hacedores y receptores
porque las situaciones
humorísticas,
(lacerantes al mismo
tiempo), se crean
partiendo de la
complicidad y del
entendimiento histórico
entre escritor-lector.
El libro que comenté la
quincena anterior (La
ciencia avanza pero yo
no), del joven
santaclareño Aramís
Castañeda, continúa
asombrándome por el
despliegue de buen
humor, por el alto valor
literario, y, sobre
todo, porque me consuela
saber que este tipo de
literatura, lejos de
estar amenazada a una
extinción que no tendría
perdones posibles, se
empeña en subsistir
aunque nadie nos
advierta de antemano
(como en el teatro, el
cine o la música) que
estamos ante un puñado
de palabras que lograrán
el increíble milagro de
hacernos sentir mejor a
través de la risa.
Enhorabuena para todos
aquellos que dedican su
talento al complicado (y
ojalá imperecedero)
mundo del humor. |