|
De acuerdo con el
diccionario de su
graciosísima la Real
Academia Española, el
humorismo es el “modo de
presentar, enjuiciar o
comentar la realidad,
resaltando el lado
cómico, risueño o
ridículo de las cosas”.
Noel Clarasó, en su
Biografía del buen y mal
humor, define al
humorista como “el
hombre que cultiva el
género literario llamado
unas veces humor y otras
veces humorismo. Y que,
con su obra, pretende,
junto con otras cosas
menos evidentes y
confesadas, divertir al
lector”.
Por su parte, Freud, que
a pesar de ser
aburridísimo le sabía un
mundo a eso de hacer
chistes, asegura en
El chiste y su relación
con el inconsciente,
que el humor es “un
medio de conseguir
placer a pesar de los
afectos dolorosos que a
ello se oponen y aparece
en sustitución de los
mismos. La condición que
regula su génesis queda
cumplida cuando se
constituye una situación
en la que hallándonos
dispuestos, siguiendo un
hábito, a desarrollar
afectos penosos, actúan
simultáneamente sobre
nosotros motivos que nos
impulsan a cohibir tales
afectos, in statu
nascendi”.
Vaya, en latín y todo,
definición más completa
ni en la Enciclopedia
Británica. El problema
es que ni los académicos
de la lengua, quienes
jamás hubiesen aceptado
sus neologismos, ni
Clarasó, quien aunque
era humorista escribió
un manual demasiado
estrecho, ni el
mismísimo Freud, que no
hubiera entendido sus
bromas —Mulato, ¿ese
tabaco es de la
bodega?—; ninguno de
ellos, decía, conocieron
a un cubano sabroso de
verdad, de esos que
siempre tienen el choteo
asomándole por el
colmillo y que definen,
por sí mismos, lo que es
el humor. Su nombre:
Héctor Zumbado Argueta
o, simplemente, H.
Zumbado.
La verdad es que yo
tampoco lo conocí, pero
tuve el privilegio —así
como todos aquellos que
compraban el Juventud
Rebelde del domingo
en los 70— de leerlo,
que no es lo mismo, pero
es casi igual. Porque
Zumbado sabía que todo
buen humorista debe, en
primer lugar, ser
sincero. Nada provoca
más risa que la verdad
dicha de manera
simpática, y en eso,
Zumbado era el mejor.
Si bien es cierto que
humorista fue toda la
vida, también es sabido
que antes de llegar a la
Olivetti de la redacción
del periódico ese
habanero del 32 —todo lo
habanero que puede ser
el hijo de un tico y una
nicaragüense, o sea, más
que el Havana Club— rodó
por una pila de escuelas
y oficios:
-
estudiante de
bachillerato en EE.UU.;
-
cuasi-graduado de
comercial en Kentucky;
-
aprendiz de torero,
traductor comercial,
cobrador de una firma de
navegación y vendedor de
laticas de jamón del
diablo en Venezuela;
-
auditor en una empresa
de electricidad en
Haití;
-
archivero en una agencia
de seguros, vendedor de
equipos de oficina,
mezclador en el
laboratorio de una
fábrica de desodorantes,
publicista y teórico de
la croqueta en Cuba.
En 1963 escribe su
primer cuento para la
revista Bohemia;
y entre el 63 y el 67
publica allí la nada
desdeñable cifra de 15
relatos, o sea, 3,75
cuentos por año. Como
estos ya tenían una vena
simpática, esa que a
Zumbado se le salía con
el sudor, le proponen
trabajar en La
Chicharra,
suplemento humorístico
de Juventud Rebelde,
hija de El Sable
y madre del DDT.
Fue así como surgió
“Limonada”, sección a su
cargo, que tomó ese
nombre con la idea de
convertirse en una
bebida refrescante
contra el burocrático
calor tropical. Años
después esta cedería su
espacio a “Riflexiones”.
El término, desde luego,
lo inventó el propio
Zumbado, se trataba de
un juego de palabras
donde combinaba el acto
de pensar, la reflexión
y la crítica. O sea,
disparaba contra todo lo
que se movía, incluso él
mismo.
Luego aparecerían sendos
libros con los mismos
nombres. El resultado de
ocho a 12 horas de
angustia semanal en las
que se burlaba, a tecla
batiente, de la falta de
sentido común, la
cuadratura cerebral y la
envolvencia —¿Qué cosa?
Pues eso mismo, mulato,
una cosa envolvente, tú
sabes, una cuestión
circundante,
cóncava-convexa,
elíptica y parabólica,
una especie de espiral,
algo que se mueve
alrededor, vaya, no
quiere decir nada y, al
mismo tiempo, mucho—.
Al Zumba, cuando no le
alcanzaba el idioma,
sencillamente lo
trascendía. Por ejemplo,
a esos gallos que le
dicen que sí a todo les
llamaba sinflictivos;
estos que de pensar
tanto las cosas nunca
las hacen, los
prudentes-moderados, los
mesurados-precavidos,
los
ponderados-circunspectos,
eran los plomópodos, por
aquello de andar con
pies de plomo, con
sigilo; y ese social que
todo tiene que
consultarlo con las
instancias superiores,
era cosultoso. De ahí
surgirían muchísimos
términos como el
guaguabol, el cañojorajo,
el inventismo, la
harakrítica, en fin,
todo un glosario.
Entre 1970 y 1972
Zumbado escribe una
serie de crónicas para
Prensa Latina, El
American Way, en las
que critica precisamente
eso, el american way
of life, el
establishment, sus
presidentes, la sociedad
de consumo, la guerra de
Vietnam y la Coca Cola.
Crónicas que, desde
luego, años más tarde
aparecerían en un libro.
En cuanto a sus cuentos
—que nunca fueron tan
pocos como él solía
decir ni tampoco tantos
como uno hubiese
querido—, la mayoría no
pueden escapar a esa
manera suya de decir las
cosas, siempre tan
cercana a la sátira
social y a la crítica
costumbrista. De hecho,
algunos parecían salidos
del Juventud Rebelde
del domingo, porque
le tiraba a la
burocracia, a los
oportunistas, el vago
—el querido compañero
Rolo, que se pasa todo
el día ahí, fajao con el
sueño.
Después de casi una
decena de libros
publicados, incontables
artículos y otras tantas
tardes conversando junto
al ron y los amigos, un
accidente, de golpe, le
borró a Zumbado todas
las palabras. Algunos
cuentan que tuvo que
aprender a contar otra
vez —él que siempre odió
los números— y que
pasaba horas sudando
frente a la máquina —no
como antes, sino un
sudor estéril—
intentando sacar 40
líneas decentes mientras
tarareaba el tema de
Casablanca.
Ya no volverá a ser lo
que era y, a aquellos
que no lo conocimos,
solo nos quedan sus
libros. Aunque, bien
mirado, no se necesita
más.
Porque Zumbado, ese
flaco con bigotes, de
vista entrenada y verbo
fácil, está ahí, en cada
una de esas páginas. Y
si alguien quiere
conocerlo y divertirse,
basta con hojearlas un
rato, porque en eso de
sacarle a uno el cajetín
mientras lo hacen pensar
Zumbado era el maestro
—aunque, la verdad, yo
prefiero llamarle profe,
porque eso de maestro
suena demasiado snoboide.
Una vez, cuando todavía
era él mismo, a alguien
se le ocurrió
preguntarle qué era el
humor, y el Zumba, en
lugar de ir al
mataburros, citar a
Clarasó o a Freud —como
hice yo—, se encogió de
hombros y teorizó como
solo él sabía hacerlo:
“¡Yo qué sé! —dijo—.
Solamente sé que me
divierte mucho, me hace
reír y sonreír cuando lo
hacen otros y me
atormenta cuando lo
tengo que hacer yo”.
Así de sencillo, qué
saben los académicos que
se dan escofina en el
ombligo y escriben
ladrillos que no leen ni
ellos mismos. Zumbado,
como todo buen
humorista, sabía que el
humor es decir las cosas
serias con una sonrisa,
y que, en el fondo, es
algo muy doloroso: “como
perder un familiar o la
libreta de
abastecimientos”. |