La Habana. Año XI.
11 al 17 de AGOSTO
de 2012

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A gozar y a pensar con mi socio Manolo
José Alejandro Rodríguez • La Habana

Manuel González Bello hizo el único chiste de mal gusto de su vida el 31 de mayo de 2002, cuando partió antes de tiempo y dejó demasiadas deudas con la gracia y la pimienta, abandonando a sus dilectos lectores al acecho de tantos aburrimientos y densidades del periodismo cubano, que se atropellan como las penas de Sindo Garay.

Me piden para La Jiribilla una semblanza del humor periodístico de Manolo, una verdadera jiribilla de la vida y no puedo complacerlos con alegres evocaciones, porque desde que él no nos seduce con sus desplantes, el periodismo cubano es un poco más triste y cuadriculado. Y quienes gozamos y reímos el privilegio de ser sus amigos, nos quedamos un poco huérfanos de quien fue, sin dudas, una de las cumbres de la crónica costumbrista cubana de todos los tiempos.

Entreverados como esquirlas de carne en chicharrón, allí están en la obra de Manolo como influencias inspiradoras, iluminando su profundo jugueteo con la realidad por adversa que fuera, el batiscafo de Eladio Secades para sondear los ocultos resortes conductuales del cubano, la exultante criollez de Enrique Núñez Rodríguez y el agudo estilete para el absurdo de Zumbado, que siempre le zumba.

El humor de Manolo, que lo acompaña en toda su obra periodística de 28 años, pero se destila como elixir en esas joyas de las Crónicas de Sábado de Juventud Rebelde durante dos de ellos, transita la carcajada estentórea, la sonrisa reflexiva, la ironía y el sarcasmo impresionista. Y hace un guiño a la triste comicidad del insuperable antihéroe de Charlot.

No se inflamó el cronista Manolo, con las afectadas y cerebrales ínfulas de ese falso humor seudo intelectual que blasona de snob. Y, sin  embargo, su vigoroso estilo llega a todos los públicos de lectores. Lo más difícil es erigir lo grande con las armazones sencillas de vocablos y frases concisos pero fecundos y hermosos.

Jamás hizo concesiones a la chabacanería, el mal gusto y el facilismo con que ciertos humoristas buscan visa fácil para atrapar adhesiones ligeras y complacientes. Sus crónicas son, bajo el ropaje de lo insólitamente gracioso y ocurrente, verdaderos sondeos universales de la condición humana, con sus luces y sombras. Por instantes, trasuntan lo filosófico en lo sardónico.

Muy cubano el humor de Manuel, sin pintoresquismos baratos;  con la gracia y el don de los que nacieron en esta salpicadura de tierra: implacable con los densos, los pesados y los insulsos como chayotes. Pero cubano también, porque mueve con fina jocosidad el estilete de la crítica a los defectos de nuestra sociedad. Es un desquite noble, con garbo. Sin vitriolo, pero con un zumo concentrado y corrosivo, que devuelve la vida y el optimismo contra el desplome existencial.

Quien lo dude, que se asome a las Crónicas de Sábado de Manuel González Bello, reunidas bajo el título Con una sonrisa primero por la Editora Mecenas, de Cienfuegos, y más recientemente por la Editorial Abril. Le parecerán aún virginales y acabadas de escribir, depositarias del presente y quizá del futuro.

La historia dirá si Manuel Gonzáles Bello hará reír o no a los cubanos de 100 ó 200 años después. Yo apuesto a que sí.

 
 
 
 
 
 
 
 
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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2012.