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Manuel González Bello
hizo el único chiste de
mal gusto de su vida el
31 de mayo de 2002,
cuando partió antes de
tiempo y dejó demasiadas
deudas con la gracia y
la pimienta, abandonando
a sus dilectos lectores
al acecho de tantos
aburrimientos y
densidades del
periodismo cubano, que
se atropellan como las
penas de Sindo Garay.
Me piden para La
Jiribilla una semblanza
del humor periodístico
de Manolo, una verdadera jiribilla de la vida y
no puedo complacerlos
con alegres evocaciones,
porque desde que él no
nos seduce con sus
desplantes, el
periodismo cubano es un
poco más triste y
cuadriculado. Y quienes
gozamos y reímos el
privilegio de ser sus
amigos, nos quedamos un
poco huérfanos de quien
fue, sin dudas, una de
las cumbres de la
crónica costumbrista
cubana de todos los
tiempos.
Entreverados como
esquirlas de carne en
chicharrón, allí están
en la obra de Manolo
como influencias
inspiradoras, iluminando
su profundo jugueteo con
la realidad por adversa
que fuera, el batiscafo
de Eladio Secades para
sondear los ocultos
resortes conductuales
del cubano, la exultante
criollez de
Enrique
Núñez Rodríguez y el
agudo estilete para el
absurdo de
Zumbado, que
siempre le zumba.
El humor de Manolo, que
lo acompaña en toda su
obra periodística de 28
años, pero se destila
como elixir en esas
joyas de las Crónicas de
Sábado de Juventud
Rebelde durante dos de
ellos, transita la
carcajada estentórea, la
sonrisa reflexiva, la
ironía y el sarcasmo
impresionista. Y hace un
guiño a la triste
comicidad del
insuperable antihéroe de Charlot.
No se inflamó el
cronista Manolo, con las
afectadas y cerebrales
ínfulas de ese falso
humor seudo intelectual
que blasona de snob. Y,
sin embargo, su
vigoroso estilo llega a
todos los públicos de
lectores. Lo más difícil
es erigir lo grande con
las armazones sencillas
de vocablos y frases
concisos pero fecundos y
hermosos.
Jamás hizo concesiones a
la chabacanería, el mal
gusto y el facilismo con
que ciertos humoristas
buscan visa fácil para
atrapar adhesiones
ligeras y complacientes.
Sus crónicas son, bajo
el ropaje de lo
insólitamente gracioso y
ocurrente, verdaderos
sondeos universales de
la condición humana, con
sus luces y sombras. Por
instantes, trasuntan lo
filosófico en lo
sardónico.
Muy cubano el humor de
Manuel, sin
pintoresquismos baratos;
con la gracia y el don
de los que nacieron en
esta salpicadura de
tierra: implacable con
los densos, los pesados
y los insulsos como
chayotes. Pero cubano
también, porque mueve
con fina jocosidad el
estilete de la crítica a
los defectos de nuestra
sociedad. Es un desquite
noble, con garbo. Sin
vitriolo, pero con un
zumo concentrado y
corrosivo, que devuelve
la vida y el optimismo
contra el desplome
existencial.
Quien lo dude, que se
asome a las Crónicas de
Sábado de Manuel
González Bello, reunidas
bajo el título Con una
sonrisa primero por la
Editora Mecenas, de
Cienfuegos, y más
recientemente por la
Editorial Abril. Le
parecerán aún virginales
y acabadas de escribir,
depositarias del
presente y quizá del
futuro.
La historia dirá si
Manuel Gonzáles Bello
hará reír o no a los
cubanos de 100 ó 200
años después. Yo apuesto
a que sí. |