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Cuando finalmente llegué
a ser miembro en nómina
de la plantilla del
prestigioso suplemento
de humor gráfico
dedeté, en 1990, ya
había colaborado con mis
prematuros textos
humorísticos en varias
publicaciones cubanas.
Mis primeras incursiones
en el género habían
visto la luz en las
páginas de la ya
olvidada revista
Opina. Luego se sumó
el histórico Palante,
y finalmente, al entrar
a trabajar en la
novedosa composición
digital (captura y
diseños de texto en
computadoras) de
Juventud Rebelde, me
integré al equipo de las
tres letras venenosas:
ddt.
Mi intuición profesional
me indicó que, a pesar
de mis intentos haciendo
caricaturas, lo mío no
era eso. Nada se podía
inventar ante gigantes
de la gráfica como
Manuel, Tomy, Carlucho,
Torres y Ajubel, cuya
voz e inigualables
dibujos aún resonaban en
las paredes de nuestra
sede. Otros grandes, los
miembros del grupo Nos y
Otros, al que también
llegué por esa época, me
mostraron el camino del
humor en los textos.
Terminé de descubrir en
ese entorno la obra de
muchos escritores
humorísticos que con
anterioridad publicaban
en los diversos
espacios periódicos,
incluyendo algunos
libros. Tal es el caso
de
Héctor Zumbado, F.
Mond, Teijeiro, Mario
Barros, Alexis Núñez
Oliva, Enrique del
Risco, Jorge Fernández
Era, Évora Tamayo,
ISCAJIM… que se sumaban
a la crónica dominical
que nos regalaba
Enrique
Núñez Rodríguez.
Cuántos autores, y estoy
seguro de que se me ha
extraviado algún nombre
en la memoria. Todos
eran sucesores, de una
manera u otra, de la
impronta de grandes del
género:
Marcos Behmaras,
Carballido Rey y Juan
Ángel Cardi.
No solo disfrutábamos
del humor literario “a
pulso”, por así
decirlo. Eran tiempos en
que muchos escritores y
periodistas se
aventuraban a dejar
atrapadas en unas pocas
cuartillas, simpáticas
crónicas e historias
llenas de aguda crítica
y fino humor. Recuerdo
notables incursiones de
Emilio Surí, Amado del
Pino,
Manuel González
Bello, Luis Sexto… y
muchos otros,
incluyendo a nuestro
otrora y querido
Ministro de Cultura,
Abel Prieto, que por
entonces se debatía en
importantes menesteres
de la Unión Nacional de
Escritores y Artistas de
Cuba.
Un lamentable punto de
giro, el Periodo
Especial, redujo a lo
más mínimo los espacios
para este género
literario. El texto
humorístico, junto a la
gráfica (caricaturas,
historietas y fotos)
sufrieron las peores
consecuencias. Algunos
autores emigraron, otros
lamentablemente
fallecieron, y la
mayoría reorientó su
quehacer a tal punto que
en la pasada década,
cuando el Museo de San
Antonio de los Baños
quiso homenajear a los
escritores humorísticos
más representativos de
entonces, sentí un
enorme placer al
acompañar a Betán e
ISCAJIM en tal alto
mérito. ¡Solo tres
reconocidas firmas!
Era evidente que nos
encontrábamos en un
inevitable proceso de
extinción. Otros
escritores había (cómo
no). Era el reducido
espacio dedicado al
humor literario en
nuestras publicaciones
periódicas quien había
borrado casi de un
zarpazo todo vestigio de
nuestra existencia. No
solo en los periódicos,
o la prensa plana, como
algunos prefieren decir.
Las editoras dejaron de
publicar libros de
literatura humorística
al estilo de las
refrescantes “limonadas”
de Zumbado y pequeños
volúmenes de Nos y
Otros, y otros
afortunados (valga la
redundancia).
En la pasada década
compartimos los breves
espacios en que casi no
estábamos con algunos
viejos colegas y algunas
nuevas adquisiciones.
Publicaron de manera muy
discreta autores como
Antonio Berazaín,
Mercedes Azcano, Viñas
Alfonso, Jorge Bacallao,
Yoss, Carlos Fundora,
Eleuterio González
(Telo), Baudilio
Espinosa, Alexis (el
Newito)…
Sé que olvido nombres,
pero lo cierto es que
autores buenos sobraban
(y sobran, en el mejor
sentido de la palabra).
La impresionante
cantidad y calidad de
obras enviadas al
concurso literario del
Festival Nacional de
Humor Aquelarre es un
magnífico e innegable
termómetro.
Sigue faltando espacio e
interés editorial por la
literatura humorística.
Palante ha
sido la publicación que
más ha podido defender
(y defiende) la
presencia del humor
literario, con una
importante
representación femenina
entre sus reporteras.
Una gran escritora, e
incondicional humorista,
Laidi Fernández de Juan,
suma a su valiosa obra
la impostergable
realización, cada mes,
de una peña literaria
donde prima el humor. La
editorial
Tablas y la José
Martí (en una novedosa
colección: A reír) y
algunas editoras
provinciales, se suman
al esfuerzo necesario de
retomar la presencia del
humor en nuestros
libros. Cuán poco aún,
pero se siente la
intención latente en
algunos de dar fe,
papel impreso mediante,
de que este es un pueblo
que nunca ha parado de
reír. |