La Habana. Año XI.
11 al 17 de AGOSTO
de 2012

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Del humor en los 80:
Otra gentileza de la desesperación
José León Díaz • La Habana

[H]aciendo la historia de la ironía y del humor,

tendríamos hecha la historia de la sensibilidad humana

y consiguientemente la del progreso, la de la civilización.

La marcha de un pueblo está en la marcha de sus humoristas.

Azorín

No todos, y no siempre, pero a nadie es ajena la sensación de que los humoristas perennemente han sido relegados dentro de la literatura cubana. Las razones pudieran ser muchas, desde la pérdida del dichoso tomo dedicado a la comedia por Aristóteles en su Poética, hasta cierta epidemia de solemnidad entre los críticos (y los funcionarios) que se arrogan el derecho de admisión en el corpus literario de la Isla, pasando por la creencia de que el humor es chiste banal o simple resbalón con la cáscara, confusión que persiste. Quizá los cubanos nos consideremos tan graciosos, que algunos piensen que el ejercicio del humor no requiere demasiado esfuerzo de las neuronas.

Muchas razones, pero ni me atrevo a sugerirlas. Ahí han estado, nada nos hace sospechar que dejen de estar, y eran las mismas que dominaban el entorno cultural de la Isla durante la ya amarillenta década de los 80 del pasado siglo, cuando, junto con otros jóvenes, fundé el grupo Nos y Otros, y por esa vía me vi (nos vimos todos) involucrados en una verdadera explosión del humorismo en Cuba, que al poco tiempo se dio en llamar Movimiento de Jóvenes Humoristas. En fin, una nueva (e inquieta) generación abría los ojos. Desde entonces, algunos no hemos podido volverlos a cerrar. 

Quisiera, empero, hacer una pequeña advertencia: Los recuerdos que siguen, acosados por el tiempo en sus múltiples acepciones, parten exclusivamente de mis experiencias tanto personales como dentro del grupo Nos y Otros entre los años 1982 y 1988, y se refieren sobre todo al humor literario. Cualquier parecido o coincidencia con ellos, quizá forme parte de mis intenciones.

A nuestro alborozado nacimiento asistieron varias figuras tutelares, entre las que hoy destacaría a H. Zumbado, quien semana tras semana nos regalaba sus Riflexiones desde las páginas de Juventud Rebelde. Valiosas lecciones al costo de unos muy módicos cinco centavos, que ese era el precio de los periódicos, y sin necesidad de disputar un ejemplar a la numerosa tribu de jubilados y vividores de hoy día. Pero volvamos al nacimiento, Eduardo del Llano, Aldo Busto, Luis Felipe Calvo y yo, no nos habíamos agrupado para dedicarnos al humorismo, sino para tan profusas cosas, tan ambiciosas que todas terminaron… bueno, en el humorismo. No voy a hacer la historia, pues hasta un documental versa sobre el tema (G-NYO, 2010); solo diré que no éramos los clásicos chistosos de fiesta, ni siquiera tipos demasiado alegres, más bien actuábamos a la riposta, añadiendo comentarios mordaces, deslizando ironías, observando eso que los filósofos llaman realidad y la forma en que los humanos nos enredábamos en ella. Una noche asistimos a una de las presentaciones de Les Luthiers en La Habana, y aquello, como a tantos, nos estiró los horizontes: fue como si empezáramos a entender. Hurgamos entonces entre los clásicos, cubanos y extranjeros, hilvanando los hilos de una tradición que una cohorte de “especialistas” se ha encargado de ningunear. Lo demás era escribir y escribir, hasta que una buena vez, ocultando nuestra timidez y gracias al entusiasmo de un amigo (Alexis Triana, por más señas) nos decidimos a presentar varios textos en dedeté y Alma Mater. Corría el año 1985 y los textos vieron la luz, no sabíamos que acabábamos de entrar en algo que aún no tenía nombre pero que se manifestaba en muy variados rincones de la Isla: jóvenes haciendo humor.

Por espacio de tres o cuatro años coincidieron, y sin ánimos de hacer un censo a posteriori, grupos como La Seña del Humor, de Matanzas; La Leña del Humor, de Villa Clara; Onondivepa y Los Hepáticos, del ISPJAE; Salamanca, del ISA; La Piña del Humor, de la Facultad de Lenguas Extranjeras; Lengua Viva, simplemente de La Habana; Guisazo, de Cienfuegos… Y solistas como Octavio Rodríguez, Ulises Toirac, Eleuterio González (Telo); y entre los escritores, Enrisco, Jorge Fernández Era, Pedro Lorenzo. También caricaturistas como Carrillo, Boligán, la tropa de La Aspirina. Un verdadero raudal de gente, y un enjambre de maneras de hacer y entender el humor. Qué provocó tal eclosión, es algo difícil de contestar. Una hipótesis esgrimida para analizar otras manifestaciones culturales en la época, apunta al arribo a la escena cultural de la primera generación nacida y formada durante la Revolución.

Solo al cabo de los años uno se hace preguntas como esta: ¿en qué nos diferenciábamos de quienes nos habían precedido? O dicho en otras palabras, ¿qué aportábamos? Y por supuesto, el cabo de los años no puede darme la respuesta. Sin embargo, sugeriría (y aquí sí me atrevo) que a diferencia de nuestros antecesores en el humor literario, escritores predominantemente de artículos y crónicas de costumbres, más que a estos géneros, que facilitaban la definición y crítica de tipos y situaciones sociales, nosotros tendíamos a la ficción. Utilizábamos los resortes narrativos lo mismo para volver sobre los temas y motivos de los costumbristas de antaño, que para crear un humor más apegado a lo absurdo, a la referencia literaria o historicista, y por ese camino a veces a lo culterano. Quizá por ello el recordado estudioso Salvador Redonet nos invitó a unas lecturas, organizadas por él en la Facultad de Artes y Letras, y nos comentó que nos veía como otra de las aristas de lo que luego él denominaría como los novísimos. Recursos similares se utilizaban sobre las tablas (vale recordar a Virulo entre los padres tutelares de los grupos dedicados a la escena), con el añadido de que predominaba el sketch breve y con ambientación mínima, que se adentraba rápido en la realidad con mayor apoyatura en los chistes de tono conceptual y no la gestualidad. Y en ambos casos, literatura y teatro, bien marcado el afán por la crítica social, o para decirlo mejor: por la crítica hasta donde se nos permitía.  

Excepto la sociedad de entonces, que al igual que todas las sociedades se ofrecía a nuestras sátiras y humoradas pletórica de rigideces y gazmoñerías, no contábamos con mucho, pero eso no fue óbice para ir descubriendo, para bien y para mal, innúmeras cosas. Por ejemplo, ante los dardos muy pronto los burócratas dejaban de ser entes abstractos y, dueños de una cuota de poder y de considerable tiempo, no tardaban en convertir a cualquier humorista, como si de un robusto plátano verde se tratara, en simple e insípido fufú. De nada valía que nos escudáramos en el conocido adagio castigat ridendo mores, “corrige riendo las costumbres”, que se utiliza como definición de la utilidad de la comedia clásica. Vaya, como hubiera dicho el español Edgar Neville: “hay que tener cuidado porque el humor malentendido en estos seres es directamente proporcional a un prominente garrotazo en la cabeza, a veces la ironía duele al que la suelta…”

En el caso de Nos y Otros, único, repito, por el que puedo hablar aunque supongo que todos los demás vivieron episodios igual de emocionantes, a pesar de algún que otro premio, de haber incluso puesto nuestro granito en alguna que otra campaña educativa, pues merecimos un amistoso halón de orejas en las oficinas de cierto personaje, y un poco más tarde, al estrenarse Alicia en el pueblo de Maravillas, cuyo guion en buena medida es nuestro, recibimos una excesivamente calurosa recepción dentro y fuera de las salas cinematográficas. Eso fue cuanto recibimos por nuestros desvelos, y supongo que después, quienes continuaron tras mi salida de Nos y Otros, merecieron elogios de similar jaez. Visto hoy, al menos yo me siento orgulloso de tales reconocimientos, pues cualquiera sabe, como comenta Guillermina Royo-Villanova en algún lugar de la web, que si el humor es esa necesidad que viene en parte de la inadaptación en la sociedad, de la discrepancia con lo erróneamente establecido y el deseo de contribuir a su solución o siquiera a hacerlo más llevadero; quienes se oponen a él, representan la estupidez satisfecha y realizada.

Algo más hicimos los humoristas de los 80: hacia 1987 logramos, a pesar de todas las diferencias, especialmente estéticas, entre los diversos componentes, agruparnos en un movimiento que rápidamente fue absorbido por la naciente AHS, y que años después daría origen al Centro Promotor del Humor, pero eso es ya otra historia. También logramos empujar (es conocido cuanto cuestan unos milímetros en estas lides) esa no tan delgada raya roja de la censura, encomiable labor que después ha mantenido una parte de las siguientes promociones de los 90 y de principios del XXI.

Con lo que no pudimos, y es difícil que alguien pueda, es con la desidia y el desdén que padece este género, mencionado al comenzar estas breves notas. Rara vez aparece alguna que otra reseña puntual, casi siempre con motivo de los festivales Aquelarre (por cierto, otra herencia de aquellos años). Tampoco es de mi conocimiento que en algún aula universitaria se estudie a los humoristas cubanos, y ello a pesar de que, como señalara Ana Cairo en Aproximaciones a once costumbristas de la neocolonia, refiriéndose a los artículos de costumbres durante la República: “… puede[n] alcanzar niveles superiores de realización que los géneros narrativos en un momento dado y que solo porque permanecen olvidados es que no figuran entre las más interesantes obras literarias de la década.” Su ensayo me llena de esperanza y quizá antes de 2030, si todavía los caprichos de los humanos lo permiten, podamos leer un estudio más profundo sobre nuestras modestas contribuciones (si es que las hubo) a las letras y al periodismo cubanos. Y hace falta, porque como escribió (más que una queja, un verdadero alarido) hace 20 años Eduardo del Llano en las páginas de una revista dedicada al humor literario y también justamente titulada Aquelarre, publicación que solo pestañeó una vez para luego engrosar con parte de su tirada la necesaria recuperación de materia prima en forma de pulpa: “¿Puede la cultura cubana darse el lujo de ignorar un movimiento de esa fuerza? Sí, juzgando por la historia del mismo. Que esa voluntad de prescindir sea buena para la cultura cubana es otra cosa.”

No obstante quiero creer que algo ha cambiado algo, o que cambiará y no tengamos que esperar hasta 2030. Quisiera creer también que un humorista no deba esperar, como tuvo que hacerlo Nos y Otros en su tiempo, unos cuantos años para ver su primer libro publicado. Y en el colmo de la credulidad, confío en que esa gentileza de la desesperación que, según Oscar Wilde, es el humor, goce de mayor consideración.

 
 
 
 
 
 
 
 
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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2012.