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[H]aciendo la historia
de la ironía y del
humor,
tendríamos hecha la
historia de la
sensibilidad humana
y consiguientemente la
del progreso, la de la
civilización.
La marcha de un pueblo
está en la marcha de sus
humoristas.
Azorín
No todos, y no siempre,
pero a nadie es ajena la
sensación de que los
humoristas perennemente
han sido relegados
dentro de la literatura
cubana. Las razones
pudieran ser muchas,
desde la pérdida del
dichoso tomo dedicado a
la comedia por
Aristóteles en su
Poética, hasta
cierta epidemia de
solemnidad entre los
críticos (y los
funcionarios) que se
arrogan el derecho de
admisión en el corpus
literario de la Isla,
pasando por la creencia
de que el humor es
chiste banal o simple
resbalón con la cáscara,
confusión que persiste.
Quizá los cubanos nos
consideremos tan
graciosos, que algunos
piensen que el ejercicio
del humor no requiere
demasiado esfuerzo de
las neuronas.
Muchas razones, pero ni
me atrevo a sugerirlas.
Ahí han estado, nada nos
hace sospechar que dejen
de estar, y eran las
mismas que dominaban el
entorno cultural de la
Isla durante la ya
amarillenta década de
los 80 del pasado siglo,
cuando, junto con otros
jóvenes, fundé el grupo
Nos y Otros, y por esa
vía me vi (nos vimos
todos) involucrados en
una verdadera explosión
del humorismo en Cuba,
que al poco tiempo se
dio en llamar Movimiento
de Jóvenes Humoristas.
En fin, una nueva (e
inquieta) generación
abría los ojos. Desde
entonces, algunos no
hemos podido volverlos a
cerrar.
Quisiera, empero, hacer
una pequeña advertencia:
Los recuerdos que
siguen, acosados por el
tiempo en sus múltiples
acepciones, parten
exclusivamente de mis
experiencias tanto
personales como dentro
del grupo Nos y Otros
entre los años 1982 y
1988, y se refieren
sobre todo al humor
literario. Cualquier
parecido o coincidencia
con ellos, quizá forme
parte de mis
intenciones.
A nuestro alborozado
nacimiento asistieron
varias figuras
tutelares, entre las que
hoy destacaría a H.
Zumbado, quien semana
tras semana nos regalaba
sus Riflexiones
desde las páginas de
Juventud Rebelde.
Valiosas lecciones al
costo de unos muy
módicos cinco centavos,
que ese era el precio de
los periódicos, y sin
necesidad de disputar un
ejemplar a la numerosa
tribu de jubilados y
vividores de hoy día.
Pero volvamos al
nacimiento, Eduardo del
Llano, Aldo Busto, Luis
Felipe Calvo y yo, no
nos habíamos agrupado
para dedicarnos al
humorismo, sino para tan
profusas cosas, tan
ambiciosas que todas
terminaron… bueno, en el
humorismo. No voy a
hacer la historia, pues
hasta un documental
versa sobre el tema
(G-NYO, 2010); solo
diré que no éramos los
clásicos chistosos de
fiesta, ni siquiera
tipos demasiado alegres,
más bien actuábamos a la
riposta, añadiendo
comentarios mordaces,
deslizando ironías,
observando eso que los
filósofos llaman
realidad y la forma en
que los humanos nos
enredábamos en ella. Una
noche asistimos a una de
las presentaciones de
Les Luthiers en La
Habana, y aquello, como
a tantos, nos estiró los
horizontes: fue como si
empezáramos a entender.
Hurgamos entonces entre
los clásicos, cubanos y
extranjeros, hilvanando
los hilos de una
tradición que una
cohorte de
“especialistas” se ha
encargado de ningunear.
Lo demás era escribir y
escribir, hasta que una
buena vez, ocultando
nuestra timidez y
gracias al entusiasmo de
un amigo (Alexis Triana,
por más señas) nos
decidimos a presentar
varios textos en
dedeté y Alma
Mater. Corría el año
1985 y los textos vieron
la luz, no sabíamos que
acabábamos de entrar en
algo que aún no tenía
nombre pero que se
manifestaba en muy
variados rincones de la
Isla: jóvenes haciendo
humor.
Por espacio de tres o
cuatro años
coincidieron, y sin
ánimos de hacer un censo
a posteriori,
grupos como La Seña del
Humor, de Matanzas; La
Leña del Humor, de Villa
Clara; Onondivepa y Los
Hepáticos, del ISPJAE;
Salamanca, del ISA; La
Piña del Humor, de la
Facultad de Lenguas
Extranjeras; Lengua
Viva, simplemente de La
Habana; Guisazo, de
Cienfuegos… Y solistas
como Octavio Rodríguez,
Ulises Toirac, Eleuterio
González (Telo); y entre
los escritores, Enrisco,
Jorge Fernández Era,
Pedro Lorenzo. También
caricaturistas como
Carrillo, Boligán, la
tropa de La Aspirina. Un
verdadero raudal de
gente, y un enjambre de
maneras de hacer y
entender el humor. Qué
provocó tal eclosión, es
algo difícil de
contestar. Una hipótesis
esgrimida para analizar
otras manifestaciones
culturales en la época,
apunta al arribo a la
escena cultural de la
primera generación
nacida y formada durante
la Revolución.
Solo al cabo de los años
uno se hace preguntas
como esta: ¿en qué nos
diferenciábamos de
quienes nos habían
precedido? O dicho en
otras palabras, ¿qué
aportábamos? Y por
supuesto, el cabo de los
años no puede darme la
respuesta. Sin embargo,
sugeriría (y aquí sí me
atrevo) que a diferencia
de nuestros antecesores
en el humor literario,
escritores
predominantemente de
artículos y crónicas de
costumbres, más que a
estos géneros, que
facilitaban la
definición y crítica de
tipos y situaciones
sociales, nosotros
tendíamos a la ficción.
Utilizábamos los
resortes narrativos lo
mismo para volver sobre
los temas y motivos de
los costumbristas de
antaño, que para crear
un humor más apegado a
lo absurdo, a la
referencia literaria o
historicista, y por ese
camino a veces a lo
culterano. Quizá por
ello el recordado
estudioso Salvador
Redonet nos invitó a
unas lecturas,
organizadas por él en la
Facultad de Artes y
Letras, y nos comentó
que nos veía como otra
de las aristas de lo que
luego él denominaría
como los novísimos.
Recursos similares se
utilizaban sobre las
tablas (vale recordar a
Virulo entre los padres
tutelares de los grupos
dedicados a la escena),
con el añadido de que
predominaba el sketch
breve y con ambientación
mínima, que se adentraba
rápido en la realidad
con mayor apoyatura en
los chistes de tono
conceptual y no la
gestualidad. Y en ambos
casos, literatura y
teatro, bien marcado el
afán por la crítica
social, o para decirlo
mejor: por la crítica
hasta donde se nos
permitía.
Excepto la sociedad de
entonces, que al igual
que todas las sociedades
se ofrecía a nuestras
sátiras y humoradas
pletórica de rigideces y
gazmoñerías, no
contábamos con mucho,
pero eso no fue óbice
para ir descubriendo,
para bien y para mal,
innúmeras cosas. Por
ejemplo, ante los dardos
muy pronto los
burócratas dejaban de
ser entes abstractos y,
dueños de una cuota de
poder y de considerable
tiempo, no tardaban en
convertir a cualquier
humorista, como si de un
robusto plátano verde se
tratara, en simple e
insípido fufú. De nada
valía que nos
escudáramos en el
conocido adagio
castigat ridendo mores,
“corrige riendo las
costumbres”, que se
utiliza como definición
de la utilidad de la
comedia clásica. Vaya,
como hubiera dicho el
español Edgar Neville: “hay
que tener cuidado porque
el humor malentendido en
estos seres es
directamente
proporcional a un
prominente garrotazo en
la cabeza, a veces la
ironía duele al que la
suelta…”
Algo más hicimos los
humoristas de los 80:
hacia 1987 logramos, a
pesar de todas las
diferencias,
especialmente estéticas,
entre los diversos
componentes, agruparnos
en un movimiento que
rápidamente fue
absorbido por la
naciente AHS, y que años
después daría origen al
Centro Promotor del
Humor, pero eso es ya
otra historia. También
logramos empujar (es
conocido cuanto cuestan
unos milímetros en estas
lides) esa no tan
delgada raya roja de la
censura, encomiable
labor que después ha
mantenido una parte de
las siguientes
promociones de los 90 y
de principios del XXI.
Con lo que no pudimos, y
es difícil que alguien
pueda, es con la desidia
y el desdén que padece
este género, mencionado
al comenzar estas breves
notas. Rara vez aparece
alguna que otra reseña
puntual, casi siempre
con motivo de los
festivales Aquelarre
(por cierto, otra
herencia de aquellos
años). Tampoco es de mi
conocimiento que en
algún aula universitaria
se estudie a los
humoristas cubanos, y
ello a pesar de que,
como señalara Ana Cairo
en Aproximaciones a
once costumbristas de la
neocolonia,
refiriéndose a los
artículos de costumbres
durante la República: “… puede[n] alcanzar
niveles superiores de
realización que los
géneros narrativos en un
momento dado y que solo
porque permanecen
olvidados es que no
figuran entre las más
interesantes obras
literarias de la
década.” Su ensayo me
llena de esperanza y
quizá antes de 2030, si
todavía los caprichos de
los humanos lo permiten,
podamos leer un estudio
más profundo sobre
nuestras modestas
contribuciones (si es
que las hubo) a las
letras y al periodismo
cubanos. Y hace falta,
porque como escribió
(más que una queja, un
verdadero alarido) hace
20 años Eduardo del
Llano en las páginas de
una revista dedicada al
humor literario y
también justamente
titulada Aquelarre,
publicación que solo
pestañeó una vez para
luego engrosar con parte
de su tirada la
necesaria recuperación
de materia prima en
forma de pulpa: “¿Puede
la cultura cubana darse
el lujo de ignorar un
movimiento de esa
fuerza? Sí, juzgando por
la historia del mismo.
Que esa voluntad de
prescindir sea buena
para la cultura cubana
es otra cosa.”
No obstante quiero creer
que algo ha cambiado
algo, o que cambiará y
no tengamos que esperar
hasta 2030. Quisiera
creer también que un
humorista no deba
esperar, como tuvo que
hacerlo Nos y Otros en
su tiempo, unos cuantos
años para ver su primer
libro publicado. Y en el
colmo de la credulidad,
confío en que esa
gentileza de la
desesperación que, según
Oscar Wilde, es el
humor, goce de mayor
consideración. |