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Después de más de dos
décadas vinculado al
humorismo, tuve la
singular experiencia de
ser jurado de artes
escénicas en el Festival
Nacional Aquelarre 2012,
junto con un grupo de
personas que admiro y
respeto. He coincidido
con ellas en diversos
proyectos en alguna
etapa de mi vida, y fue
un verdadero privilegio
estar en Noches de
brujas, al lado de
Corina Mestre,
Laidi
Fernández de Juan, Magda
González y Omar Franco.
Resultó muy estimulante
compartir con estos
talentosos amigos y
disfrutar de obras
notables por su nivel
creativo que llegaron
desde los más diversos
rincones de la Isla.
También soportamos con
estoicismo temas y
chistes reiterados a lo
largo del evento, dada
la subordinación
generalizada que existe
en los creadores, en
cuanto a la ineludible
referencia a la realidad
inmediata.
En los momentos en que
las aguas del debate se
calmaban, en el jurado
afloraban las más
diversas conversaciones.
Junto a chispeantes
anécdotas, tocamos
cuestiones relacionadas
con el teatro, la
televisión, la
literatura y, por
supuesto, el humor. En
uno de los intermedios
salió a relucir una
vieja polémica respecto
a dos categorías, que de
hecho constituyen el
plato fuerte de la
competencia escénica en
cada Aquelarre: el
espectáculo teatral
y el espectáculo
humorístico.
Desde los años 80, en
que jóvenes
universitarios saltamos
al escenario estimulados
por
Héctor
Zumbado,
Virulo y Les Luthiers,
ha predominado el
espectáculo humorístico,
concebido como una
sucesión de sketchs
ocasionalmente
combinados con parodias
musicales y monólogos, e
hilvanados a través de
un hilo conductor cuya
consistencia ha
dependido del talento y
la creatividad de los
humoristas.
En este sentido se
recuerdan propuestas
memorables como
Tardes grises,
premio en el Primer
Festival Aquelarre 1993.
La utilización del
espacio, la
caracterización de los
personajes y el ambiente
de cada sketch,
donde el disparate y el
absurdo ocupaban un
lugar protagónico,
posibilitaron que este
espectáculo de
Telo-Salamanca tuviera
una coherencia notable y
sirviera de punto de
referencia en esta
categoría.
De todas formas, no
podemos olvidar que la
manera común de
organizar este tipo de
puesta tiene como base
números ya creados. Los
humoristas seleccionan,
dentro del repertorio
que poseen, aquello que
les permite crear una
propuesta más o menos
armónica y, a la vez que
establecen la estructura
del espectáculo,
consolidan, hasta donde
pueden, los elementos
que le sirven de columna
vertebral. Sería
interesante poder
invertir el proceso: a
partir de un tema o idea
rectora concebir los
números que integren el
proyecto. Quizá de ese
modo tendríamos en la
escena espectáculos
humorísticos mucho más
completos.
En cuanto al espectáculo
teatral, puedo asegurar
que en la mente de
muchos de aquellos
jóvenes de los 80
siempre estuvo latente
la idea de rebasar el
conjunto de
microhistorias y llevar
a las tablas una obra
teatral, una comedia
como todas las de la
ley, que respondiera a
la estructura clásica de
introducción, nudo y
desenlace, y que llevara
implícita las
inquietudes temáticas y
formales del momento. El
reto para los creadores
estaba en, aun sin una
sólida formación como
dramaturgos, actores y/o
directores, poder
entregar al público,
acostumbrado al
espectáculo humorístico,
una puesta que
constituyera una gran
unidad en sí, donde la
situación predominara
sobre el gag, la
progresión dramática
fuera un elemento
importante y resultara
vital para mover a
personajes con un mayor
trazado sicológico.
Correspondió a
Marketing, de
Humoris Causa, el
altísimo honor de ser la
primera obra que
alcanzara, en el
Festival Aquelarre del
año 1995, el anhelado
premio en la categoría
de Espectáculo Teatral y
el de actuación
masculina para Omar
Franco. Esta obra además
obtuvo los premios UNEAC
y Abril.
Sin lugar a dudas, el
camino abierto por
Marketing dio paso a
otras puestas, entre las
que se encuentran
Hábitat, del propio
Humoris Causa;
Ciclos, de Telo;
La muerte de Elpidio
Valdés, de Eduardo
del Llano-Nos y Otros;
El delegado, de
Otto Ortíz-Posdata;
Sabor bohemio, de
Antonio Berazaín,
Rigoberto Ferrera y
Ariel Mancebo; Amores
ridículos, de Iván
Camejo, y para incluir
algo de quien escribe
estas líneas, aquí van
dos de su autoría,
presentadas con el grupo
villaclareño
Cortocircuito: Los
convidados y La
discordia (canto XXV).
En el recién finalizado
festival Aquelarre 2012,
Reír es cosa muy
seria, obra escrita
por Iván Camejo y en la
que actuó junto con Kike
Quiñones, Alina Molina,
el grupo Pagola la Paga
y la orquesta del ICRT,
fue la gran ganadora, al
integrar textos, música
y actuaciones
formidables en un
espectáculo sólido y muy
divertido. Constituye
otro buen ejemplo de
cómo hacer humor de
pensamiento.
Pienso que en materia de
espectáculos y de su
clasificación hay aún
mucha tela por donde
cortar. Quizá habría que
revisar la denominación
para dejar claro que los
espectáculos
humorísticos también son
teatrales y que en el
caso de los teatrales el
componente humorístico
está implícito. Ambas
categorías son válidas
y, al menos para mí,
están bien perfiladas.
Cada una posee sus
propias características,
aunque las une el
imprescindible propósito
de hacerle la vida más
agradable a todo nuestro
público. Como dijera un
émulo de Hamlet: “Pensar
y reír, esa es la
cuestión”. |