La Habana. Año XI.
11 al 17 de AGOSTO
de 2012

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Sin ser categóricos en dos categorías
del humor escénico
Carlos Fundora • La Habana

Después de más de dos décadas vinculado al humorismo, tuve la singular experiencia de ser jurado de artes escénicas en el Festival Nacional Aquelarre 2012, junto con un grupo de personas que admiro y respeto. He coincidido con ellas en diversos proyectos en alguna etapa de mi vida, y fue un verdadero privilegio estar en Noches de brujas, al lado de Corina Mestre, Laidi Fernández de Juan, Magda González y Omar Franco. 

Resultó muy estimulante compartir con estos talentosos amigos y disfrutar de obras notables por su nivel creativo que llegaron desde los más diversos rincones de la Isla. También soportamos con estoicismo temas y chistes reiterados a lo largo del evento, dada la subordinación generalizada que existe en los creadores, en cuanto a la ineludible referencia a la realidad inmediata.

En los momentos en que las aguas del debate se calmaban, en el jurado afloraban las más diversas conversaciones. Junto a chispeantes anécdotas, tocamos cuestiones relacionadas con el teatro, la televisión, la literatura y, por supuesto, el humor. En uno de los intermedios salió a relucir una vieja polémica respecto a dos categorías, que de hecho constituyen el plato fuerte de la competencia escénica en cada Aquelarre: el espectáculo teatral y el espectáculo humorístico.

Desde los años 80, en que jóvenes universitarios saltamos al escenario estimulados por Héctor Zumbado, Virulo y Les Luthiers, ha predominado el espectáculo humorístico, concebido como una sucesión de sketchs ocasionalmente combinados con parodias musicales y monólogos, e hilvanados a través de un hilo conductor cuya consistencia ha dependido del talento y la creatividad de los humoristas.

En este sentido se recuerdan propuestas memorables como Tardes grises, premio en el Primer Festival Aquelarre 1993. La utilización del espacio, la caracterización de los personajes y el ambiente de cada sketch, donde el disparate y el absurdo ocupaban un lugar protagónico, posibilitaron que este espectáculo de Telo-Salamanca tuviera una coherencia notable y sirviera de punto de referencia en esta categoría.

De todas formas, no podemos olvidar que la manera común de organizar este tipo de puesta tiene como base números ya creados. Los humoristas seleccionan, dentro del repertorio que poseen, aquello que les permite crear una propuesta más o menos armónica y, a la vez que establecen la estructura del espectáculo, consolidan, hasta donde pueden, los elementos que le sirven de columna vertebral. Sería interesante poder invertir el proceso: a partir de un tema o idea rectora concebir los números que integren el proyecto. Quizá de ese modo tendríamos en la escena espectáculos humorísticos mucho más completos.  

En cuanto al espectáculo teatral, puedo asegurar que en la mente de muchos de aquellos jóvenes de los 80 siempre estuvo latente la idea de rebasar el conjunto de microhistorias y llevar a las tablas una obra teatral, una comedia como todas las de la ley, que respondiera a la estructura clásica de introducción, nudo y desenlace, y que llevara implícita las inquietudes temáticas y formales del momento. El reto para los creadores estaba en, aun sin una sólida formación como dramaturgos, actores y/o directores, poder entregar al público, acostumbrado al espectáculo humorístico, una puesta que constituyera una gran unidad en sí, donde la situación predominara sobre el gag, la progresión dramática fuera un elemento importante y resultara vital para mover a personajes con un mayor trazado sicológico.

Correspondió a Marketing, de Humoris Causa, el altísimo honor de ser la primera obra que alcanzara, en el Festival Aquelarre del año 1995, el anhelado premio en la categoría de Espectáculo Teatral y el de actuación masculina para Omar Franco. Esta obra además obtuvo los premios UNEAC y Abril.

Sin lugar a dudas, el camino abierto por Marketing dio paso a otras puestas, entre las que se encuentran Hábitat, del propio Humoris Causa; Ciclos, de Telo; La muerte de Elpidio Valdés, de Eduardo del Llano-Nos y Otros; El delegado, de Otto Ortíz-Posdata; Sabor bohemio, de Antonio Berazaín, Rigoberto Ferrera y Ariel Mancebo; Amores ridículos, de Iván Camejo, y para incluir algo de quien escribe estas líneas, aquí van dos de su autoría, presentadas con el grupo villaclareño Cortocircuito: Los convidados y La discordia (canto XXV).

En el recién finalizado festival Aquelarre 2012, Reír es cosa muy seria, obra escrita por Iván Camejo y en la que actuó junto con Kike Quiñones, Alina Molina, el grupo Pagola la Paga y la orquesta del ICRT, fue la gran ganadora, al integrar textos, música y actuaciones formidables en un espectáculo sólido y muy divertido. Constituye otro buen ejemplo de cómo hacer humor  de pensamiento.

Pienso que en materia de espectáculos y de su clasificación hay aún mucha tela por donde cortar. Quizá habría que revisar la denominación para dejar claro que los espectáculos humorísticos también son teatrales y que en el caso de los teatrales el componente humorístico está implícito. Ambas categorías son válidas y, al menos para mí, están bien perfiladas. Cada una posee sus propias características, aunque las une el imprescindible propósito de hacerle la vida más agradable a todo nuestro público. Como dijera un émulo de Hamlet: “Pensar y reír, esa es la cuestión”.

 
 
 
 
 
 
 
 
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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2012.