Su problema era: la
vida carecía de
sentido, nada le
interesaba, no sabía
qué hacer. De pronto
se le ocurrió
buscarse una Meta,
algo que requiriera
esfuerzo e
intensidad de
acción. Pensó y
pensó sin resultado
alguno, no obstante
se negaba a dejarse
vencer. En medio de
tanta zozobra
interior, una noche
tuvo un sueño: vio
un jardín, a su
alrededor había un
muro bajo, un álamo
en la acera le
ofrecía sombra a una
figura humana
sentada sobre el
muro. El lugar no le
pareció desconocido,
al despertarse,
creyó reconocerlo:
existía posiblemente
en el Vedado, en una
callejuela trunca
que daba a una
profunda depresión
de la cual emergían
plantas, y en cuyo
fondo se
equilibraban de un
modo milagroso
algunas viviendas,
pero no recordaba la
dirección.
Este sueño se
repitió durante
varias noches
obsesivamente, hasta
que comprendió que
su meta inmediata
era localizar aquel
sitio para dejar de
soñar con él.
Hizo un cálculo
mental: si en tres
pasos era capaz de
recorrer un metro,
necesitaría
300 pasos
para vencer una
cuadra. El esfuerzo
le pareció
insuperable al
pensar en cuántas
cuadras tendría que
caminar para
encontrarlo. Había,
eso sí, una fuerte
motivación: dar con
él para sacarlo de
sus sueños, ya que,
cuando la vida
carece de sentido,
es más recomendable
dormir con
tranquilidad.
Finalmente se
decidió a partir de
su casa llevando una
mochila con un pomo
de agua congelada,
envuelto en papel
para que no perdiera
el frío, una flauta
de pan, una barra de
dulce de guayaba y
un termo con café
caliente; también se
puso ropa fresca y
unas sandalias
suaves para caminar.
Tomó rumbo al Museo
Napoleónico, allí
dobló a la derecha,
pasó ante la
escalinata
universitaria y, al
llegar frente a
Coppelia, se sentó a
descansar en uno de
los bancos de la
parada, sacó el
termo y bebió un
poco de café.
Continuó caminando
por todo 23 buscando
la protección de las
manchas oscuras bajo
los árboles; por
último cruzó, pues
de alguna forma
intuyó que lo que
buscaba estaba por
la otra acera. Al
cabo de una larga e
interminable
caminata, encontró
una calle lateral
sin salida, que era,
lo supuso, la del
sueño. Las casas
todas eran blancas y
tenían jardín al
frente con muros
bajos. De vez en vez
había álamos sobre
las aceras, y al
amparo de su sombra,
sentado sobre uno de
los muros, estaba un
viejo. Le pareció
que le hacía señales
agitando una pieza
de tela. Se acercó.
Su ropa era
corriente y gastada,
cubría su cabeza con
una gorra, y le
sonreía amablemente.
Al acercársele,
observó que lo que
sujetaba era una
banderita con una
palabra impresa:
META.
—Siéntese, debe de
estar cansado —le
sugirió este.
Él tomó asiento, extrajo el termo de la mochila y le ofreció
café. El otro lo
aceptó y siguió
agitando la
banderita.
—Y ahora, ¿qué debo hacer? —le preguntó al anciano con
incertidumbre.
—Lo que desee.
—¿Dormir?
—Duerma
—¿Gritar:
“¡Lo
logré. He llegado a
la Meta!”?
—Grite.
—Podría aventurarme allá adentro. ¿No había ahí un hueco con
árboles? Todo está
tan oscuro...
—Corre el riesgo de perderse y yo no lo sabría encontrar.
Busque otra
Meta.
—¿Cuál?
—Si no la halla, siempre puede volver, se lo aseguro, yo
estaré aquí
esperándolo.
—Es un poco aburrido eso de ir y venir.
—Quizá, pero uno se acostumbra.
El hombre decidió despedirse para emprender el camino de
regreso. Le quedaba
algo de pan y agua
en la mochila e
incluso había
disminuido el calor.
Cuando llegó a su
casa, pensó:
“Esta noche por fin descansaré
tranquilo, pues
alcancé la Meta”. Sin embargo, más tarde, todo se
repitió según ya era
costumbre: divisó el
umbroso jardín con
el viejo sentado
sobre el muro. Al
despertar comprendió
el sentido de aquel
sueño. Así que en la
mañana, todavía
cansado por el viaje
anterior, colgó la
mochila de su
espalda, abrió la
puerta de la calle,
y echó a andar.
Esther Díaz Llanillo:
Dra. en Filosofía y
Letras,
bibliotecaria,
narradora y
ensayista. Entre
otros libros, ha
publicado sus
relatos en El
castigo
(Ediciones R, 1966),
Cuentos antes y
después del sueño
(Letras Cubanas,
1999; 2.ed. Letras
Cubanas, 2007),
Cambio de vida
(Letras Cubanas,
2002, donde se
incluyen dos
cuadernos de cuentos
que obtuvieron
mención en el Premio
Alejo Carpentier en
1999 y 2000);
Entre latidos
(Ediciones Unión,
2005), Los
rostros
(Ediciones Unión,
2008) y El
vendedor de cabezas
(Letras Cubanas,
2009). Cuentos suyos
han aparecido en
diversas antologías
y revistas en Cuba y
otros países, y han
sido traducidos al
inglés, al danés y
al farsi. En 2004 le
fue conferida la
Distinción Por la
Cultura Nacional.