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Para el escritor
estadounidense Gore
Vidal, su país suscitó
los mayores
apasionamientos, pero
también las más grandes
frustraciones. Aferrado
a las ideas democráticas
promulgadas por los
fundadores de esta
nación, durante toda su
vida enfrentó desde la
actitud más cáustica y
desafiante la perversión
de los antiguos ideales
de progreso y hermandad
enarbolados por la
República de las Trece
Colonias.
Miembro de la generación
de posguerra, Gore Vidal
destacó por llevar a su
prosa una ética
humanista, muchas veces
desde el acercamiento a
figuras y procesos
históricos polémicos de
su tiempo, siguiendo
además la tradición de
una literatura de
crítica social en
EE.UU., donde pudieran
citarse además a Wilson,
Sontag, Didion, Miller,
Hellman, Morrison.
Su muerte a los 86 años,
anunciada el pasado
martes 31 de julio en la
ciudad de Los Ángeles,
en EE.UU., remite a una
obra profunda en su
dimensión analítica,
pero también innovadora
en cuestiones de forma y
lenguaje. Novelas,
piezas teatrales,
guiones, libros de
memorias y más de 200
ensayos lo hicieron
varias veces candidato
al Premio Nobel de
Literatura, para muchos
harto merecido.
Nacido en 1925 en New
York, su familia tuvo
estrechos vínculos con
la política en EE.UU. A
los 10 años pasó a vivir
en Washington con su
abuela y abuelo senador,
de quien no solo tomó el
nombre, fue bautizado
como Eugene Vidal y
decidió identificarse
Gore, como su abuelo. De
aquel hombre también
heredó el interés por la
política, que lo llevó a
militar por varios años
en el ala más liberal
del Partido Demócrata.
Williwaw,
su primera novela
(1946), estaba basada en
sus experiencias durante
la Segunda Guerra
Mundial como parte del
servicio militar. Pero
ya en 1948 inauguró su
espíritu irreverente en
las letras, con El
pilar y la ciudad,
cuyos personajes
abiertamente
homosexuales defendían
con sinceridad y osadía
su propia condición de
vida. Por esa razón
“escandalosa”, el diario
The New York Times
se negó por entonces a
reseñar sus libros.
El acercamiento a
temáticas históricas de
obras como Washington
DC (1967); Burr
(1974); 1876
(1976) y Lincoln
(1984) reveló su interés
por recuperar la hazaña
de guerra de
independencia en su
país, así como acentuar
los inicios de la
perversión de los
ideales republicanos.
“Soy un historiador”,
afirmó en La Habana
durante su visita en
2006 junto con otros
intelectuales de su
país. “¿Por qué escribo
la historia en forma de
novela? La razón es
excelente: el punto de
vista. No quiero imponer
mi punto de vista a,
digamos, Abraham Lincoln.
Investigo a Lincoln
tanto como es posible,
tanto como lo haría
cualquier otro biógrafo.
Agrego entonces los
personajes ficticios que
pueden dar mi punto de
vista. No creo que un
historiador o un
novelista deba
inmiscuirse con figuras
históricas, pero creo
que tenemos el derecho
de inventar personajes
que hagan las preguntas
que el lector quisiera
hacer. Como la mayoría
de los norteamericanos
odian la historia es
difícil hacerlo. Es una
de las razones por las
que me he mantenido muy
cerca de la historia de
EE.UU. Estoy haciendo lo
que debió haber hecho la
escuela y me siento algo
resentido de no haber
podido sobresalir en
otras ocupaciones a lo
largo del camino”.
Prevalece en su obra una
mirada crítica a la
realidad social de
EE.UU. y su “sueño
americano”. Desmiente
así el ideal
supuestamente
democrático de su país.
“Para el norteamericano
medio, la libertad de
expresión es
sencillamente la
libertad de repetir lo
que todo el mundo anda
diciendo”, escribió en
una ocasión.
En Cuba, sorprendió a
algunos por la cercanía
e interés que mostró por
acercarse a la Isla,
pese a guardar una
leyenda de hombre
mordaz. Se interesó por
conformar su propia
imagen, lejos de las
tergiversaciones
mediáticas, y visitó
entre otros lugares la
Escuela Latinoamericana
de Medicina, la Casa de
las Américas y el Parque
Jonh Lennon, donde
músicos cubanos
prodigaron homenaje al
más universal de Los
Beatles.
Durante una entrevista
concedida por entonces a
la periodista Rosa
Miriam Elizalde para el
diario Juventud
Rebelde, Vidal
afirmaba que para
recuperar la república
en su país, era
necesario volver a
Franklin Delano
Roosevelt, en el
discurso inaugural de su
mandato cuando dijo: “No
tenemos nada que temer,
salvo al propio miedo”.
Para Gore, algo así
habría que decirle al
pueblo norteamericano:
“No te dejes engañar por
el miedo. Hay mucha
gente en los EE.UU. que
gana dinero gracias al
temor. Ese es su
trabajo: asustarte”.
Polémico, cáustico,
irónico e iluminador
resultó Gore Vidal, un
hombre adelantado y con
el verbo presto a
salirle al paso a la
impudicia. “Vidal es uno
de los más lúcidos
cerebros de EE.UU. y su
visión estratégica de su
país como un barco en
naufragio le ha otorgado
una justa reputación y
una inmensa influencia
en las mentes de sus
conciudadanos”, afirmó
en nuestra revista el
escritor cubano
Lisandro
Otero.
Las frases de sus
libros, ensayos y
entrevistas, seguirán
ilustrando la capacidad
movilizadora de un
intelectual, pues aunque
supiese que la
literatura no cambiará
el mundo, apostó por
dejar escrito el impulso
para acometer ese
trance.
“Soy un americano que me
preocupo por defender la
ética y la historia de
mi país, por ver si
volvemos a ser decentes
y respetados —afirmó al
diario Granma
también en La Habana—.
Sueño y trabajo para que
no nos arrebaten más la
república que alguna vez
fue los EE.UU., esa que
ha colapsado bajo el
actual régimen”. |