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Los rostros muy
conocidos del poeta
Nicolás Guillén y del
pintor Wifredo Lam,
reciben en el Aeropuerto
Internacional José Martí
de La Habana a un grupo,
también risueño, de
artistas provenientes de
París, de distintas
edades y géneros, pero
representantes todos de
la vanguardia europea.
Ante tan encumbrados
visitantes, los saludos
son sin embargo
efusivos, el
recibimiento casi
familiar.
Transcurría el mes de
julio de 1967 y con
dicha llegada comenzaba
a gestarse uno de los
mayores acontecimientos
culturales en la
historia de las artes
plásticas en América
Latina: la muestra del
Salón de Mayo de París,
por primera vez fuera de
las fronteras que lo
gestaron. El capitalino
Pabellón Cuba sería la
sede de la sui géneris
muestra colectiva, que,
además de la plástica,
permitiría a sus
protagonistas compartir
durante días caminos
intelectuales, teóricos
y sociales, en un
recorrido que llegaría
hasta la calurosa tierra
santiaguera.
El arribo del grupo y la
bienvenida; la
elaboración in situ
de algunos de los
lienzos que conformarían
la exposición; los
torsos desnudos de los
artistas en medio de la
creación, sudorosos
igual que en las horas
de trabajo voluntario en
el campo; el intercambio
de creadoras y creadores
parisinos, con sus
homólogos cubanos, son
algunos de los
acontecimientos que
quedaron retratados en
el blanco y negro de los
fotogramas que se
suceden en el documental
Salón de Mayo,
del realizador Bernabé
Hernández.
La proyección de las
imágenes testimoniales,
divertidas y escasamente
conocidas, fueron el
preámbulo elegido por la
Asociación Hermanos Saíz
para presentar el libro
de la investigadora y
crítica cubana Llilian
Llanes, un texto que
también asumió como
título el nombre de la
exhibición.
El volumen Salón de
Mayo. De París en La
Habana, julio de 1967,
bajo el sello de la
Editorial Artecubano,
“es un instrumento de
valor extraordinario
para esas
investigaciones por
venir”, aseguró Helmo
Hernández, director de
la Fundación Ludwig de
Cuba, durante las
palabras de presentación
a su cargo. La “entrega
de una copiosa
documentación” sobre el
acontecimiento cultural,
y el “lúcido ensayo
introductorio” de la
autora, fueron solo
algunos de los valores
esgrimidos por él para
justificar tal
clasificación.
Es que, con la
acuciosidad que
caracteriza su obra,
Llanes produjo un
valioso análisis sobre
el acontecimiento
cultural, que completó
en páginas sucesivas con
fotos de las obras y la
identificación de la
mayoría de sus autores,
y con comentarios de la
prensa nacional y
extranjera de la época.
Tal complementación
bibliográfica documental
es, a decir de la
autora, producto de las
mismas e inquietantes
preguntas que siempre se
hace sobre ciertos
sucesos y sobre todo,
producto de las que le
hacen personas más
jóvenes.
Al frente durante años
de las sucesivas
ediciones de la Bienal
de La Habana, Llanes
descubrió, desde los
años 80, el interés de
los creadores cubanos
por conocer sobre el
mural “Cuba colectiva”.
La obra, firmada por más
de cien pintores, es la
pieza más conocida que
legó dicho Salón al
país, y permaneció por
lustros en un almacén.
La primera copia,
preparada para una de
las tempranas ediciones
de la Bienal, encendió
la chispa de esta
investigación, que se
dilató por las
responsabilidades de
Llanes en espacios
académicos y de otra
índole.
A propósito, la
profesora agradeció en
reiteradas ocasiones los
espacios que Armando
Hart, presente en la
sala, brindó a su
generación en la
creación artística,
sobre todo a partir de
los años 80. Y comentó
cómo, gracias a ello, se
siente también
responsable de la
pluralidad de
acercamientos que se
producen hoy hacia el
universo de las artes
plásticas cubanas.
Contó Llilian sobre cómo
ha intercambiado alguna
vez, en distintas
geografías, con
protagonistas del evento
de julio de 1967, y el
deseo expreso de muchos
de regresar a Cuba para
reeditar el
acontecimiento. Convocó
a las asociaciones
culturales a que
promovieran tal
intercambio, no solo por
la importancia de que
los jóvenes conozcan una
historia contada hasta
hoy a media y con
erratas, también porque
algunos de los más
jóvenes de aquel Salón
de Mayo se encuentran
entre los artistas de
mayor reconocimiento en
la Europa del presente.
Memorias. Bienales de La
Habana 1984-1999,
fue el otro libro de
Llanes promovido en el
encuentro por Isabel
Pérez, directora de la
editorial Artecubano.
Pérez aprovechó la
oportunidad para
reconocer el trabajo de
la joven editora
Patricia Ramos y del
diseñador Ariel
Rodríguez Martínez,
quienes se enfrascaron
en la tarea de completar
el proyecto sobre las
vanguardias europeas en
Cuba, luego de que la
editorial lo sumara a su
plan anual.
El Salón de Mayo regresó
a La Habana en julio.
Las coincidencias se
multiplicaron en la
tarde del último martes
de ese mes, porque la
Asociación Hermanos Saíz
promovió que la
presentación del volumen
se produjera, a manera
de homenaje, en la sala
del Pabellón Cuba que,
presidida por el mural
“Cuba colectiva”, lleva
también el nombre de la
histórica exposición.
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