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Recuerdo un verano
furioso en casa de
padrino. Para mí, el
azul del cielo jamás
había sido tan fuerte.
El sol se colaba por
todas partes y yo
acechaba la oportunidad
de que no hubiese gente
en la casa para correr
de la cocina al balcón
haciendo un tipo de
salto con las piernas
abiertas en el aire
―pasarían muchos años
antes de que yo supiese
que se llamaba grands
jetés―.
Todos los muchachos del
barrio sentíamos la
atracción de la playa en
aquellos días. Todavía
los clubes para
asociados eran
prohibitivos para
nosotros y solo nos
quedaba el recurso de
inventar alguna
excursión con un mayor
que nos acompañara. Papá
se ofreció a llevarnos y
entonces nos dedicamos a
buscar trajes de baño
prestados, pues no
teníamos. Así
reinauguramos un cuarto
de la casa del abuelo en
que había un gran
armario con espejos,
para las sesiones de
prueba de las trusas.
Aquel fue un
acontecimiento
anonadante para mí. Por
primera vez, mis tíos y
yo, con los amigos del
barrio, nos desnudábamos
libremente para
probarnos los trajes de
baño, y nos descubrimos
unos a los otros como
jamás lo habíamos hecho;
y, entre risas y bromas,
apareció Pancho, que era
fornido de hombros, pero
tenía unas piernas
terriblemente flacas;
Julio, el pelirrojo, lo
era de pies a cabeza,
como una gran zanahoria,
pelos inclusive en todo
el cuerpo; yo era
macetudo de piernas y
flacucho de arriba.
Descubrí por primera vez
que éramos dueños de un
físico más allá de la
ropa que nos cubría
mañana, tarde y noche. Y
que el mundo de la
desnudez era de
sorpresas, unas
confortantes y otras
propias de la
desilusión. Mi
conciencia del cuerpo
comenzó a concentrarse.
Si aquella excursión a
la playa no se pudo
efectuar, sus
prolegómenos me fueron
de gran utilidad y me
abrieron los ojos a
nuevas sensaciones, a
las cuales no estaba
acostumbrado. La luz de
aquel verano fue
compañera de mis
descubrimientos de
adolescente en el mundo
que me rodeaba y que
vibraba a la par que yo.
Capítulo de las memorias
inéditas de Ramiro
Guerra. |