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Cuando me desembaracé
del Conjunto Folclórico
y su directora Teresa,
el recién creado
Ministerio de Cultura se
sintió obligado a darme
alguna tarea que hacer
para que no se dijera
que yo estaba relegado
de la cultura del país.
Marcia Leyseca, quien
tenía en sus manos el
área de Teatro y danza,
me ponía al frente de
espectáculos importantes
como el del Día
Internacional del
Teatro, lleno de figuras
extranjeras (Bibi
Anderson como presidenta
al frente), y con gran
bombo en 1984; la
declaración de la Habana
Vieja como Patrimonio de
la Humanidad por la
UNESCO en el espacio de
la Plaza de la Catedral,
ante artistas
internacionales enviados
por la UNESCO y casos
por el estilo. Yo armaba
espectáculos
involucrando a las
compañías danzarías
(Ballet Nacional, Danza
Contemporánea, Conjunto
Folclórico Nacional), a
figuras de la Nueva
Trova (Pablo Milanés,
Silvio Rodríguez), a
cantantes de la Ópera
Nacional y hacía
collages escénicos
en los cuales Cuba debía
lucir con alta
calificación mostrando
sus joyas musicales,
coreográficas y los
nuevos equipos
electrónicos que
iluminaban
esplendorosamente el
escenario del Teatro
Nacional. Dos
espectáculos itinerantes
de espacialidad teatral
para el Festival anual,
en La Habana Vieja uno,
y otro en el aniversario
del Parque Lenin fueron
tareas encomendadas a mi
dirección. Otra
aconteció en un ámbito
rural, el pueblo de
Viñales al pie del
famoso valle, en donde
se suspendió la
presentación por una
tenaz lluvia, y fue
transferida,
improvisadamente, al
pequeño y cerrado lugar
de la casa de la cultura
del pueblo ya que el
Ministro Armando Hart
había acudido
especialmente a verlo y
debía exhibirse aunque
fuera una muestra
teatral improvisada ante
las inclemencias del
tiempo.
No había espectáculo de
“tronío” ante
extranjeros o nacionales
que no fuera puesto en
mis manos, tal vez para
justificar que el
descalabro del
Decálogo del Apocalipsis
había sido un error y de
esa manera yo era
reivindicado.
Y en la creencia de
mandarme otra vez para
Angola a montar con todo
lujo el Día de África en
el lugar en que los
cubanos peleaban para
liberarlos de las garras
del colonialismo
rampante y de su hermano
el Apartheid, nacido por
el sur del continente
africano, naturalmente
que se pensó en mí.
Solicitado un coreógrafo
para el montaje de tal
espectáculo por las
huestes de la Juventud
cubana que tenía en
Angola gran cantidad de
jóvenes aficionados al
arte realizando trabajos
de promoción cultural,
la Dirección de Teatro y
Danza confió en mis
manos tal empresa. Yo,
iluso, pensé que todos
los países del
continente mandarían sus
mejores artistas a
celebrar ese gran día en
territorio angolano. Así
me hice de la compañía
de Eddy Veitía, uno de
mis bailarines que ya no
pertenecía al conjunto
de Danza Contemporánea,
como ayudante en la
tarea que se me había
confiado tan
esplendorosamente.
Salimos de madrugada en
un avión de las FAR,
junto con otros
combatientes, desde un
aeropuerto especial que
solo era usado por las
fuerzas armadas en sus
labores de combate en
favor de la liberación
angolana.
Gran sorpresa fue mi
llegada para la Embajada
y para los miembros de
la Juventud, quienes
habían solicitado algún
modesto y joven
coreógrafo para celebrar
el Día de África, en los
predios de las huestes
de los combatientes para
relajarse de sus tareas
guerreras, pero no a un
calificado coreógrafo
como yo para montar un
espectáculo en las
trincheras.
Gran corre corre criollo
se armó especialmente en
el ambiente cubano de la
Juventud a quien se le
encargó de sorpresa la
responsabilidad de
arreglar el descalabro.
Eddy y yo
fuimos ubicados en un
confortable, aunque
pequeño, hotelito de
cubanos, regenteado por
una autoritaria señora
que estimaba que los
horarios del hotel no
debían ser supeditados a
la disciplina rutinaria
del local que, por otra
parte, en esos momentos
solo nos tenía a mí y a
Eddy alojados. Así, los
horarios de comida y
desalojo de la
habitación, y las
variadas entradas y
salidas necesarias para
nuestro trabajo causaban
gran disgusto a la tal
señora que cumplía sus
labores políticas como
dueña y señora del
hotelito cubano.
Al día siguiente de
nuestra llegada fue
nuestro encuentro con el
presidente de la
Juventud, quien nos
comunicó el plan de
trabajo que debió ser
rápidamente
instrumentado por mi
presencia, lo que
incluyó en primera
instancia alquilar el
único gran teatro de la
ciudad, el Carlos Marx,
lo cual no fue posible
adquirir gratuitamente,
sino con una inversión
económica no esperada.
Fuimos inmediatamente al
teatro que ya yo conocía
por mi viaje con el
Conjunto Folclórico, por
ser ese el lugar donde
se actuó en Angola.
Hicimos un viaje en el
carro de la Juventud,
prácticamente por horas.
Extrañado, pregunté cómo
era tan distante el
teatro del local en que
se alojaba la Juventud.
Enseguida me informaron
que había que despistar
nuestro recorrido, pues
las huestes
contrarrevolucionarias
hacía dos días habían
puesto una bomba por el
usual recorrido del
transporte cubano, y la
única manera de llegar
al teatro sin peligro
era desvirtuando a los
posibles agresores de mi
presencia para el
montaje del espectáculo
del Día de África.
El segundo impacto fue
que no teníamos artistas
profesionales para el
espectáculo, sino
aficionados cubanos,
venidos a Angola para
hacer labores
culturales. Así que
visité todos los
edificios en que se
alojaban los cubanos en
áreas culturales, la
mayoría de ellos
orillados por grandes
baches de fango,
llamados “predios” y
abandonados por los
portugueses que dejaron
el país. Dichos
instructores de arte
eran de baile, música,
cantantes populares y
algunas recitadoras;
pero no tenían nivel
como para presentarlos
en este espectáculo,
excepto alguno que otro.
La tarea era difícil,
pues al no haber
artistas profesionales,
tenía que armar una
función de calidad bien
precaria para celebrar
tan ilustre fecha.
Preocupado por aquella
ímproba situación,
caminaba por las calles
peligrosas de la ciudad,
rompiéndome la cabeza
con Eddy para saber qué
hacer, cuando comenzamos
a ver frecuentemente un
inmenso avión, como un
gran barco aéreo que
despaciosa y
elegantemente
sobrevolaba la ciudad.
Al averiguar de qué se
trataba me enteré que
eran las fuerzas aéreas
soviéticas en su gran
avión de entrenamiento,
lleno de militares del
ejército que se
entrenaban en las
labores de aquella
edificación volante tan
espectacular para la
gente de a pie, ajenos a
la guerra aérea que se
gestaba en el mundo del
siglo XX.
Inmediatamente, decidí
ir a la Embajada
Soviética a ver si
tenían algún cuerpo
artístico dentro de su
pelotón aéreo. Supe
sorpresivamente que
poseían una formidable
orquesta nada menos que
de jazz, con un
gran nivel profesional,
aunque eran aficionados
de las fuerzas armadas
soviéticas que daban su
aporte a la presencia
cubana en Angola.
A mi llegada a la
Embajada Soviética vi
que la misma ocupaba un
extenso ámbito
territorial de varias
cuadras, con un edificio
central enorme. El
guardián de la puerta
principal me indicó en
inglés que la Embajada
estaba en ese momento en
horario de almuerzo y
que todos llegarían
dentro de media hora,
durante la cual, por
supuesto, esperé
ansiosamente. De pronto,
y puntualmente, un
ejército de automóviles
Lada hizo su aparición y
todos los funcionarios
después de parquear
entraron a la gran
edificación. Después del
último me fue permitida
la entrada para hablar
con la persona adecuada
para pedirle me
permitiera ver la
orquesta del pelotón
aéreo pues sabía que
poseían por noticias del
personal cubano. Dos
horas después una
orquesta que muchos
estadounidenses
envidiarían, me dio un
concierto jazzístico que
me dejó con la boca
abierta. Hablé con las
autoridades rusas
pidiéndoles la presencia
de la banda para la
celebración por Cuba del
Día de África, la cual
me fue concedida con
entusiasmo.
Por otra parte, tuve
oportunidad de ver el
concierto de un fastuoso
grupo coral africano que
pasaba por Angola en
dirección hacia un país
vecino. Les pedí su
presencia en nuestra
celebración y
accedieron, salvando
nuestra celebración como
jamás pensé que pudiera
lograrse, junto con
algunos aficionados
nuestros que tocaron y
cantaron canciones de la
Nueva Trova y una
recitadora que ofreció
algunos poemas de
Nicolás Guillén.
Aquella función fue una
de las aventuras
artísticas más complejas
que puso en mis manos la
dirección de Teatro y
Danza del recién creado
Ministerio de Cultura.
Volver a Cuba no fue
fácil. Debíamos esperar
aviones militares que
llevaran o trajeran
combatientes, y eso
tardó casi una semana,
viendo videos en el
hotelito bajo la torva
mirada de la jefa
hotelera, una señora de
estrecha mirada militar,
bien alejada de la
cultura. La Juventud nos
ofreció pasarnos a un
hotel confortable de la
ciudad, pero pensé que a
pesar de la hostilidad
de la directora,
estábamos más protegidos
en aquel pequeño ámbito
que en un alojamiento de
muchas habitaciones y
servicio complejo
internacional, pero
peligroso para la
seguridad de los cubanos
en aquel momento.
Además, pude
familiarizarme más con
el paisaje africano y
sus hermosas junglas,
aunque esto fuera de
lejos y sin penetrarlas.
Un día, el Embajador nos
recibió para
comunicarnos nuestra
próxima salida y
agradecernos nuestro
trabajo en difíciles e
imprevisibles
condiciones que pudimos
solucionar, a pesar de
las sorpresas y
dificultades.
* (Augusto
Monterroso)
Capítulo de las memorias
inéditas de Ramiro
Guerra. |