La Habana. Año XI.
4 al 10 de AGOSTO
de 2012

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memorias inéditas
Cuando desperté el dinosaurio todavía
estaba allí*
Ramiro Guerra • La Habana

Cuando me desembaracé del Conjunto Folclórico y su directora Teresa, el recién creado Ministerio de Cultura se sintió obligado a darme alguna tarea que hacer para que no se dijera que yo estaba relegado de la cultura del país. Marcia Leyseca, quien tenía en sus manos el área de Teatro y danza, me ponía al frente de espectáculos importantes como el del Día Internacional del Teatro, lleno de figuras extranjeras (Bibi Anderson como presidenta al frente), y con gran bombo en 1984; la declaración de la Habana Vieja como Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en el espacio de la Plaza de la Catedral, ante artistas internacionales enviados por la UNESCO y casos por el estilo. Yo armaba espectáculos involucrando a las compañías danzarías (Ballet Nacional, Danza Contemporánea, Conjunto Folclórico Nacional), a figuras de la Nueva Trova (Pablo Milanés, Silvio Rodríguez), a cantantes de la Ópera Nacional y hacía collages escénicos en los cuales Cuba debía lucir con alta calificación mostrando sus joyas musicales, coreográficas y los nuevos equipos electrónicos que iluminaban esplendorosamente el escenario del Teatro Nacional. Dos espectáculos itinerantes de espacialidad teatral para el Festival anual, en La Habana Vieja uno, y otro en el aniversario del Parque Lenin fueron tareas encomendadas a mi dirección. Otra aconteció en un ámbito rural, el pueblo de Viñales al pie del famoso valle, en donde se suspendió la presentación por una tenaz lluvia, y fue transferida, improvisadamente, al pequeño y cerrado lugar de la casa de la cultura del pueblo ya que el Ministro Armando Hart había acudido especialmente a verlo y debía exhibirse aunque fuera una muestra teatral improvisada ante las inclemencias del tiempo.

No había espectáculo de “tronío” ante extranjeros o nacionales que no fuera puesto en mis manos, tal vez para justificar que el descalabro del Decálogo del Apocalipsis había sido un error y de esa manera yo era reivindicado.

Y en la creencia de mandarme otra vez para Angola a montar con todo lujo el Día de África en el lugar en que los cubanos peleaban para liberarlos de las garras del colonialismo rampante y de su hermano el Apartheid, nacido por el sur del continente africano, naturalmente que se pensó en mí. Solicitado un coreógrafo para el montaje de tal espectáculo por las huestes de la Juventud cubana que tenía en Angola gran cantidad de jóvenes aficionados al arte realizando trabajos de promoción cultural, la Dirección de Teatro y Danza confió en mis manos tal empresa. Yo, iluso, pensé que todos los países del continente mandarían sus mejores artistas a celebrar ese gran día en territorio angolano. Así me hice de la compañía de Eddy Veitía, uno de mis bailarines que ya no pertenecía al conjunto de Danza Contemporánea, como ayudante en la tarea que se me había confiado tan esplendorosamente.

Salimos de madrugada en un avión de las FAR, junto con otros combatientes, desde un aeropuerto especial que solo era usado por las fuerzas armadas en sus labores de combate en favor de la liberación angolana.

Gran sorpresa fue mi llegada para la Embajada y para los miembros de la Juventud, quienes habían solicitado algún modesto y joven coreógrafo para celebrar el Día de África, en los predios de las huestes de los combatientes para relajarse de sus tareas guerreras, pero no a un calificado coreógrafo como yo para montar un espectáculo en las trincheras.

Gran corre corre criollo se armó especialmente en el ambiente cubano de la Juventud a quien se le encargó de sorpresa la responsabilidad de arreglar el descalabro. Eddy y yo fuimos ubicados en un confortable, aunque pequeño, hotelito de cubanos, regenteado por una autoritaria señora que estimaba que los horarios del hotel no debían ser supeditados a la disciplina rutinaria del local que, por otra parte, en esos momentos solo nos tenía a mí y a Eddy alojados. Así, los horarios de comida y desalojo de la habitación, y las variadas entradas y salidas necesarias para nuestro trabajo causaban gran disgusto a la tal señora que cumplía sus labores políticas como dueña y señora del hotelito cubano.

Al día siguiente de nuestra llegada fue nuestro encuentro con el presidente de la Juventud, quien nos comunicó el plan de trabajo que debió ser rápidamente instrumentado por mi presencia, lo que incluyó en primera instancia alquilar el único gran teatro de la ciudad, el Carlos Marx, lo cual no fue posible adquirir gratuitamente, sino con una inversión económica no esperada. Fuimos inmediatamente al teatro que ya yo conocía por mi viaje con el Conjunto Folclórico, por ser ese el lugar donde se actuó en Angola. Hicimos un viaje en el carro de la Juventud, prácticamente por horas. Extrañado, pregunté cómo era tan distante el teatro del local en que se alojaba la Juventud. Enseguida me informaron que había que despistar nuestro recorrido, pues las huestes contrarrevolucionarias hacía dos días habían puesto una bomba por el usual recorrido del transporte cubano, y la única manera de llegar al teatro sin peligro era desvirtuando a los posibles agresores de mi presencia para el montaje del espectáculo del Día de África.

El segundo impacto fue que no teníamos artistas profesionales para el espectáculo, sino aficionados cubanos, venidos a Angola para hacer labores culturales. Así que visité todos los edificios en que se alojaban los cubanos en áreas culturales, la mayoría de ellos orillados por grandes baches de fango, llamados “predios” y abandonados por los portugueses que dejaron el país. Dichos instructores de arte eran de baile, música, cantantes populares y algunas recitadoras; pero no tenían nivel como para presentarlos en este espectáculo, excepto alguno que otro. La tarea era difícil, pues al no haber artistas profesionales, tenía que armar una función de calidad bien precaria para celebrar tan ilustre fecha.

Preocupado por aquella ímproba situación, caminaba por las calles peligrosas de la ciudad, rompiéndome la cabeza con Eddy para saber qué hacer, cuando comenzamos a ver frecuentemente un inmenso avión, como un gran barco aéreo que despaciosa y elegantemente sobrevolaba la ciudad. Al averiguar de qué se trataba me enteré que eran las fuerzas aéreas soviéticas en su gran avión de entrenamiento, lleno de militares del ejército que se entrenaban en las labores de aquella edificación volante tan espectacular para la gente de a pie, ajenos a la guerra aérea que se gestaba en el mundo del siglo XX.

Inmediatamente, decidí ir a la Embajada Soviética a ver si tenían algún cuerpo artístico dentro de su pelotón aéreo. Supe sorpresivamente que poseían una formidable orquesta nada menos que de jazz, con un gran nivel profesional, aunque eran aficionados de las fuerzas armadas soviéticas que daban su aporte a la presencia cubana en Angola.

A mi llegada a la Embajada Soviética vi que la misma ocupaba un extenso ámbito territorial de varias cuadras, con un edificio central enorme. El guardián de la puerta principal me indicó en inglés que la Embajada estaba en ese momento en horario de almuerzo y que todos llegarían dentro de media hora, durante la cual, por supuesto, esperé ansiosamente. De pronto, y puntualmente, un ejército de automóviles Lada hizo su aparición y todos los funcionarios después de parquear entraron a la gran edificación. Después del último me fue permitida la entrada para hablar con la persona adecuada para pedirle me permitiera ver la orquesta del pelotón aéreo pues sabía que poseían por noticias del personal cubano. Dos horas después una orquesta que muchos estadounidenses envidiarían, me dio un concierto jazzístico que me dejó con la boca abierta. Hablé con las autoridades rusas pidiéndoles la presencia de la banda para la celebración por Cuba del Día de África, la cual me fue concedida con entusiasmo.

Por otra parte, tuve oportunidad de ver el concierto de un fastuoso grupo coral africano que pasaba por Angola en dirección hacia un país vecino. Les pedí su presencia en nuestra celebración y accedieron, salvando nuestra celebración como jamás pensé que pudiera lograrse, junto con algunos aficionados nuestros que tocaron y cantaron canciones de la Nueva Trova y una recitadora que ofreció algunos poemas de Nicolás Guillén.

Aquella función fue una de las aventuras artísticas más complejas que puso en mis manos la dirección de Teatro y Danza del recién creado Ministerio de Cultura.

Volver a Cuba no fue fácil. Debíamos esperar aviones militares que llevaran o trajeran combatientes, y eso tardó casi una semana, viendo videos en el hotelito bajo la torva mirada de la jefa hotelera, una señora de estrecha mirada militar, bien alejada de la cultura. La Juventud nos ofreció pasarnos a un hotel confortable de la ciudad, pero pensé que a pesar de la hostilidad de la directora, estábamos más protegidos en aquel pequeño ámbito que en un alojamiento de muchas habitaciones y servicio complejo internacional, pero peligroso para la seguridad de los cubanos en aquel momento. Además, pude familiarizarme más con el paisaje africano y sus hermosas junglas, aunque esto fuera de lejos y sin penetrarlas.

Un día, el Embajador nos recibió para comunicarnos nuestra próxima salida y agradecernos nuestro trabajo en difíciles e imprevisibles condiciones que pudimos solucionar, a pesar de las sorpresas y dificultades.
 

* (Augusto Monterroso)
 

Capítulo de las memorias inéditas de Ramiro Guerra.

 
 
 
 


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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2012.