La Habana. Año XI.
4 al 10 de AGOSTO
de 2012

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Recuerdos del Alhambra
Josefina Ortega • La Habana

Hace año pregunté a Julio Correa, uno de los acomodadores del teatro Alhambra, sobre su primer recuerdo de la legendaria sala de Consulado y Virtudes y me dio una respuesta inesperada. Dijo: “La primera vez que entré en el Alhambra —todavía no era acomodador— estaba atemorizado, las manos me temblaban y no sabía dónde meter la cabeza. Como no tenía la edad suficiente, creí que me echarían del teatro. Aunque a decir verdad, yo no sería ni el primero ni el último en sufrir esa vergüenza. Todos los días llegaban allí jovencitos vestidos con pantalones bombacho y a escondidas, en el baño de la entrada, se los cambiaban por unos largos que llevaban envueltos para aparentar 16 ó 17 años”.
 

“En ese entonces no podía imaginar que algún tiempo después trabajaría allí hasta su desaparición. Asistir a esas funciones un poco subiditas de tono según las costumbres de la época, siendo un adolescente con bombachos, era como sentir que se había llegado a la mayoría de edad. Presenciar un espectáculo del teatro Alhambra era sentirse todo un hombre.”

A Julio Correa lo entrevisté en mayo de 1988.

Él tenía entonces 80 años y conservaba la añoranza de quien, desde la tertulia, compartió los éxitos y ansiedades de esas puestas en escena en las que brillaron Blanquita Becerra, Sergio Acebal, Pepe del Campo, Luz Gil, Amalia Sorg, Alicia Rico, Federico Villoch, Jorge Anckermann y otras destacadas figuras de nuestro género vernáculo. Enrique Arredondo también perteneció a su elenco en los comienzos de su carrera.

Y aunque más de medio siglo había pasado desde esa época, quien fuera en su día un humilde acomodador del Alhambra me entregaba sus vivencias con orgullo mal disimulado, mientras yo iba hurgando sobre aquel teatro irreverente, termómetro de la política y la sociedad cubanas en aquellos primeros años republicanos.

Hoy Julio Correa tendría 104 años.

A él pertenecen estos recuerdos:

“Estar en La Habana y no asistir al Alhambra era un pecado. Los más jóvenes hacían cualquier cosa por asistir a aquel teatro donde se manejaba el doble sentido y se abordaban, desde el choteo más criollo, cuantos temas y asuntos conmovían nuestra realidad nacional, tanto si fueran del patio como del extranjero. Y de su sabrosísima música, ¡qué decir!, desde los danzones y la rumba que cerraba por alto cada puesta.

“Sus obras fueron siempre bien recibidas. Una de las que guardo en mi memoria fue El proceso de Mario Cuban, donde Acebal pintado de negrito, hacía el papel de abogado defensor. Había un ciego y un sordo que comparecían como testigos. El primero decía cantando: ‘¡Qué desgraciado es el ser /que no ve pasar las cosas/ ni ve cuando su mujer se los pone de corona.’ Entonces el otro le contestaba: ‘Más desgraciado es el sordo/me decía mi compadre. / Nunca de nada se entera/Ni aunque le mientan la madre’.

“En eso consistía el sentido picaresco de estas obras, que aunque limitadas para hombres solos en el coliseo de Consulado y Virtudes, después eran repetidas en el Payret para ser disfrutadas por toda la familia.

“En el escenario no creo se haya dicho una mala palabra, ni una frase grosera, porque Regino López, el dueño de la compañía, no lo permitiría. Tampoco los actores necesitaban de eso para ganarse la simpatía del público. La calidad de estos artistas, su capacidad para meter “morcillas” (improvisar), el nivel de los libretos de Federico Villoch o Gustavo Robreño y la música del maestro Jorge Anckermann, eran más que suficientes para que cada representación fuese un éxito, aunque, por supuesto, también tuvo sus detractores. De ellos mejor ni hablar.

“Cada una de las tres tandas diarias tenía su público asegurado, al igual que las matinés dominicales. Por eso los comerciantes, aprovechando el lleno de la sala, se disputaban los espacios de telón para anunciar sus mercancías.

“La escenografía también era muy importante. Aún recuerdo los decorados y efectos teatrales de Nono Noriega. Por ejemplo, en una obra un espectacular ‘dirigible’ se paseaba por el escenario, mientras la inigualable Blanquita Becerra —mi preferida—, cantaba: ‘Mamita, mamita, yo quiero irme para Pekín’, y alguien le preguntaba: ‘¿Y dónde te vas mi china? / ¿Y dónde te vas mijita?/ ‘En la cabina del zepelín’, contestaba ella con su sandunga peculiar.
 


Blanquita Becerra

“Es una lástima que la mayoría de los libretos del Alhambra se perdieran. Inaugurado el 10 de noviembre de 1900, durante sus 35 años, se representaron más de dos mil piezas teatrales. Allí se pusieron zarzuelas y operetas, aunque su plato fuerte fue el sainete en todas sus variantes: el costumbrista, el de solar, la revista de actualidad, el más gustado fue el sainete político, por las críticas a los gobernantes corruptos.

“El sueño dorado de cualquier artista de la época era pertenecer a su elenco, ello significaba un reconocido prestigio y también un sueldo seguro, algo difícil en esos tiempos. Esto no quería decir que los salarios fuesen altos. A mí, como acomodador, me pagaban 60 centavos diarios. Tampoco los artistas eran muy bien pagados, ni siquiera, en sus días de gloria.  A Sergio Acebal, una de sus primeras figuras, le daban dos pesos más que al resto de la compañía por pintarse con corcho la cara para representar al negrito, uno de los personajes típicos del género. Los otros dos eran el gallego y la mulata, quienes juntos formaban un simpático trío, que entre enredos y zalamerías, provocaban las carcajadas del público.

“Con los artistas del Alhambra compartía como uno más. Y fue esa cercanía la que me llevó a las tablas. A mí me gustaba hacer de chino para divertirme, y algunos ‘paisanos’ me embullaron para que me caracterizara. Así nació Tripita, un personaje que cantando y bailando, acentuaba las peculiaridades de esos asiáticos aplatanados.

“Lo cierto es que nunca pude llegar al Alhambra como actor. Pero aquello no me frustró. Me sentía muy feliz compartiendo mi jornada como acomodador en la meca del teatro vernáculo con presentaciones en la radio. Junto con Mario Cárdenas (Mayito) y Juan Ramos (Perejil) integré el trío Los monarcas del aire, con él me mantuve hasta dos meses antes de casarme, el 25 de julio de 1940. Éramos excéntricos musicales. Nos divertíamos tanto…

“Ya en los últimos años del Alhambra, se presagiaba su decadencia. A ello contribuía, en gran parte, el ambiente de terror implantado por el machadato y la aguda crisis económica que no daba posibilidades para mantener un auditorio siempre dispuesto a ocupar sus butacas. A esta situación se sumaba, además, el auge del cine sonoro en nuestro país, lo cual era una fuerte competencia.

“Todavía me acuerdo de aquel 18 de febrero de 1935. Era medianoche y acababa de terminar la última tanda. Estaba en el vestíbulo conversando con el recaudador. El techo tenía unas planchas de zinc y él me dijo: ‘¿No sientes un ruido extraño allá arriba?’ De pronto, me doy cuenta que aquello se venía abajo. Cerca de nosotros había unos anuncios de artistas. En fracciones de segundos me tiro y empujo con mi cuerpo al recaudador.  Fuimos al piso, pero los escombros no nos cayeron encima. Así salvamos la vida. Ese fue el último día de aquel criollísimo recinto.

“Allí vi estrenar muchas obras, me aficioné a esa vida bohemia, conocí a lo que valía y brillaba de la farándula cubana de aquella época y me compenetré tanto con ese mundo del espectáculo, que el Alhambra llegó a ser uno de mis grandes amores.”

 
 
 
 
 
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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2012.