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Hace año pregunté a
Julio Correa, uno de los
acomodadores del teatro
Alhambra, sobre su
primer recuerdo de la
legendaria sala de
Consulado y Virtudes y
me dio una respuesta
inesperada. Dijo: “La
primera vez que entré en
el Alhambra —todavía no
era acomodador— estaba
atemorizado, las manos
me temblaban y no sabía
dónde meter la cabeza.
Como no tenía la edad
suficiente, creí que me
echarían del teatro.
Aunque a decir verdad,
yo no sería ni el
primero ni el último en
sufrir esa vergüenza.
Todos los días llegaban
allí jovencitos vestidos
con pantalones bombacho
y a escondidas, en el
baño de la entrada, se
los cambiaban por unos
largos que llevaban
envueltos para aparentar
16 ó 17 años”.
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“En ese entonces no
podía imaginar que algún
tiempo después
trabajaría allí hasta su
desaparición. Asistir a
esas funciones un poco
subiditas de tono según
las costumbres de la
época, siendo un
adolescente con
bombachos, era como
sentir que se había
llegado a la mayoría de
edad. Presenciar un
espectáculo del teatro
Alhambra era sentirse
todo un hombre.”
A Julio Correa lo
entrevisté en mayo de
1988.
Él tenía entonces 80
años y conservaba la
añoranza de quien, desde
la tertulia, compartió
los éxitos y ansiedades
de esas puestas en
escena en las que
brillaron Blanquita
Becerra, Sergio Acebal,
Pepe del Campo, Luz Gil,
Amalia Sorg, Alicia
Rico, Federico Villoch,
Jorge Anckermann y otras
destacadas figuras de
nuestro género
vernáculo. Enrique
Arredondo también
perteneció a su elenco
en los comienzos de su
carrera.
Y aunque más de medio
siglo había pasado desde
esa época, quien fuera
en su día un humilde
acomodador del Alhambra
me entregaba sus
vivencias con orgullo
mal disimulado, mientras
yo iba hurgando sobre
aquel teatro
irreverente, termómetro
de la política y la
sociedad cubanas en
aquellos primeros años
republicanos.
Hoy Julio Correa tendría
104 años.
A él pertenecen estos
recuerdos:
“Estar en La Habana y no
asistir al Alhambra era
un pecado. Los más
jóvenes hacían cualquier
cosa por asistir a aquel
teatro donde se manejaba
el doble sentido y se
abordaban, desde el
choteo más criollo,
cuantos temas y asuntos
conmovían nuestra
realidad nacional, tanto
si fueran del patio como
del extranjero. Y de su
sabrosísima música, ¡qué
decir!, desde los
danzones y la rumba que
cerraba por alto cada
puesta.
“Sus obras fueron
siempre bien recibidas.
Una de las que guardo en
mi memoria fue El
proceso de Mario Cuban,
donde Acebal pintado de
negrito, hacía el papel
de abogado defensor.
Había un ciego y un
sordo que comparecían
como testigos. El
primero decía cantando:
‘¡Qué desgraciado es el
ser /que no ve pasar las
cosas/ ni ve cuando su
mujer se los pone de
corona.’ Entonces el
otro le contestaba: ‘Más
desgraciado es el
sordo/me decía mi
compadre. / Nunca de
nada se entera/Ni aunque
le mientan la madre’.
“En eso consistía el
sentido picaresco de
estas obras, que aunque
limitadas para hombres
solos en el coliseo de
Consulado y Virtudes,
después eran repetidas
en el Payret para ser
disfrutadas por toda la
familia.
“En el escenario no creo
se haya dicho una mala
palabra, ni una frase
grosera, porque Regino
López, el dueño de la
compañía, no lo
permitiría. Tampoco los
actores necesitaban de
eso para ganarse la
simpatía del público. La
calidad de estos
artistas, su capacidad
para meter “morcillas”
(improvisar), el nivel
de los libretos de
Federico Villoch o
Gustavo Robreño y la
música del maestro Jorge
Anckermann, eran más que
suficientes para que
cada representación
fuese un éxito, aunque,
por supuesto, también
tuvo sus detractores. De
ellos mejor ni hablar.
“Cada una de las tres
tandas diarias tenía su
público asegurado, al
igual que las matinés
dominicales. Por eso los
comerciantes,
aprovechando el lleno de
la sala, se disputaban
los espacios de telón
para anunciar sus
mercancías.
“La escenografía también
era muy importante. Aún
recuerdo los decorados y
efectos teatrales de
Nono Noriega. Por
ejemplo, en una obra un
espectacular ‘dirigible’
se paseaba por el
escenario, mientras la
inigualable Blanquita
Becerra —mi preferida—,
cantaba: ‘Mamita,
mamita, yo quiero irme
para Pekín’, y alguien
le preguntaba: ‘¿Y dónde
te vas mi china? / ¿Y
dónde te vas mijita?/
‘En la cabina del
zepelín’, contestaba
ella con su sandunga
peculiar.
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Blanquita
Becerra |
“Es una lástima que la
mayoría de los libretos
del Alhambra se
perdieran. Inaugurado el
10 de noviembre de 1900,
durante sus 35 años, se
representaron más de dos
mil piezas teatrales.
Allí se pusieron
zarzuelas y operetas,
aunque su plato fuerte
fue el sainete en todas
sus variantes: el
costumbrista, el de
solar, la revista de
actualidad, el más
gustado fue el sainete
político, por las
críticas a los
gobernantes corruptos.
“El sueño dorado de
cualquier artista de la
época era pertenecer a
su elenco, ello
significaba un
reconocido prestigio y
también un sueldo
seguro, algo difícil en
esos tiempos. Esto no
quería decir que los
salarios fuesen altos. A
mí, como acomodador, me
pagaban 60 centavos
diarios. Tampoco los
artistas eran muy bien
pagados, ni siquiera, en
sus días de gloria. A
Sergio Acebal, una de
sus primeras figuras, le
daban dos pesos más que
al resto de la compañía
por pintarse con corcho
la cara para representar
al negrito, uno de los
personajes típicos del
género. Los otros dos
eran el gallego y la
mulata, quienes juntos
formaban un simpático
trío, que entre enredos
y zalamerías, provocaban
las carcajadas del
público.
“Con los artistas del
Alhambra compartía como
uno más. Y fue esa
cercanía la que me llevó
a las tablas. A mí me
gustaba hacer de chino
para divertirme, y
algunos ‘paisanos’ me
embullaron para que me
caracterizara. Así nació
Tripita, un personaje
que cantando y bailando,
acentuaba las
peculiaridades de esos
asiáticos aplatanados.
“Lo cierto es que nunca
pude llegar al Alhambra
como actor. Pero aquello
no me frustró. Me sentía
muy feliz compartiendo
mi jornada como
acomodador en la meca
del teatro vernáculo con
presentaciones en la
radio. Junto con Mario
Cárdenas (Mayito) y Juan
Ramos (Perejil) integré
el trío Los monarcas del
aire, con él me mantuve
hasta dos meses antes de
casarme, el 25 de julio
de 1940. Éramos
excéntricos musicales.
Nos divertíamos tanto…
“Ya en los últimos años
del Alhambra, se
presagiaba su
decadencia. A ello
contribuía, en gran
parte, el ambiente de
terror implantado por el
machadato y la aguda
crisis económica que no
daba posibilidades para
mantener un auditorio
siempre dispuesto a
ocupar sus butacas. A
esta situación se
sumaba, además, el auge
del cine sonoro en
nuestro país, lo cual
era una fuerte
competencia.
“Todavía me acuerdo de
aquel 18 de febrero de
1935. Era medianoche y
acababa de terminar la
última tanda. Estaba en
el vestíbulo conversando
con el recaudador. El
techo tenía unas
planchas de zinc y él me
dijo: ‘¿No sientes un
ruido extraño allá
arriba?’ De pronto, me
doy cuenta que aquello
se venía abajo. Cerca de
nosotros había unos
anuncios de artistas. En
fracciones de segundos
me tiro y empujo con mi
cuerpo al recaudador.
Fuimos al piso, pero
los escombros no nos
cayeron encima. Así
salvamos la vida. Ese
fue el último día de
aquel criollísimo
recinto.
“Allí vi estrenar muchas
obras, me aficioné a esa
vida bohemia, conocí a
lo que valía y brillaba
de la farándula cubana
de aquella época y me
compenetré tanto con ese
mundo del espectáculo,
que el Alhambra llegó a
ser uno de mis grandes
amores.” |