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Aparentemente casual es
el hecho de que cada
nueva obra de Danza
Contemporánea de Cuba
tenga su origen sobre
los tablados del Teatro
Nacional, o que
converjan allí sus
fundadores con las más
jóvenes promociones.
Como en el propio año de
1959 en que abrió sus
puertas al arte en
Revolución, a ese templo
que hoy apuntala sus
tristezas en andamios
esperanzadores aún le
sostiene el pulso de la
danza moderna.
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Isabel Monal |
La doctora Isabel Monal,
reconocida hoy entre las
figuras más activas y
luminosas de la
intelectualidad del
continente, tuvo a su
cargo aquel proceso
fundacional. Aun cuando
ha transcurrido medio
siglo, es capaz de
recordar y compartir con
fluidez hasta las más
íntimas sensaciones de
aquellos días en que el
entonces Ministro de
Educación, Armando Hart,
le propuso la dirección
del Teatro. Con
semejante
responsabilidad sobre
sus hombros, Isabel se
hizo acompañar de
certezas: Argeliers
León, Fermín Borges,
Carlos Fariñas, Ramiro
Guerra.
Nunca más tuvo el “padre
de la danza moderna en
Cuba” que abrir él mismo
las cortinas y poner la
música antes de salir a
escena. Desde junio de
1959 hasta el día en que
decidió alejarse
definitivamente del
tablado, Ramiro fue
bailarín, coreógrafo,
maestro. Y aunque
quienes le hemos
escuchado narrar los
avatares de sus primeras
presentaciones —siendo
estudiante de derecho en
los años más álgidos de
la lucha
clandestina—preferiremos
siempre aquellos
instantes como hora cero
de su genio; hemos de
coincidir, con Isabel
Monal, en que la
Revolución legitimó su
propia revolución
estética, intelectual,
artística. Como Ramiro
sería capaz, desde ese
minuto hasta hoy, de
hacer también por ella.
La danza en Revolución
“El Teatro funcionó
desde el principio como
un proyecto cultural
donde lo fundamental,
por supuesto, era la
escena; pero se trataba
de una intención que
trascendía los espacios
de la propia
instalación. A Ramiro le
llamé para que se
hiciera cargo del
departamento de Danza, y
Argeliers habría de
tener a su cargo el de
Folclor. Cuando
iniciamos, estas
divisiones no estaban,
fueron creadas a partir
de ese momento.
“A Ramiro se le pidió
que creara. La fundación
de ese departamento fue
la primera acción del
teatro, en lo que se
refiere a la
constitución de
agrupaciones. Él mismo
lanzó la convocatoria,
seleccionó a los
bailarines, les entrenó
y montó las piezas. La
mayoría de los jóvenes a
quienes contrató no
tenían una formación
terminada, de modo que
la labor de Ramiro en
ese tiempo fue de
creación absoluta y
también de pedagogía:
clases no solo de danza,
sino de todo un amplio
espectro cultural.
Ramiro tenía que fundar
todo un universo que no
existía en la Cuba de
ese momento.
“Como su visión era tan
amplia, llamó a Lorna
Burdsall. Desde el punto
de vista estético no
trabajaban la misma
línea, pero Ramiro era
capaz de comprender la
alimentación que podría
propiciar esa
confluencia y Lorna,
junto con él, desarrolló
con amplitud toda su
creación. Fue una
característica también
de todo el Teatro en los
tiempos de su fundación.
“Es una profunda
convicción de mi parte:
la creatividad, el
trabajo y las
realizaciones de Ramiro
constituyen un hito en
la cultura cubana y
específicamente en la
cultura danzaria de
nuestro país. Él
introdujo en Cuba la
danza moderna, pero su
impronta ha dejado una
dimensión más
específica: una danza
enraizada en nuestras
tradiciones culturales.
“Hoy estamos
acostumbrados a los
espectáculos de danza
moderna en Cuba. Sin
embargo, cuando Ramiro
Guerra salió a escena,
en una Sala Covarrubias
sin terminar, sin
ventilación y con sillas
de tijeras,
improvisadas, el público
cubano lo sintió
enrarecido. Había en
Cuba un público para el
ballet, y no porque
existiera un gusto
generalizado entre la
población, sino porque
un amplio sector se
había formado en la
recepción de la danza
clásica; pero la danza
moderna era totalmente
nueva y no tenía un
precedente entre
nosotros. Muchas veces
ha contado Ramiro que
antes del triunfo de la
Revolución era una
figura solitaria
enfrentándose a molinos
de viento.
“Durante los primeros
meses, los comentarios
del público eran
contradictorios: “cómo
es eso, los bailarines
se arrastran por el
suelo… ¿eso es bailar?”,
decían. Y poco a poco la
nueva expresión fue
adentrándose y
abriéndose paso, hasta
que logró crear un
ambiente favorable para
la recepción.
“Me he preguntado muchas
veces si, quizá, la
propia mentalidad que la
Revolución estaba
creando, al abrir las
mentalidades hacia
nuevos universos y
horizontes, propiciaba
la generación de
condiciones para esa
asimilación. Es posible.
De cualquier manera, se
trata de uno de los
grandes aportes de
Ramiro: fue el pionero
en crear un gusto por
gestos y estéticas hasta
entonces desconocidos.
“En tiempos de la lucha
clandestina, se
cuestionaba si las
manifestaciones
artísticas eran también
una forma de lucha, como
se le cuestionó a Ramiro
el baile. Y luego del
triunfo, los que
aceptaban o tenían idea
de lo que un trabajo
artístico significa,
tenían todavía pocas
referencias de lo que
era la danza moderna;
pero todo eso fue
limándose con el trabajo
sistemático y con toda
aquella creación
maravillosa, certera,
bien pensada.
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Impromptu
galante |
“En un momento dado, en
el Teatro Nacional
concebimos incluso la
creación de los
instructores de arte.
Nació la idea de forma
muy modesta, pero los
primeros 40 o 50 se
formaron allí, y Ramiro
estuvo al frente desde
el principio. Incluso,
cuando ya estaban
graduados los primeros
instructores de danza,
Ramiro les asesoraba.
Fue profesor de los
cursos y participó en
tribunales y jurados.
Todo ese movimiento, que
es también el desarrollo
del movimiento de
artistas aficionados,
halló en Ramiro el mayor
apoyo.
“Y cuando en 1961 se
creó el Consejo Nacional
de Cultura, apoyamos la
idea de que los
colectivos formados en
el Teatro Nacional
pasaran a formar parte
del Consejo y se
constituyeran en
colectivos nacionales.
Nos pareció muy bien que
el Conjunto de Danza
Moderna del Teatro
Nacional pasara a ser el
Conjunto Nacional de
Danza Moderna, que luego
sería Danza Nacional de
Cuba y Danza
Contemporánea de Cuba.
Aún creo que estuvo más
que ganado por todo el
trabajo de Ramiro y su
grupo, como ocurrió con
la Sinfónica, por
ejemplo.
“Desde ahí mantuvimos la
relación estrechísima
que habíamos tenido
hasta entonces. Ese
mismo año, el Conjunto
se presentó en el Teatro
de las Naciones, en
París, y allá estuve con
ellos. Pusieron sobre
aquella escena varias de
las obras de Ramiro,
entre ellas la Suite
Yoruba. Le
acompañaron músicos que
formaban parte del grupo
de trabajo de Argeliers
y que apoyaban esa pieza
en particular. La
acogida fue muy
calurosa, tanto a las
coreografías de Ramiro
como a las pequeñas
presentaciones que estos
músicos hicieron entre
una puesta y otra.
Aquella recepción
fabulosa fue un elemento
decisivo en la propuesta
de fundar el Conjunto
Folclórico Nacional. El
genio de Ramiro tuvo una
influencia decisiva en
ello.
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Suite Yoruba |
“Lo he seguido admirando
durante todos estos
años, aun cuando no ha
estado sobre la escena.
Ha sido un teórico de la
danza moderna, un hombre
cuya amplísima cultura
ha propiciado el
despegue de una
expresión danzaria que
nace del mundo pero con
profundas raíces en la
cultura nacional. Por
eso creo que su obra es
un hito en la cultura de
este país. Sin duda, la
Revolución contribuyó en
la generación de un
estado de recepción
favorable a esa
propuesta diferente, y
en el desarrollo de
otras especialidades que
se fueron ubicando en
función de la danza
moderna: diseño de
escenografía y
vestuario, música, etc.
Fue un momento de
absoluta fundación y
Ramiro estuvo en el
centro de todo ese
proceso maravilloso y
raigal de la cultura y
el arte de la
Revolución. En sus 90
años merece todo el
reconocimiento que
seamos capaces de
imaginar”. |