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El pasado 28 de junio,
en el Centro Cultural Bertolt Brecht, un día
antes de que en realidad
se llegara a la fecha
que nos convocaba allí,
Ramiro Guerra fue una
vez más el protagonista
perfecto. A punto de
cumplir 90 años, estuvo
rodeado de colegas,
amigos, personalidades,
funcionarios y devotos
de su creación, y hasta
de su temperamento
siempre listo a la
polémica, a la discusión
inteligente, y al chiste
cubanísimo. Todo ello no
alcanza a definir a un
hombre que no es solo
parte de lo mejor de
nuestra cultura, y que
arriba con plena lucidez
a una edad tan
respetable, sino que
además es un batallador
constante y despierto de
lo que hacemos y lo que
somos, no solo en el
mundo de la danza, en el
cual ostenta un
liderazgo que nadie
podrá arrebatarle, y que
él lleva sin la pompa o
la arrogancia que
podrían consumir a otros
menos avispados. Ramiro
Guerra está respirando
el mismo aire que
nosotros, y la leyenda
que forman sus
principales coreografías
y escritos sobre el arte
al cual se entregó sin
recato, no lo demoran en
el análisis de la
dinámica de estos
tiempos, ni lo congelan
en pose de museo. Todo
ello estuvo al alcance
de la mano en esa mañana
que acabó con truenos y
lluvia, como para
complacer a su espíritu
contradictorio y capaz
de tales
estremecimientos. A
petición de los
organizadores del acto,
pronuncié unas breves
palabras a manera de
elogio, tras las cuales
el Folclórico Nacional y
la Compañía de Santiago
Alfonso dedicaron al
maestro sus
interpretaciones, entre
las que se rescató la
coreografía que el
propio Ramiro creó para
el CFN a partir del
refranero popular. Con
un bastón africano como
sostén, dice él que para
eliminar cualquier
maleficio o conjuro que
le impida seguir
viviendo, y con el
privilegio entrañable de
tener a su lado a esa
gloria mayor y también
viva de la cultura
cubana que se llama
Fernando Alonso, fue el
actor principal de una
mañana en la que poco
importaron mis palabras,
porque ante él, es mejor
bailar o pensar que se
baila. Es mejor honrar,
y así, como lo dijo el
Apóstol, saberse
honrado. Esto dije en
ese festejo, y a
petición suya y de
varios amigos, me atrevo
a reproducir aquí lo que
ante él, como amigo,
admirador, y celoso
alumno, dije en aquel
instante:
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Ramiro Guerra y
Fernando Alonso |
Gracias a todos por
acercarse en esta mañana
tan especial en la que
acompañamos a Ramiro
Guerra quien ha sido,
como bien hemos podido
comprobar los que le
conocemos, los que lo
queremos, los que
estamos cerca de su
obra, siempre un
adelantado. Tal es así
que estamos hoy
festejando sus 90 años
24 horas antes de que en
realidad esa fecha se
cumpla. Lo mencionamos
así para saber, ante él
mismo, que la danza en
Cuba vuelve siempre al
punto de partida desde
el cual él la imaginó
recogiendo el legado de
todos los que le
antecedieron y le
acompañaron, para que
hoy se pueda decir que
Cuba sigue siendo
sinónimo de danza.
Ramiro, en su
apartamento del piso más
elevado del López
Serrano, ha tenido la
gran suerte de
contemplar a La Habana
desde una altura desde
la cual él, sin embargo,
nunca se ha creído Dios.
Es una persona que a lo
largo de estos 90 años
que parecen mentira
cuando hablamos con él y
comprobamos cuánta
vitalidad, cuánta
lucidez, cuánta manera
de ser maestro sin tomar
eso como una pose, ha
estado siempre viendo La
Habana desde ahí para
sentirse parte de ella,
para sentirse parte del
país. Y para saber que
en cada salón de baile,
en cada salón de ensayo
alguien de alguna manera
repite los gestos que él
imaginó tiempo atrás, un
poco de tiempo atrás, o
un mucho de tiempo
atrás, y sin embargo
todo ello es un gesto
del presente y tan vivo
como para que hoy esta
sala esté llena de
personas de distintas
generaciones que
entiendan cómo bailar
gracias a Ramiro Guerra,
cómo bailar, lo que en
su esencia quiere decir
cómo vivir, pensar, cómo
sentirse cubano, en un
paisaje donde cada paso
de baile justamente nos
explica, nos argumenta,
nos justifica y nos da
nuevas preguntas.
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Ramiro nunca ha dejado
de ser un hombre de
perspectiva abierta, tal
y como lo demostró en su
juventud al seguir el
legado de quienes ya
habían hecho un camino
para la danza en Cuba,
específicamente para el
ballet, en una estela
donde los nombres de
Alicia, Fernando y
Alberto Alonso son
ejemplos indiscutibles.
De su paso rápido por
Pro Arte pasó a las
manos de Nina Verchinina,
su primera maestra en
verdad, y de ahí siguió
el rumbo delirante que
lo pondría ante los
maestros que halló en
Nueva York: Doris
Humphrey o Martha Graham,
con cuyas búsquedas se
nutrió para convertirse
en un digno
contemporáneo de esos
hallazgos; para luego
seguir asimilando los
retos del
postmodernismo, y la
danza teatro, en su
rendida admiración hacia
Pina Bausch, o Béjart y
otros imprescindibles
que también le ayudaron
a entenderse y
proyectarse como un
perfil genuino. Nos hizo
saber que la danza tiene
que ser un panorama en
movimiento, no una
escuela congelada o una
escenografía llena de
estatuas. De eso creó un
mundo que se reactivó al
fundar el Departamento
de Danza Moderna en el
Teatro Nacional de Cuba,
y convocó a quienes
fueron sus discípulos,
como Santiago Alfonso y
Eduardo Rivero, entre
muchos más. Un mundo en
el que los nombres de
Elena Noriega, Julio
Matilla, Eduardo
Arrocha, Irma Obermayer,
Gerardo Lastra, Isidro
Rolando y tantos otros
jugaron papeles
esenciales. Pasó a esos
colegas su piel, su
memoria, sus
interrogantes, los hizo
crecer no solo como
artistas, y aún hoy
muchos de ellos se lo
agradecen en un nivel
que es también el de
quien se sabe mejorado
humanamente por la
obstinación, la
terquedad y el rigor que
él les impuso. Logró que
su rostro fuera pasando
de mano en mano a todos
los discípulos y así
hoy, cuando en Santiago
de
Cuba mencionamos a
Santiago Alfonso, a
Eduardo Rivero y tantos
más que estuvieron junto
a él, indudablemente
estamos frente a Ramiro
Guerra que se ha
convertido en esas
personas, en la manera
en que esa personas
bailan, o hablan para
bailar o de
alguna manera también
nos inducen a bailar
aunque nunca nos
atrevamos
a subirnos a un
escenario. Improntu
galante, Chacona,
Mambí, Mulato,
Medea y los negreros,
El decálogo del
Apocalipsis, La
rebambaramba,
Orfeo antillano,
Ceremonial de la danza
y por supuesto ese
clásico inicial que es
Suite Yoruba, son
páginas del álbum
personal de muchos de
ellos, no solo de Ramiro
Guerra. En los recuerdos
de sus espectadores,
esas coreografías siguen
vivas. Tantos años
después, como un impulso
que alienta incluso a
quienes solo las conocen
a través de esas
memorias. Ramiro imaginó
una órbita que no dejaba
de moverse, cada vez más
dispuesta a
quebrantarse, a romper
convenciones, como eco
de un mundo tan
descolocado como el que
él intuía. Un mundo que,
en efecto, está poniendo
en peligro hoy hasta la
manera en que lo
entendemos, lo bailamos
y lo leemos. Pero que no
por eso dejará, caballo
de batalla y de danza
como él mismo, de seguir
agitándose para
provocarnos.
Ramiro Guerra, cuando no
pudo bailar o
coreografiar, se puso a
escribir. Así nos hace
sentir también con las
palabras que el
pensamiento y el
movimiento tienen que ir
ligados o de la mano,
uno del otro.
Teatralización del
folclore, Eros baila,
Coordenadas danzarias,
Apreciación de la danza
y su esencial
Calibán danzante,
existen no solo como
letra impresa, sino para
demostrarnos que somos
parte de una tradición
en la cual el baile
mismo nos enlaza a otros
pueblos, a otras
culturas, a otra manera
de
percibir nuestra
identidad. También esos
libros nos retan: son
otros modos en los que
Ramiro Guerra supo
retratarse para que,
cuando ya la figura
humana no pueda salir al
escenario, impedida de
danzar como lo hacía en
sus días de juventud,
sigamos sabiendo de su
permanencia y de sus
otras muchas
habilidades.
Hoy por hoy Ramiro
Guerra no tiene 90 años,
Ramiro Guerra tiene la
edad del país, tiene la
edad de todo aquel que
baile en el país, tiene
la edad de un alumno que
entra por primera vez a
un salón de clase para
aprender los secretos
mejor guardados de su
propio cuerpo. Así lo
aprendió él y nos deja
saberlo, en plena
representación o
ejercitando su memoria
caprichosa, haciéndonos
subir los 14 pisos del
López Serrano cuando el
elevador no funciona y
él nos reclama alguna
ayuda, porque eso es la
amistad, y él ha sabido
también cultivar ciertas
fidelidades con la
pasión de un artesano, y
de ahí la presencia de
muchos de ustedes en
esta mañana que tampoco
significará, en su larga
vida, una hora de
detenimiento.
Ramiro Guerra es un
hombre persistente, un
hombre obstinado: un
fundador, baste esa
palabra para decir que
hoy a sus 90 años
todavía sigue creando.
No puedo hablar de
Ramiro Guerra en
términos de despedida,
no puedo hablar de
Ramiro Guerra en
términos de obra
culminada. Quiero
hablar de Ramiro Guerra
en vida para los
próximos 90 años que
vienen sobre él, cuando
finalmente esas memorias
que escribe ahora mismo
salgan a la calle y
escandalicen a La
Habana, para que lo
volvamos a mencionar
como un nombre que nos
acompaña en tanto amigo,
en tanto hechizo, en
tanto maldición, en
tanto chisme, en tanto
leyenda irreverente, en
tanto abrazo. Eso puedo
pedirle y darle hoy, un
abrazo, a este hombre
que un buen día miró a
la misma Habana de cuyas
fotografías ya no
podemos arrancarle, y
nos dijo, con la voz
bien alta: “Cubanos,
¡vamos a bailar”. |