La Habana. Año XI.
4 al 10 de AGOSTO
de 2012

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Londres: arte del siglo XXI da inicio a los Juegos Olímpicos

Carina Pino Santos • La Habana

Fotos: tomadas de Cubadebate

Hace una semana mil millones de espectadores de todo el planeta disfrutaron la inauguración de los XXX Juegos Olímpicos en Londres. Y es que la mayoría de los habitantes del orbe esperaban, con ansiedad, la fecha de las Olimpiadas para deleitarse con el más relevante acto que nos une, no importa la raza, religión o edad en un único amor por el deporte, la competitividad, la paz, el bienestar,  la salud y el beneficioso esparcimiento e intercambio entre los países participantes.

Para el Reino Unido de Gran Bretaña (Inglaterra, Escocia, País de Gales e Irlanda del Norte) el más trascendente evento deportivo de la tierra implicó, además, el mayor despliegue de creación y arte jamás realizado en el ámbito de la arquitectura, la ingeniería de avanzada y el espectáculo.

Producción artística que fue más abarcadora que el acto inaugural y que se extendió a otras escalas y ámbitos, en una ofrenda que los ingleses asumieron internacionalmente y a favor de su nación, de modo sustentable.

A escala urbana el proyecto de conversión de Stratford, al este de Londres de una zona contaminada —que otrora tuviera una larga historia industrial—, en un rico y diverso hábitat natural fue un desafío asumido con estrategia creativa por John Hopkins, un arquitecto paisajista cuya mejor lucidez fue volver la mirada hacia la historia del diseño de los parques y jardines ingleses que es, por cierto, uno de los capítulos más deliciosos de la historia del arte universal.

Se trataba de reconvertir de modo grandioso la zona y poner a la naturaleza como protagonista, ya que esta 30 edición debía convertirse en los primeros Juegos Olímpicos sustentables de la historia. Para ello Hopkins recurrió a la obra del diseñador de jardines del siglo XVIII Lancelot Capability Brown, algo que pudiera sonar muy clásico e intelectual, mas en su materialización se tornó una extraordinaria empresa: la de transplantar en una época del año desfavorable, más de dos mil árboles y crear 700 instalaciones silvestres, algo que vimos, con rapidez, en nuestras pantallas, en vistas de satélite,  como cintas verdes coronando extensos paisajes en  la  inauguración.

En temas arquitectónicos también los ingleses aportaron su grano dentro del parque más grande que el Reino Unido haya realizado en más de un siglo. Para este aporte, quisieron una “joya arquitectónica”, para la que fue seleccionada Zaha Hadid, arquitecta prestigiosa, premio Pritzker, y autora del hoy Centro Acuático, cuyo techo diseñó, en una tendencia minimal y poética a la vez, cual una ola de mar, espacio que será ajustable y más reducido una vez que terminen los juegos.

Sin duda, también, la ceremonia fue el mayor reto, en su vida de éxitos cinematográficos, del director, Danny Boyle, famoso por su película Slumdog Millionaire que arrasara con los Premios Óscar en su 81 edición y muy conocido en Inglaterra por sus producciones televisivas, quien se encargó de la inauguración de los Juegos Olímpicos.

Y realmente sería para preocupar a cualquiera, incluso, a alguien bendecido por la notoriedad. Sobre todo, teniendo en cuenta que las anteriores Olimpiadas del 2008 en Pekín, dirigidas por Zhang Yimou, mostraron cómo era posible que la densidad de una riquísima cultura milenaria se versificara en una síntesis estética de alto puntaje.

En ese sentido, las de Londres exhibieron una sensibilidad señaladamente contemporánea y occidental, a través de períodos épicos de la historia, la cultura y de personajes trascendentes del Reino Unido.

La inauguración de los Juegos Olímpicos 2012 dirigida por Boyle fue neobarroca, por concentrar tantos fragmentos significativos culturales de diversa índole, por la recargada espectacularidad de múltiples escenas, la exuberancia de imágenes, de citas cinematográficas,  por su guion musical, con diversidad de músicos, compositores, cantantes y géneros, el policentrismo escenográfico, la coincidencia de tantos tiempos históricos en un escenario, el empleo contrastante de la luminosidad complementada por el uso explosivo cromático de los fuegos artificiales, la magnificación y complejidad de las escenificaciones que pronto cedían su lugar a otras.

Artísticamente Boyle configuró la visualidad del megaespectáculo, donde actuaron miles de personas voluntarias, mediante antinomias de la era moderna; así, pudimos ver en la ceremonia los cambios sociales entre la naturaleza y la industria, los contrastes simbólicos entre historicidad y alta tecnología, la interculturalidad en Europa característica de nuestra centuria,  el destaque actual de grupos, antes alejados de protagonismos, como los discapacitados.

También sucedió con el guion musical que fue un popurrí extenso e inclusivo, algo que el director nos hizo sentir al alternar géneros y estilos diversos, tanto himnos cristianos ("Abide With Me" de William Monk/Henry Francis), música para cine, "Chariots of Fire" (Vangelis) o la de Los Beatles, Queen, The Rolling Stones,  y otros cuyas contribuciones desde esa isla han sido un legado para la música occidental.

Como director de cine, Boyle reflejó el séptimo arte, sobre todo porque no podía faltar en una cita que, además, se realiza en una actualidad mediática trascendida por la imagen visual. Como en un remake de cine de aventuras, la Reina Isabel II se unió al agente secreto James Bond, personaje de la guerra fría, pareja que surcó en helicóptero el cielo gris del Puente de Londres y la Torre de Londres y saltaron sus dobles, por supuesto en paracaídas para minutos después hacer su real entrada en el Estadio olímpico.

Humor que se reiteró cuando Mr. Bean (actor Rowan Atkinson) gracias a la tecnología apareció nada menos que en el filme Carrozas de fuego y en el acto como un pianista entretenido.

Boyle, director de la ceremonia, se ha caracterizado también por el humor en su obra y por lograr contextos realistas, algo que se pudo apreciar en el megaespectáculo. Y su artisticidad resaltó cuando se negó a que la BBC realizara comentarios explicativos en vivo durante el acto inaugural; es evidente, pues, que su intención era que se disfrutara como una obra de arte sin interrupciones literales.

La literatura inglesa, a través de sus exponentes históricos (William Shakespeare) y actuales (J.K. Rowling) fueron centro de atención también. Luego de que el actor Kenneth Branagh recitó un fragmento de La tempestad del dramaturgo, creo que cuidadosamente seleccionada pues representa su obra póstuma, a la vez que continúa ofrendando lecturas en la modernidad, en los significados de colonizadores y colonizados en una isla mítica.

Aunque en todos estos homenajes a la “isla maravillosa” ante millones de televidentes, no apareció alusión alguna al poderío del imperio británico que abarcó casi la cuarta parte del planeta, cuya expansión mayor fue a fines del XIX y comienzos del XX, factor esencial en el crecimiento económico. Nada tampoco apareció de las dependencias de la Corona inglesa que reclaman su tierra, sus derechos y libertades.

El acto, sin embargo, fue sensualista en su glorificación de las conquistas de ese país. Los espectadores vimos el paisaje rural inglés en una escena que parecía una pintura romántica de Constable. En esta actuaba, entre otros, un grupo jugando críquet, como recordación al origen de deportes como este, entre otros que nacieron en Inglaterra.

Coronaba el escenario, en el punto más alto, un árbol, símbolo del lema ecológico y sustentable de los juegos, y también, creo, representativo de los miles de árboles que con sus raíces fuera de la tierra crecieron en macetas especiales para luego ser trasladados a la zona de las Olimpiadas.

El árbol olímpico ascendió con sus raíces, y comenzaron a salir labriegos, extras que transformaron rápidamente el panorama. Y donde minutos antes se percibía el sereno verde de la campiña —que los pintores ingleses revivieron con realismo e idealización en sus cuadros en el pasado—, ahora ante los espectadores se alzaban altas chimeneas, decenas de trabajadores desfilaban con las primeras reivindicaciones sociales, mientras mujeres escenificaban su papel en las luchas del naciente  proletariado inglés: la Revolución Industrial fue representada en su estética de cambios medioambientales y clasistas y una vez más de manera multitudinaria en el acto. Sin duda, este fue el segmento más impactante de todo el espectáculo con un fondo de percusión instrumentado por 965 tambores.

A ello sucedió un homenaje a la creación del primer ferrocarril (1825) y las fundiciones llameantes en una luminosidad que luego encendió los aros de las Olimpiadas que destellaron en  fuegos artificiales.

Otros pasajes de la historia como las dos guerras mundiales se documentaron visualmente de forma multitudinaria y multipanorámica, con un popurrí musical selecto.

El papel de la lectura y el libro para niños y jóvenes tuvo un segmento original. Decenas de Mary Poppins cayeron del cielo del estadio olímpico mientras los niños bailaron con enfermeras alegremente en las camas, al ver personajes ya legendarios,  en un homenaje a la historia del Servicio Nacional de Salud del Reino Unido (NHS).

La infancia y la juventud condensaron una buena parte de la larga duración del espectáculo. A tono con el lema del Comité Organizador para los atletas que es “Inspira a una generación”.

Personajes ya legendarios desfilaron luego que la autora de Harry Potter leyó fragmentos de Peter Pan.

La era contemporánea se representó con la salutación a Tim Berners Lee, científico londinense creador del World Wide Web y fue realzada con una megafiesta plena de alegría, y bailada por adolescentes y jóvenes de todas las razas.

Esta sección, por cierto, fue demasiado larga para un público que podía sentirse agobiado por el barroquismo del megaespectáculo, amén de que la representatividad del pueblo londinense mediante  la vida doméstica de un  hogar común, me pareció demasiado limitado ante secciones como la de la Revolución Industrial. Una casa convertida en paredes para  proyección múltiple, donde vimos homenajear la interactividad de la Red y el papel de la imagen digital en las relaciones sociales cotidianas acompañados de mucha, muchísima música, de citas al cine de Chaplin y otros grandes,  todo lo que culminó con el final apoteósico de Paul McCartney con "Hey Jude", entonado por miles de asistentes allí en el estadio, luego del encendido del pebetero.

Es este un momento culminante del espectáculo que tuvo como antecedente en Barcelona al arquero paralímpico que insertó a larga distancia una flecha que prendió la llama, y el aún más prodigioso encendido que se recuerda en Australia, donde ardió sobre una iluminada cascada de aguas.

En este 2012 el pebetero fue encendido por siete jóvenes deportistas destacados que prendieron una llama armada con 204 pétalos correspondientes a los países participantes, cada uno de estos fue portado por la delegación respectiva en el desfile.

La próxima cita será en Brasil, un país riquísimo en su cultura musical y artística. Es de esperar que aquí, desde el Sur, resplandecerá el arte de un acto que cuenta ya con antecedentes antológicos en el siglo XX (Barcelona) y el XXI.

 
 
 
 
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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2012.