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Hace una semana mil
millones de espectadores
de todo el planeta
disfrutaron la
inauguración de los XXX
Juegos Olímpicos en
Londres. Y es que la
mayoría de los
habitantes del orbe
esperaban, con ansiedad,
la fecha de las
Olimpiadas para
deleitarse con el más
relevante acto que nos
une, no importa la raza,
religión o edad en un
único amor por el
deporte, la
competitividad, la paz,
el bienestar, la salud
y el beneficioso
esparcimiento e
intercambio entre los
países participantes.
Para el Reino Unido de
Gran Bretaña (Inglaterra,
Escocia, País de Gales e
Irlanda del Norte)
el
más trascendente evento
deportivo de la tierra
implicó, además, el
mayor despliegue de
creación y arte jamás
realizado en el ámbito
de la arquitectura, la
ingeniería de avanzada y
el espectáculo.
Producción artística que
fue más abarcadora que
el acto inaugural y que
se extendió a otras
escalas y ámbitos, en
una ofrenda que los
ingleses asumieron
internacionalmente y a
favor de su nación, de
modo sustentable.
A escala urbana el
proyecto de conversión
de Stratford, al este de
Londres de una zona
contaminada —que otrora
tuviera una larga
historia industrial—, en
un rico y diverso
hábitat natural fue un
desafío asumido con
estrategia creativa por
John Hopkins, un
arquitecto paisajista
cuya mejor lucidez fue
volver la mirada hacia
la historia del diseño
de los parques y
jardines ingleses que
es, por cierto, uno de
los capítulos más
deliciosos de la
historia del arte
universal.
Se trataba de
reconvertir de modo
grandioso la zona y
poner a la naturaleza
como protagonista, ya
que
esta 30 edición debía
convertirse en los
primeros Juegos
Olímpicos sustentables
de la historia. Para
ello Hopkins
recurrió a la obra del
diseñador de jardines
del siglo XVIII Lancelot
Capability Brown, algo
que pudiera sonar muy
clásico e intelectual,
mas en su
materialización se tornó
una extraordinaria
empresa: la de
transplantar en una
época del año
desfavorable, más de dos
mil árboles y crear
700
instalaciones
silvestres, algo que
vimos, con rapidez, en
nuestras pantallas,
en vistas de satélite, como
cintas verdes coronando
extensos paisajes en
la inauguración.
En temas arquitectónicos
también los ingleses
aportaron su grano
dentro del parque más
grande que el Reino
Unido haya realizado en
más de un siglo. Para
este aporte, quisieron
una “joya
arquitectónica”, para la
que fue seleccionada
Zaha Hadid, arquitecta
prestigiosa, premio
Pritzker, y autora del
hoy Centro Acuático,
cuyo techo diseñó, en
una tendencia minimal y
poética a la vez, cual
una ola de mar, espacio
que será ajustable y más
reducido una vez que
terminen los juegos.
Sin duda, también, la
ceremonia fue el mayor
reto, en su vida de
éxitos cinematográficos,
del director, Danny
Boyle, famoso por su
película
Slumdog Millionaire
que arrasara con los
Premios Óscar en su 81
edición y muy conocido
en Inglaterra por sus
producciones
televisivas, quien se
encargó de la
inauguración de los
Juegos Olímpicos.
Y realmente sería para
preocupar a cualquiera,
incluso, a alguien
bendecido por la
notoriedad. Sobre todo,
teniendo en cuenta que
las anteriores
Olimpiadas del 2008 en
Pekín, dirigidas por Zhang Yimou, mostraron
cómo era posible que la
densidad de una
riquísima cultura
milenaria se versificara
en una síntesis estética
de alto puntaje.
En ese sentido, las de
Londres exhibieron una
sensibilidad
señaladamente
contemporánea y
occidental, a través de
períodos épicos de la
historia, la cultura y
de personajes
trascendentes del Reino
Unido.
La inauguración de los
Juegos Olímpicos 2012
dirigida por Boyle fue
neobarroca, por
concentrar tantos
fragmentos
significativos
culturales de diversa
índole, por la
recargada
espectacularidad de
múltiples escenas, la
exuberancia de imágenes,
de citas
cinematográficas, por
su guion musical, con
diversidad de músicos,
compositores,
cantantes y géneros, el policentrismo
escenográfico, la
coincidencia de tantos
tiempos históricos en un
escenario, el empleo
contrastante de la
luminosidad
complementada por el uso
explosivo cromático de
los fuegos artificiales,
la magnificación y
complejidad de las
escenificaciones que
pronto cedían su lugar a
otras.
Artísticamente Boyle
configuró la visualidad
del megaespectáculo,
donde actuaron miles de
personas voluntarias,
mediante antinomias de
la era moderna; así,
pudimos ver en la
ceremonia los cambios
sociales entre la
naturaleza y la
industria, los
contrastes simbólicos
entre historicidad y
alta tecnología, la
interculturalidad en
Europa característica de
nuestra centuria, el
destaque actual de
grupos, antes alejados
de protagonismos, como
los discapacitados.
También sucedió con el
guion musical que fue un
popurrí extenso e
inclusivo, algo que el
director nos hizo sentir
al alternar géneros y
estilos diversos, tanto
himnos cristianos ("Abide
With Me" de William
Monk/Henry Francis),
música para cine, "Chariots of Fire" (Vangelis)
o la de Los Beatles, Queen, The Rolling
Stones, y otros cuyas
contribuciones desde esa
isla han sido un legado
para la música
occidental.
Como director de cine,
Boyle reflejó el séptimo
arte, sobre todo porque
no podía faltar en una
cita que, además, se
realiza en una
actualidad mediática
trascendida por la
imagen visual. Como en
un remake de cine de
aventuras, la Reina
Isabel II se unió al
agente secreto James Bond,
personaje de la guerra
fría, pareja que surcó
en helicóptero el cielo
gris del Puente de
Londres y la Torre de
Londres y saltaron
—sus
dobles, por supuesto—
en paracaídas para
minutos después hacer su
real entrada en el
Estadio olímpico.
Humor que se reiteró
cuando Mr. Bean (actor
Rowan Atkinson) gracias
a la tecnología apareció
nada menos que en el
filme Carrozas de
fuego y en el acto
como un pianista
entretenido.
Boyle, director de la
ceremonia, se ha
caracterizado también
por el humor
en su obra y por lograr contextos
realistas, algo que se
pudo apreciar en el megaespectáculo. Y su artisticidad resaltó
cuando se negó a que la
BBC realizara
comentarios explicativos
en vivo durante el acto
inaugural; es evidente,
pues, que su intención
era que se disfrutara
como una obra de arte
sin interrupciones
literales.
La literatura inglesa, a
través de sus exponentes
históricos (William
Shakespeare) y actuales
(J.K. Rowling) fueron
centro de atención
también. Luego de que el
actor Kenneth Branagh
recitó un fragmento de
La tempestad del
dramaturgo, creo que
cuidadosamente
seleccionada pues
representa su obra
póstuma, a la vez que
continúa ofrendando
lecturas en la
modernidad, en los
significados de
colonizadores y
colonizados en una isla
mítica.
Aunque en todos estos
homenajes a la “isla
maravillosa” ante
millones de
televidentes, no
apareció alusión alguna
al poderío del imperio
británico que abarcó
casi la cuarta parte del
planeta, cuya expansión
mayor fue a fines del
XIX y comienzos del XX,
factor esencial en el
crecimiento económico.
Nada tampoco apareció de
las dependencias de la
Corona inglesa que
reclaman su tierra, sus
derechos y libertades.
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El acto, sin embargo,
fue sensualista en su
glorificación de las
conquistas de ese país.
Los espectadores vimos
el paisaje rural inglés
en una escena que
parecía una pintura
romántica de Constable.
En esta actuaba, entre
otros, un grupo jugando
críquet, como
recordación al origen de
deportes como este,
entre otros que nacieron
en Inglaterra.
Coronaba el escenario,
en el punto más alto, un
árbol, símbolo del lema
ecológico y sustentable
de los juegos, y
también, creo,
representativo de los
miles de árboles que con
sus raíces fuera de la
tierra crecieron en
macetas especiales para
luego ser trasladados a
la zona de las
Olimpiadas.
El árbol olímpico
ascendió con sus raíces,
y comenzaron a salir
labriegos, extras que
transformaron
rápidamente el panorama.
Y donde minutos antes se
percibía el sereno verde
de la campiña —que los
pintores ingleses
revivieron con realismo
e idealización en sus
cuadros en el pasado—,
ahora ante los
espectadores se alzaban
altas chimeneas, decenas
de trabajadores
desfilaban con las
primeras
reivindicaciones
sociales, mientras
mujeres escenificaban su
papel en las luchas del
naciente proletariado
inglés: la Revolución
Industrial fue
representada en su
estética de cambios
medioambientales y
clasistas y una vez más
de manera multitudinaria
en el acto. Sin duda,
este fue el segmento más
impactante de todo el
espectáculo con un fondo
de percusión
instrumentado por 965
tambores.
A ello sucedió un
homenaje a la creación
del primer ferrocarril
(1825) y las fundiciones
llameantes en una
luminosidad que luego
encendió los aros de las
Olimpiadas que
destellaron en fuegos
artificiales.
Otros pasajes de la
historia como las dos
guerras mundiales se
documentaron visualmente
de forma multitudinaria
y multipanorámica, con
un popurrí musical
selecto.
El papel de la lectura y
el libro para niños y
jóvenes tuvo un segmento
original. Decenas de
Mary Poppins cayeron del
cielo del estadio
olímpico mientras los
niños bailaron con
enfermeras alegremente
en las camas, al ver
personajes ya
legendarios, en un
homenaje a la historia
del Servicio Nacional de
Salud del Reino Unido (NHS).
La infancia y la
juventud condensaron una
buena parte de la larga
duración del
espectáculo. A tono con
el lema del Comité
Organizador para los
atletas que es “Inspira
a una generación”.
Personajes ya
legendarios desfilaron
luego que la autora de
Harry Potter leyó
fragmentos de Peter Pan.
La era contemporánea se
representó con la
salutación a Tim Berners
Lee, científico
londinense creador del
World Wide Web y fue
realzada con una
megafiesta plena de
alegría, y bailada por
adolescentes y jóvenes
de todas las razas.
Esta sección, por
cierto, fue demasiado
larga para un público
que podía sentirse
agobiado por el
barroquismo del
megaespectáculo, amén de
que la representatividad
del pueblo londinense
mediante la vida
doméstica de un hogar
común, me pareció
demasiado limitado ante
secciones como la de la
Revolución Industrial.
Una casa convertida en
paredes para proyección
múltiple, donde vimos
homenajear la
interactividad de la Red
y el papel de la imagen
digital en las
relaciones sociales
cotidianas acompañados
de mucha, muchísima
música, de citas al cine
de Chaplin y otros
grandes, todo lo que
culminó con el final
apoteósico de Paul
McCartney con "Hey
Jude", entonado por
miles de asistentes allí
en el estadio, luego del
encendido del pebetero.
Es este un momento
culminante del
espectáculo que tuvo
como antecedente en
Barcelona al arquero
paralímpico que insertó
a larga distancia una
flecha que prendió la
llama, y el aún más
prodigioso encendido que
se recuerda en
Australia, donde ardió
sobre una iluminada
cascada de aguas.
En este 2012 el pebetero
fue encendido por siete
jóvenes deportistas
destacados que
prendieron una llama
armada con 204 pétalos
correspondientes a los
países participantes,
cada uno de estos fue
portado por la
delegación respectiva en
el desfile.
La próxima cita será en
Brasil, un país
riquísimo en su cultura
musical y artística. Es
de esperar que aquí,
desde el Sur,
resplandecerá el arte de
un acto que cuenta ya
con antecedentes
antológicos en el siglo
XX (Barcelona) y el XXI. |