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I
La poesía de Basilia
Papastamatíu tiene la
principal virtud de no
parecerse a otras, y
ser, a primera vista,
rara, difícil de
aprehender. En sus
libros se urden poemas
tensos que conducen a la
rotundidad, cuya
enunciación es tácita,
lacónica. Nos llama el
eslabón o el espejo de
armar. La poetisa
invierte. Su pupila
integra nombrando la
desintegración. En sus
poemas propiamente un
enunciado abarca dos
certezas con abismo por
medio, pues con lo que
deconstruye debe
construir. Comprimido es
el verbo, la palabra.
Pudiera hablarse al
centro de su estilo de
un imperio de la
elipsis, pues la
sintaxis generalmente es
contenida; pero, a
veces, por alarde de
sabores contrarios se
ensortija. Entonces se
potencia el verbo y
obstruyen las
subordinadas para
convertirse en señales.
Asistimos a lo que se
denomina “economía de
la memoria” donde “un
poema debe ser breve por
vocación elíptica,
cualquiera sea su
extensión objetiva o
aparente”. Allí la
velocidad de la
reflexión, de los
argumentos, solo permite
la insinuación del
movimiento del alma, la
mordida del verbo. Sabe
“que el menor concepto
es el artífice de una
huida”.
1
Unos versos
epigramáticos de Yeats
parecen contener la
esencia de la poética de
Basilia: “Estamos
encerrados bajo llave,
la de nuestra
incertidumbre.” La
plegaria de la
inconformidad y la culpa
tienen cabida aquí, y el
minuto de reflexión ante
la impotencia, de
conciencia ante el error
que se asume tranquilo.
El doblez, la línea de
fuga, el escamoteo
también terminan en una
pregunta. Por eso
afirmaba en un
acercamiento anterior a
su poesía que “bien viva
la procesión de
pecadores desafía los
confines dantescos”.
Dante y los clásicos
sobreviven allí junto a
la culpa, el pecado, lo
irreversible. Sus poemas
son frutos del enigma y
el cuestionamiento, y la
vía es la intelección.
Hay como un Dios que
juzga pecadores. Son
retratos de seres
abyectos con la profunda
culpa de engañarse a sí
mismos. Se percibe a las
claras el peso del
espacio en su escritura,
si juzgamos el sentido
de los títulos y las
intenciones de la
mayoría de sus libros.
Parece que el hombre a
través del tiempo es el
mismo culpable al que
solo lo salva el lugar
en que decida
permanecer, éticamente
hablando, pues el
espacio se adivina como
larga mancha u orificio
donde transcurre una
temporalidad vencida,
fácil de helar porque ya
ha helado. Entre el tono
docto y el aliento
apocalíptico avanzan
estos sombríos retratos,
hechizados entre el
saber y la memoria.
II
Siempre he recibido con
regocijo el hecho de que
se dedique El autor y su
obra a poetas, como es
el caso que aquí nos
reúne: el de una
escritora de relevante
trayectoria y rara
cualidad dentro de
nuestra república de las
letras. Pero quisiera
fijar algunos ángulos
que admiro de su
persona. Ellos son: su
laboriosidad constante,
sus tenaces esfuerzos
por promover la poesía
joven en la Isla, tarea
que ha llevado a cabo
por más de 30 años, con
sus altos y sus bajos,
más allá de la mirada
incómoda que este género
literario suele
despertar en ciertas
élites de poder. Contra
viento y marea ha
permanecido fiel a su
misión. Su carácter,
fuerte y contradictorio,
en esta faceta que
describo, ha construido,
desde la pasión, una
forma de hacer, de ver
la poesía más y menos
reciente, más y menos
comunicativa; pero
amparada siempre en la
eficacia expresiva. De
eso da prueba sobrada
el espacio que anima
hace tanto tiempo, Aire
de luz, que es como la
mamá de los que se
dedican hoy a promover
la lírica en la ciudad,
y por el que han pasado
todos los poetas de
valía nacidos después de
1960. Es curioso esto:
esa condición no se
puede violar. Basilia
deposita su fe
inveterada siempre en
los jóvenes, lo que ha
molestado a unos pocos.
Así debe ser si pensamos
bien. A su tertulia han
llegado los nuevos que
no tienen otra cosa que
ofrecer que el valor de
sus versos, no
escritores establecidos
y de ciertos poderes,
que al ser invitados
pueden franquearle
alguna puerta, recia al
anfitrión, del éxito en
la república de las
letras, a toda costa.
No. Basilia es fiel a la
Poesía y a la Juventud.
Pese a su carácter
fuerte y contradictorio,
esta es su cualidad
trascendente junto a sus
versos, extraños y
logrados, que pondero
con un deseo de que viva
feliz, fructífera y
saludable por muchos
años entre nosotros.
Nota:
1- Ives Bonnefoy.
Antología L ´Improbable.
Prólogo. Ediciones
Lumen, Barcelona, 1977,
p. 11 |