La Habana. Año XI.
28 de JULIO
al 3 de AGOSTO de 2012

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El caserón del Cerro

Marcelo Pogolotti (La Habana, 12 de julio de 1902 - 1988)

Tan pronto hendió el espacio el sonido nasal de la trompeta, la niña Paulina salió corriendo hacia la cancela del jardín. Por la cuesta de la polvorienta carretera subía lentamente, zigzagueando, el carro del vendedor de mercería. Daba la impresión de andar solo, ya que el enorme artefacto cubría por completo al hombre que lo impulsaba. La frente apoyada contra la reja, ella lo miraba acercarse despacio pero seguro, bajo el inexorable sol de las tres de la tarde que proyectaba sobre la cegadora blancura del ca­mino la negra sombra del vehículo y las incansables piernas que lo propulsaban. De súbito, invadida por una preocupación repentina, se volvió.

—¡Mamá! ¡Mamá, prontooo!... —gritó nerviosamente. Casi en el mismo instante salía de la casa una hermosa señora, trigueña, joven aún, quien tras de cruzar con paso majestuoso la distancia que le separaba de la cerca, abrió la puerta de hierro forjado, con la llave que llevaba en las manos. Mientras tanto, el carro ya se había estacionado junto a la acera.

—¡Buenos días, señora! dijo su dueño en tono respetuoso, pero con el leve dejo de familiaridad que despierta la frecuencia del trato aún entre personas de nivel social muy distinto.

—Ya le he dicho otras veces que no me gusta que se pare aquí. Llame siempre a la puerta del patio.

—Como usted mande, señora. Traigo unos preciosos bor­dados de Canarias— prosiguió enseguida, pues antes que nada era comerciante y conocía las debilidades de su cliente.

Echó hacia atrás el sombrero de pajilla, para refrescarse la cabeza. Una brillante capa de sudor le cubría el rostro, su camisa estaba empapada y llevaba alrededor del cuello un pañuelo para recoger las gotas que rodaban hacia abajo. Con inagotable paciencia, extraía artículos, los enseñaba uno tras otro y los volvía a colocar cuidadosamente en su sitio.

Paulina contemplaba pasmada el magnífico escaparate. Su mirada saltaba ávidamente de uno a otro de los abigarrados montones de rollos de telas estridentes que exhibían las vitrinas. Los boquetes abiertos de sus ojos inmensos tragaban los refulgentes colores de toallas, telas, cintas, lazos y todo lo que se percibía a través de los cristales. Sus pupilas escrutaban el interior de las numerosas gavetas atestadas de botones, alfileres, bolas de algodón, carreteles de hilo de seda, agujas y peinetas con brillantes incrustaciones. A veces las palpitantes ventanas de su nariz recogían el regalo de un suave aire de lavanda que les enviaban unas pastillas de jabón, menos avaras que los lindos pomos multiformes que encerraban herméticamente los arcanos de perfumes inusitados. Aquel tosco artefacto mal barnizado era una maravillosa caja de sorpresas.

El incansable vendedor mostraba su prodigioso repertorio de pacotilla, sacando, y volviéndolos a colocar cuidadosamente en su sitio, los objetos que la señora rechazaba uno tras otro, sin alterar por ello la risueña expresión de su cara. Al cabo de un rato, impertérrito, extrajo de las profundidades de un cajón, un artículo blando envuelto en papel de china. Lo abrió despacio en tanto que una sonrisa triunfal estallaba sobre sus labios protegidos por el amo­roso abrazo de un oscuro bigote rizado.

—Un señor belga me lo trajo de Malinas—, dijo desplegando un hermoso encaje que entregó con prosopopeya casi religiosa a su diente.

Esta lo examinó con indiferencia al principio. Luego lo extendió sobre el reverso de sus manos blanquísimas, cuya piel cobró vida y color bajo las filigranas del fino arabesco, que la mujer estudiaba con creciente detenimiento. Al fin, acabó por claudicar.

—¿Cuánto?

—Para usted, cinco pesos nada más.

—¡Está loco! Esto no vale ni dos pesos...

Después de un breve regateo el vendedor aceptó tres pesos, y la señora, seguida de su hija, entró en la casa con su adquisición.

Paulina acababa de cumplir once años. Era una criatura blanda aunque no apática, habiendo heredado de la madre la extrema blancura de su piel, blancura que si bien asumiese en algunos puntos delicados tintes azulosos, dejaba traslucir a través de su frialdad inquietante flujos de vida. En medio de esta albura flotaban dos ojos tan negros que parecían enormes pupilas sin iris; negrísimo era también el lustroso cabello recortado en melena a la altura de los hombros, que encuadraba acentuándolo el oblongo óvalo del rostro. Una fina vena surcaba tenuemente el puente de la afilada nariz aguileña de ascendencia hispánica. Las mejillas eran llenas sin ser abultadas, aunque ligeramente caídas. El labio inferior de su boca húmeda y de un pálido color terroso, pendía un poco. La frente un tanto abom­bada tenía su contrapartida en una pronunciada barbilla redonda.

La falta de expansión y ejercicio tendían a acentuar las características de los rasgos de la niña, a expensas de su rara belleza. Para Paulina, la vasta arboleda, el jardín y el patio que rodeaban la casa, constituían el vacío por donde paseaba su soledad, interrumpida tan solo por algunas visitas que le hacían muy de tarde en tarde el hijo y las dos hijas de un matrimonio que vivía cerca de allí. Pero el muchacho era muy autoritario y estaba acostumbrado a que sus hermanas se sometiesen por entero a su voluntad, y quería que ella hiciera lo mismo. Además, lo acaparaban todo, de suerte que las visitas terminaban siempre en peleas. Una vez, de Pascuas a San Juan, venían también sus primos Raúl y Teté, del Vedado. Su vida trascurría sin el estímulo del juego y la compañía.

Era la única niña en una inmensa casona que bien podía llamarse “asilo de ancianos”, porque en el hermoso portal coronado de un curvilíneo tímpano barroco sobre un espeso arquitrave que sostenían ocho gruesas columnas dóricas, pasaban el día sentados en sendos sillones el abuelo y la abuela, sin cambiar una sola palabra. El era reseco, tieso, delgado y bilioso. Ella, pachorra y remolona, en su almidonada bata blanca y el inseparable abanico de guano, era más comunicativa, y a veces cambiaba unas palabras con su nietecita o le dirigía un responso cariñoso. El tío Emeterio, hermano del abuelo, taciturno como este pero encorvado y nervioso, pasaba la mayor parte del día caminando de un extremo a otro de la casa o dándole vueltas al jardín.

La otra hermana del abuelo era el enigma de la familia.

A pesar de sus años guardaba aún mucho de su belleza. El gris-acero de su pelo impartía distinción a la sobria tristeza de su cara demacrada. La continua compresión de sus labios había acentuado la extraordinaria finura de la boca. La mirada de sus ojos negros tenía una fijeza insólita. Ella misma permanecía inmóvil desde la mañana a la noche en un sillón del más oscuro rincón de la sala, que abandonaba tan solo las raras veces que había visita, huyendo como una perseguida al fondo de la casa. Nadie hablaba de ella. Paulina solo sabía que se llamaba Marta, pero nunca la había oído pronunciar una palabra.

Por su parte, la abuela también tenía una hermana, tía Pepa, una robusta solterona, a mitad de camino entre los cincuenta y los sesenta, y que era la que en definitiva mano daba en la casa.

Como de costumbre, a las seis y media llegó Gustavo, el padre de la niña. Trabajaba en un banco, y aunque terminaba a las cinco, le tomaba una hora volver a su domicilio, toda vez que este se encontraba en las afueras del Cerro. Además, siempre tenía algunas compras que hacer en La Habana. Al entrar, tropezó con una grieta en el piso del camino que iba de la calle a la casa. Paróse en el acto, murmurando una imprecación.

—¡Gervasio! dijo enseguida al jardinero que, fungiendo también de portero, acababa de abrirle la cancela. Hay que cortar la raíz de la ceiba que está levantando todo el cemento del camino.

—Sí, señor. Pero usted cree conveniente...

—Nada, nada... Hágalo mañana mismo.

Luego se inclinó para besar a su hija, que había corrido a su encuentro.

 

Fragmento de El caserón del Cerro, de Marcelo Pogolotti. Dirección de publicaciones Universidad Central de Las Villas, 1961.


Marcelo Pogolotti: Importante pintor, dibujante y polígrafo. Exponente cubano de la tendencia futurista. Nació en La Habana el 12 de julio de 1902. En 1923, matriculó en la Art Students League, de Nueva York, donde se identificó con la pintura postimpresionista. En su posterior estadía en Cuba, entre los años 1924 y 1927, realizó retratos pictóricos. Pintó paisajes postimpresionistas, con atisbos fauvistas y neocubistas. También tomó parte en la Exposición de Arte Nuevo (1927), organizada por la Revista de Avance y consensuada como el lanzamiento de la primera promoción de la vanguardia artística cubana.

Hacia 1929, por el interés común en la máquina, se unió al segundo futurismo italiano: el de Turín y hacia 1934 rompió definitivamente con el grupo futurista, por inconciliables antagonismos estético-artísticos y político-ideológicos. En el París de 1933, el intelectual cubano se integró a otro colectivo de vanguardia: la Asociación de Escritores y Artistas Revolucionarios. Durante su estancia europea (1928-1939), se identificó con la vanguardia no meramente estético-artística, sino también ideopolítica. Marcelo Pogolotti fue el primer representante del “arte nuevo” criollo que se enroló en algún colectivo vanguardista de Europa y se anticipó casi veinte años a la irrupción del abstraccionismo en Cuba.

Aunque sumaria (1923-1938), su andadura como pintor y dibujante resultó intensa. Opuesto a lo que llamó “arte de laboratorio” o mera experimentación formal, Pogolotti practicó el “ensayo plástico o visual”, entendido como la libertad de creación orientada responsable y coherentemente hacia la solución de un problema artístico-estético. Murió en la Habana, el 25 de agosto de 1988.

 
 
 
 
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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
ISSN 2218—0869. La Habana, Cuba. 2012.