Tan pronto hendió el
espacio el sonido
nasal de la
trompeta, la niña
Paulina salió
corriendo hacia la
cancela del jardín.
Por la cuesta de la
polvorienta
carretera subía
lentamente,
zigzagueando, el
carro del vendedor
de mercería. Daba la
impresión de andar
solo, ya que el
enorme artefacto
cubría por completo
al hombre que lo
impulsaba. La frente
apoyada contra la
reja, ella lo miraba
acercarse despacio
pero seguro, bajo el
inexorable sol de
las tres de la tarde
que proyectaba sobre
la cegadora blancura
del camino la negra
sombra del vehículo
y las incansables
piernas que lo
propulsaban. De
súbito, invadida por
una preocupación
repentina, se
volvió.
—¡Mamá! ¡Mamá,
prontooo!... —gritó
nerviosamente. Casi
en el mismo instante
salía de la casa una
hermosa señora,
trigueña, joven aún,
quien tras de cruzar
con paso majestuoso
la distancia que le
separaba de la
cerca, abrió la
puerta de hierro
forjado, con la
llave que llevaba en
las manos. Mientras
tanto, el carro ya
se había estacionado
junto a la acera.
—¡Buenos días,
señora! dijo su
dueño en tono
respetuoso, pero con
el leve dejo de
familiaridad que
despierta la
frecuencia del trato
aún entre personas
de nivel social muy
distinto.
—Ya le he dicho
otras veces que no
me gusta que se pare
aquí. Llame siempre
a la puerta del
patio.
—Como usted mande,
señora. Traigo unos
preciosos bordados
de Canarias—
prosiguió enseguida,
pues antes que nada
era comerciante y
conocía las
debilidades de su
cliente.
Echó hacia atrás el
sombrero de pajilla,
para refrescarse la
cabeza. Una
brillante capa de
sudor le cubría el
rostro, su camisa
estaba empapada y
llevaba alrededor
del cuello un
pañuelo para recoger
las gotas que
rodaban hacia abajo.
Con inagotable
paciencia, extraía
artículos, los
enseñaba uno tras
otro y los volvía a
colocar
cuidadosamente en su
sitio.
Paulina contemplaba
pasmada el magnífico
escaparate. Su
mirada saltaba
ávidamente de uno a
otro de los
abigarrados montones
de rollos de telas
estridentes que
exhibían las
vitrinas. Los
boquetes abiertos de
sus ojos inmensos
tragaban los
refulgentes colores
de toallas, telas,
cintas, lazos y todo
lo que se percibía a
través de los
cristales. Sus
pupilas escrutaban
el interior de las
numerosas gavetas
atestadas de
botones, alfileres,
bolas de algodón,
carreteles de hilo
de seda, agujas y
peinetas con
brillantes
incrustaciones. A
veces las
palpitantes ventanas
de su nariz recogían
el regalo de un
suave aire de
lavanda que les
enviaban unas
pastillas de jabón,
menos avaras que los
lindos pomos
multiformes que
encerraban
herméticamente los
arcanos de perfumes
inusitados. Aquel
tosco artefacto mal
barnizado era una
maravillosa caja de
sorpresas.
El incansable
vendedor mostraba su
prodigioso
repertorio de
pacotilla, sacando,
y volviéndolos a
colocar
cuidadosamente en su
sitio, los objetos
que la señora
rechazaba uno tras
otro, sin alterar
por ello la risueña
expresión de su
cara. Al cabo de un
rato, impertérrito,
extrajo de las
profundidades de un
cajón, un artículo
blando envuelto en
papel de china. Lo
abrió despacio en
tanto que una
sonrisa triunfal
estallaba sobre sus
labios protegidos
por el amoroso
abrazo de un oscuro
bigote rizado.
—Un señor belga me
lo trajo de
Malinas—, dijo
desplegando un
hermoso encaje que
entregó con
prosopopeya casi
religiosa a su
diente.
Esta lo examinó con
indiferencia al
principio. Luego lo
extendió sobre el
reverso de sus manos
blanquísimas, cuya
piel cobró vida y
color bajo las
filigranas del fino
arabesco, que la
mujer estudiaba con
creciente
detenimiento. Al
fin, acabó por
claudicar.
—¿Cuánto?
—Para usted, cinco
pesos nada más.
—¡Está loco! Esto no
vale ni dos pesos...
Después de un breve
regateo el vendedor
aceptó tres pesos, y
la señora, seguida
de su hija, entró en
la casa con su
adquisición.
Paulina acababa de
cumplir once años.
Era una criatura
blanda aunque no
apática, habiendo
heredado de la madre
la extrema blancura
de su piel, blancura
que si bien asumiese
en algunos puntos
delicados tintes
azulosos, dejaba
traslucir a través
de su frialdad
inquietante flujos
de vida. En medio de
esta albura flotaban
dos ojos tan negros
que parecían enormes
pupilas sin iris;
negrísimo era
también el lustroso
cabello recortado en
melena a la altura
de los hombros, que
encuadraba
acentuándolo el
oblongo óvalo del
rostro. Una fina
vena surcaba
tenuemente el puente
de la afilada nariz
aguileña de
ascendencia
hispánica. Las
mejillas eran llenas
sin ser abultadas,
aunque ligeramente
caídas. El labio
inferior de su boca
húmeda y de un
pálido color
terroso, pendía un
poco. La frente un
tanto abombada
tenía su
contrapartida en una
pronunciada barbilla
redonda.
La falta de
expansión y
ejercicio tendían a
acentuar las
características de
los rasgos de la
niña, a expensas de
su rara belleza.
Para Paulina, la
vasta arboleda, el
jardín y el patio
que rodeaban la
casa, constituían el
vacío por donde
paseaba su soledad,
interrumpida tan
solo por algunas
visitas que le
hacían muy de tarde
en tarde el hijo y
las dos hijas de un
matrimonio que vivía
cerca de allí. Pero
el muchacho era muy
autoritario y estaba
acostumbrado a que
sus hermanas se
sometiesen por
entero a su
voluntad, y quería
que ella hiciera lo
mismo. Además, lo
acaparaban todo, de
suerte que las
visitas terminaban
siempre en peleas.
Una vez, de Pascuas
a San Juan, venían
también sus primos
Raúl y Teté, del
Vedado. Su vida
trascurría sin el
estímulo del juego y
la compañía.
Era la única niña en
una inmensa casona
que bien podía
llamarse “asilo de
ancianos”, porque en
el hermoso portal
coronado de un
curvilíneo tímpano
barroco sobre un
espeso arquitrave
que sostenían ocho
gruesas columnas
dóricas, pasaban el
día sentados en
sendos sillones el
abuelo y la abuela,
sin cambiar una sola
palabra. El era
reseco, tieso,
delgado y bilioso.
Ella, pachorra y
remolona, en su
almidonada bata
blanca y el
inseparable abanico
de guano, era más
comunicativa, y a
veces cambiaba unas
palabras con su
nietecita o le
dirigía un responso
cariñoso. El tío
Emeterio, hermano
del abuelo,
taciturno como este
pero encorvado y
nervioso, pasaba la
mayor parte del día
caminando de un
extremo a otro de la
casa o dándole
vueltas al jardín.
La otra hermana del
abuelo era el enigma
de la familia.
A pesar de sus años
guardaba aún mucho
de su belleza. El
gris-acero de su
pelo impartía
distinción a la
sobria tristeza de
su cara demacrada.
La continua
compresión de sus
labios había
acentuado la
extraordinaria
finura de la boca.
La mirada de sus
ojos negros tenía
una fijeza insólita.
Ella misma
permanecía inmóvil
desde la mañana a la
noche en un sillón
del más oscuro
rincón de la sala,
que abandonaba tan
solo las raras veces
que había visita,
huyendo como una
perseguida al fondo
de la casa. Nadie
hablaba de ella.
Paulina solo sabía
que se llamaba
Marta, pero nunca la
había oído
pronunciar una
palabra.
Por su parte, la
abuela también tenía
una hermana, tía
Pepa, una robusta
solterona, a mitad
de camino entre los
cincuenta y los
sesenta, y que era
la que en definitiva
mano daba en la
casa.
Como de costumbre, a
las seis y media
llegó Gustavo, el
padre de la niña.
Trabajaba en un
banco, y aunque
terminaba a las
cinco, le tomaba una
hora volver a su
domicilio, toda vez
que este se
encontraba en las
afueras del Cerro.
Además, siempre
tenía algunas
compras que hacer en
La Habana. Al
entrar, tropezó con
una grieta en el
piso del camino que
iba de la calle a la
casa. Paróse en el
acto, murmurando una
imprecación.
—¡Gervasio! dijo
enseguida al
jardinero que,
fungiendo también de
portero, acababa de
abrirle la cancela.
Hay que cortar la
raíz de la ceiba que
está levantando todo
el cemento del
camino.
—Sí, señor. Pero
usted cree
conveniente...
—Nada, nada...
Hágalo mañana mismo.
Luego se inclinó
para besar a su
hija, que había
corrido a su
encuentro.
Fragmento de
El caserón del
Cerro, de
Marcelo Pogolotti. Dirección
de publicaciones
Universidad Central
de Las Villas, 1961.
Marcelo Pogolotti:
Importante pintor,
dibujante y
polígrafo. Exponente
cubano de la
tendencia futurista.
Nació en La Habana
el 12 de julio de
1902. En 1923,
matriculó en la
Art Students League,
de Nueva York, donde
se identificó con la
pintura
postimpresionista.
En su posterior
estadía en Cuba,
entre los años 1924
y 1927, realizó
retratos pictóricos.
Pintó paisajes
postimpresionistas,
con atisbos
fauvistas y
neocubistas. También
tomó parte en la
Exposición de Arte
Nuevo (1927),
organizada por la
Revista de Avance
y consensuada como
el lanzamiento de la
primera promoción de
la vanguardia
artística cubana.
Hacia 1929, por el
interés común en la
máquina, se unió al
segundo futurismo
italiano: el de
Turín y hacia 1934
rompió
definitivamente con
el grupo futurista,
por inconciliables
antagonismos
estético-artísticos
y
político-ideológicos.
En el París de 1933,
el intelectual
cubano se integró a
otro colectivo de
vanguardia: la
Asociación de
Escritores y
Artistas
Revolucionarios.
Durante su estancia
europea (1928-1939),
se identificó con la
vanguardia no
meramente
estético-artística,
sino también
ideopolítica.
Marcelo Pogolotti
fue el primer
representante del
“arte nuevo” criollo
que se enroló en
algún colectivo
vanguardista de
Europa y se anticipó
casi veinte años a
la irrupción del
abstraccionismo en
Cuba.
Aunque sumaria
(1923-1938), su
andadura como pintor
y dibujante resultó
intensa. Opuesto a
lo que llamó “arte
de laboratorio” o
mera experimentación
formal, Pogolotti
practicó el “ensayo
plástico o visual”,
entendido como la
libertad de creación
orientada
responsable y
coherentemente hacia
la solución de un
problema
artístico-estético.
Murió en la Habana,
el 25 de agosto de
1988.