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Con la graduación de 34
nuevos profesionales del
audiovisual cubano y
latinoamericano acaba de
concluir un ciclo de
tres años de estudios en
la Escuela Internacional
de Cine y Televisión, en
San Antonio de los
Baños. Con la primera
exhibición pública, y
estreno mundial, de los
13 cortometrajes, seis
de ficción y siete
documentales, en la sala
Charles Chaplin, se
genera la llamada
generación XXI de
egresados procedentes de
la famosa Escuela, y
culmina también un arduo
periodo de evaluaciones
en el cual se
discutieron, durante una
semana, virtudes y
defectos, ventajas y
menoscabos de cada
trabajo.
Como todos los años se
evaluaron primero los
guionistas, quienes
debieron presentar, y
defender, un guion de
largometraje.
El de la venezolana
María Elena Morán se
tituló Las buenas
anfitrionas, y
cuenta una historia
claustrofóbica y con
protagonistas femeninas,
mientras que el del
brasileño Gustavo
Vinagre responde a la
extraña designación de
Felis Domesticus,
porque los gatos son
presencia determinante
en una película
polifónica sobre la
jungla paulista,
mientras que los cubanos
Carlos M. Quintela y
Fabián Suárez
prefirieron acercarse a
la tragedia intimista, y
tal vez al melodrama
grave, en Ismael
y Letargia,
respectivamente. De
estos dos antes
mencionados, el primero
trata sobre un joven que
cumple extraña promesa
para, quizá, atenuar el
duelo por una pasión que
se fue, y Letargia
sobre una actriz madura,
quien se descubre
tardíamente embarazada
mientras realiza un
estudio sobre el sueño
patológico, o letárgico,
con el fin de perfilar
el personaje de su
próxima película.
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Carlos Quintela,
Gustavo Vinagre,
María Elena
Morán y Fabián
Suárez
se nombran los guionistas egresados |
Los cuatro guiones
fueron evaluados, en un
profundo intercambio de
opiniones y
recomendaciones
—encaminadas a mejorar
las historias, a que
alcancen exitosamente la
pantalla— por la
realizadora y guionista
argentina Lucrecia
Martel (La Ciénaga,
La niña santa,
La mujer sin cabeza),
el guionista español
José Ángel Esteban (Los
años bárbaros,
Besos para todos,
Horas de luz) y los
guionistas y escritores
cubanos Senel Paz (Fresa
y chocolate,
Adorables mentiras,
Lista de espera)
y Eliseo Altunaga (Post
Mortem, Boleto al
paraíso, Violeta
se fue a los cielos).
Además de los ya
mencionados guionistas
Carlos M. Quintela y
Fabián Suárez (también
conocidos por su
trabajos en la
realización: La
piscina y Kendo
Monogatari,
respectivamente) la
generación XXI de la
EICTV cuenta con varios
egresados cubanos,
aunque algunos
desconocedores sigan
asegurando que la
Escuela de San Antonio
de los Baños tiene un
carácter internacional
que desfavorece a los
estudiantes de la Isla.
Están también el
documentalista Jorge de
León Amador, la
productora Kenia Salas,
el fotógrafo Javier
Labrador y el sonidista
Damián Rubiera, todos
ellos implicados, por
supuesto, en la
realización de las obras
de ficción y
documentales que les
sirvieron de aval para
graduarse en sus
respectivas
especialidades.
Felicidad
se titula el documental
dirigido por Jorge de
León, quien ya entregara
el año pasado un notable
ejercicio realizado en
la Sierra Maestra y
titulado Niña mala.
Concebido en blanco y
negro, y de acuerdo con
el método observacional
y de sinfonía urbana,
Felicidad quiere ser
un homenaje a ciertos
clásicos del cine cubano
en la línea de Oscar
Valdés (Escenas en
los puertos), Sara
Gómez (De cierta
manera) o Hasta
cierto punto, de
Tomás Gutiérrez Alea. El
constante fluir de
rostros y situaciones
cotidianas que propone
este nuevo documental
recorre un día por
lugares comunes y
populares de la Habana
Vieja en busca de la
cotidianidad, la espera
y la felicidad.
Entre los siete
documentales generados
por la Escuela este año
destaca la valiosa
diversidad de las
nacionalidades de los
egresados, en estrecha
relación con la variedad
de temas, estilos y
locaciones de sus
respectivas tesis. La
mayor parte se ambienta
en Cuba, como la ya
mencionada Felicidad,
pero también están
Las Vegas de la
brasileña Marinete Da Costa y
relacionado con el
ambiente del club sito
en la habanera calle
Infanta, y dos
documentales
conceptuados entre los
mejores de esta
generación:
Escenas previas, de
la polaca
Aleksandra Maciuszek y
Madera, del
argentino Daniel Kvitko,
con guion del cubano
Carlos M. Quintela, y
relacionado con la vida
de dos ancianos en la
Sierra Maestra y su
relación con el bosque,
la eternidad, el
horizonte.
En la cátedra documental
destaca este año la
presencia de varias
realizadoras. Además de
la polaca y la
brasileña, arriba
mencionadas, predomina
la extrema diversidad en
la procedencia de las
nuevas cineastas. De San
Vicente y las Granadinas
es Raisa Bruce – Lyle,
quien realizó un
documental de archivo
titulado The Name of
Violence sobre la
historia de la
segregación racial y la
violencia asociada al
tema; de Venezuela,
específicamente de la
etnia wayuu es Leiqui Uriana,
quien dirigió
Jukua'ipamajatú Wayuu (Asuntos
Indígenas),
y de Bolivia procede
Valeria Ariñez,
encargada de conducir el
documental titulado
Awariy. Las
realizadoras de Bolivia
y Venezuela tuvieron la
oportunidad de tratar
temas relevantes en sus
países y rodar allá, en
el medio que mejor
conocen.
Matices sicológicos, del
cine de terror, la
sicología, la
homosexualidad, la
violencia, el
surrealismo, y los
conflictos éticos forman
parte de los temas
aludidos por los seis
cortometrajes de ficción
generados este año por
la EICTV como resultado
del trabajo de la
generación XXI.
Dirigidas por la boricua
Juliana Maité (Agón),
el mexicano Carlos
Medellín (Medusa),
el dominicano Carlos
Ortiz (R, La
maldita ilusión), el
francés Pablo Balaubre (Cebú),
el chileno Antonio Caro
(Catalina), y la
alemana Valerie Heine (El
carro azul), las
tesis de ficción
incursionaron en los más
diversos géneros, temas
y tonos de exposición.
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R, La
maldita ilusión |
El fotógrafo cubano
Javier Labrador hizo
todo lo que estaba a su
alcance para dotar de un
atmósfera enrarecida y
perturbadora al corto
Agón, sobre una
maligna entidad que
instaura la monstruosa
competitividad en un
equipo de polo acuático
femenino; la productora
Kenia Salas enfrentó
altos retos para
verificar el mundo
autoral tal vez
surrealista de Medusa,
y Carlos M. Quintela
escribió junto con la
directora Valerie Heine
El carro azul,
que cuenta el regreso
del joven protagonista a
La Habana para hacerse
cargo de su hermano,
Marcos, quien tiene
síndrome de Down, y
sostiene un juego que
ayudará a ambos hermanos
a restablecer la
confianza perdida. El
también cubano Damián
Rubiera se encargó del
sonido en ese melodrama
con canciones titulado
R, La maldita
ilusión, que
diserta emotivamente
sobre la capacidad de
sacrificio y el
imperativo de reconocer
la inclinación sexual
desde la autenticidad.
Para justipreciar el
trabajo de cubanos y
extranjeros, se hizo
venir a un poderoso
grupo de evaluadores de
altísimo prestigio
profesional en los
diferentes oficios del
audiovisual como los
españoles José Luis
Guerín (documentalista y
profesor), Benito
Zambrano (cineasta y
egresado de la Escuela)
y Elena Vilardel
(secretaria ejecutiva
del Programa IBERMEDIA),
los argentinos Ricardo
Aronovich (fotógrafo de
clásicos argentinos,
brasileños y franceses)
y Nerio Barberis (sonidista),
el brasileño Karim
Ainouz (director de
cuatro excelentes
largometrajes de
ficción), el francés
Jacques Comets (editor y
profesor), el alemán
Rolf Coulanges
(documentalista y
fotógrafo) y el
uruguayo Fernando
Epstein (productor
vinculado a grandes
éxitos del nuevo cine en
el pequeño país
austral). Así, mientras
Guerin incitaba a los
egresados a encontrar el
estilo y las estructuras
adecuadas para expresar
sus inquietudes,
Aronovich se quejaba de
las deficiencias de la
imagen digital, Epstein
les proponía mayor
comprensión del ajedrez
de la producción en el
mundo real, y Ainouz
celebraba la mirada
personal perceptible en
algunos de estos
trabajos, se colocaba
punto final a un nuevo
ciclo de logros y
emprendimientos para la
Escuela de todos los
mundos, el lugar donde
muchos insisten en
avistar la utopía.
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