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En estos días de
conmemoraciones del
centenario de la gran
matanza racista de 1912,
puede ser un ejercicio
fructífero examinar la
cuestión misma de lo que
hemos venido haciendo,
sus motivaciones, sus
contenidos, sus
circunstancias y sus
perspectivas. Cumplo
entonces la sagaz
petición de Aida Bahr, y
no reitero aquí los
análisis que he venido
publicando sobre los
independientes de color,
sus hechos, sus ideas,
sus circunstancias y su
destino.
De inicio, quiero
destacar la
participación o el
interés de miles de
personas de todo el país
en los actos que
convocaron a la emoción,
y las palabras que
llamaron al estudio y al
debate, un conjunto de
hechos que ha modificado
muy positivamente la
posición de la sociedad
cubana ante aquellos
eventos sucedidos entre
1908 y 1912. En la forma
sintética necesaria para
este tipo de escritos,
quiero destacar cinco
tipos de motivaciones,
que no son excluyentes
entre sí.
Primera, la llamada
recuperación
—a veces se
trata de estrenos—
de
la memoria histórica
cubana en su complejidad
y su conflictividad
verdaderas, que
trascienda y deje
finalmente atrás a las
crónicas banales,
omisas, hagiográficas o mendaces del proceso
histórico. Segunda,
darle más fuerza y
amplitud a una
renovación de los
reclamos de las personas
consideradas racialmente
como no blancos, de
gozar de una igualdad
real en cuanto a
bienestar, oportunidades
y respeto social.
Tercera, hacer avanzar
una de las líneas de
profundización de los
trabajos de la ciencia
histórica en Cuba.
Cuarta, para un sector,
la recuperación forma
parte del rescate y
defensa de una identidad
racial determinada y
actuante, dentro de la
diversidad social
cubana. Quinta, para un
sector, al que
pertenezco, es también
un aspecto de la lucha
cultural e ideológica a
favor del socialismo.
Quisiera referirme a la
dimensión social del
centenario antes de
aludir a los avances del
conocimiento de aquellos
eventos. Ante todo, los
independientes de color
han regresado, después
de 90 años de
olvido. Una ausencia de
tan larga duración fue
promovida por la
coincidencia de factores
muy diferentes entre sí.
En el nivel de la
organización social, el
olvido del gran crimen
convenía a los intereses
más generales de la
dominación burguesa
neocolonial que rigió
durante la primera mitad
de ese intervalo; pero,
en una etapa posterior,
también fue consecuencia
de los intereses más
generales del poder
revolucionario. Hasta
1959, se coludieron la
amplia influencia del
racismo en la conciencia
social y las
adecuaciones de los de
abajo a las exigencias
del sistema, que siempre
incluía que abandonaran
una parte de su cultura
y su memoria. Este
sometimiento para
sobrevivir y organizar
la vida
—y sobre todo
para sacar a los hijos
adelante—
es la regla
mientras funciona la
dominación, y no debe
olvidarse al estudiar
las resistencias y
rebeldías. Solo se viene
abajo cuando la
conciencia y la
organización se vuelven
poderosas y aspiran a
todo: por eso es que son
maravillosas las
revoluciones.
Cuando yo era un niño
imperaba el olvido.
Solamente cuando estimó
que ya era
suficientemente crecido,
me regaló mi padre
—eterno directivo de la
sociedad “de instrucción
y recreo” El Progreso—
el libro de Serafín
Portuondo Linares. Los
impactos tremendos de la
Revolución atacaron las
bases del racismo, lo
condenaron como una de
las lacras del dominio
burgués e imperialista,
y multiplicaron la
fraternidad interracial
y los cambios en las
relaciones interraciales
de todo tipo. Pero la
liquidación del racismo
no fue una de las
campañas priorizadas, y
pronto la unidad de los
revolucionarios y del
pueblo
—que era vital
para el proceso—
fue absolutizada respecto a
las diversidades
sociales. En aquel año
1962 de enfrentamientos
mortales, el
cincuentenario del gran
crimen no se conmemoró.
La ausencia, sin
embargo, no tuvo mayor
importancia durante la
primera etapa de la
Revolución en el poder,
cuando la gente unida
derramaba el sudor o la
sangre en las grandes
jornadas definitorias,
las costumbres
conservadoras caían en
un descrédito abismal,
los jóvenes imponían su
voluntad y sus amores, y
la movilidad social era
sumamente dinámica.
Pero en la segunda
etapa, la de los años
70 y 80,
primaron los impulsos
modernizadores y
“civilizadores” sobre
los liberadores, con el
consiguiente recorte del
alcance del proyecto
revolucionario. Se
produjo un auge colosal
de la escolarización y
los niveles técnicos, la
sistematización de
servicios sociales
universales y gratuitos
y otras formas de
redistribución de la
riqueza social a favor
de las mayorías, un gran
salto en los aportes del
internacionalismo y un
aumento muy notable de
la infraestructura y de
las exportaciones bajo
un modo de producción
controlado por el poder
revolucionario. Pero las
características de este
último no franqueaban al
país un desarrollo
autónomo, se produjeron
procesos muy fuertes de
burocratización y
quebrantos serios de
conductas y valores
socialistas, y fue
impuesta
—con el ropaje
del mal llamado
marxismo-leninismo—
una
ideología autoritaria y
dogmática muy poco capaz
de contribuir a echar
las bases de una cultura
diferente y opuesta a la
del capitalismo, una
tarea que es crucial
para la transición
socialista.
En aquel marco tan
contradictorio, la
cuestión del racismo fue
excluida. Si todo debía
marchar bien y estar
bien controlado, se
esperaba que las
diferencias sociales
perjudiciales también
desaparecieran a
consecuencia de la
marcha general. La
calidad de la vida de la
mayoría aumentó,
diferentes agencias
sociales garantizaban
oportunidades de
reconocimiento y ascenso
sin discriminaciones, y
maduró la naturalización
de cambios profundos en
las relaciones
interpersonales. Pero
estos avances y aquella
ideología ocultaron que
los puntos de partida de
los no blancos eran en
general mucho más
desfavorables que el
promedio, que existía
una reproducción
cultural de las
desventajas que tendía a
hacerlas permanentes,
que el dinamismo social
era ahora mucho menor
—lo cual podía tender a
reforzar las desventajas
de los no blancos—
y
que hubiera sido
necesaria una política
especializada dentro de
la política social
general para enfrentar
esa situación.2
Aunque en menor grado
que el pensamiento y
otras disciplinas
sociales, la historia de
Cuba sufrió
restricciones,
imposiciones,
selecciones que
implicaban omisiones,
distorsiones de hechos y
procesos, que
perjudicaron a la
divulgación, la docencia
—cuando sucedía el salto
descomunal en la
educación—
y la
investigación. Además,
predominó la idea de que
la historia era la
fuente de la Revolución
—que a su vez sería su
“cumplimiento”—, lo
cual inclinaba a sesgar
sus contenidos y a
interpretaciones
teleológicas. La
historia en Cuba tiene
un inmenso valor social
y político a favor de la
libertad y la justicia,
por lo cual ha sido
natural que la lucha por
el socialismo y el
comunismo se apoderara
de ella desde el inicio
del proceso. Pero, en su
primera etapa, la
Revolución se
consideraba a sí misma
fuente de derecho y
legitimidad. Por otra
parte, es cierto que el
apoyo en la historia
nacional, sus ideas y
sus combates, tenía
también una función de
resistencia cultural y
política frente a las
distorsiones y
desviaciones del proceso
de transición socialista
y el hegemonismo
extranjero, que por
entonces ya se apodaba
“socialismo real”.
Hace 20 años, la
abrumadora crisis
económica cubana y la
pérdida de prestigio del
socialismo a escala
mundial cambiaron las
condiciones a tal punto
que se inició una
tercera etapa de la
Revolución. No me
referiré a sus rasgos
generales, ni a los
nuevos problemas que en
este intervalo se han
ido desplegando, sino
solamente a un aspecto
que es muy importante
para nuestro tema. Se ha
registrado un
reconocimiento creciente
de la diversidad que
contiene nuestra
sociedad, de los
problemas, las
expectativas y los
anhelos ligados a esa
diversidad, y crece la
valoración positiva de
ella. Desde
aproximaciones y
criterios diferentes, el
componente poblacional
de origen africano y sus
identidades, formas
culturales, historia,
situación y problemas
actuales está bien
establecido hoy como una
de esas diversidades.
Una cuestión resalta y
convierte el tema en
reclamación: la mayoría
de los no blancos sufre
o percibe desventajas
materiales, formas de
postergación social y de
minusvalía por ser no
blancos, es decir, de
racismo antinegro. El
proceso cubano de estos
últimos 20 años ha
tenido y tiene
consecuencias palpables
en este terreno, que
condicionan una nueva
fase de la lucha cubana
por la verdadera
integración, la igualdad
y la justicia social, y
al mismo tiempo le
sirven de acicate. En
estas dos décadas el
activismo a favor de esa
causa ha sido muy
notable por su presencia
y gran dedicación,
aunque sus resultados
puedan parecernos
limitados. Constituyen
adelantos muy notables
la conciencia que han
adquirido personas de
todos los colores de
piel acerca de esta
cuestión y la aceptación
generalizada de su
exposición y
enfrentamiento públicos.
Hoy se reconoce que el
racismo persiste en la
Cuba actual, y que hay
que acabar con él. La
ceguera ante las razas y
la sordera ante el
racismo desde el
nacionalismo cubano,
establecidas desde hace
más de un siglo, están
siendo derrotadas y
confío en que pronto
serán olvidadas.
Como sucede siempre en
los procesos sociales,
aparecen también aristas
negativas. Destaco
solamente una: la
utilización
mercantilista de “lo
negro”, que se aprovecha
de las necesidades
materiales de personas y
grupos en desventaja, y
de los renovados
atractivos del lucro
capitalista.
En la lucha contra el
racismo existen
profundas diferencias
entre la posición
oficial de la Revolución
y las ideas que
manejamos nosotros, por
una parte, y lo que
sucede en la práctica
social, por la otra. Es
muy importante conocer
la dimensión histórica
del racismo antinegro,
que fue uno de los
elementos que participó
en la construcción de
Cuba como realidad
específica, es decir, en
el nacimiento y primeros
desarrollos de la
cultura nacional, y
conocer el proceso
histórico de las
transformaciones, las
derrotas y las
permanencias del racismo
en la cultura cubana,
desde entonces hasta
hoy. Pero resulta vital
que no nos conformemos
con formar parte de una
élite consumidora de las
mejores ideas,
satisfecha con el nivel
“superior” que posee,
sino que actuemos como
personas y como
instituciones en la
lucha actual contra el
racismo, con la mayor
energía y eficacia
posibles. ¿Por qué los
debates, los escritos y
los innumerables
eventos, divulgaciones y
conocimientos adquiridos
sobre este tema no se
generalizan, y no llegan
a convertirse en sentido
común? ¿Por qué no
resulta posible
llevarlos a la escala de
la sociedad? ¿Por qué no
pueden llegar a ser la
guía de las
instituciones, y de las
prácticas de nuestro
Estado para escolarizar
e instruir a la
población, para
divulgar, y para
entretener educando?3
Entre otros obstáculos y
dificultades quisiera
destacar, por su
importancia, los
referentes al sistema de
escolarización, que ha
sido impermeable a las
necesidades y las
solicitudes en este
campo. Es obvio que la
formación de los niños y
adolescentes resulta
esencial frente a un
rasgo cultural como el
del racismo antinegro.
Ojalá que estén en curso
efectivamente reacciones
positivas que se
traduzcan en cambios
eficientes. Pero eso no
disminuiría mi
preocupación, porque a
mi juicio existen
deficiencias enormes en
la enseñanza, los
contenidos, las
evaluaciones, la
formación del personal y
la influencia en la
formación cívica de
niños y jóvenes,
presentes en la materia
de Historia y
probablemente en las
materias sociales en
general. Es decir, la
deficiencia es muy
abarcadora, y la
cuestión racial sería
solamente un caso más
dentro de ella.
Ese es el marco social
del regreso de los
independientes de color.
Desde la dimensión
social, las preguntas
entonces serían: ¿cuál
es la realidad a la que
regresan en cuanto a los
problemas, las
expectativas y los
anhelos ligados a la
cuestión racial? ¿Qué
significa hoy ese
regreso, y qué funciones
puede tener?
Pasemos a la situación
en cuanto al
conocimiento del hecho
histórico. La tradición
oral fue muy escasa, por
la fuerza del olvido. El
libro de Serafín
Portuondo Linares,4
de 1950, pese a ser el
primero sobre el tema,
constituyó un aporte
sumamente valioso en sí
mismo, por la calidad de
su trabajo
investigativo, la
defensa que hizo de los
independientes de color
—crítica y apasionada al
mismo tiempo—
y la
organización y claridad
del texto. El autor era
un antiguo cuadro del
Partido Socialista
Popular (PSP),5
organización realmente
ejemplar entre los
partidos políticos
cubanos en cuanto a su
política respecto a las
cuestiones raciales.
Pero la obra fue muy
duramente criticada en
la revista teórica del
PSP. Víctima del
sectarismo y el
dogmatismo, aquel libro
no se volvió a editar
durante más de medio
siglo, con evidente
perjuicio para los
lectores, los estudiosos
y la conciencia cubana.6
Política y color en
Cuba. La guerrita de
1912, del joven
cubano emigrado Rafael
Fermoselle,7
fue el segundo libro
publicado sobre el tema.
Es realmente notable,
por sus fuentes
—entre
ellas un gran número
procedente de EE.UU.—, la exposición
histórica muy amplia,
detallada y bien hilada
que contiene, y el vigor
interpretativo no exento
de compromisos de la
obra. Publica, por
ejemplo, el texto
completo de las cartas
de Pedro Ivonnet al
embajador de EE.UU. en Cuba (mayo de
1912) y de Evaristo
Estenoz al Secretario de
Estado (junio de 1912),
y añade copias
fotostáticas de ambas.
No comparto algunos de
sus juicios. Lo cierto
es que esta obra ha
permanecido
prácticamente
desconocida para el
lector cubano.
Nuestros historiadores
han mantenido siempre
una corriente de
investigaciones y
publicado obras muy
valiosas que atienden
cuestiones raciales
cubanas, o las incluyen.
Pero en las últimas
décadas el trabajo de
investigación sobre la
historia de Cuba y la
publicación de
monografías se ha
multiplicado; los temas
raciales o que
involucran esa dimensión
de los hechos sociales
han formado parte de ese
notable crecimiento. En
mi opinión, ese
incremento no depende
solo de intereses
generales de la ciencia
histórica, sino, sobre
todo, de los cambios en
la comprensión de la
naturaleza de la
sociedad cubana, y en
valoraciones y
necesidades sociales a
los que me referí antes.8
Mas lo cierto es que
el conocimiento
histórico en este
terreno ha experimentado
un salto extraordinario,
que nos pone en
condiciones de
comprender mejor la
formación de la
población de Cuba y las
sucesivas y acumuladas
construcciones sociales
de razas y de racismo,
la participación de los
africanos y
descendientes suyos en
la creación y desarrollo
de Cuba y de sus
determinaciones
nacionales, y en las
resistencias culturales
y políticas, las
rebeldías y las
revoluciones que han
bregado por la libertad
y la justicia en este
país.
Esta última dimensión ha
sido muy bien apoyada
por las investigaciones
y las publicaciones
acerca de la rebeldía de
José Antonio Aponte y
sus compañeros, que hace
doscientos años
protagonizaron el primer
movimiento organizado
contra la esclavitud y
la dominación colonial.
Con muchos esfuerzos y
modestos resultados se
conmemoró el
bicentenario, pero no
debemos disminuir el
alcance de ese logro.
Quedó bien establecido
que los reclamos
actuales están
legitimados por una
historia secular de
sacrificios, audacia y
sabiduría política, y
que en la historia de
Cuba las revoluciones
han sido el único camino
práctico y eficaz para
resolver los problemas
fundamentales.
Al calor del centenario
del Partido
Independiente de Color y
de la gran matanza
racista de 1912 se ha
desplegado en el país un
gran conjunto de
actividades,
publicaciones,
investigaciones y
debates. Esto constituye
un adelanto muy notable.
La conciencia puesta en
marcha para rescatar y
conmemorar, y los
trabajos y afanes de los
estudiosos, han sido
alentados y estimulados
por las iniciativas o el
apoyo brindado por el
Partido Comunista de
Cuba, el Ministerio de
Cultura, la Unión
Nacional de Escritores y
Artistas de Cuba, la
Asamblea Nacional del
Poder Popular, el
Instituto Cubano del
Libro y otras
instituciones estatales
y sociales. Sus
resultados se van
incorporando a la
acumulación cultural
cubana, práctica,
ideológica, intelectual
y cultural. Ha aumentado
mucho y se ha
socializado en una
medida realmente notable
el conocimiento de aquel
Partido, sus hechos, sus
personalidades y la
matanza que lo destruyó,
y de los
condicionamientos del
proceso. Ya resulta
normal su presencia en
actividades públicas y
su divulgación, y se
explica, se discute
—incluso se
polemiza— acerca del tema
en reuniones organizadas
de exposiciones y
debates, en los medios
masivos de comunicación
y en libros.
Precisamente nos reúne
hoy la presentación de
un nuevo libro, fruto
del trabajo
especializado,
incansable y modesto de
investigadores del
Archivo Nacional de
Cuba, institución que
también ha contribuido
mucho a los trabajos del
centenario.9
No me referiré a los
Apuntes cronológicos…,
los autores lo harán más
adelante, y además he
dado mis criterios en el
prólogo. Solo quisiera
dejar en el texto un
fragmento de uno entre
tantos documentos
—fuentes primarias que
ellos han organizado
para servir mejor a los
investigadores—, uno de
los que no incluyeron
referencia en los
Apuntes, y que
Bárbara Danzie
gentilmente me hizo
llegar. Se emitió hace
exactamente un siglo.10
Como advertí al inicio,
no me referiré a
aquellos eventos
históricos. Permítanme
solamente un comentario
relativo al método que
se considera atinado
para todo estudioso que
se dispone a investigar
procesos como el que nos
ocupa, y con ellos a la
época en que sucedieron,
en cuanto los
condicionó. Las
motivaciones, las
actitudes, las conductas
y las ideas de las
personas y los grupos
sociales en cuestión
deben investigarse y
entenderse a partir de
su ubicación histórica
en un sistema social
determinado, sus
características,
conflictos y demás
aspectos relevantes, con
todas las
especificidades que esto
conlleva. Esa prevención
es válida no solamente
para los independientes
de color. Quiero
recalcar su importancia
al analizar a todos los
que han vivido y actuado
en situaciones
desventajosas y han
pertenecido a las clases
dominadas, cuando
tratamos de estudiarlos,
mostrarlos y valorarlos
con justicia.
Dentro de ese cauce de
método, es muy
conveniente no dejarse
llevar por las
corrientes ideológicas
que estén predominando
alrededor del estudioso
—porque ellas invitan a
“actualizar”
tendenciosamente hechos
y personajes—, y mucho
menos seguir las modas
intelectuales, esas
formas vulgarizadas de
las corrientes
dominantes que facilitan
tanto la colonización
mental. Lo más doloroso
de esta última es la
eficacia de sus
disfraces. Ideología
trasmutada en cultura,
está enraizada en los
procesos de
escolarización y
adquisición de formación
intelectual de las
mayorías, y en las
comunidades
intelectuales. Es un
aspecto de la mayor
importancia para la
hegemonía de la
dominación, que resulta
capaz de sobrevivir a la
desaparición física del
sistema que le dio
origen. La liberación
mental de los
colonialismos y de las
supremacías de clases y
de grupos nos es
indispensable.
El próximo miércoles 18
se cumplirán cien años
del asesinato del
coronel mambí Pedro
Ivonnet, compañero de
Antonio Maceo en la
Invasión y Pinar del
Río, y uno de los
principales dirigentes
del PIC. El 27 de julio,
frente al monumento a
José Martí, el apóstol
de la libertad y la
justicia, sirvieron un
gran banquete en
homenaje a los que
acababan de asesinar a
tres mil cubanos. Ese
día se reunieron el
crimen, la cobardía y el
orden social más
injusto. Pero la
Revolución puede cerrar
las más crueles heridas,
porque ha sabido
implantar la justicia
para todos. El próximo
miércoles honraremos en
ese mismo lugar a
Ivonnet, a todos los
independientes de color
y a todos los inocentes
que cayeron durante la
gran matanza de 1912.
Estaremos limpiando de
esa forma a la memoria
cubana de la escoria de
aquel día, y con ese
desagravio nos
encomendaremos a la guía
eterna de Martí.
Termino con un
comentario que quiere
partir de los avances
que hemos logrado, a la
hora de identificar
nuestros propósitos.
Ante todo, es
imprescindible no dar
por terminados los
esfuerzos porque en
estas fechas se hayan
cumplido los
aniversarios. La
trascendencia mayor de
la memoria rescatada es
su capacidad de
fortalecer la actuación
y la determinación
frente a los problemas
de hoy, y de contribuir
a la indispensable
necesidad de hacer
proyectos. Para el
tiempo inmediato, opino
que es imprescindible
profundizar en las
investigaciones y la
interpretación de los
eventos y procesos
históricos implicados,
intercambiar y discutir
acerca de todo, sin
exclusiones. Pero
insisto en que es
fundamental la
socialización del
conocimiento de los
hechos, los debates y
las reflexiones, y
utilizar estos avances
también en la lucha
contra el racismo que
persiste en la Cuba
actual.
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