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Marcelo Pogolotti, en
los difíciles tiempos de
la vanguardia, buscó su
propio lenguaje
pictórico con el
presupuesto de una
constante ruptura con
los localismos y el
énfasis en lo
pintoresquista, lastres
que marcaron mucho de la
pintura latinoamericana
del tránsito entre los
siglos XIX y el XX.
Pogolotti, desde muy
temprano, concibió el
arte como intensa
expresión de la
conciencia de una época.
Al referirse a aquellos
primeros momentos de
búsqueda de una poética
artística señalaba en
Del barro y las voces:
Me pareció natural
empezar por lo más
sencillo, vale decir
abordando un problema
tan grande y complejo
del modo más despojado
posible, presentándome
ante él, por decirlo
así, completamente
desnudo a fin de partir
desde cero para ir
levantando el edificio
desde los cimientos.
Pero no resultaba fácil
librarse de todo el
lastre de prevenciones,
hábitos y conceptos
erróneos o periclitados
y volver a ser uno
mismo. Hacer tabla rasa
del cúmulo de ideas y
opiniones trabajosamente
adquiridas para empezar
de nuevo, constituye una
de las renunciaciones
más difíciles. Pronto
descubrí, sin embargo,
entre el fárrago de mi
chatarra artística un
buen número de conceptos
que coincidían con
algunos de los nuevos o
más recientes de
entonces1.
Para este hombre el arte
era indagación de un
lenguaje desde la
decantación de
otros textos y a partir
de su propia conciencia
creadora. Para eso no
bastaba con la experimentación,
sino que se necesitaba
de una cultura más allá
de la mera visualidad.
El artista, por tanto,
tenía que convertirse en
antena receptora de su
tiempo. Tales presupuestos
suyos están presentes en
libros como Puntos en
el espacio y
Época y conciencia
aparecidos entre
1956 y 1961.
Me atrevo a decir que no
ha habido en Cuba, hasta
el momento, ningún
creador de las artes
visuales que se le pueda
equiparar en obra
escrita a Marcelo
Pogolotti. Dueño
de una pintura única, al
punto de que puede
considerarse como el más
original artista
plástico de nuestra
vanguardia, dejó una
extensa obra en prosa
donde pocos géneros o
temas quedaron
excluidos. Posiblemente
ningún otro de los
pintores cubanos que
también ejercieron como
escritores, nos haya
legado una escritura tan
variada, profunda y
aportadora, de la cual,
por cierto, el público
cubano del presente ha
estado por completo
privado por falta de
reediciones, para no
hablar del silencio casi
total de la crítica y la
investigación artística
y literarias sobre una
figura que tiene un
relieve excepcional.
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Merece atención, en
primer término, su prosa
de ficción, integrada
por novelas como La
ventana de mármol
(1943);
El caserón
del Cerro (1961),
publicada tardíamente,
pues se escribió 20 años
antes; Estrella
Molina (1944), sin
lugar a dudas el texto
más significativo y
depurado de la
vanguardia literaria
cubana. A todo esto se
añaden cuentos y una
comedia que recogió en
Los apuntes de Juan
Pinto (1951) y
Segundo remanso
(1948). En 1963 publicó
en México su último
texto de ficción,
Detrás del muro,
calificado por él como
cuento-novela.
Paralelamente, produce
una prosa reflexiva con
un amplio espectro
temático. Sus ideas
acerca del proceso de
creación artística, el
arte, la cultura, la
literatura, la
sociología, la sicología
y la filosofía, entre
otros, quedaron
expuestas a través de su
labor periodística en
los diarios El Mundo
en Cuba y El Sol
en México. Creó
otros libros
imprescindibles que van
desde La pintura de
dos siglos hasta
La clase media y la
cultura, pasando por
La República al
través de sus
escritores, Puntos en el
espacio, Época y
conciencia, El camino
del arte, Víctor Manuel,
La clase media en México
y Los pobres en
la cultura mexicana.
Mención aparte merece
Del barro y las voces
porque trasciende
cualquier clasificación
formal como simple
autobiografía para
convertirse en un
documento que recorre un
período trascendente de
la memoria cultural de
este país desde una
perspectiva
culturológica. No son
pocos los riesgos que se
corren al hacer en su
obra un mecánico
deslinde entre prosa de
ficción y reflexiva.
Muchas veces, Marcelo
Pogolotti se sirve del
relato para dar rienda
suelta a sus ideas en
relación con el ser
humano, la cultura y el
arte. En Del barro y
las voces el artista
confiesa:
Andando el tiempo
escribí contra la
corriente Los apuntes
de Juan Pinto, donde
expongo en forma de
relato la evolución y
conflictos interiores de
un pintor, que lo
inducen a dejar el
seductor sensualismo y
el deslumbrante
artificio superficial,
logrados a duras penas,
de su pintura, por algo
de más calado, no ya de
tipo surrealista o
clínico sicológico, sino
de más altura y amplitud
también, vale decir de
tres dimensiones
humanas, merced a una
conciencia social2.
En su novela Estrella
Molina, (1944) las
reflexiones sobre tales
tópicos son tan
frecuentes que Guy Pérez
Cisneros afirmó en el
prólogo que le dedicara
a la primera y
única edición cubana en
1946: ―Hay aquí una
novela filosófica3.
Tal afirmación no está
dada solo por la forma
en que ha sido trabajado
su personaje principal,
sino también a la
postura crítica, aun
irónica, que el autor
asume ante determinadas
corrientes del
pensamiento de su época.
Así, sus ideas sobre el
existencialismo y, a la
vez, al impacto de la
máquina sobre el hombre
queda explícita en:
―Mientras tanto, grandes
eruditos escriben
copiosos volúmenes
analizando la falta de
“voluntad de vivir” que
mantiene paralizadas a
vastas capas de la
población. Pero su amigo
íntimo era víctima de
los metales4.
En ese texto hay
un despliegue de ideas
en relación con el
hombre contemporáneo en
un mundo en crisis de
enajenación. La única
salvación para su
protagonista está en el
arte, al cual el autor
le concede una enorme
fuerza axiológica. Por
esa razón, en efecto,
Estrella Molina es
la más sugerente de
nuestras novelas de la
vanguardia porque toca
como
ninguna otra todo el
andamiaje sobre el cual
se edifica el mundo
social de la cultura.
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En El caserón del
Cerro ya aparecen
perfilados una serie de
aspectos que
constituyen, a mi
juicio, regularidades de
estilo en esta zona de
la prosa de Marcelo
Pogolotti. Así, el
tratamiento de los
espacios alcanza en él
una dimensión muy fuerte
dada su óptica
esencialmente pictórica.
Al referirse a la
relación entre el
espacio narrativo y
otras formas artísticas,
Michel Butor advertía:
―en lo que concierne al
espacio, su interés no
es menor, ni menos
íntima su vinculación
con la pintura. No sólo
puede, sino que en
ciertos momentos debe
incluirla5.
En El caserón del
Cerro semejantes
confluencias
en el tratamiento
espacial hacen que ante
ciertos pasajes de la
novela en cuestión alcancen
la intensidad
visualizadora de la
pintura. Es notorio el
interés que el artista
pone en
mostrar la arquitectura
insular: ―Era la única
niña en una inmensa
casona que bien podía
llamarse “asilo
de ancianos”, porque en
el hermoso portal
coronado de un
curvilíneo
tímpano barroco sobre un
espeso arquitrabe que
sostenían ocho gruesas
columnas dóricas,
pasaban el día sentados
en sendos sillones el
abuelo y la abuela sin
cambiar una
sola palabra6.
Al detenerse en estos
detalles de la
arquitectura, no solo
devela su profunda
cultura al respecto,
sino también rompe toda
atadura con el plano
tratamiento espacial
descriptivista tan caro
a la literatura
costumbrista en la Isla.
Eso refuerza el
tratamiento sicosocial
de los personajes en la
novela, sin la necesidad
de detenerse, como en
su tiempo lo hiciera
Miguel de Carrión, en
extensas valoraciones
condicionadas por una
endeble
concepción positivista
de la sociedad. A
Marcelo Pogolotti le
basta, para perfilar el
cambio de su
protagonista, con decir:
Su nueva morada en la
calle Aguacate era una
típica construcción de
esos maestros
de obra catalanes que
padeció la República en
sus primeros años de
vida. Poco más que
albañiles de oficio,
atiborraron secciones
enteras de La Habana
con sus horrorosas
herejías
arquitectónicas. Así, la
fachada de la casa
estaba cubierta
de cursis garambinas, y
sus inarmónicas
proporciones hacían
añorar la sobria
sencillez y las nobles
dimensiones de los
edificios de la colonia.
En lugar de los
pintorescos balcones de
antaño, un adefesio de
hierro que no cuadraba
ni con la olla podrida
de adornos de distintos
estilos concebida por el
maestro de obras, se
extendía al frente de la
casa.
Una escalera de mármol
asaz estrecha conducía a
los altos, desembocando
junto
a la sala, separada del
comedor tan solo por dos
columnas y una
balaustrada. Las puertas
y ventanas eran
exageradamente altas y
angostas, y las demás
habitaciones,
comunicadas por un
balcón interior, muy
reducidas. Cuando
Paulina entró advirtió
el contraste con su
antigua residencia7.
La espacialidad también
constituye un fuerte
nexo con la cultura que
se vive. Por
eso, no se trata solo de
mirar cómo se construyen
estos espacios, sino de
analizar también cómo
estos, a través de
determinados modelos,
expresan una concepción
del mundo que permite
estructurar el texto
artístico. Digamos,
pues, que el espacio
actúa como
un organizador del texto
que el lector tiene ante
sí. Por eso, puede
integrar las diferentes
artes, entre
ellas la música, como
apunta el propio Butor.
En El caserón del
Cerro esta
integración se hace
evidente a través de los
espacios tratados por el
novelista. De esta forma
se develan las modas
musicales y la creciente
americanización de la
vida insular en aquellos
años de la República que
alcanza también las
formas del vestir, las
revistas y otras
modalidades que van a
marcar esa torcida
modernidad que
caracterizó aquellos
tiempos.
La novela se organiza
como un perpetuo viaje
de la protagonista,
quien recorre diferentes
escenarios sociales y
geográficos, dentro y
fuera de la Isla; esa
traslación entraña
también cambios
sucesivos de espacios
que denotan una
geografía social y
epocal. La casa
en este texto adquiere
tal protagonismo, que
llega a marcar de modo
especial la vida de los
personajes que la han
habitado. El caserón se
presenta como un destino
del cual no es posible
zafarse aunque se cambie
de lugar. Habría que
observar, desde una
voluntad creativa muy
diferente y original,
El caserón del Cerro,
sin embargo, forma parte
de varias direcciones
que, en las artes de la
Isla, convierten el
espacio doméstico en una
especie de entidad
suprapersonal y de vagos
relumbres ontológicos de
lo cubano: piénsese en
la extensa secuencia de
encierro en el caserón
colonial con que se abre
El siglo de las luces,
de Carpentier; la
obsesión de
encerramiento de
Jardín, de Dulce
María Loynaz, una obra
tan diversa en tono y
factura, tan ajena en
perspectiva estética,
pero también marcada por
la imantación hacia la
casa como microuniverso;
la densidad que adquiere
el ámbito del hogar
cubano en Paradiso,
o, ya en la
contemporaneidad la
agudeza incisiva de
Casas del Vedado, de
María Elena Llana. Se
trata de una perspectiva
creadora, más que de una
temática propiamente
dicha, en la que se
focalizan, en
distintas obras de
creación nacional, la
familia —recordar
Aire frío, de
Virgilio Piñera—
y la casa —La casa
vieja, de Estorino,
entre otras— como
obsesiones que imantan
la percepción del
artistas. Por eso, desde
el prólogo mismo el
autor nos advierte que:
La casa se impregna de
la vida y el espíritu de
sus moradores. Testigos
constantes de las
cuitas, los afanes y las
alegrías de las personas
que cobijan, acaban por
identificarse con ellas.
Con el decursar de los
años forman parte de una
misma sustancia.
Constituyen una entidad
que deviene un mito.
Así, se designa con la
palabra “casa” una
estirpe, una empresa
comercial, una familia
que se frecuenta. En esa
mitología se ceban la
imaginación y las
fantasías, tanto
individuales como
populares. Pero las
mismas llevan
impregnadas algo de la
realidad que las nutrió8.
La ciudad en tanto
topos es parte de la
poética de Marcelo
Pogolotti en El
caserón del Cerro y
en Estrella Molina.
Su marcado interés por
la ciudad como tema narrativo,
filiación vanguardista
mediante, está permeada
porque ella es un
espacio no solo
de concentración humana,
sino también de
producción de bienes
culturales con la
dinámica peculiar de la
megalópolis de comienzos
del siglo XX.
En Estrella Molina,
el personaje principal,
Lorenzo, ha perdido la
imaginación y, por
tanto, su capacidad para
apreciar la belleza. Su
trayectoria espacial en
el texto es
zigzagueante, por tanto,
lo cual denota sus dudas
y vacilaciones tanto
como la falta de fe, no
solo en el arte, sino
también en la vida. Las
preguntas de este hombre
de vida esencialmente
urbana pueden ser
también estas:
¿Es la ciudad fuente
alternativa de creación
o de decadencia? ¿Es lo
urbano estilo de vida y
expresión de la
civilización? ¿Es el
medio ambiente factor
determinante de las
relaciones sociales?
Tales son las
conclusiones que se
podrían deducir de las
formulaciones más
difundidas en relación
con el tema urbano: los
polígonos urbanos
periféricos enajenan; el
centro libera, los
espacios verdes relajan,
la gran ciudad es el
reino del anonimato, el
barrio produce
solidaridad, los
tugurios originan la
criminalidad, las
ciudades nuevas suscitan
la paz, etc9.
La ciudad es percibida
desde una fragmentación
pictórica, tanto en
El caserón del Cerro
como en Estrella
Molina —como lo
sería en la también
vanguardista Écue-Yamba-O
de Carpentier—;
nunca hay una imagen
totalizadora de lo
urbano. Todo el espacio
se da en escorzos,
detalles de fachadas,
esquinas y no parece
tener interés más que
en el detalle.
Esta es una de las
formas más fuertes del
componente pictórico en
la narrativa de este
artista. La ciudad,
pues, aparece por sus
ruidos, voces y el
sentir de la rapidez de
los acontecimientos,
especialmente en
Estrella Molina:
Por la ventana del
tamaño de un libro de
contaduría entra un rayo
de sol. Empieza corto y
se va alargando
paulatinamente, a medida
que le da vuelta a la
habitación, como un
brazo extendido tocando
distintos objetos. El
primer día fue
interminable. Poco a
poco, los ruidos del
exterior iban tomando su
sitio exacto en el orden
de las cosas. Los
chirridos de los
tranvías que frenaban
antes de llegar al bivio,
gritos de vendedores,
barullo de niños que
vuelven de la escuela,
pasos de vecinos que
regresan a sus
habitaciones, descarga
de agua en las tuberías.
Luego, la sucesión de
los días y las noches se
hace más rápida, hasta
adquirir la cadencia de
la rotación del haz
luminoso10.
Momentos hay en esta
novela en que se logra
un barroquismo muy
peculiar, lleno de una
espléndida expansión
tropical, que no es solo
belleza, sino un
fenómeno estético
de complejidad mayor. El
propio Pogolotti
advierte en el texto:
―Pero hay veces que
la desnudez de
las formas se presenta
con la plenitud de su
horror. Mientras más
bellas son las cosas,
más espantan. Los
detalles más
insignificantes cobran
una elocuencia
temible que se trasmite
a través del espacio con
inusitada impetuosidad11.
Entonces, se
produce una
metaforización muy
peculiar de la realidad
hasta alcanzar momentos
tan líricos como el
siguiente:
Hay días en que la
ciudad cobra una
incisiva realidad que
corta nuestras fibras
más delicadas. En el
Parque Central los
gritos estridentes de
dos palacios no
consiguen rasgar el
silencio del alba. Bajo
el amplio boquete
abierto del cielo, los
mil dedos truncos del
Centro Asturiano no
logran alcanzar el
infinito; y el anhelo
inútil de perpetuar con
la piedra en medio de la
plaza la memoria de un
alma grande y generosa
deprime. En la luz de
los contornos y relieves
penetran como navajas,
en tanto que la
materialidad de las
cosas nos aplasta y la
objetividad
de los objetos se
manifiesta como una
sentencia irrecusable12.
Pocas, muy pocas veces
ha habido en la
literatura cubana una
evocación tan recia, tan
sobria y, a la vez, tan
desgarrada de la figura
de Martí como la que
aquí logra Marcelo
Pogolotti.
¿A dónde nos impulsa,
pues, esta novela? A
mirar el arte y la
ciencia como formas
de genuina expresión del
pensamiento humanista,
que, justo en la primera
mitad del
siglo XX, se enfrentó a
una de sus crisis más
brutales y, también,
promisorias. A encontrar
en la naturaleza una de
las savias fecundadoras
de la vida del hombre y,
a reconocer en ella la
virtud de una pureza en
bruto. El hombre,
atrapado por la
historia, no puede
perder bajo ningún
concepto el sentido de
la época en que vive.
Arrastrado por
desgarradoras
circunstancias puede
llegar a la duda y al
silencio, pero está
obligado a reaccionar en
pos de una
belleza que no solo se
encierra en el arte,
sino que forma parte de
un presente que, si ya
no virginal, ni vivaz ni
mucho menos bello, es el
sustento de una
existencia —individual,
social— que debe ser
asumida para poder
vivirla con esencial
dignidad.
Cuando años después, en
1963, publicaba en
México Detrás del
muro, esos
cuentos-novela —como él
mismo calificó ese
texto—, cerraba su
ejercicio como narrador.
Aquí, el espacio
adquiere otras sutilezas
y el artista concentra
su atención en la
proyección enormemente
humana del personaje de
Loya, hilo conductor de
estos relatos. La ciudad
apenas es un referente
cuya función es darles
paso a la casa y al
destilado
tratamiento de su
espacio interior. La
saga de la ―tribu de los
Zabala, emparentada políticamente
con la de los Morente13,
no solo es la historia
de una familia, sino
también
de un país como México
tan dolorosamente
desgarrado por
revoluciones y revueltas
que han marcado
la sicología individual
de sus hombres y
mujeres. La casa como
espacio vuelve a ser
ahora el centro de
atención del artista y
logra, en efecto, un
excelente cierre en su
periplo como narrador.
Estas consideraciones
sobre aspectos
parciales, son un botón
de muestra de lo que, en
estas breves palabras,
podría ser dicho. La
narrativa de Marcelo
Pogolotti no es
un mero desvío, de
gracia menor, ni un
violín de Ingres de su
talento pictórico. No,
muy al contrario,
se trataba de un
narrador de fibra y
fuerza, en el cual se
percibe una cuestión
creativa de gran
envergadura. En un
momento en que el
costumbrismo seguía
campeando por sus
respetos en Cuba —y su
influjo se prolongará,
como se sabe, aunque no
siempre se reconozca,
hasta bien entrada la
narrativa de la
Revolución, donde
todavía se
identifican sus taras y
sus gracias veniales en
muchos escritores—, en
aquel instante en que
había que tomar el toro
por los cuernos y probar
una narrativa divergente
de la oficial, Pogolotti
fue capaz de hacerlo, y
se atrevió a una obra
llena de sugerencias, de
abocetamientos,
destinada a un lector
consciente y activo. Que
su perspectiva de
pintor, y pintor de
vanguardia, haya
influido en ello, es
obvio. Pero cabría
preguntarse, también,
hasta dónde el narrador
nato que fue, no influyó
también en el pintor de
intenso dramatismo. Sus
novelas están marcadas,
por último, por un
humanismo de entraña y
por una percepción
apasionada de la
finalidad del arte,
cualidades que marcan
también, con fuerza
mayor si cabe, su
ensayística.
El periodismo es una de
las zonas menos
conocidas de Marcelo
Pogolotti. Sus
colaboraciones cubrieron
poco más de una década
en el periódico El
Mundo y luego, en
los 70, ejercería
este oficio para El
Sol, de México.
Diversos fueron los
temas que
le ocuparon entonces,
especialmente en El
Mundo, donde daría a
conocer jalones importantes
de su crítica de arte,
al punto, que fue
considerado por Rafael
Suárez Solís, en las
páginas del Diario de
la Marina, ―como el
único crítico de arte
entre nosotros,
no obstante, no fue solo
crítica de arte lo que
publicaría en este
diario. Incursionó en
tópicos como la
economía, de la cual
dijera en su texto ―“Lo
básico”,
el 19 de mayo de 1959:
―Si la economía no llega
a ser una ciencia, tal
vez tenga algo de arte.
Esto resulta
tanto más cierto si se
le atribuye una
finalidad humana,
convirtiéndola en algo
viviente.
La economía pura no pasa
de ser una quimera14.
Publicó reseñas de
libros como Biografía
del tabaco habano,
de Gaspar García Galló y
dedicó espacio a la obra
de Oscar
Wilde desde una
perspectiva estética y
sociológica. Artículos
como ―“El intelectual puro”
mantiene hoy una enorme
vigencia por su carácter
polémico y profundo a la
hora de
valorar la relación de
los mismos con la
sociedad y la cultura de
su tiempo. Igual ocurre
con ―“Los filósofos y la
pintura”, donde refuta
las ideas del filósofo
mexicano Miguel
Bueno expresadas por
este autor en
Filosofía de la cultura:
Los filósofos suelen
desatinar cuando hablan
de arte, aun más cuando
si se trata de las artes
plásticas. Siéntense
situados en el ápice de
la pirámide del saber.
Desde esa altura,
sosteniéndose sobre un
sólido cuerpo de conocimientos
con una base científica
apoyada en la tierra,
creen orientar la actividad
del espíritu humano. Así
debería ser, en efecto.
Pero hay experiencias
que por serles ajenas,
los desnaturalizan para
integrarlos en la
estructura racional
del edificio de
conceptos que han
levantado en cuya cima
se sitúan. Aun cuando
atinan en el
descubrimiento y la
codificación de ciertas
leyes
del fenómeno artístico,
son contadísimos los
filósofos que logran dar
el salto
metafísico en el predio
del arte. Ya sea por
instintiva puntería o
con apoyo
del pensamiento
metódico, son los
propios artistas, amén
de los filósofos y
críticos
excepcionales cuya
sensibilidad que les da
acceso a los arcanos del
arte, los llamados a
elaborar los conceptos
estéticos adecuados a
las proyecciones
culturales de cada
momento histórico15.
El periódico sirvió para
dar a conocer,
fragmentariamente,
algunos de los trabajos
que luego aparecerían en
algunos de sus libros de
ensayos. Es el caso de ―
“Primeros
pintores paleolíticos”
que apareció en las
páginas de El Mundo
en marzo de 1961 y
era
parte de un ensayo
mayor, ―“La conciencia
epocal en el arte”,
con el que abría su
libro
Época y conciencia
publicado en México en
1961. Resulta
interesante detenerse en
este artículo por la
crítica que Marcelo
Pogolotti realiza a la
obra de Arnold Hauser,
Historia social de la
literatura y el arte.
Lo que Pogolotti
refuta es la posición de
Hauser de exagerar
de modo mecanicista la
relación entre la
sociología y el arte,
hasta el punto de
considerar este último
fruto exclusivo de las
condiciones sociales. Lo
interesante de este
artículo es que tiene su
parangón, años después
en otro que, bajo el
título de ―“La Historia
Social del Arte”,
publicaría Ernst. H.
Gombrich en
Meditaciones sobre un
caballo
de juguete
en 1968. Ambos,
Pogolotti y Gombrich,
coincidieron en que
Arnold Hauser
había sobrevalorado de
forma esquemática el
papel de la sociología
en el arte. Así,
Gombrich exponía:
Lo que se propone
describir a lo largo de
su texto no es tanto la
historia del arte o de
los artistas, cuanto la
historia social del
Mundo Occidental tal
como la ve reflejada en
los modos y tendencias
cambiantes de la
expresión
artística: visual,
literaria o
cinematográfica. Para su
propósito los hechos solo
tienen interés en cuanto
se relacionen con su
interpretación. Incluso,
se
inclina a dar por
supuesto que se conocen,
y a dirigirse a un
lector familiarizado
con los artistas y obras
comentados, suponiendo
que el lector solamente
busca orientación sobre
su significado a la luz
de la teoría social16.
Mientras, Marcelo
Pogolotti había apuntado
una idea fundamental en
― “La conciencia
epocal del arte”:
La sociología constituye
un valioso auxilio para
estudiar el arte, pero
éste también lo es para
aquella. El error reside
en creer que el arte es
fruto del
medio. La sociología
puede explicar el
contenido intelectual y
circunstancial
del arte, pero nada dice
de su naturaleza ni de
la esencia que refleja
el sentido privativo del
artista. Mas, los
sociólogos hablan como
si el sentimiento
estético hubiese nacido,
no ya en el hombre, sino
en la vida social. El
punto de partida es el
artista, no la sociedad.
Historiadores de mirada
tan profunda y de
pasmosa erudición como
Arnold Hauser han
soslayado o subestimado
este hecho, que precede
a los demás de índole
adjetiva. Es el peligro
en que
incurren quienes se
sitúan demasiado
exclusivamente dentro
del enfoque sociológico17.
Época y conciencia
no solo centra su
interés en la relación
del arte con las épocas
históricas, sino que va
más allá hasta penetrar
en el fenómeno artístico
como un sistema. Marcelo
Pogolotti considera que
el miedo, por ejemplo,
puede ser un componente
humano y
artístico. Al analizar
esta afirmación de
Pogolotti, el lector
alerta puede percatarse
de cómo la historia del
arte da fe de la
importancia del miedo y
la violencia como
componentes temáticos, y
ejemplos varios hay,
tanto el Laocoonte y
sus hijos hasta
accionismo vienés del
siglo
XX.
No por gusto una
personalidad como la de
I.
Lotman dedicó tiempo al
estudio de lo que él
denominó la semiótica
del miedo. Para
Pogolotti,
esto queda expresado por
medio de una interesante
relación sistémica entre
el miedo, la
violencia y el misterio.
Y todo es el resultado
de la conciencia
artística la cual
analiza no solo desde la
perspectiva del arte,
sino también de la
estética y la filosofía.
No se limita, pues, a la
simple búsqueda de
relaciones, sino que
deja explícita desde
posiciones críticas y
culturológicas la
evolución conceptual de
la conciencia artística.
El ensayista pone al
lector en la posición de
obligada reflexión ante
las ideas que él
muestra.
Véase esta afirmación:
―Está generalmente
admitido que el arte es
reflejo de su época.
Pero cabe preguntarse si
resulta lícito afirmar
que siempre ha sido así,
aun en épocas de las que
no poseemos las pruebas
documentales suficientes
para fundamentar dicho
criterio18,
o, cuando expresa que:
―la conciencia duda,
pero busca la certeza19.
Para él, la
duda es un principio
creador que forma parte
inalienable de la
conciencia de una época,
en general, y del arte
en particular. La duda
es considerada como
categoría que impulsa
al conocimiento y que el
hombre asume como norma
para la transformación
de la realidad porque
es una de las formas de
entender el progreso de
una época a otra. Para
él: ―[…] lo que llamamos
espíritu de época no es
causa sino una
resultante de los
estados de
conciencia
circunstanciales,
directamente
relacionados con los
acontecimientos,
pudiendo coexistir,
inclusive, varios
estados de conciencia
diferentes, según la
ubicación
social y humana, al paso
que cada momento
histórico se resume en
un solo espíritu de
abarcador de la
época20.
Puntos en el espacio.
Ensayos de Arte y
Estética,
publicado en 1955, con
un sobrio diseño de
portada hecho por María
Elena Jubrías, resulta
un texto fundacional
para los estudios
teóricos del arte en
este país. Resulta
verdaderamente
lamentable la ausencia
de exámenes sobre la
ideas contenidas en este
libro, cuya vigencia
sigue siendo reconocible
en el presente: ―El
antintelectualismo a
ultranza ha servido de
justificación a una
multitud de
escritores y artistas
que, carentes de
inquietud intelectual,
se han entregado por
entero al instinto para
derivar hacia la rutina,
el hábito, el lugar
común y la trivialidad,
sin acertar a descubrir
nuevos derroteros21.
Pogolotti aborda con
énfasis en nuestra
ensayística los
problemas de una posible
conceptualización del
arte a partir de sus
diversas manifestaciones
y géneros. Es el primero
en hablar de la cultura
no como entelequia, sino
como un sistema abierto
y lleno
de asociaciones, en
especial, con las
manifestaciones del arte
todo lo cual lo sitúa,
sin duda alguna,
dentro de una prosa
reflexiva fundacional en
lo que al pensamiento
estético insular se
refiere. Entenderá
entonces a la cultura,
entre otras facetas de
la siguiente forma:
La cultura, a más de
impartir amplitud y
elevación al arte, afina
la intuición y la
enriquece con un vasto
acervo de asociaciones.
Para no inflarla
monstruosamente, no está
de más examinar cuanto
hay de consciente y
lógico en
la captación de
vivencias artísticas y
los descubrimientos a
que conducen. El
intelecto ilumina las
percepciones inmediatas,
enriquecidas por la
cultura planteadora de
interrogantes, tanto en
el campo sensorial al
que pertenecen v.g., el
color y la textura, como
en el formal del
equilibrio y la
proporción, e incluso en
el de la empatía, o sea
la tendencia a
atribuirle a ciertos
objetos sentimientos que
dimanan del sujeto
mismo22.
Aquí vio la luz también
un excepcional trabajo,
―“Del espacio al
tiempo”, donde
subraya la importancia
del espacio como
categoría estética: ―El
espacio es lo primero
que el hombre, al igual
que el niño, tiene que
afrontar con el mundo
exterior23.
Y agrega más adelante:
―En la pasada centuria
el papel del tiempo
creció con el
aceleramiento de
la producción, llegando
a identificarse con el
oro. Bergson se atiene a
él al remitirse al
movimiento. Hoy deviene
una obsesión, aunque se
emplea todavía la
expresión «espacio de
tiempo»24.
Estas son
reflexiones de quien
piensa en filosofía y
estética tanto como en
instrumentos de
expresión. Pero el
novelista Pogolotti se
encarga muy bien de
hacer evidente que lo
pensado en términos
abstractos puede
traducirse muy
concretamente en
términos de construcción
artística. Y es que
Pogolotti, en su doble
condición
de pintor y novelista,
pensó largamente sobre
la espacialidad desde
una filiación no solo
estética, sino
también filosófica. Fue
el primero de nuestros
ensayistas en abordar
estas categorías que
recién hoy son
asimiladas en los
estudios literarios no
solo en Cuba, sino
también en América
Latina.
No es posible abordar en
tan poco tiempo toda la
ensayística de Marcelo
Pogolotti, pero sería
imperdonable no
referirme a La clase
media y la cultura
texto que publicó en
México en 1970. Este es
un libro que abre
caminos para el estudio
de la cultura
continental. Así lo
demuestra el ensayo ―“El
meridiano de México”,
valoración crítica
de lo que ha sido y es
para el continente la
cultura de este país.
Sus juicios sobre el
surgimiento de la
pintura de este país, el
muralismo, la narrativa
de la Revolución
mexicana y su
perdurabilidad temática
y sicosocial,
constituyen una lección
extraordinaria. El
desarrollo del
pensamiento filosófico
y el papel de
figuras como Justo
Sierra y José
Vasconcelos son una
muestra de cómo, en el
criterio de Pogolotti,
la conciencia de una
época debe ser asumida
como una diversidad
sistémica y
contradictoria. Al
acercarse al
estudio de un novelista
como Agustín Yáñez y a
su texto, La Tierra
Pródiga dirá: ―Esta
novela sí es barroca25.
Y para afirmarlo se
apoya, sobre todo, en el
lenguaje empleado
por el novelista. Entra
así Pogolotti en el
grupo reducido de
intelectuales cubanos —y
aun de Latinoamérica—
interesados en meditar
sobre las aristas
teóricas del barroco
como impronta del arte
continental: Lezama
Lima, Carpentier, Severo
Sarduy. De modo que
también la inquietud por
el barroco tiene uno de
sus antecedentes en la
obra ensayística de
Pogolotti.
Prestó especial atención
al problema de la
conciencia estética en
su relación con los
nuevos derroteros del
arte del siglo
XX.
Pogolotti supo darle
cuerpo a textos que
mantienen hoy una
vigencia impactante. No
puede ser de otra manera
cuando la crítica se
hace desde la cultura,
la ética y la
inteligencia creadora.
Dueño de una escritura
fundadora, tanto por su
afán de renovación
narrativa, como por la
densidad de su reflexión
ensayística, Pogolotti
no es un pintor que a
ratos escribía. Es, y
resulta terrible
reconocerlo tras tanto
tiempo de silencio sobre
su escritura, uno de los
intelectuales de
mayor intensidad, en
impulso creador, en
originalidad y en
desafío, de toda la
literatura insular en el
pasado siglo. Por ello,
reabrir sus páginas,
aceptar el diálogo con
una de las mentes
más audaces de su
tiempo, no es deber de
rescate de un escritor
excepcional. Es
necesidad de defender
nuestra cultura.
Notas:
1- Marcelo Pogolotti:
Del barro y las voces.
La Habana. Ed.
Letras Cubanas, 1982,
pp. 246-247.
2- Ibíd,
p. 396.
3-
Guy Pérez Cisneros:
Prólogo a Estrella
Molina. La Habana.
Imprenta “La Verónica”,
1946, p. VII.
4- Ibíd, p. 6.
5- Michel Butor: “El
espacio en la novela”,
en: Sobre literatura
II,
Barcelona, Editorial
Seix Barral, 1967, p.51.
6-
Marcelo Pogolotti: El
caserón
del Cerro.
La Habana. Ed. De la
Universidad Central de
Las Villas, 1961,
p.14.
7- Ibíd, pp.139-140.
8- Marcelo Pogolotti:
El caserón
del Cerro.
La Habana. Ed.
Universidad Central de
Las Villas, 1961,
pp.7-8.
9- Manuel Castells:
La cuestión
urbana.
La Habana. Ed. Félix
Varela, 2005, p. 93.
10- Marcelo Pogolotti:
Estrella Molina.
La Habana. Imprenta “La
Verónica”, 1946, p. 6
11-
Ibíd, p. 18.
12-
Marcelo Pogolotti:
Estrella Molina. La
Habana, Imprenta La
Verónica, 1946, p.17.
13- Marcelo Pogolotti:
Detrás del muro.
México. Ed. Costa – Amic,
1963, p.21.
14- Marcelo Pogolotti:
“Lo básico” en: El
Mundo, La Habana,
martes 19 de mayo de
1959, p. A-4, 3era
columna.
15- Marcelo Pogolotti:
“Los filósofos y la
pintura”, en: El
Mundo, miércoles 24
de octubre de 1962, p.
4, 2da columna.
16- Ernst H. Gombrich:
“La Historia Social del
Arte”, en:
Meditaciones sobre un
caballo de madera.
Barcelona. Ed. Seix
Barral, 1968, p. 113.
17- Marcelo Pogolotti:
“La conciencia epocal
del arte”, en: Época
y conciencia.
México. Ed. Cultura T.
G., 1961, pp. 12-13.
18- Ibíd, p. 82.
19- Ibíd, p.85.
20- Ibíd, p. 90.
21- Marcelo Pogolotti:
Puntos en el espacio.
Ensayos de Arte y
Estética. La Habana.
Ed. Lex, 1955, p.11.
22- Ibíd, pp. 11-12
23- Ibíd, p.219.
24-
Ibíd, p. 222
25- Marcelo Pogolotti:
“El meridiano de
México”, en: La clase
media y la cultura.
México. B. Costa-Amic,
Editor, 1970, 108.
Fuente: Fundación Alejo
Carpentier |