Elogio de los bienes
celestes y desprecio
de los bienes
mundanos
¡Beata el alma que
tiene esquivos los
deseos
del mundo y de su
vil breve estancia!
¡mísera aquella, a
la que este parece
tan bello,
tanto que no lo usa
para sus
necesidades, sino
vive para él.
Todas al padre
celeste iremos
privas
del manto que cubre
en torno lo
verdadero,
ese primer amargo o
dulce último día
que muerte o vida
eterna a nosotros
prescribe.
¡Oh cuantos
llorarán las
perdidas horas,
recibidas como dote
por la breve
alegría,
que los halaga en
perjuicio perpetuo
de ellos!
Puesto que el mal
por naturaleza no
les aburre,
y del bien por razón
placer no tienen,
¡tengan al menos de
Dios justo temor!
Hiperión
Tan sólo escribo
para ahogar el
llanto
que a mi pecho
alimenta
únicamente,
y no por añadir luz
a mi sol,
que dejó en tierra
tan preciados
restos.
Justa razón a
lamentar me empuja;
mucho me duele el
reducir su gloria;
con palabras más
sabias y otra
quitarán a la muerte
otros su fama.
Mi fe pura, mi
ardor, mi interna
pena
ante todos me
excuse, que es tan
grave
que no la enfrentan
la razón ni el
tiempo.
Un amargo llorar, no
un dulce canto,
no voz serena,
lúgubres suspiros,
no en estilo, en
dolor me dan
ventaja.
Recuerdos
De mi sol claro, con
la muerte ciego,
aquí miro doquier
las dulces huellas;
ciego no; más allá
de las estrellas
arde con luz más
clara y vivo fuego.
Aquí vencido de mi
amante ruego,
él me mostró sus
cicatrices bellas,
y yo mis labios
estampaba en ellas,
y las bañaba de mi
llanto el riego.
Sus brillantes
victorias me contaba
y el modo y la
ocasión con la
serena
faz con que abría la
contienda brava;
de llanto rompo en
dolorosa vena,
pues lo mismo que un
tiempo me alegraba
me causa ahora
inconsolable pena.
Al Cardenal Bembo
¡Ay! ¡cuánto fui a
mi sol, contrario al
hado
que antes el numen
con su rayo ardiente
no os encendió, para
que eternamente
fuerais más claro
vos, el más loado!
Con vuestro estilo
noble y levantado
entre todos famoso y
excelente
su nombre hubierais
del ocaso a oriente
de la segunda muerte
preservado.
¡Pudiese daros yo el
ardor, que siento,
o vos a mí la
inspiración suprema,
para cantar un
mérito tan nuevo!
Mas al cielo dejamos
descontento
vos porque no
escogisteis ese
tema,
yo porque de tal sol
a hablar me atrevo.
Vittoria Colonna:
Poeta e intelectual
italiana.
Nació en Marino en
abril de 1492 y
falleció en Roma el
25 de febrero de
1547. Miembro de una
noble familia
romana. Esposa de
Fernando Francisco
de Ávalos, marqués
de Pescara. Al
fallecer su esposo
se retiró a la isla
de Ischia y
seguidamente en
Nápoles. Escribió en
ese período sus
famosas Rimas,
divididas en dos
partes, Rimas
amorosas y
Rimas espirituales.
Entró en
contacto con un
grupo de
eclesiásticos que
trataban de impulsar
una corriente
reformista en el
seno de la Iglesia
católica. En 1539
regresó a Roma donde
mantuvo una
apasionada amistad
con Miguel Ángel.
Sus últimos años los
pasó entregada a la
meditación
religiosa, en
diversos conventos.