Antonio Amador fue
mendigo en Génova
los cinco días y
medio suficientes
para reunir dinero
con el cual
comprarse un pasaje
de ferrocarril a
Milán.
Como si corriera
contra el tiempo,
Amador cruzó una
ciudad de Milán
donde huelguistas
combatían a la
policía montada y
había puestos de
verduras frescas en
las calles y se
encerró en la
Biblioteca
Ambrosiana, tras
falsificar una
recomendación del
obispo de Burgos
durante seis días.
Trabajó jornadas de
once horas y media,
el tiempo máximo que
la biblioteca
permanecía abierta,
para consultar el
Códice Atlántico
de Leonardo, con la
ayuda de un espejo y
un camarada
italiano, llamado
Bruno Arpaia,
exilado de la vida y
fotógrafo ambulante,
que le servía de
auxiliar. Luego se
entrevistó con los
camaradas del grupo
Fraternitá, con los
que alguna vez había
cambiado
correspondencia,
quienes, por cierto,
le informaron que
Pestaña acaba de
pasar por allí rumbo
a Barcelona; les
pidió dinero
prestado y tomó un
tren para París.
Más tarde, con la
ayuda de un
anarquista francés
llamado Franςois
Guerif, que
trabajaba en las
noches de mayordomo
(obviamente orinador
en la sopa de sus
patrones), se hundió
en los cuadernos
leonardianos en la
soledad de la
Biblioteca Nacional
parisina.
Días después y tras
una provechosa
visita a los
archivos del Louvre,
bajo un sol que
comenzaba a calentar
los humos
corporales, Amador
puso en orden sus
descubrimientos,
convencido de que
había encontrado la
clave escondida por
Leonardo. En un
cuaderno de pastas
moradas, desenrolló
la historia tal como
la había
comprendido. La
historia, que
combinando los
manuscritos de la
biblioteca de
Madrid, los textos
de la Ambrosiana,
los cuadernos
franceses y la
reproducción del
Louvre, estaba ahí,
sencilla, para quien
quisiera leerla en
orden y concierto.
Al fin, tras una
semana en la que
pasaba las mañanas
en los jardines de
Luxemburgo, cerca de
la gran fuente en la
que los niños ponían
a flotar veleros
diminutos y las
noches en una
pensión en que
cortaban la luz
eléctrica a las doce
y obligaban a seguir
la vigilia con
quinqué, después de
haber tirado a la
basura una docena de
borradores se
encontró con que
había redactado las
siguientes notas:
El tesoro de
Leonardo.
1) Año 1500,
Venecia, Leonardo
ofrece a la
Serenísima la
manufactura de un
artefacto submarino
para atacar los
buques turcos que
amenazan a la
República. Se trata
de un traje de buzo,
con todo y
escafandra, una
camisa especial y
unos pantalones que
permitían al
portador orinar
abajo del agua.
Dedica en sus
diseños una especial
atención a la
escafandra, una
careta con ventanas
de cristales y un
dispositivo que
conectaba la nariz y
la boca con una gran
vejiga llena de
aire, cerrada con
anillos. Leonardo
realiza en sus
cuadernos varios
dibujos del traje de
buzo y lo acompañó
de una minuciosa
descripción de cómo
acercarse a la nave
almirante de la
flota turca y
hundida perforándole
el casco, por abajo
de la línea de
flotación, mediante
un gato de rosca.
Los buzos luego
incendiarían las
demás galeras. El
proyecto incluye el
diseño de un
“pequeño navío”
submarino, que puede
navegar bajo las
aguas sin ser visto.
Los directores de la
armada veneciana lo
tratan como si
estuviera loco. La
amenaza turca se
disipa.
(Nota: está jugando
con las ideas, no
hay nada detrás de
la propuesta).
2) Poco después,
sintiéndose
frustrado deja en la
página 33 del
Códice Atlántico
un recado a la
posteridad: ¿Por
qué no describo mi
método para
permanecer bajo el
agua y todo el
tiempo que puedo
estar ahí sin salir
a respirar? No
quiero divulgarlo ni
publicarlo, debido a
la perversa
naturaleza de los
hombres, que lo
utilizarían para
cometer asesinatos
en el fondo del mar.
(Nota: o sea que no
lo contrataron).
3) Dos años más
tarde, en 1502,
vuelve sobre el tema
submarino, ahora en
un proyecto que no
se realizará nunca
para rescatar
bajeles hundidos
bajo el agua, y que
ofrece el sultán de
Turquía: También
vamos a describir
cómo el aire puede
ser bombeado bajo el
agua para alzar
enormes pesos, esto
es, cómo llenar
pieles con aire una
vez que han sido
aseguradas a pesos
en el fondo del
agua. También habrá
descripciones de
cómo alzar pesos
atándolos a barcos
sumergidos llenos de
arena y cómo remover
la arena de los
barcos. (Códice
Madrid 1, folio
82).
(Nota: por lo visto
a Leonardo le
importaban un bledo
sus empleadores.
Sigue interesado en
los problemas
submarinos, aunque
no tiene quién le
financie sus
proyectos y le dé un
objetivo).
4) Al fin, en
noviembre de 1504,
Leonardo llega a
Piombino a reposar.
En los papeles de
Madrid aparece una
referencia a la
misteriosa
confidencia.
(Nota: ojo, entramos
en materia. Hay en
esos papeles también
una inquietante
referencia críptica
al tesoro que
acabará con todas
las servidumbres).
5) Leonardo estudia
las mareas en la
región, desde la
bahía del viejo
puerto (el Porto
Vecchio) o Porto
Falesia, al golfo de
Baratta, con la
ciudad fortificada
de Populonia de
origen etrusco como
eje. Sus cuadernos
se llenan de notas
acerca de las
mareas, dibujos de
barquichuelas,
gráficas acerca del
fondo marino; todo
tipo de
observaciones
respecto al océano.
Se molesta de que
sus andares por la
zona produjeran
murmuraciones y
extrañezas.
(Manuscrito L que se
encuentra en París y
que reúne parte de
las notas del
periodo 1502-1503).
(Nota: sin duda, es
entonces cuando
escucha de los
lugareños la
historia de un bajel
hundido que traía la
soldada de las
tropas papales. Ver
9).
6) Vuelve a hacer
crípticas
observaciones acerca
de búsquedas de
tesoros submarinos,
redacta la propuesta
para crear un
salvavidas personal
y unos zapatos
flotantes de gran
tamaño.
7) Diciembre de
1504. Hace el esbozo
del retrato de
Giacomo Mascarpone
que se encuentra en
la Galería Sforza en
Milán. Sabemos que
Mascarpone se
encuentra en
Piombino con
Leonardo.
Probablemente él es
quien comparte con
Leonardo la
confidencia del
bajel.
(Nota: ¿quién es
Mascarpone? Un
aventurero a sueldo
que trabaja como
asesino para los
Borgia. El retrato
muestra un rostro de
rasgos férreos,
mirada ligeramente
estrábica; a
Leonardo no parece
gustarle, no hay
nobleza alguna en el
personaje).
8) Leonardo escribe
lo que se ha llamado
una “novela”, y que
al dispersarse los
papeles de Leonardo
no aparece junto a
los materiales de
Piombino, sino que
se encuentra en la
Trivulziana. En uno
de los anexos de la
novela se habla del
tesoro marino y se
dan los datos acerca
del bajel que
transportaba la
mesnada de los
soldados vaticanos.
9) Diseña la daga de
plata y esmeraldas
de Mascarpone que se
encuentra en el
Museo Metropolitano
de Nueva York. Daga
famosa, puesto que
con ella Mascarpone
asesinará a Rodrigo
Borgia en 1508.
10) En sus notas
testamentarias
redactadas en 1518,
cerca de su muerte
aparece el siguiente
texto que se
disimula bajo la
forma de un supuesto
fragmento de un
poema: el yelmo, la
daga, el bajel, el
mapa del futuro.
(Madrid III).
(Nota: Queda
suficientemente
claro que Leonardo
descubrió algo en la
bahía de Piombino,
que pensó en que era
posible aplicarle al
rescate de su
descubrimiento todos
sus inventos aún no
desarrollados para
sacarlo del agua;
queda claro que la
clave para ubicar el
bajel hundido estaba
en el poema, y que
remitía a la daga y
al yelmo de
Mascarpone en el
retrato).
11) Si se observa
atentamente el yelmo
del esbozo de
retrato de
Mascarpone puede
encontrarse un
dibujo caprichoso y
asimétrico en el
lado izquierdo. Si
se sobrepone este
caprichoso dibujo a
un mapa del litoral
de la zona de
Piombino, se puede
ver una notable
coincidencia y
destacar entonces un
punto marcado con un
diminuto corazón.
12) Observando
cuidadosamente la
hoja de la daga, se
descubre que, en
lugar de la firma
del artífice que
plasmó el diseño de
Leonardo, se
encuentran las
siguientes palabras:
37Br-Scg.
Cuya única
interpretación es “a
37 (braccia)
brazas de
profundidad, en la
scogliera, el
arrecife. Y sí,
existe un arrecife
en el punto señalado
con el corazón del
mapa de la bahía de
Piombino.
Y sí, así era, o así
podía ser. Y el
tesoro estaba allí
esperando, o había
desaparecido el
bajel arrastrado por
las mareas y los
movimientos del
fondo marino, o
algún alemán lo
había sacado en el
siglo XIX y el
pequeño periodista
no tenía ni puta
idea de que tal cosa
hubiera sucedido. Y
de repente, Amador
se dio cuenta de que
se encontraba igual
que Leonardo, con un
conocimiento que no
podía convertir en
dinero. ¿Cómo coño
se sacaba un bajel
de abajo del agua y,
en Italia, donde los
fascios estaban
matando anarquistas?
¿Servirían los
métodos de Leonardo?
¿De dónde sacar el
dinero para armar
una operación de
esas dimensiones? Y
quizá 37 Br-Scg
significara que la
daga había sido
manufacturada por
Bruno Scaglia a los
treinta y siete años
y todo era nada. Y
solo la literatura
había mejorado la
realidad mintiendo.
Un ataque de tos
interrumpió el
angustioso fluir de
las ideas. Y cuando
se encontraba
encogido, sintiendo
que los pulmones se
le desgarraban,
lagrimeando
involuntariamente,
creyó ver, vio al
único hombre que
podía distraerlo de
los papeles de
Leonardo, al Barón
de Koenig.
Apoyándose en una
banca y tratando de
recuperar el aliento
contempló al Barón,
vestido
primaveralmente con
un traje de lino
gris pálido de tres
piezas y un
sombrerito de
astracán, que salía
de los jardines
rumbo al barrio
latino.
Amador corrió tras
él. ¿La pistola? La
había dejado en la
pensión. Nada, ni un
palo. Con las manos,
lo estrangularía.
Amador refrenó el
paso, perdiendo el
aliento. Era más
alto, casi le
doblaba el peso. El
talento debería
dejar lugar a la
rabia. El Barón
enfiló por el
Boulevard Saint
Michel, torció a la
izquierda en la Rue
Racine y cuando iba
a entrar en un
edificio de tres
pisos giró la vista
y contempló al
pequeño periodista
que avanzaba
trastabillando,
atrapado en la
persecución. Amador
contuvo el corazón
que quería salírsele
del pecho y avanzó
hacia su destino, de
frente. El rostro
del Barón reflejó el
lento
reconocimiento. El
periodista cogió
carrerilla en los
últimos pasos y se
lanzó contra el
gordo Barón
blandiendo sus notas
del tesoro vinciano
enrolladas. El Barón
lo recibió dándole
un bastonazo que
arrojó a Amador
contra la cristalera
de una pastelería.
En otras condiciones
hubiera agradecido
caer entre trufas
con caramelo, bollos
de crema. El Barón
desenfundó un
estilete de su
bastón, que brilló
en los reflejos del
sol de la tarde, y
avanzó contra el
periodista tratando
de atravesarlo.
Antonio Amador
retrocedió
arrastrándose entre
cristales y
pasteles. El Barón
tomó en sus manos el
manuscrito que se le
había caído al
periodista.
—Usted es el
periodista loco.
Seguro estas son
mierdas e infundios
que vienen contra
mí.
Y sacando unas
cerillas le dio
fuego a los papeles.
Antonio, ciego de
rabia, se abalanzó
nuevamente contra
él, usando un
regular pedazo de
cristal como navaja,
tosiendo y
escupiendo sangre,
ahogándose con los
esputos; el traje
destrozado y
manchado de merengue
y crema de
chocolate. El Barón
usó el estoque para
mantener a raya al
periodista y comenzó
a retroceder. Los
ojos del pequeño
destilaban locura y
el Barón titubeó;
luego inició una
carrerilla.
Y mientras corría
por las calles
adoquinadas del
barrio latino
persiguiendo al
Barón, Antonio
Amador, conocido
como la Pulga,
sintió que el ataque
de tos que le subía
desde los pulmones
perforados era el
definitivo. Cayó de
rodillas y maldijo.
El Barón, al verlo
en el suelo,
retrocedió a
rematarlo empuñando
el estoque.
Amador se estaba
muriendo. Y pensó
que resultaba muy
injusto,
contradictorio y
cruel con la vida
que había llevado,
morir de rodillas
ante el enemigo. Y
entonces, cuando la
niebla empezaba a
invadir los
sentidos, vio
aparecer en la
escena a un flaco
personaje embozado
en una capa ligera,
etéreo, mágico, que
sacando un revólver
del bolsillo,
vertiginoso y sin
dudar, disparó a
bocajarro contra el
rostro del Barón de
Koenig y lo mató
instantáneamente,
como a un perro
rabioso.
Y Amador se
desvaneció
sonriéndole a su
amigo, el Ángel
Negro de la muerte,
con un sabor a
sangre mezclado con
crema pastelera
entre los dientes.
Ahora sí, se podía
morir uno. O quizá
no, quizá el pequeño
periodista era
inmortal.
Probablemente esto
no fuera la muerte.
La crema de los
pasteles sabía
demasiado bien para
que esto fuera el
final, el final de
finales, el
último...
Capítulo de la
novela La
bicicleta de
Leonardo, de
Paco Ignacio Taibo
II. Colección
Policíaco, Editorial
Arte y Literatura.
La Habana, 2010.
Paco Ignacio Taibo II:
(Gijón, Asturias, 11
de enero de 1949).
Escritor, periodista
y activista
sindical, conocido
ante todo por sus
novelas policíacas y
por haber creado y
dirigido hasta 2012
el festival
literario de la
Semana Negra de
Gijón. Creció en
México a partir de
los 10 años: su
padre, Paco Ignacio
Taibo I, de gran
tradición
socialista, se
exilió en ese país
latinoamericano en
1959 después de huir
de la dictadura
franquista. Comenzó
a practicar la
actividad política
en sus tiempos de
estudiante, y sería
ella la que
motivaría su
renuncia, en julio
de 2012, a la
dirección la de
Semana Negra de
Gijón para
integrarse en el
equipo de López
Obrador. El
detective Héctor
Belascoarán Shayne
es el protagonista
de sus novelas
policíacas. Su
pasión por este
género lo llevó a
fundar en 1986 la
Asociación
Internacional de
Escritores
Policíacos (AIEP)
junto con el también
mexicano Rafael
Ramírez Heredia, los
cubanos Rodolfo
Pérez Valero y
Alberto Molina, el
uruguayo Daniel
Chavarría, el ruso
Iulián Semiónov y el
checo Jiri Prochazka.
Ha enseñado en la
Facultad de
Filosofía y Letras
de la UNAM, ha sido
director de las
series México,
historia de un
pueblo y
Crónica general de
México
(1931-1986); del
suplemento cultural
de la revista
Siempre!
(1987-1988), y de
las revistas
Crimen y Castigo
y Bronca. Ha
publicado una
cincuentena de
títulos y algunos de
sus textos han sido
traducidos a
diversos idiomas.