La Habana. Año XI.
20 al 27 de JULIO de 2012

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Milán, y luego la luz de la Ciudad Luz

Paco Ignacio Taibo II (España, 1949)

Antonio Amador fue mendigo en Génova los cinco días y medio suficientes para reunir dinero con el cual comprarse un pasaje de ferrocarril a Milán.

Como si corriera contra el tiempo, Amador cruzó una ciudad de Milán donde huelguistas combatían a la policía montada y había puestos de verduras frescas en las calles y se encerró en la Biblioteca Ambrosiana, tras falsificar una recomendación del obispo de Burgos durante seis días. Trabajó jornadas de once horas y media, el tiempo máximo que la biblioteca permanecía abierta, para consultar el Códice Atlántico de Leonardo, con la ayuda de un espejo y un camarada italiano, llamado Bruno Arpaia, exilado de la vida y fotógrafo ambulante, que le servía de auxiliar. Luego se entrevistó con los camaradas del grupo Fraternitá, con los que alguna vez había cambiado correspondencia, quienes, por cierto, le informaron que Pestaña acaba de pasar por allí rumbo a Barcelona; les pidió dinero prestado y tomó un tren para París.

Más tarde, con la ayuda de un anarquista francés llamado Franςois Guerif, que trabajaba en las noches de mayordomo (obviamente orinador en la sopa de sus patrones), se hundió en los cuadernos leonardianos en la soledad de la Biblioteca Nacional parisina.

Días después y tras una provechosa visita a los archivos del Louvre, bajo un sol que comenzaba a calentar los humos corporales, Amador puso en orden sus descubrimientos, convencido de que había encontrado la clave escondida por Leonardo. En un cuaderno de pastas moradas, desenrolló la historia tal como la había comprendido. La historia, que combinando los manuscritos de la biblioteca de Madrid, los textos de la Ambrosiana, los cuadernos franceses y la reproducción del Louvre, estaba ahí, sencilla, para quien quisiera leerla en orden y concierto. Al fin, tras una semana en la que pasaba las mañanas en los jardines de Luxemburgo, cerca de la gran fuente en la que los niños ponían a flotar veleros diminutos y las noches en una pensión en que cortaban la luz eléctrica a las doce y obligaban a seguir la vigilia con quinqué, después de haber tirado a la basura una docena de borradores se encontró con que había redactado las siguientes notas:

El tesoro de Leonardo.

1) Año 1500, Venecia, Leonardo ofrece a la Serenísima la manufactura de un artefacto submarino para atacar los buques turcos que amenazan a la República. Se trata de un traje de buzo, con todo y escafandra, una camisa especial y unos pantalones que permitían al portador orinar abajo del agua. Dedica en sus diseños una especial atención a la escafandra, una careta con ventanas de cristales y un dispositivo que conectaba la nariz y la boca con una gran vejiga llena de aire, cerrada con anillos. Leonardo realiza en sus cuadernos varios dibujos del traje de buzo y lo acompañó de una minuciosa descripción de cómo acercarse a la nave almirante de la flota turca y hundida perforándole el casco, por abajo de la línea de flotación, mediante un gato de rosca. Los buzos luego incendiarían las demás galeras. El proyecto incluye el diseño de un “pequeño navío” submarino, que puede navegar bajo las aguas sin ser visto. Los directores de la armada veneciana lo tratan como si estuviera loco. La amenaza turca se disipa.

(Nota: está jugando con las ideas, no hay nada detrás de la propuesta).

2) Poco después, sintiéndose frustrado deja en la página 33 del Códice Atlántico un recado a la posteridad: ¿Por qué no describo mi método para permanecer bajo el agua y todo el tiempo que puedo estar ahí sin salir a respirar? No quiero divulgarlo ni publicarlo, debido a la perversa naturaleza de los hombres, que lo utilizarían para cometer asesinatos en el fondo del mar.

(Nota: o sea que no lo contrataron).

3) Dos años más tarde, en 1502, vuelve sobre el tema submarino, ahora en un proyecto que no se realizará nunca para rescatar bajeles hundidos bajo el agua, y que ofrece el sultán de Turquía: También vamos a describir cómo el aire puede ser bombeado bajo el agua para alzar enormes pesos, esto es, cómo llenar pieles con aire una vez que han sido aseguradas a pesos en el fondo del agua. También habrá descripciones de cómo alzar pesos atándolos a barcos sumergidos llenos de arena y cómo remover la arena de los barcos. (Códice Madrid 1, folio 82).

(Nota: por lo visto a Leonardo le importaban un bledo sus empleadores. Sigue interesado en los problemas submarinos, aunque no tiene quién le financie sus proyectos y le dé un objetivo).

4) Al fin, en noviembre de 1504, Leonardo llega a Piombino a reposar. En los papeles de Madrid aparece una referencia a la misteriosa confidencia.

(Nota: ojo, entramos en materia. Hay en esos papeles también una inquietante referencia críptica al tesoro que acabará con todas las servidumbres).

5) Leonardo estudia las mareas en la región, desde la bahía del viejo puerto (el Porto Vecchio) o Porto Falesia, al golfo de Baratta, con la ciudad fortificada de Populonia de origen etrusco como eje. Sus cuadernos se llenan de notas acerca de las mareas, dibujos de barquichuelas, gráficas acerca del fondo marino; todo tipo de observaciones respecto al océano. Se molesta de que sus andares por la zona produjeran murmuraciones y extrañezas. (Manuscrito L que se encuentra en París y que reúne parte de las notas del periodo 1502-1503).

(Nota: sin duda, es entonces cuando escucha de los lugareños la historia de un bajel hundido que traía la soldada de las tropas papales. Ver 9).

6) Vuelve a hacer crípticas observaciones acerca de búsquedas de tesoros submarinos, redacta la propuesta para crear un salvavidas personal y unos zapatos flotantes de gran tamaño.

7) Diciembre de 1504. Hace el esbozo del retrato de Giacomo Mascarpone que se encuentra en la Galería Sforza en Milán. Sabemos que Mascarpone se encuentra en Piombino con Leonardo. Probablemente él es quien comparte con Leonardo la confidencia del bajel.

(Nota: ¿quién es Mascarpone? Un aventurero a sueldo que trabaja como asesino para los Borgia. El retrato muestra un rostro de rasgos férreos, mirada ligeramente estrábica; a Leonardo no parece gustarle, no hay nobleza alguna en el personaje).

8) Leonardo escribe lo que se ha llamado una “novela”, y que al dispersarse los papeles de Leonardo no aparece junto a los materiales de Piombino, sino que se encuentra en la Trivulziana. En uno de los anexos de la novela se habla del tesoro marino y se dan los datos acerca del bajel que transportaba la mesnada de los soldados vaticanos.

9) Diseña la daga de plata y esmeraldas de Mascarpone que se encuentra en el Museo Metropolitano de Nueva York. Daga famosa, puesto que con ella Mascarpone asesinará a Rodrigo Borgia en 1508.

10) En sus notas testamentarias redactadas en 1518, cerca de su muerte aparece el siguiente texto que se disimula bajo la forma de un supuesto fragmento de un poema: el yelmo, la daga, el bajel, el mapa del futuro. (Madrid III).

(Nota: Queda suficientemente claro que Leonardo descubrió algo en la bahía de Piombino, que pensó en que era posible aplicarle al rescate de su descubrimiento todos sus inventos aún no desarrollados para sacarlo del agua; queda claro que la clave para ubicar el bajel hundido estaba en el poema, y que remitía a la daga y al yelmo de Mascarpone en el retrato).

11) Si se observa atentamente el yelmo del esbozo de retrato de Mascarpone puede encontrarse un dibujo caprichoso y asimétrico en el lado izquierdo. Si se sobrepone este caprichoso dibujo a un mapa del litoral de la zona de Piombino, se puede ver una notable coincidencia y destacar entonces un punto marcado con un diminuto corazón.

12) Observando cuidadosamente la hoja de la daga, se descubre que, en lugar de la firma del artífice que plasmó el diseño de Leonardo, se encuentran las siguientes palabras:

37Br-Scg.

Cuya única interpretación es “a 37 (braccia) brazas de profundidad, en la scogliera, el arrecife. Y sí, existe un arrecife en el punto señalado con el corazón del mapa de la bahía de Piombino.

Y sí, así era, o así podía ser. Y el tesoro estaba allí esperando, o había desaparecido el bajel arrastrado por las mareas y los movimientos del fondo marino, o algún alemán lo había sacado en el siglo XIX y el pequeño periodista no tenía ni puta idea de que tal cosa hubiera sucedido. Y de repente, Amador se dio cuenta de que se encontraba igual que Leonardo, con un conocimiento que no podía convertir en dinero. ¿Cómo coño se sacaba un bajel de abajo del agua y, en Italia, donde los fascios estaban matando anarquistas? ¿Servirían los métodos de Leonardo? ¿De dónde sacar el dinero para armar una operación de esas dimensiones? Y quizá 37 Br-Scg significara que la daga había sido manufacturada por Bruno Scaglia a los treinta y siete años y todo era nada. Y solo la literatura había mejorado la realidad mintiendo.

Un ataque de tos interrumpió el angustioso fluir de las ideas. Y cuando se encontraba encogido, sintiendo que los pulmones se le desgarraban, lagrimeando involuntariamente, creyó ver, vio al único hombre que podía distraerlo de los papeles de Leonardo, al Barón de Koenig.

Apoyándose en una banca y tratando de recuperar el aliento contempló al Barón, vestido primaveralmente con un traje de lino gris pálido de tres piezas y un sombrerito de astracán, que salía de los jardines rumbo al barrio latino.

Amador corrió tras él. ¿La pistola? La había dejado en la pensión. Nada, ni un palo. Con las manos, lo estrangularía.

Amador refrenó el paso, perdiendo el aliento. Era más alto, casi le doblaba el peso. El talento debería dejar lugar a la rabia. El Barón enfiló por el Boulevard Saint Michel, torció a la izquierda en la Rue Racine y cuando iba a entrar en un edificio de tres pisos giró la vista y contempló al pequeño periodista que avanzaba trastabillando, atrapado en la persecución. Amador contuvo el corazón que quería salírsele del pecho y avanzó hacia su destino, de frente. El rostro del Barón reflejó el lento reconocimiento. El periodista cogió carrerilla en los últimos pasos y se lanzó contra el gordo Barón blandiendo sus notas del tesoro vinciano enrolladas. El Barón lo recibió dándole un bastonazo que arrojó a Amador contra la cristalera de una pastelería. En otras condiciones hubiera agradecido caer entre trufas con caramelo, bollos de crema. El Barón desenfundó un estilete de su bastón, que brilló en los reflejos del sol de la tarde, y avanzó contra el periodista tratando de atravesarlo. Antonio Amador retrocedió arrastrándose entre cristales y pasteles. El Barón tomó en sus manos el manuscrito que se le había caído al periodista.

—Usted es el periodista loco. Seguro estas son mierdas e infundios que vienen contra mí.

Y sacando unas cerillas le dio fuego a los papeles. Antonio, ciego de rabia, se abalanzó nuevamente contra él, usando un regular pedazo de cristal como navaja, tosiendo y escupiendo sangre, ahogándose con los esputos; el traje destrozado y manchado de merengue y crema de chocolate. El Barón usó el estoque para mantener a raya al periodista y comenzó a retroceder. Los ojos del pequeño destilaban locura y el Barón titubeó; luego inició una carrerilla.

Y mientras corría por las calles adoquinadas del barrio latino persiguiendo al Barón, Antonio Amador, conocido como la Pulga, sintió que el ataque de tos que le subía desde los pulmones perforados era el definitivo. Cayó de rodillas y maldijo. El Barón, al verlo en el suelo, retrocedió a rematarlo empuñando el estoque.

Amador se estaba muriendo. Y pensó que resultaba muy injusto, contradictorio y cruel con la vida que había llevado, morir de rodillas ante el enemigo. Y entonces, cuando la niebla empezaba a invadir los sentidos, vio aparecer en la escena a un flaco personaje embozado en una capa ligera, etéreo, mágico, que sacando un revólver del bolsillo, vertiginoso y sin dudar, disparó a bocajarro contra el rostro del Barón de Koenig y lo mató instantáneamente, como a un perro rabioso.

Y Amador se desvaneció sonriéndole a su amigo, el Ángel Negro de la muerte, con un sabor a sangre mezclado con crema pastelera entre los dientes. Ahora sí, se podía morir uno. O quizá no, quizá el pequeño periodista era inmortal. Probablemente esto no fuera la muerte. La crema de los pasteles sabía demasiado bien para que esto fuera el final, el final de finales, el último...

Capítulo de la novela La bicicleta de Leonardo, de Paco Ignacio Taibo II. Colección Policíaco, Editorial Arte y Literatura. La Habana, 2010.


Paco Ignacio Taibo II: (Gijón, Asturias, 11 de enero de 1949). Escritor, periodista y activista sindical, conocido ante todo por sus novelas policíacas y por haber creado y dirigido hasta 2012 el festival literario de la Semana Negra de Gijón. Creció en México a partir de los 10 años: su padre, Paco Ignacio Taibo I, de gran tradición socialista, se exilió en ese país latinoamericano en 1959 después de huir de la dictadura franquista. Comenzó a practicar la actividad política en sus tiempos de estudiante, y sería ella la que motivaría su renuncia, en julio de 2012, a la dirección la de Semana Negra de Gijón para integrarse en el equipo de López Obrador. El detective Héctor Belascoarán Shayne es el protagonista de sus novelas policíacas. Su pasión por este género lo llevó a fundar en 1986 la Asociación Internacional de Escritores Policíacos (AIEP) junto con el también mexicano Rafael Ramírez Heredia, los cubanos Rodolfo Pérez Valero y Alberto Molina, el uruguayo Daniel Chavarría, el ruso Iulián Semiónov y el checo Jiri Prochazka. Ha enseñado en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, ha sido director de las series México, historia de un pueblo y Crónica general de México (1931-1986); del suplemento cultural de la revista Siempre! (1987-1988), y de las revistas Crimen y Castigo y Bronca. Ha publicado una cincuentena de títulos y algunos de sus textos han sido traducidos a diversos idiomas.

 
 
 
 
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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
ISSN 2218—0869. La Habana, Cuba. 2012.